lunes, 18 de enero de 2016

Desesforzarme

Estamos aprendiendo a vivir de otra manera. Eso ya está pasando. La vida manifestándose no es novedad, es vida. Lo que este tiempo parece regalarnos es la oportunidad de la conciencia. Y la conciencia es la atención entre lo que pasa y lo que nos pasa. Entre lo que sucede en el entorno y lo que eso mueve en nosotros, entre lo que se mueve en nosotros y lo que eso genera en el entorno.

Le llamo a esta exploración: tiempo real. Es un ritmo marcado por la intensidad de la experiencia, no por el compás de las agujas y sus rutinas. Es ese tiempo donde lo que sucede en nuestra realidad externa e interna, se relacionan, se vinculan. Es la posibilidad de asociarnos con la vida.

Algunos le llaman a este punto de vista “espiritualidad” y tal vez tengan razón, porque es volver a observar las cosas que pasan —y nosotros en ellas— con espíritu, con ánima. Sin embargo, a mí me parece una mirada muy humana. Es una forma muy concreta, simple y fascinante de experimentar esta naturaleza: la nuestra. Una perspectiva que claramente conecta con el sentido de ser, nos devuelve a la vida, nos quita de la inercia y de lo híbrido. Nos descongela.

Hay un aspecto en que podemos quedar entrampados y es considerar que aquello que sentimos, aquello con lo que ligamos —la relación entre la emoción y el mundo exterior— debe llevarnos a algún sitio en particular si lo miramos, si lo sentimos, si lo atendemos, y no funciona de esta manera. Sucederá, sí. Nos moveremos de lugar, sí. Pero no es manipulable este fluir.

El espíritu no se ve y lo sostiene todo, todo lo articula, todo lo hilvana. Una emoción —cualquiera sea— no se ve excepto por su exteriorización y eso que emana siempre tiene su correspondencia en algún lugar del afuera. Ver una obra de arte y emocionarse es una acción de conciencia: lo que estaba en el universo interno del observador y el mundo que se expone, entran en contacto, se unen. Concilian.

Es muy obvio que esta manera de vivirnos recién empieza porque ninguna persona que atienda a su dimensión real sería capaz de elegirse dañando a otros, incluido a sí mismo. Nadie que conecte con su mundo emocional de manera honesta, heriría a otra persona sin medirse antes, por lo menos por anticiparse a los costos personales que eso acarrea luego.

Cualquier comienzo de algo nos pone en un punto de partida y yo diría que este ciclo, tiene como sendero iniciático la ignorancia. No estamos acostumbrados a transitar por las emociones y a poco de empezar a sentirlas, ya queremos que acaben porque su intensidad nos desborda y abruma.

La ignorancia de la que hablo no es despectiva, no descarta nada ni es un prejuicio a lo que ya conocemos. Es el reconocimiento de que venimos como humanidad de un período largo y ancho gobernado por los estados mentales. Un tiempo extenso de ideas y teorías, un realismo mágico y fantasioso donde, como lo niños, cada ser humano tiene pánico de asumir la propia existencia y se ha inventado mundos personales, demasiado privados, a veces paradisíacos, a veces infernales, pero siempre solitarios. Y en esos búnkers herméticos, hemos sido héroes o villanos, capaces de las mayores hazañas y de las mejores tragedias.

Estoy convencido de que podemos hablar del presente sin remitirnos a la historia que nos trajo hasta él. Entiendo que todos como humanos, como un solo ser, estamos precisando salir de las jaulas intelectuales e ir a descubrir quiénes somos detrás de tantas biblias y verdades enfrentadas.

Si indago en mi propia historia, puedo ver que pertenezco a esos círculos de intelectuales y sabiondos, y como nieto e hijo de esa cultura, también fui arrogante y altanero, soberbio… Intenté encontrarme con el mundo en un libro sin arriesgarme a salir, probé describir la vida sentenciándola en un papel. Nada de eso funcionó.

Hoy me merezco y me regalo el no saber. ¡Y qué liberador se siente! Puse tanto empeño en demostrar cuánto sabía de todo por temor a tocar mi vulnerabilidad, a que alguien me pudiera lastimar otra vez o a amarme de verdad... Nadie se mantiene mucho tiempo al lado de alguien que no necesita de lo demás porque está remarcando permanentemente que todo lo sabe. ¡Qué alivio al corazón y al alma soltar ese lastre! 

La agonía humana o la deshumanización tiene que ver con eso: todos nos aferramos a nuestra historia de dolor y desde ahí ya sabemos, incluso, atraer aquello que otra vez nos confirme el dolor, la herida y entonces justificar el encarcelamiento. El presente propio e íntimo, echa por tierra esta estratagema si sólo me dedico a sentir lo que hay para sentir. Sin más.

No tengo respuestas detrás de los cuentos que me cuento. Mi cabeza intenta dibujar estrategias, descontrolada por perder el control y el dominio de la situación. Tampoco me quedan preguntas. Sí estoy aprendiendo a convivir con la incertidumbre de saberme vacío. Vacío de saberes, de conocimientos que definan el momento actual y el próximo, y el que le seguirá. Es este lugar un espacio de derrumbe de todas las conveniencias y convenciones que conozco por llamarme Camilo y tener una memoria de treinta y dos años. Es un espacio de catástrofe para la personalidad y un florecimiento de algo que no sé nombrar.

A poco de darme esta oportunidad, más de una vez suspiré  frescura y alivio. Me llené de liviandad por la ocasión de entregarme al orden que la vida va creando delante de mí.

La vida, la conciencia no nos precisa demasiado para hacer su obra, con estar en ella alcanza. El problema aparece en el cómo estamos en ella. Permanecer y contemplar hoy son actos revolucionarios en un mundo donde todo esfuerzo está colocado en sostener los lugares mentales desde los que todos nos olvidamos de nosotros mismos y empezamos a defendernos del resto. Si no me recuerdo, menos puedo tener presente y tomar consideración de que al lado mío hay alguien más.

Yo me merezco no saber y me regalo el estar vivo ignorando cómo y para qué. Me abro al asombro de lo que es y como condimento especial, añado que estoy enamorado de lo que puede ser.

Ahí empieza el “desesfuerzo”. Ahí la cáscara empieza a resquebrajarse, la dureza y la rigidez se fisuran y comienza la tranquilidad. La vida está ordenada y si permanecés contemplativo, te dicta clarito lo que tenés que hacer y cómo. Es sólo quedarse quieto y se escucha su rumor. La dirección se hace evidente y cada movimiento tiene la fuerza de la rebelión. Nuestro corazón late sin pensar, la naturaleza pulsa sin técnica alguna y nosotros estamos descubriéndonos parte de ese milagro. Para reconocer el sentido de la vida, hace falta sentir. Nada más.

¡Felicidades y buena aventura!