sábado, 11 de agosto de 2012

El renacer que se avecina

Un nuevo renacer se avecina. ¿A qué le llamo renacer? Simple, al período entre la última vez que celebré el comienzo de mi vida y la siguiente. A lo largo de este período de tiempo comprendido por doce meses pasamos por todas las situaciones posibles. Pérdidas materiales y pérdidas afectivas, perdemos vitalidad, fracasamos en intentos aunque sigamos intentando, proyectamos y volvemos a fracasar, esto nos puede llevar alguna cuota de esperanza que quizá, en las ocasiones de alegría que vivamos, la podemos volver a alimentar. Se ejecutan cientos de cambios: de empleo, de pareja, de casa, de amigos. Son demasiados movimientos que resultaría tedioso plasmarlos en una nota, a la vez que inabarcable.

Alguna vez la pareja de mi madre le celebró a ella, en el día de mi cumpleaños, su ser madre. Me significó aquello una idea cariñosa y con ingenio, aún cuando mis pies de joven adolescente no solían pararse en los zapatos ajenos. En esta época recuerdo con mayor entendimiento aquello. Da la casualidad, que mi primera hija y yo cumplimos años con escasos cuatro días de distancia

En este renacer que golpea mi puerta encuentro un sinnúmero de aspectos por los cuales escribir. Cada nota trazada con esmero, antes o después de cambiar pañales, cada jornada que se escapa sin poderla detener, los minutos eternos que se llevaron el esfuerzo de hacerla dormir y ella responde con un ojo entreabierto al dejarla acostada, como diciendo: “¡te engañé!”. El ser padre trabajando para escribir, el escritor que se desempeña como padre. Esta vuelta se ha llevado energía, he perdido el sueño, me ha fundido el cansancio, me han pasado las madrugadas por encima sin saber quién estaba durmiendo a quién. Nada tendría sentido en esta tarea si un rol no colaborase en ayudar a desempeñar el otro. Ser padre implica un desplazamiento de la importancia personal, un quiebre en las prioridades. Sé más del amor incondicional en la relación entre madres e hijos, quizás marcado por la propia experiencia. Siento que hay un motor en relación a la maternidad que la paternidad no incluye. Pero insisto, esto es un punto de vista sesgado por memorias personales.

La manera en que recordaré este primer tramo de ser padre es un intensísimo viaje de amor, con una entrega que ni por asomo se encontraba en mis planes. Una inexplicable capacidad de fundirme con otro ser, que solo sentí antes, cuando decidí con mi compañera ser una familia y llamar a nuestro primer hijo para que ocupara ese lugar. Una lucha fortísima entre mis urgencias personales y la atención extrema que requiere la paternidad. El despliegue total de las posibilidades para satisfacer las demandas exigidas a cada paso. No hablo de resolver los aspectos materiales -¡ni por asomo!- aunque estos sean fundamentales.

Se trata de muchísimas cosas más. No tengo la menor duda de ello. Ser y estar, que al decir inglés es lo mismo, en este caso se hacer cierto. Darle presencia cotidianamente, romper la rutina, soltarse al juego, brindarse al baile. Hacer con conciencia, ponerle el cuerpo, es una diferencia para siempre.

Sentarse a escribir letras, a darles sentido y contenido, hacerlo posible, está estrechamente relacionado con este motor. Conectarse con el amor, con el espíritu, tiene un vínculo directo con haber atravesado los miedos gigantes y las dudas inevitables a cada tramo de ese camino. Cuando se van resolviendo algunas ecuaciones, algunas certezas quedan de manifiesto. Sería bueno comprender que la espiritualidad -en un país exageradamente intelectualizado- no tiene efecto al cerrarse un libro. Hay una aplicación necesaria para que la teoría se transforme en experiencia. Hay un recorrido que implica riesgos, debilidad, vulnerabilidad y el atravesar los miedos y las dudas hasta trascenderlos. Y la experiencia de la paternidad abre todas esas puertas. Recién ahí se puede contar con el fundamento que sostiene el discurso. Por eso este sistema y todas las estructuras que lo sostienen han caído en un total descrédito. Porque el discurso hegemónico está basado en la inexperiencia. Está lleno de definiciones sobre cómo tiene que ser la vida y dista mucho de bajarse del pedestal desde donde escribe.

Como primer lugar, es vital encontrar el sitio que nos es propio, ese que esperás y anhelás ocupar sinceramente en tu corazón. Cuando ese milagro sucede  y vamos a entendernos, milagro es una forma de decir, toda la creación espera que cada uno de nosotros nos encontremos con la tarea esencial por la que estamos acá. Decir que hay un lugar esperando y nosotros caminando lo necesario para llegar hasta él, es simplemente natural. Lo que se recoge nos convierte en seres libres, ocupando un lugar y dueños de un estado de felicidad que sana y lava las penalidades recorridas. Las reglas quedan saldadas, en cero.

Reconozco que la libertad supone un efecto hacia aquello de lo que nos queremos desprender, lo que no queremos más para nuestra vida. Sin embargo esto es nada más que la mitad del asunto. En algún momento comenzamos a tomar las decisiones que definen qué queremos hacer y cómo llevarlo a cabo. En ese trajín se empieza a describir y a hacer claro cuál es el lugar que nos aguarda. No son miles, no son cientos, nos pertenece uno que está resonando con todos los aspectos previos que fueron nuestras circunstancias.

En definitiva, es una lucha entre lo que estamos dispuestos a dar y lo que es necesario que demos de nosotros. Lo que dejamos en el trayecto son las máscaras  que no precisamos continuar cargando, lo que tomamos del camino se cristaliza en nuestra esencia y deja de ser materia. Ese intercambio nos llena de valía y construye el ser -plano espiritual- en la existencia -plano material- , ese intercambio hace una vida cierta, creíble, verdadera. Un camino mecido en el amor lo resignifica todo. 


Camilo Pérez Olivera
Ensayando otra manera de vivir¡!

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