viernes, 20 de noviembre de 2015

La Tierra a la que pertenezco

Las heridas se precipitan salvajemente y ni una voz les brinda compasión. Los tiempos pueden elevarse, endurecerse e incluso ocultarse, pero siempre terminan trayendo la tempestad.

El cielo no se puede evitar. Tampoco su temblor dolorido y plomizo cuando su azul metal decide desbocarse y quebrar. Desarma el aire, destripa la fragilidad de las nubes y nos deja alumbrados, a la vista con nuestros cuerpos oscuros.

Cada profecía ofrece esa esperanza innombrable, la de la muerte de una forma de vida inerte, desquiciada. Cada aparente crueldad retorcida obtendrá la vergüenza y la desaprobación unánime de la moral entumecida que retoca su rostro decrepito y democrático con maquillaje exacto, preciso y decretos de buenas intenciones. Nadie se atreve a afirmar que cuanto más desolador el ambiente se está más próximo a la alborada. Lejos de los fundamentalismos, mucho más allá de los discursos y de las paces acordadas, escritas y con sellos fatales...

Muere un mundo lleno de conveniencias, de intereses. Gordo, obeso, opulento. Inconmovible. Adaptado a religiones sensacionales que apuestan a paraísos que apestan. Se desintegra veloz ese mundo de una ciencia obsoleta, arrogante y soberbia que se adueña de la vida y a gentíos acumulados que hacen fila con creencia ciega en ella. La ciencia es el Dios del hombre racional y cada vacuna anti rabia, una inyección fría contra el calor del corazón. Se acaba el giro de la Tierra de las ideologías más gruesas, totalitarias, a fascismo de izquierdas y derechas, las nuestras. Está fulminado un sistema sin sosiego que vive ni más ni menos que en nuestra cabeza y se replica con pánico en el resto del cuerpo. La mente infernal nos agolpa y sus súbditos, cada pensamientos prejuicioso y destructivo, reduce la capacidad creatividad de sentir ternura y cariño por nosotros mismos.

Todos o la mayoría, y tal vez ya no importa, sufrimos sobre el suelo de la realidad. Deseamos furiosa y silenciosamente un zarpazo de la Tierra que reacomode las chances, que baraje la suerte y que reparta el amor otra vez.

Escucho quejas, reclamos, aluviones, modas de indignación y desconsuelo cuando un ser humano se convierte en asesino de muchos. Los escucho mas no les creo. En el fondo y por momentos no tanto, anhelamos intensamente que sea tiempo de revolución, quitarnos de raíz esta pequeñez exhausta y absurda que nos sostiene sobrevivientes y eternos naufragados.

Siempre preferí un poquito los estragos y los rayos. Dicen los libros que el cielo es desmedido y se brinda bravo cuando se trata de destapar lo establecido mientras fingimos que todo está bien. Mi naturaleza es el aire, me tocó desacomodar lo de siempre y lo dormido que juega a lo despierto. Lo que yace y se cree erguido. Algunas veces vomité la verdad, después yo también ensayé mentir. Eso nunca va bien. Bendito el que no tenga secretos que cuidar, debo decirlo, desde hace un tiempo, habito ese lugar aunque lo dicho tras lo hecho haya apagado momentáneamente mi sonrisa. Los labios después van animándose a abrirse otra vez.

Todos queremos bailar esta fiesta, eternizarla... aunque se inhale y nos inunde el sabor del precipicio. Nadie aceptaría sin un rapto de locura que es hora de que se acabe esta fantasía tormentosa y melancólica, gris perdido y derruido, derretido y desteñido de nostalgia. Que lo desean con todas las viseras, con cada entraña del cuero. Quién se atreve a atravesar el desierto, a andarlo vacío hasta agotarse, hasta desarroparse capa por capa, hasta ser tomado por la dimensión de su propia liberación...

"Cómo podría amarte con tanta melancolía...", canta el Indio Solari.

Hace falta mucha sangre derramada en poco tiempo para que nazca el volumen verdadero de un amanecer en paz. Los partos tienen eso... Se llevan la vida de los glóbulos envejecidos que supieron acompañar el proceso de la luz hinchándose y madurando vientre adentro. Empujan de la única forma que conocen, con fuerza. Después se rinden y se entregan en el alumbramiento. Se cargan la memoria antigua y llorada, la devuelven a casa mientras una conciencia original abandona su capullo protector y se despoja de su asilo, de lo que la contuvo y después la apretó. Lo que dio albergue luego necesita explotar. Lo que nace llora, patalea y apenas puede con la luminosidad del mundo, sólo con el pasar de los minutos empieza a observar el ambiente, deslumbrado.

Abogo por ver, porque veamos que todo este gran ajuste, son cuentas milenarias acusando, clamando, ahuyando y sonriendo nuevos equilibrios. Quien quiera vivir la paz que medite sobre sus guerras internas. Pero por favor, no nos abrumemos con falsas expectativas, detenidas y congeladas, incluso ingenuas. No abonemos más el territorio hostil de nuestra imaginación sin ángel. Abortemos esa misión. Ese es el fracaso. Desilusionémonos. 

Parémonos de frente al monstruo que alimentamos diariamente y empecemos por reconocer la necesidad individual de desarmarnos. Quizás así veamos el abrazo escondido y encapsulado que conservamos para quién sabe cuándo. Los besos que no damos, las alegrías que marchitan detrás de las alergias al contacto con las tristezas hondas que sabemos camuflar.

Que todo se destile para que otra visión al final nos amanezca y nos abastezca. El cielo está vacío, todos estamos aquí otra vez.


Camilo Pérez

viernes, 13 de noviembre de 2015

El peligro de ser quien uno es

Prendí mi computadora, me dirigí a una conocida red social e ingresé mis datos personales. Quise saber en un acto irrelevante qué era de unos amigos. Pero no amigos virtuales, sino de abrazos verdaderos y complicidad. Para mi sorpresa, ya no éramos amigos.

Pasé en segundos por muchas sensaciones: asombro, desconcierto, angustia, incomprensión, hasta que llegué al coraje, y les escribí. El móvil era uno solo: qué parte me estaba perdiendo. Me contacté con ambos, eran y son pareja. Ella fue la que respondió con más carácter y sentido. Me podía gustar o no, pero le daba cuerpo a lo que hasta un instante atrás era perplejidad. Era clara y me sacaba de la zona de incertidumbre, después me tocaría elaborar sus palabras.

Su declaración fue concisa: estaba muy molesta porque en varias de mis publicaciones, utilizaba el nombre de constelaciones familiares para referirme a una metodología de trabajo personal sin haberme formado en constelaciones. No tenía certificado ni contaba con aprobación de nadie que me validara. Esos benditos diplomas de los que carecía y que efectivizan la experiencia y el conocimiento adquirido en su trayecto.

La tristeza tras la desaprobación de mi niñez volvieron desde mi memoria más antigua y dolorida. Volvía a quedarme solo. Mi ahora ex amiga de angustias y alegrías, de abrazos y sonrisas tenía unos años más que yo y me colocaba de frente ante la herida con mi madre. De modelo perfecto: psicóloga posgraduada con varias especialidades, intelectual reconocida orientada hacia la sanación con un amplio currículo… ¡Se tornaba inalcanzable para mí! Me costaba relacionarme con gente que representara cierta autoridad y lo venía superando, pero esto otra vez me dejaba en el mismo lugar de siempre: pequeño e insuficiente. Me había confiado en ella tantas veces… y de nuevo me veía atravesado por el desamparo.

Yo mencionaba las constelaciones como manera de decirle al mundo: "¿Conocés este formato? Bueno, hago algo parecido." De inmediato detuve mi reflexión en los grandes pensadores que formaban parte de la misma línea de trabajo en la cual yo operaba: Freud, Perls, Jung, Hellinger. Todos ellos llegaban hasta mí, hasta nosotros. Todos ellos nos sostenían con sus vivencias y trabajos tanto de campo como en sus obras literarias. Nos marcaban un camino. Ellos y tantos otros.

Mi pensamiento fue un poco más allá con el mismo circuito que suelo pensar las cosas. Las grandes obras escritas son resúmenes de intensidades, de dedicación. De una fuerza que se impone a veces en hombres y mujeres, de sus desvelos por comprender la esencia de Ser Humano. ¿Acaso cada uno de ellos no fueron sujetos que se inspiraron? ¿Acaso no había en ellos una gran dimensión de análisis de la naturaleza humana y de los órdenes que la sostienen? ¿Acaso no fueron hombres con una gran voluntad y persistencia para la autoindagación? ¿Acaso no tuvieron una extraordinaria capacidad para sintetizar y sistematizar ideas, es decir, unir el pensamiento y la emoción hasta llevarlos a un espacio inexplorado y que fuera rico y nutritivo para los demás? No es que me calzara sus zapatos, pero desde el lugar que me hablaban, me dejaba llevar por lo que habían construido y estaba en el aire. Y eso lo puede tomar cualquiera. Si no es para ti o para mi, la realidad se encarga de definirlo.

Mi propio contenido emocional luego de cada pequeña muerte derivaba en actos mágicos, en movimientos internos e inspiradores. Nunca me molesté en anestesiar mis dolores fuertes y profundos, más bien me tomaba el trabajo de vivir aquello que me atravesaba. Después, inevitablemente, veía transformada mi comprensión del mundo. Ese era el ciclo.

Años más tarde y a raíz de una nueva publicación, recibí un nuevo ataque de otra psicóloga alarmada a la que no conocía. Me trataba de lego, es decir, quien no se encuentra calificado para hacer algo. Ella esperaba agazapada que yo presentara mis acreditaciones y licencias para retractarse o bien, se liberaría de toda duda y culpa para dar rienda a su disconformidad. Era obvio, la había ofendido. Esta vez no respondí y a cambio, contacté con un sentido ingenuo y decidí ponerme contento por su manera de reconocerme. Alguien me estaba mirando.

Miré al cielo como suelo hacer en situaciones delicadas y en un acto reflexivo, me ordené internamente: espero que esa necesidad de ser reconocido, me la pueda ofrecer yo y si viene de afuera, que sea de manera amorosa. No me está gustando esto de levantar polvareda y mucho menos desconfianza.

Supe dos cosas: debía aprender a cuidarme para poder cuidar y debía mirarme día a día para chequear si estaba dispuesto al desafío de ser quien era y traer al mundon lo que mi alma guardaba. Supe hace mucho que iba a dedicar mi vida al servicio. No lo elegí voluntariamente, se impuso una suerte de soplo del destino. Me echaron de varios lados. Fui acorralado.

Hubiera amado sentenciarme a la normalidad a veces, pero no me pasó. Me sucedieron otras cosas raras durante dos décadas que fueron modelando una realidad alternativa, implacable. Me fueron de todos lados. El único camino que se me dio para quedarme fue aquel que tuvo lugar para mi corazón. No lo pude evadir ni evitar.

Tras años de transito he llegado a algunas conclusiones muy básicas. Apenas elementales. Todos los seres humanos sentimos los mismos sentimientos y pensamos los mismos pensamientos. De unos a otros, no somos para nada originales en este orden. Pero aquello que pensamos y sentimos conecta con algo peculiar que está en el alma de cada uno y lo despierta. La globalización y la cultura del progreso, es útil en este sentido para enterarnos lo unidos que estamos en la experiencia humana.

En todo encuentro que he tenido como buscador y guía, las personas queremos saber lo mismo: a qué vine al mundo y ya que estoy en él, qué hago. Inexorablemente, mi modo de orientar es, con más o menos rodeos, formularles la siguiente pregunta o dirigirlas a la siguiente aseveración: ¿vas a animarte a desobedecer el orden establecido? Para ser quien sos, tenés que asumir el valor de pensarte y sentirte a ti mismo. No hay otra forma. Al principio parece una actitud egoísta, luego se abre lo que llamamos virtudes, que en el lenguaje del espíritu significa ” verter luz”, es decir, derramar la forma que trae tu luz al mundo. Servirla.

Se pueden preguntar otras cosas. ¿Vas a arriesgarte a recibir los dones que esconden tus emociones genuinas, aunque estas sean nefastas según tus creencias? ¿Vas a aceptar el desafío de hallar los pensamientos lúcidos atrás de las ideas oscuras? Porque sí… Porque los brillos de cada uno están en las esquinas y recovecos dentro de los mares de la negrura.

Es un tiempo de diplomas, certificados, méritos y honores para quien se ampare detrás de los conocimientos que ya son instituciones. Y a la vez es un momento de consagraciones para quien se alinee detrás de su propia medida de las cosas. Son sólo maneras de llegar. El único inconveniente de tocar tu propio instrumento después de afinar las cuerdas internas y entrar en resonancia con tu caja propia, es saber caminar el delgado equilibrio de ser uno mismo.

Es probable que se convierta en un peligro para muchos, incluso para ti, que se perciba como una amenaza e incluso que se sienta como un ataque. Yo prefiero que mi camino se parezca cada vez más a mi alma, que la distancia entre lo que hago y mi corazón sea cada vez más pequeña. Si eso remueve las certezas, despierta interrogantes y moviliza incertidumbres, siento que estoy haciendo bien mi labor.

Para mí, durante una etapa extensa, ha sido más importante tener preguntas que respuestas. De última, la perseverancia y la permanencia en las inquietudes, han sido la respuesta. En definitiva, sé que alguien puede mirar mi camino si fuera de ayuda porque lo caminado ha traído frutos y amparo. Ni más ni menos que un corazón mejor pulido y transparente. Ningún sendero con corazón deja huérfano a alguien, lo sé porque atrás de las experiencias dolientes, ubiqué al amor y allí me quedé a descansar. Yo lo hago por mí y para que ciertos espacios no los tengan que venir a limpiar mis hijos.

La creatividad en una de sus dimensiones, es un camino solitario y como experiencia es muy individual. Lo creado, indefectiblemente, nace del contacto y del roce en el universo de las relaciones. Los desafíos son esenciales para la afirmación, el soporte y para que la creación eche raíces. En algún punto, el peligro cesa y el corazón resplandece.


Camilo Pérez

miércoles, 14 de octubre de 2015

Claridad

Hay un lugar donde nunca pasa lo que querés. Nunca. Y lo conocemos muy bien. Se llama vida. Es el espacio donde hacemos unos esfuerzos brutales para que las cosas se ordenen a la medida de nuestros deseos y se programen en respuesta a lo que creemos que somos. Y entonces la derrota será permanente. Siempre. Habrá pequeños logros que desembocarán finalmente en un río amargo. El no saber aterra y la realidad es que no tenemos idea de quiénes somos ni para qué estamos vivos.  

Si parto de que somos profundamente ignorantes sobre el sentido de la vida, y que conectamos con eso más seguido de lo que creemos, entonces no está tan mal. Encontrar que estamos perdidos es una buena manera de estar. Andamos más cerca de lo que pensamos... Por lo menos el extraviado y tu, están sentados en el mismo lugar. Para empezar, hay que apropiarse de la experiencia personal: esto me pasa, así me siento y de esta manera pienso. 

Si logramos ver de dónde viene esa tenacidad que desesperadamente actúa ante la posibilidad de no saber, descubriremos la parte que cambia ignorancia por soberbia y se defiende de la angustia que provoca la vulnerabilidad. Las renuncias a todo pleito y a las caretas que lo justifican es la mitad del sendero en el camino del autoconocimiento. 

Sospechamos —en el mejor de los escenarios— de nuestro propio relato y de ahí en más, todas nuestras relaciones son cuanto menos amenazantes porque tienen la capacidad de desnudar todo el teatro incongruente sobre el que vivimos. Todo. 

La mayor victoria que pueda imaginar es la caída y el desmantelamiento total de las máscaras. ¡Qué experiencia! Eso sí es un emprendimiento espiritual exitoso. 

Esa experiencia de completo aniquilamiento es a la vez sublime, por la belleza y por un orden que se redime a otro. ¿Y qué es lo que se sublima a qué? El miedo soporta hasta que se parte y cuando quiebra, se reconoce incluido en el amor. Ahí toda la emocionalidad contenida por el miedo se expresa y es una magia cocinarse en esa intensidad. No se vuelve a ser el mismo luego de un descongelamiento así y de un vaciamiento semejante. Todos hemos pasado por estas situaciones en las instancias de mayor transformación. El contacto con ese vacío absoluto es el roce directo con la divinidad sin formas, con la esencia en estado puro. La Nada misma. Nada. 

Lo demás son turbulencias, laberintos tenebrosos, nubes y polvo. Humo. Pero están allí por puro amor cuando sería demasiado cimbronazo para la personalidad que todas sus estrategias y fachadas fueran iluminadas repentinamente. El universo nos ama tanto que nos va desgajando y desgastando de a poco. Pero es tanto amor y en estado de incondicionalidad que aún si elegimos morir con las botas puestas, sólo nos llevamos la asignatura pendiente para la propia encarnación. Nada menos que eso.  

El desvanecimiento se dará, pero en términos de la personalidad y en calidad de tu nueva vivencia como ser humano, regresarás al juego de la vida y no sabrás en qué partido estás participando. Tu conciencia sí lo sabrá, ¡pero para el ego es fatal enfrentarse con lo invisible! Y por supuesto, es una batalla perdida pelear con fantasmas que no se ven. Cualquier similitud con este momento actual como humanidad, es verdadera. En cambio si decidimos iniciar una transformación en pequeñas escalas, recibimos la información precisa en el momento adecuado para entender la obra actual, sus dramas y reparto.  

Creo con toda firmeza en esta relación genuina con el orden del amor y confío en este presente donde podemos ser observadores y captar la evolución en tiempo real, al momento exacto que está ocurriendo. Y creo en esto porque le he puesto el cuerpo a cada vivencia.  

Estoy más que habituado a escribir desde este instante de fe mientras la mente me exige dudar y me colma de interrogantes que jamás responde. La cabeza debe ocultar la verdad para que las ilusiones sigan con respiración asistida y lo artificial parezca indispensable. Estoy muy acostumbrado a dar ese paso hacia adentro mientras el miedo crece y el mar de incertidumbre ensombrece la dirección. 

He elegido vivir con el corazón despierto y aunque resulte una contrariedad, hay que atravesar la propia negrura. Esa es la paradoja del camino espiritual y su propósito: unir los abismos interiores, las partes en rebeldía y las partes que deben obediencia. Cuando la realidad de tu mundo se presente así, buena medicina es pausar la vorágine y ver qué dicen esos recortes de tu completud y qué se siente estar en esos subórdenes un momento. Hacerles un lugar, prestarles atención y seguir. Vas a ver que las necesidades no eran tan reales importantes era mirarlos. La medida real de las cosas, tu criterio íntimo, se crea desde ahí. Un último secreto. Desde ese lugar, el tiempo se desintegra y las experiencias con sus intensidades marcan otro ritmo que se parece más a la melodía que toca todo el universo.  

En la próxima entrega, compartimos el "desesfuerzo", una buena manera de disolver el ego. 

Hasta el mes que viene!


Camilo Pérez

jueves, 10 de septiembre de 2015

Cuando el sobrevivir agoniza

La vida es eso que está sucediendo mientras gastamos energía en pretender que sea de otra manera. Podría terminar aquí esta nota, habiendo recogido de la sabiduría del aire esta verdad clara y honesta. Pero sabiendo el esfuerzo que usamos en querer modificar las cosas, vayamos quitándonos de a poco las prendas.

Conozco cuatro maneras de evasión a las que apelamos todos: idealizar el pasado o mortificarnos por lo que fue, o fantasear un futuro mágico y lleno de promesas, o tal vez sombrío y cargado de desesperanza. En ninguna de las cuatro versiones se está presente pero sí hay algunas donde se está más cerca del horno del infierno. Insisto, son todas formas muy válidas de atravesar la realidad, pero sobretodo son modos de tratar con nosotros mismos, algunas más ingenuas y otras feroces.

La apelación al pasado o al futuro, siempre se vive en el presente, esa es la buena noticia (¡la oportunidad de volver!); la mala es que nos perdemos el contacto con lo real, el escenario interno y externo por estar en otro lugar. Adentro y fuera nuestro hay una dimensión hecha a nuestra medida y siempre están en sintonía. El juego de las emociones (la medida interior), es la guía. Hay sensaciones térmicas y una temperatura real. La temperatura real es el calor de la luz que nos toca: el sol no nos impacta igual en invierno que en verano. Luego están las variables como el viento, su presencia con matices o su ausencia, la lluvia y su intensidad. Y finalmente está lo que hagamos en relación con el clima: el atmosférico y el anímico. 

Conozco y sé de gente que se siente infinitamente disminuida, incapaz de asumir su realidad interior y que la devasta el afuera. Esas personas creen que se merecen esa manera de vivir, que están perpetuadas al sufrimiento y que la tristeza no tendrá final. Para esos casos, el nivel de sometimiento es altísimo tanto como el abandono de sí mismas. 

Hay quienes se creen importantes y en su imponencia se sienten en el derecho a decirle a los demás cómo tienen que vivir. Acá hay algo que se extravió y se vive bajo la necesidad de que los demás lo den, existe una tendencia por recuperar un orden y un profundo debate interno: quiero cambiar las cosas afuera y estaré bien, ¿podré?.

También se encuentran los que ante el primer pestañeo del día, abren el navegador de búsqueda. Y también están quienes a partir de ese proceso de indagación, dan con algo y se sienten frente a un gran hallazgo. Ese mundo, seguramente exótico y peculiar, será su mejor antídoto ante el cambio que implica hacerse cargo de sus vidas: recorrer la singularidad de un camino hasta que la magia de la forma haga su trabajo y cuando sea momento de afrontar el desafío y entregarse, saltar al próximo juego y quedar atrapado en uno mismo. Conozco estos vericuetos porque los experimenté a todos muchas veces a lo largo de mi vida. 

Ahora voy a hablarlo en primera persona durante un momento. En el primer orden, no me implico y vivo las fatalidades a través de las decisiones de los demás. Hay muchísima fuerza en este lugar al servicio de la perpetuidad. En el segundo orden, me implico mentalmente pero no me involucro emocionalmente. Me embarro bastante y en ese enchastre, el impacto de las emociones después definirá por mí. En el tercero, me implico, me involucro pero no ejecuto una acción final entre lo que estoy pensando y sintiendo que transforme mi realidad. Cuando el camino me informó y yo actúo como si no, es la realidad la que ejerce su fuerza sobre mi experiencia.

No todos los lugares son iguales, pero sí que sostenerse en esos espacios demanda un profundo esfuerzo. El esfuerzo de sobrevivir. No todos los sitios son igual de asfixiantes, pero hay un alto grado de omnipotencia y soberbia utilizado en congelarse. No conozco mayor ilusión que pretender que las cosas cambien sin reconocer que debemos ser agentes del cambio.

Estoy seguro que los seres humanos como especie estamos atravesando esa agonía, lenta pero inexorablemente. Estamos dejando de responder a patrones de sobrevivencia, estamos dejando de elegir como cultura (el arte de relacionarnos) el sufrimiento y el sacrificio. También reconozco que los procesos colectivos y los cambios globales, llevan tiempo y sobre su base, se precisa paciencia, tolerancia y amor. Es una buena noticia que el sobrevivir agonice, aunque las patadas y los berrinches sean enormes, porque nos estamos preparando para lo mejor. Muy despacio, nos estamos haciendo más fuertes para soportar el impacto de viajar de la periferia hacia el centro.

Hasta ahora, continuamos viviendo en un mundo de niños heridos que crecen y junto a ellos el reclamo por atención y amor. Siento el sueño profundo de que algún día nuestro niños internos estén de fiesta adentro nuestro, mientras como adultos nos hacemos cargo de jugar con responsabilidad.

Ojalá podamos decir pronto: "No puedo más, así". Gracias por sobrevivir hasta aquí, que la agonía nos alcance. 




viernes, 31 de julio de 2015

La liviandad de asumirse



El Lugar, así, con mayúscula, quiere decir ocuparse de lo que sentimos que venimos a hacer. Hacerlo con tanto convencimiento como para que no haya circunstancia que tuerza la voluntad de ponerlo en práctica. Y en el mientras tanto, cultivar una paciencia, tolerancia y comprensión suficientes como para no decaer en el intento al momento en que de afuera lluevan las descalificaciones. Eso quería decir el Quijote cuando advirtió: “ladran, Sancho… Señal que cabalgamos.”

Pasé por todos los estados previos a encontrar mi espacio: estuve completamente perdido y con mis emociones navegándome adentro, desoídas y desarticuladas. Quise reducirme a una expresión esperada por los demás: trabajar, estudiar, tener familia, la casa, el auto en la puerta dispuesto para los fines de semana y el perro ensayando todas sus morisquetas para darme la bienvenida al regreso. Quise simular que iba a poder ser normal pero soy muy malo fingiendo y la normalidad fue el peor proyecto al cual me embarqué alguna vez. No me salió y sentí mucha culpa por ello, además de frustración.

En algún espacio de mis años, cuando supe que no aplicaba como uno más y no sabía qué esperar de mí mismo, probé recogiendo del fondo de mi alma una sensación sobreviviente de mi infancia: sentirme especial. Pero le di vida a su lado oculto: ser tan raro y único como para que nadie logre comprender de qué hablo cuando hablo y en qué estoy pensando cuando comparto lo que pienso. Más todavía, hacer o dedicarme a algo tan exótico que me dejara infinidad de veces solo. Esta estrategia, desafortunada en parte y agraciada en otro lugar, tampoco me evitó la frustración y no encontré compañía hasta un tiempo después.

Si algo tuvo de bueno es que me topé con otros tan solos como yo que por dedicarme a mi propia sanación, nos hicimos buenos aliados y aún continuamos andando juntos. Y en ese caminar, nuestras armaduras van cediendo y las máscaras se van quebrando. Nos vamos quedando con ese gesto de reciprocidad donde lo mío está en todos y es de todos y lo de mis hermanos tiene lugar y cabe en mí.

Lo otro positivo, es que de tanto pisar los extremos y como el tiempo y la rueda del destino es finalmente un círculo, llegué al mismo lugar: al dolor que no soporté y del cual me fui. Es así que reunirse con el dolor, es como cuando aflora la sonrisa y hasta una tímida carcajada que recompensa, relaja y libera, luego de un melodrama.

Qué habrá en este cuerpo, me preguntaba en referencia a mi corazón, mi alma y sus tesoros. Dolores, canciones, temores y pánicos. Violencia, enojo, recelo y envidia. Un niño triste y desolado, y un joven que ante los excesos, tuvo frenos, ¡por suerte! Hubo experiencias fascinantes. Hubo de las duras, de las amargas y de mucha dulzura. Cada tanto me doy cuenta que tengo una buena historia que todavía no conté. A veces me comunico desde lugares procesados y elaborados y otras desde sitios difíciles de asumir. Hago lo que quiero hacer, sintiendo lo que siento y las contradicciones son parte de una coherencia propia. No hay delito, hay cura.

Hay tanto en cada uno… El mundo entero cabe en nosotros. Esto lo han sabido todos los Maestros y profetas, los antiguos y los actuales.   

Hace tiempo que descarté el impulso de ayudar a los demás, así que si no me llaman, no me meto. Aclarado esto y confiando en lo que escribo tanto como seguro de la intimidad y respeto con el que construyo este sitio, digo: hacé lo que sientas sintiendo lo que sentís. Ese es el modo más directo de estar bien contigo.

Ahora, querido lector, quisiera que tengas en cuenta lo siguiente. No te voy a decir que para seguir a tu corazón tenés que terminar una relación, pero hay quien lo lee y así lo siente. Otro verá esto y correrá a los brazos de su amante. O dejará a su amante para focalizarse en su matrimonio y después la vida le dirá desde adentro suyo, cómo lavar su peso.

Hay quienes escuchan algo semejante a seguir lo que sienten y dejan un empleo, toman otro trabajo de menos salario y más sueños o asumen mayores responsabilidades y mejor dinero porque se proponen un objetivo. Lo que sea. Pero ten en cuenta, por favor, lo que sentís. Hacé lo que quieras hacer, pero junto con el cansancio, el miedo, la desazón, o la realidad con la que tus emociones te hablen. Eso te transparentará y te aliviará.

Yo hace mucho decidí vivir sin caretas y la gran familia en la que me rodeo y a la que pertenezco, ya sabe de mis máscaras, por tanto es mi garantía para momentos de mareo y olvido: ellos son mi termómetro. 

No ha sido fácil, ha sido un gran entrenamiento. Entre los claroscuros que señala el camino, hay ritmos y pausas, y en ellos se descansa cuando se descansa, se trabaja cuando se trabaja, se está enojado cuando se está enojado y alegre cuando se está alegre. Y cuando se navega entre algunas de estas dimensiones aparentemente contradictorias, también está bien. Los dobles discrusos se van desvaneciendo y los desajustes aparentemente irreconciliables, tienden a la unidad. 

Yo no vengo de una aldea extraña y lejana, soy hijo de esta cultura, como tu. Simplemente me he animado y he tomado riesgos, entre los cuales está el participar, el moverme, el hacerme presente llevando de arrastre, incluso, lo indecible y lo que no me hubiese permitido jamás que otro desnude de mi o lo descifre. A mi me descubrieron con respeto y le ofrecieron a mis terrores, dignididad. También he tenido la gracia de ser testigo de profundas y conmovedoras transformaciones, ese preciso momento donde ya es suficiente con lo que está pasando. Esa es otra maravilla más.

Todos venimos de los calderos de la personalidad, de los laberintos del ego y por qué no, de las sombras que arroja el alma sobre el cuerpo. Todos venimos de algún inframundo por más que queramos teñir de cielo nuestro relato. 

En lo personal, elijo los calderos del diablo porque sé que con su fuego busca sólo un poco de atención y pide ser redimido. También levanto lamirada a los cielos despejados porque son la certeza del origen que me sostiene mientras no sea mi momento de retornar a él. En todos nosotros, ángeles y demonios se encuentran en íntima danza y relación. Yo los abrazo, sin exclusión y con profundo agradecimiento. 



Camilo Pérez