lunes, 8 de diciembre de 2014

Ser el observador

Al nacer, vivimos una experiencia que nos lleva del centro del amor y la belleza hacia fuera. Las vivencias siguientes, refuerzan esa idea. Nos dejan más allá de la periferia. Nos alejan de la comprensión del círculo de la vida y las leyes que la gobiernan.

En algún momento, asumimos que somos el producto de lo que nos ocurrió y que estamos destinados a repetir el mismo plato y jugar para el mismo equipo: el miedo. Quedamos encerrados en una perspectiva. Jugamos a que somos solamente eso y participamos de una dinámica en la cual estamos involucrados familiar y socialmente. Es un compromiso ciego e implícito que nos convoca constantemente.

Alguien dentro del juego, decide mirar por la cerradura del cuarto donde estamos y se da cuenta... Fuera de esa habitación, hay otras formas y contenidos. Ahí empieza el problema. Comprender que estaba experimentando una libertad a medida: se espera que sepamos cumplir. ¿Con qué? Con mandatos, maneras adquiridas, fórmulas que engendran contaminación, niveles altos de toxicidad, patrones que son costumbre, entre otros modelos. Nos ponemos lentes no para ver mejor, sino para seguir enfocando afuera la distorsión que llevamos en la mirada interna. A esta separación con el amor que vivimos a temprana edad y que luego no hacemos más que confirmar en el mundo, le llamo miopía existencial.

Dentro del sistema y los comportamientos a los cuales se está acostumbrado en él, alguna persona intenta explicar que hay luz más allá de la caverna. Para esa persona, la experiencia de observar por el cerrojo es transformadora. No es sólo lo que vio, sino darse cuenta de que en su destino estaba ser el observador. Eso que descubrió a través de la ranura de la puerta, estaba dentro de sí y sería inevitable que se encontrara con una realidad externa muy parecida a la que habitaba dentro. El observador, busca hasta que finalmente da en el exterior con la visión que se hallaba en su interior.

Romper el molde es un destino inquietante y divino. En primera instancia porque al salir del cascarón nos quedamos sin el orden del cual nos convencimos y para el cual trabajamos. ¡Y todo tambalea! En segundo término porque exige a quien es heredero de ese destino, ser quien cree e invente un nuevo estado para su vida y eventualmente, para quienes empiecen a desconfiar de la suerte de la estructura y decidan prestan atención a quien se reveló ante lo establecido.

En este proceso, tan inevitable como la vida, el que se desmarca de la rigidez, deberá, muy a su pesar, sostenerse desde adentro hacia fuera, porque el afuera no lo sostendrá ni lo entenderá, en principio.

Los nuevos criterios nacerán de la exploración, de la investigación permanente, del chequeo de sus sentimientos y sensaciones y tan importante como eso, de expresarlas. Todo el aparato emocional, es el primero en responder. Es como una máquina de inteligencia que de pronto se activa y ofrece otras alternativas. Sólo esperaba que le preguntáramos por qué, para qué y hacia dónde. Todo el traje emocional, sus distintas vestiduras y perfiles, conducen. Ese mundo de aguas al principio no parece ser demasiado claro. En este punto, no hay que desanimarse, las emociones verdaderas persisten y resisten hasta ser atendidas y las que están contaminadas de tanta trampa, se disuelven. El movimiento que produce sentirse, cambia lenta pero inexorablemente al disco duro de nuestra computadora: el pensamiento.

Nadie estuvo ni estará solo en la difícil tarea de ofrecerse un destino posible. Posible a la vida, posible a la amplificación. Posible a animarse a saltar más allá de los motivos que llevan a asumir un papel que lo único que hace es perpetuar el sufrimiento. Y posible, sobre todo, a los efectos de inventar otra creación. Todo habla dentro y fuera de nosotros. Cuando te animes a mirar por la cerradura, verás que hay otros visionarios que esperan a los nuevos. Siempre ha sido así, una relación en cadena, un despertar en dominó donde unas piezas caen para que todo se ordene de nuevo. Y nuevo, como sentido de novedad, quiere decir dos cosas: no vedar y adquirir una nueva verdad.

Estuvieron siempre allí, las visiones y los visionarios, sólo que no los registrabas. No los percibe la ignorancia habitual de los pensamientos y la mente que los piensa. No les da lugar la soberbia que defiende a la herida. Las dosis de amor nos hacen recordar la experiencia de la cual venimos: el centro incondicional que gesta la vida.

No hay elegidos. Somos todos herederos de la inocencia poderosa, firme y contemplativa. Existen decisiones que nos impulsan de la periferia hacia el centro. Luego, nos vamos enterando de que el final de la historia, como en los cuentos, explica el para qué.

¡Hasta el año que viene!



Camilo Pérez