viernes, 19 de junio de 2015

Quién explica la existencia?

Última entrega para Ukelelo, Argentina.

Mi niñez fue sufrida, silenciada y desconcertante. Cada vez que decidía expresarme era un tropezón: no había quién me entendiera. De joven, todo mi ser ya demandaba respuestas que explicaran el orden del mundo y su funcionamiento, que justificaran la incomodidad de estar vivo. A la vez, miraba a las estrellas tomado por la melancolía de un hogar que quedaba lejos y al que demoraría en retornar. ''Vengo de ahí'', pensaba echando de menos esa dimensión.

La madre de todas las preguntas (quién soy) no era mi problema, sino qué estaba haciendo acá y a qué había venido. Me enloquecía que nadie se interesara por el origen más profundo de la vida. ¿Cómo alguien puede vivir de espaldas a lo que le da aliento? ¿Cómo si a alguien le pasan cosas no se pregunta por el artífice de su destino?¡Era insoportable!

Estuve fragmentado durante toda mi etapa educativa: una cosa eran las obligaciones curriculares y el Camilo que querían ver en el entorno y otra cosa fue mi intimidad, las inquietudes y vivencias para nada comunes que atravesaba. Y para completar el cuadro, tenía la necesidad hecha costumbre de compartir mis pasiones, lo que era muy frustrante.

Lo que yo sabía era de entraña, lo reconocía desde las tripas pero no podía ponerlo en palabras, no tenía argumentos ni conocimiento verdadero aún. Aproveché el caldo de cultivo intelectual que hervía en el living de casa. Fui criado por la música y la literatura. Con poco más de 15 años, la filosofía calmó mis animos. Tenía la sensación de haberme ausentado un tiempo prolongado de la Tierra y quería saber en qué pensamientos había invertido su tiempo el hombre.

Mi sensación de sabiduría se remontaba a una época sagrada donde el conocimiento me era ofrecido directo por la fuente. Recordaba desde lo profundo de mis células haber bebido del cántaro que guarda el misterio y sentido de la vida.

En algunos momentos sentí que la locura no estaba tan lejos de mi. Articulaba pensamientos que me catapultaban muy lejos de lo normal y al descender, la soledad era agobiante. La locura (para el hombre común) es estar en el frente que da hacia la tormenta y caminar hacia ella cuando la mayoría le escapa. ¡Para el alma, ese movimiento es pura vida y despertar! El alma humana, es lo más parecido a un acertijo: guarda lo que conoce hasta que el músculo de la visión está preparado para ver. Para el alma, revelarse no es un lamento, ¡es un regocijo! Por eso el hombre como estereotipo es un aparato, cuerdo y sin sentido; porque ha decidio refugiarse de su propia alma. Y para los intereses de comodidad, confortabilidad, seguridad y estabilidad del ser humano, lamentablemente es una batalla perdida. El destino no tardará en enfrentalo a sus propios estragos para que conozca su negrura y su brillo.

El camino me llevó, me empujó a una búsqueda. Confié siempre en la senda que se abría ante mi, en la buena guía y sus señales. El problema real era mi ausencia de filtro con la gente, la apertura desmesurada hacia los demás. Mi devoción por compartir el camino y lo que este me brindaba me implicó enormes desilusiones.

Conocí una compañera de ruta muy particular que me enseñó la magia de la escritura. Comencé a hacerlo como un hecho catártico, pero derivó en un acto milagroso. Me volqué a la poesía y después a la música. Transité ocho años de creación y composición y en eso mi estadía en Buenos Aires tuvo mucho que ver. En Argentina inauguré el ciclo existencial más fuerte de todos: algunas prácticas y lecturas espirituales comenzaron a afinar mi rumbo y las cosas a acelerarse o a aclararse, mejor dicho.

De vuelta en Uruguay, todo pasó muy rápido. Estaba al tanto de una gente que hacia rituales y prácticas índigenas para adentrarse en la espiritualidad. Cuando me volqué a ello, fui deslumbrado. ''Todavía quedan héroes. Y encima estos no tienen ningún complejo de divos'', llegué a pensar... Aún con las secuelas porteñas, donde se respira exitismo y culto a la personalidad.

En 2010 atravesé un año de formación espiritual que cambió mi vida y como corolario, escogí mudarme junto a mi compañera de ese momento a un lugar agreste donde cohabitaban los miembros del Camino Rojo (camino espiritual indígena) y personas de a pie.

En aquel entonces, mis decisiones una vez más se enfrentaban con la línea del clan familiar y conecté nuevamente con la soledad y el desamparo. Como un gesto de rebeldía ante la desesperanza, comencé a escribir a través del espacio elretornoalamor.blogspot.com. Fue un pequeño acto de voluntad (heróico y desmesurado) contra tanta agonía. De esas agonías que se cuelan en el minuto a minuto de todos los días. De esas cuyo goteo va informándote que se trata de algo mayor. De un dolor inabarcable que viene de a ratos... Como avisándote de su verdadera dimensión, más grande de lo que sabés, más importante de lo que imaginás.

Inicié este juego fingiendo. ¿Por qué no? Voy a simular que confío, voy a imaginar que creo, voy a creer que puedo, voy a asegurar que sé. Porque en el fondo no confiaba, no creía, no podía, no sabía. ¿Qué pasa si jugamos al amor, a que somos uno, a que todo es perfecto y se encuentra ordenado? ¿Qué ocurre si todo guarda un sentido? ¿Qué sucede si un aprendizaje cancela los quejosos por qué? Qué si me alimento de un núcleo para que vaya resignificando la perferia desde donde experimento mi vida? Ese fue el principio. Yo sabía tres cosas: que estaba viviendo al margen del amor, que un motor invisible me guiaba y que con paciencia, encontraría la manera, las respuestas y la calma.

Estaba solo ante la curiosidad, la inquietud y el dolor que me provocaba estar vivo, y la fascinación por el misterio de la existencia que resuelve las cosas de un modo que nos trasciende. ¿Podría?

En ese sitio de vida comunitaria y silvestre, me protegí de todo, incluso de mi. Adopté sus valores y sus formas, sus discursos y sus ademanes. Funcionó un tiempo. Siempre la arena vuelve a ser arena y el castillo a desmoronarse. Para ese entonces hacía unos cuanto años que jugaba a que escribía, a que cantaba y a que sonreía. Hubo un tiempo donde continué escribiendo y cantando, pero sin sonreír.

Cuando la realidad se hizo imbancable, decidí continuar jugando. Tuve algún claro en mi conciencia de que lo único que me pertenecía era mi intención y a eso me afirmé. Me agarré tan fuerte de esa idea que lo sagrado se volvió serio, el propósito en obligación y la misión en necesidad. Allí di un paso interesantísimo. Vi que mi intencionalidad era gobernada por unas fuerzas de las cuales no era conciente. Vi que decidía cosas que me hacían daño. Y como yo me creía tan dueño de mis intenciones, o era un masoquista o era un hijo de puta... O las dos a la vez. ¡Pero qué poco sabía!

Mis intenciones no son mías, le pertenecen a un árbol del cual soy parte y una de sus expresiones. Mis intenciones están tomadas por el árbol y ligadas a su necesidad. Y el uso de mi conciencia hoy, radica en estar disponible para eso. Mi sangre es igual a la de mis ancentros y mi amar está teñido de nitidez y distorsión. Soy parte del problema y de la solución. Esto no me hace irresponsable: me ubica y me serena. Desde ese espacio, intercambio y converso con el árbol. Él guarda mi sentido de ser. Soy en él y cuando es así, ¡somos!

Aquel 2010 inicié algo: navegarme, transitarme, atravesarme. Seguiré por las esquinas, pasadizos y rincones más oscuros y claros de mi laberinto, recogiendo el sentido, lo que explica y orienta mis pasos aquí: en el afuera, espejo de mi sombra y luminosidad.

Llevo tres años escribiendo, trazando y descubriendo un mapa. Soy un labrador del mundo del alma. Llevo tres años investigando bajo qué órdenes actúo. A quiénes obedezco con mis comportamientos. A qué soy leal en mis conductas. Cuánto miedo hay al desconcierto y a la soledad. Cada vez que me repito en lo conocido, grosero y vulgar me sentencio y perpetúo a mi linaje. Cuando renuncio a las hazañas, todo el clan se alivia.

Llevo una vida entera reuniendo valor, fuerza y coraje; juntando mis pedazitos perdidos, adueñándome de mi, reconociendo en qué medida no me tengo y cuánto me necesito. Llevo mucho afirmando mi porvenir.

Estoy viviendo la buena cosecha de tanto momento entre mis intensidades. Estoy quebrando y flexibilizando mis propias lógicas. Todo mi anhelo es un abrazo con mi herida, un punto de fusión con mi dolor y un sitio de esperanza. Quiero el alma donde escrbí mis proezas, donde el héroe se acaba y florece el ser humano. Este es mi retorno al amor.



Camilo Pérez