miércoles, 9 de mayo de 2012

Yo no sé vencer. Episodio IV (Probablemente el último)

¿Quién gobierna en tu corazón si tu mirada piensa –maquinal–  que debe resolver políticamente los asuntos de acá a los próximos treinta años? 

El mito del progreso es ante todo, una ficción social, una película y su rollo. Al igual que la vieja consigna de la compra del paraíso, un gran flagelo que hipoteca nuestras chances colectivas de vivir en el presente. Son las enseñanzas de la vieja era cristiana, cuando el buen Jesús partió y su sabiduría quedó atrapada en la tercera dimensión, interpretadas y malogradas por milenios de ignorancia. Es, ante todo, la costumbre, la tradición de vaciar el presente de interés y contenido, apostados a un futuro promisorio, inalcanzable y con mirada al mar. Así contado, así inventado, el presente es una prisión atroz e irreversible y el futuro, una válvula de escape por donde toman aire los pulmones asfixiados. El presente es eternamente próximo. El corazón social late como un bombo en negras o sincopado, pero nunca en consonancia con el resto del espíritu. Se desboca intentando que lo sientas. Es ese el mito.

Las jerarquías son jerarquías porque los primeros jerarcas de estas tierras  arrebataron una parte del corazón –la confianza en Dios– y nunca más sentiste su presencia. Anulada la confianza en un Yo Superior –tu Dios interno– las jerarquías definen dejar constancia en millones de tinta y papiro: de ahora en más, Dios será nada más que una creencia. Por eso –escribió Nietzsche– tiene la posibilidad de morir. Las creencias poseen una característica implacable, tienen la debilidad o la virtud –por no sentirlas quien escribe como fortalezas – de mutar según nuestro estado de ánimo y el climático instalado en el cielo de nuestra cabeza. Entonces, en este mundo de progreso y de enemigos, le entregamos el gobierno de la vida a la mente. Si lograra ver los chiquicientos cuerpos que somos, además de un poco de materia gris; si supiera todas las ciencias y todos los misterios de la vida – manifiesta y no manifiesta– me avergonzaría, es una parte tan escueta y finita en la que deposito el mando de lo que realmente soy. A mí también me sucede. No es para sentirse culpable ni pequeño, SOMOS inmensamente grandes. Es más, la culpa es otra fatalidad que habría que mandar, en buen romance, ¡al destierro! Pero se ha usurpado la posibilidad de la experiencia trascendental y en ella se encuentra el aliento divino. La experiencia de Dios, en intimidad, la recordamos en situaciones catastróficas, cuando el ego queda paralizado y en estado de descontrol.

Entre Dios y nosotros están los jerarcas hace milenios. Interrumpiendo y entorpeciendo la relación. Es que se sabe, la política en la escalera al cielo, es el muro de contención de las grandes revoluciones. Luego, más elevados, los afortunados que logran administrar el amor universal, visten de blanco; se llamaron clero o monarquía, monarquía o clero. 

La política, sin embargo, siempre tuvo las manos sucias. Herederos de la Roma indomable. ¿O acaso los viejos europeos, anarquistas y socialistas –materialistas utópicos o materialistas dialécticos pero sobre todo teóricos– soñaron con un progresismo mitológico? Las ideas se convirtieron en fábricas, en país productivo y de servicio. ¿Alguna vez un discurso político no estuvo sostenido de pasado y futuro en su lenguaje? 

“Mientras tanto, lenta, muy lentamente, se les mete la muerte por donde los monos se meten la manzana.”, escribió el Indio Solari hace veinte años como presentación del packaging que incluía La Mosca y la Sopa. Esta sociedad-espectáculo interfiere en las relaciones humanas, pero la herejía se cuela como la manzana, cuando el monito más alto trepa sabemos bien qué es lo que se le ve... 

Hay una parte de la humanidad cargando un pesado lastre, queriendo apropiarse por asalto de la firmeza, la confianza y la esperanza; cualidades del espíritu. Olvidados que les pertenece por naturaleza. Milenios de experimentos, empirismos y curiosidades de un hombre chiquito e ignorante hoy comienzan a rendirse a la luz que viene del espíritu: pura e inmensa. No hay nada que ganar, por eso este camino me señaló la imposibilidad de la victoria y de la derrota. Fue largo el tránsito hasta darme cuenta que no había ningún sitio adonde estuviese llegando tarde. Los terrenos que guardaban alguna enseñanza para mí se vistieron de sonrisas o de dientes apretados, pero fue posible transitarlos. Por eso yo no sé vencer. Porque en definitiva, para el único que no había espacio ni alternativa de victoria, fue para mi propio ego, dolido y amenazado siempre. Reconozco a mi propio ladrón, quitándome las ganas, y a mi propia luz, enorme entre tanto incendio.





Camilo Pérez Olivera
Ensayando otra manera de vivir¡!

1 comentario:

  1. Realmente me da mucha satisfacción que estes domando el ego para que pueda estar siempre al servicio del corazón; No es tarea sencilla pero en estas cuatro notas has dejado entre ver que tenés claro por donde es. Honro tu claridad para escribir. Honro que estes ensayando otra manera de vivir! Noelia.

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