miércoles, 16 de mayo de 2012

Cuando pase el temblor

¿Tu cuerpo ha temblado como una hoja?
¿Lo has visto sacudirse a oleadas, con vehemencia?
¿Conocés la sensación de estar preso en vos mismo,
con la garganta cortándose, seca,
sin poder articular palabra y tragando lo poco de saliva espesa,
casi viscosa, que tus glándulas secretan?
¿Y qué tal si a ese panorama le sumás
una sudoración extrema recorriendo
las sienes, el pecho... helando la espalda?
La mente que no para de sentirse amenazada,
descubierta, paranoica; queriendo desbocarse
y contar cada pensamiento imberbe
que construye, que elucubra, que sopesa.
Un ego indómito buscando escondite en cualquier
rincón del organismo, doblando la boca del estómago,
llenándola de bilis, produciendo nauseas
que suben repulsivas suplicando abandonar esos labios.
¿Conocés ese cúmulo de sensaciones?
Eso es el estado de pánico...

El corazón también desbocado, exhausto de hablar
entre tanto pensamiento subversivo.
El corazón bombeando sangre.
y ésta, intentando lavar el veneno mental.
La nariz respirando conciencia,
los pulmones expandiéndose para que ingrese aire.
El aire imprime pequeños respiros,
espacios e intervalos de levedad
donde la mente descansa
hasta volverse molesta nuevamente.
Los ojos cargados de cansancio,
de buscar cómplices o enemigos
según convenga al pensamiento de turno;
hay pensamientos que tienen su raíz en el abandono,
otros, en la culpa.


Las manos esculpiendo entre sí y en el aire prisas y ansiedades.
Así, los ojos se rinden y comienzan a destilar instantes de pureza
que lavan y enjuagan el alma.
El aire toma impulso en la boca del estómago,
la nariz no alcanza y los labios toman distancia entre sí
para absorber una bocanada de aire.
Se comprime el ceño y se distiende un momento.
Los labios se aprietan para sacar de un plumazo las tristezas.
Los pies en la tierra, los codos en la entrepierna,
la espalda hace su descarga y detrás de sí,
los hombros desploman su rigidez.
Ha sido el fin de una lucha.
Un corazón sosegado devuelve la claridad,
la respiración consciente relaja los últimos temblores
y mis ojos nacen de nuevo con luminosidad.
Detrás de todo estado de sopor, lo que nos sostiene vivos, 
es un verdadero amor existencial. 
Esa es nuestra raíz genuina.
Eso es la serenidad.

Camilo Pérez Olivera
Ensayando otra manera de vivir¡!

1 comentario:

  1. Desconozo ese estado (por suerte) pero tu forma de relatarlo me hizo vivirlo...y da miedo, bastante miedo...

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