sábado, 26 de marzo de 2016

¡Cuidado con la luz!

Aprendí a caminar solo, con confianza y seguridad. Sé andar la calle, sé relacionarme con los personajes marginales de la ciudad. Y de pronto soy uno de ellos... A un costado, apenas después de lo que está bien y lo que está mal, los milagros, las complicidades cargadas de inocencia y el lugar para la aventura, son reales. Los milagros de la vida —los chicos y los grandes— ocurren cuando se les da espacio para que aparezcan. Y si mi ambición fuera cierta, es todo lo que intento hacer de mi vida: ser conmovido.

Hay un sensor que jamás incidí para que exista en mi naturaleza, algunos le llaman sexto sentido y de otros modos. Para mi es estar en contacto con el aspecto sutil de la vida, con la belleza. Algo divino nos sostiene: a todos, a cada momento y a cada instante. Y sé cuál es la contraseña para entrar en esa dimensión: hay que mirar la realidad sin tomarla en serio. Hay que involucrarse en las formas que la realidad propone sin creer que eso que pasa es lo que está ocurriendo. Eso que tantas escuelas esotéricas y corrientes de culto espiritual han llamado desde hace milenios “la ilusión de la materia”. Soltar la imagen de lo que duele y pedir la alternativa, orar por ver distinto.

Alguien muy solemne puede sentir o pensar que esto es un acto de irresponsabilidad e incluso una inmadurez. Yo digo que si me encargo de alimentar el mismo síntoma —el estado neurótico—, engordo la patología y se engrosa la enfermedad, se hace crónico, ¡se hace época! Para mi esta es la clave entre la naturaleza de la normalidad y el origen del milagro.

Sé conducirme bajo los parámetros de la sociedad. Me ajusto, puedo hacerlo. Y también sé que puedo entrar y salir entre las dimensiones que la vida propone. Le llamo a esto: la realidad y lo real.

Estoy cada vez más curado de sentirme especial o diferente. Estoy cada vez más decidido a utilizar ese espectro de tanta levedad que es indispensable para que la normalidad se rompa y dé paso a un orden de maravillas, intensidad y compasión. ¡Y me apasiona!

La mayoría de las personas viven como si la realidad fuera un error. De pronto revivirían parte de sus ausencias, arreglarían algunas de sus memorias o viajarían hacia el pasado a corregir lo que fue. Otras personas se pierden en las anécdotas de cómo es, fraguando su energía en la fantasía de cambiar el mundo, a los demás, su carácter, hábitos y comportamientos. Y muchísimos más —casi todos— se rifan el presente por un futuro que promete ser siempre más triunfal de lo que el instante es. Y lo único acumulativo así es mucha frustración, más miedo y un goteo cada vez más insoportable de dolor. Ahí no hay gloria.

Padecí y padezco varias de esas dificultades, y me provocan mucha angustia. Tal vez por eso escoja el milagro. Y capaz que elegir el milagro es lo que me ha decidido a renunciar a cambiar algo, incluso a mí mismo. Esa renuncia es el fundamento de todo lo demás. Es la piedra angular del resto del hogar.

Me gusta cuando siento que se viene un instante mágico, y me arriesgo y me atrevo a vivirlo. Se nota en el aire cuando se va armando la atmósfera. Para mí  la clave es esta: ¿y si las cosas que pienso no fueran como las pienso, y si fueran de otro modo a cómo mi interpretación las decodifica? Tal vez me estimule más el proceso transformador que lo cristalizado…

Aprendí  a caminar solitariamente y puede que eche de menos esto en algún otro momento… De lo que es imposible librarme es de un espacio íntimo que he fomentado. Estoy aprendiendo la muy fina sensación de lo que sí y lo que no. Estoy aprendiendo a sentir levedad en la fortaleza y fuerza en la fragilidad. Paladeo con cierta fascinación el poder del miedo y me aterroriza —eso sí— la magnitud del amor cuando se acerca.

No puedo ni describir el pánico que viene ante la posibilidad de que el amor lo queme y lo incendie todo. Lo digo incluso a modo de advertencia y como al jugar a las escondidas, "por todos los compas": ¡cuidado con la luz!

Sé que se puede volver de la oscuridad: hice un surco por donde regresar, que abre los laberintos donde pulula la muerte, los aspectos condenatorios que cada uno y todos rechazamos y desechamos… Conozco el camino que va de la noche oscura del alma hasta el umbral y el pórtico por donde el sol vuelve a entrar. Sé de la primera herida, esa indispensable para unir alma y corazón, conciencia y pulso; en ese orden. Pues bien, de todos esos viajes se vuelve. Pero de la luz no. Y este —de pronto— es el punto.

Aún hoy participo y colaboro en algunos círculos de sanación y me doy cuenta de las variaciones de las personas. Se hacen grandes esfuerzos por pertenecer, por tener lugar y aceptación en la tribu. Incluso de esas ganas muy válidas  y no reconocidas, por cierto, de decirse a sí  mismo “ya está, llegué”. Cuando una persona o alma todavía está perezosa o somnolienta, se nota en la mirada. Es muy obvio y evidente. Y por esa hendija que carece de voluntad, orden y disciplina, ingresa la próxima aventura de dolor…  Al mismo tiempo, existe un pequeño y diminuto brillo que corresponde a sus búsquedas inconclusas, a sus pasiones en movimiento. Esa tensión pequeña entre un bienestar que no conforma y una resistencia y deseo de ir por más. Me incluyo en todo esto, conozco la micro expresión de mis ojos centelleando, bailando entre lo divino y lo durmiente. ¡Es un juego maravilloso!

La luz es otra cosa… La luz no es comodidad. La luz no es mañana. La luz quema cuando es de verdad. La luz desnuda e incendia, a tal punto que a veces pareciera que se está en contacto con lo más siniestro de sí mismo y del mundo. A tal punto que la misma luz pareciera nefasta. Y así es, cuando la luz está avisando que se enciende, ¡viene por todo! Se activa un registro casi insoportable e indomable de memoria real en el cuerpo a la que llamo memoria doliente, antigua, de la que quedó en el final más oscuro del pozo más olvidado. Y allá, en lo inabarcable, de fondo, está la memoria divina. Ese recuerdo de una fuente primordial, una nube inmensa, blancuzca y transparente que todo lo sostiene y lo contiene, hasta lo más fiero e inverosímil.

El resguardo de que no hay vuelta atrás es recordar la insatisfacción que deviene de buscar afuera y no ser complacidos. El seguro ante lo que viene es saber a modo teórico —como mínimo— que lo que la vida tendió y tejió en cada uno, se encargará de armonizarlo con el camino mismo. Vamos a poder sólo con aquello que fue nuestro. De ese material está hecho lo que es.

Alguien alguna vez me dijo en tono suspicaz y por las características de mi movimiento, por —tal vez— no quedarme quieto más que en mi corazón: “Ay, Cami… Al final te vas de todos lados, cuándo te vas a entregar·” Reconozco que el comentario me incomodó, entre mi sentir y su sensación habían disonancias en las que investigué por cuenta propia.

Me voy rindiendo ante mi propio resplandor, ante su memoria y sabiduría, ante lo que pulsa y adónde me lleva. No hay fuera de mi nada ni nadie a quién sumirme más importante que al soplo del espíritu. Reconociéndome, reconozco. Honrándome, honro. En humildad, puedo ver. En serenidad, me empodero. Moviéndome, respeto otras elecciones. Aquietándome, me engrandecen otras pasiones. Descubriendo mis dones, celebro los hallazgos de los demás que como yo, se están reconociendo.

El signo de mi vida es la luz. Inevitablemente. Una luz impiadosa con mi holgazanería, implacable con mis atajos. Que fue cielo, se consolidó como lo alado y luminoso, y es cable a tierra. Mi luz, y así lo vivo, está hecha de gestos mínimos, pasos silenciosos, necesidad de aire y mucho fuego. Mi luz se ha vuelto de aguas agitadas e intensas, de emociones calurosas como remolinos. Y así me tomo. Me lleva.

Quizás un día me descubra menos marginal y me dé cuenta de que el portal era yo mismo. Tal vez y sin tal vez, esté pronto a asumir que el milagro soy yo. Quizás esté cerca de ser Camilo no sólo para mí, sino para el mundo.


Camilo Pérez