domingo, 1 de septiembre de 2013

El amante

Estoy parado ante el dolor más grande,
estoy plantado con el miedo delante
detrás y a los costados, encima y debajo de mi.
Pido y clamo a todo lo que existe y es que cada gesto
y manifestación que me oprime sea cancelada,
neutralizada y llevada definitivamente a su cierre
porque merezco y elijo la felicidad.

Cada vez que me opongo a alguna parte de la existencia,
me estoy resistiendo a otra oportunidad de ser feliz.
Por eso en este momento me declaro libre
y en la experiencia del amor incondicional.

Como decido no castigarme más, realizo esta afirmación
y cuando entre en relación, cada día y cada noche,
le pido a mi espíritu que me recuerde
este compromiso conmigo mismo.

En este momento me encuentro completo de amor, dolor, miedo y belleza
y agradezco a mi memoria el recuerdo de que toda censura
agrede mi oportunidad de abrir el corazón.

Respiro al universo y un instante después lo entrego y en ese movimiento,
descubro qué cambió: reintegré a la fuente
—fuerte, flexible, plástica, dinámica y total—  por entero mi enfermedad.
Quiero ahora colmar mis pulmones, llenarlos —sin ahorrar— de inspiración.

No encuentro otra opción en quién soy: o me revelo completo o me perpetuo a no ser.
Me defino íntegro en esencia y existencia y reclamo que todo cuanto transite
permita reencontrarme con esa revelación.

Me sé irrepetible y por eso digo que tengo la alternativa de no repetir factor alguno,
heredado o enquistado a mi genética y memoria,
que ponga en riesgo y se resista a la paz que me habita.

Me libero de cualquier condena sostenida individual, familiar y socialmente
y te insto a que reclames tu liberación y tu estado de claridad.

Le permito a mi conciencia y a mi inteligencia física y espiritual,
sentir, pensar, imaginar y crear aunque ello contraste con cualquier estereotipo
moral, ético y estético de la época en que he decidido vivir:

todas las formas son mi forma, todos los colores son mi color.
Todas las razas son mi raza y todos los latidos están en mi pulsación.
Toda la tierra es mi espacio y todo el cielo soy yo.

Me declaro sin tiempo, sin patria, sin bandera ni religión.
Me declaro en rebeldía ante cualquiera
que ose interrumpir el libre flujo de la libertad.

De la creación escojo la caricia, el beso, el abrazo,
el gozo, la dulzura, la ternura y el placer para hacer el amor.

Como camino, decido el perdón y la reconciliación,
el consenso y el acuerdo, el círculo y la horizontalidad para andar en familia.

Para transitarlo, me entrego a la confianza en la autoridad que emana del corazón. 
Porque la templanza de cada hombre se expresa en sus ojos,
auténtica manifestación de la edad de su alma
y alquimia perfecta entre la simpleza y la complejidad.
Y  al decirlo, para siempre estoy asumiendo mi responsabilidad de ser feliz.

Cuando me encuentre ante la vida, despierta o dormida y el olvido me venciera,
le pido a este instante que me devuelva a la conciencia de que ya soy pleno amor.

Para que se barra del mapa la ilusión de la separación,
despliego entre mi mundo y el mundo, entre el universo que soy y que sos,
la verdad más alta de todas: el amor.

Pido la compañía de quien se sienta merecedor de esta realidad
y solicito, se me asista y ayude, a ser buen canal y facilitar la felicidad.
Me reúno a partir de ahora sólo con quien desee andar
tras la huella que lo lleve a descubrir quién es.

A partir de aquí, permitiré la compañía de quien pueda gestar junto a mí
un instante de belleza, magia y fascinación.

A partir de aquí acepto la compañía de quien reverencie la vida,
porque si lo hacemos, comprendimos cómo es.
Porque si danzamos esa melodía, se desintegra lo que no es verdad.
Porque así restauramos y reafirmamos el lazo entre la esencia y el corazón.

Tomaré asiento y reposo y caminaré del lado de quien sienta llegar desde las profundidades
—incluso de atrás de su corazón—la reverberación de la vida, la vibración.
Ese es mi estado y su revolución.

Que mi movimiento imprima la exaltación de lo que es bello y exultante,
el gesto de gracia natural a cada ser.

Hay un campo magnético y acelerador donde se levanta el regocijo
y el sonido que proviene desde el silencio y la intimidad.
Esa rueda de hermosura se expresa y se vuelve de nuevo al silencio primordial.

En este momento canto mi completa interrelación
con todo lo que vibra, late, pulsa, sueña, desea, anhela, siente, piensa: es.
En este momento sentencio a mi poder a pararse humilde, firme, sereno,
tolerante y paciente ante la transformación y la impermanencia de la vida.

Sólo desataré mi guerrero ante la hipocresía, la ironía y el juicio,
ante la soberbia, la arrogancia, la suficiencia, el orgullo y la vanidad.
Cuando de rienda suelta a esa condición, ¡avanzaré!
Seré conciente y estaré presente para no derramar mi energía vital
por lucha o conflicto alguno. Pues nada ni nadie merece que extravíe la alegría y mi sonrisa
ni que olvide mi natural estado de bienestar.

Seré franco por el compromiso hacia la verdad y el respeto hacia mí mismo.
Seré el mejor espejo que pueda al absurdo y a la falta de sentido común,
aquel sentido y movimiento continuo que respira el orden universal.

Desalentaré la distancia con la cósmica armonía.
Optaré por la elegancia y la canción para nombrar a veces al dolor,
por delicadeza hacia la herida, para envolverla en melodía
y retar a la tristeza e interrogar la soledad.

Somos uno, somos todos, yo soy tú y tú eres yo,
soy la galaxia hecha a medida y una expresión de Dios.
Mi amor crecido, engrandecido, tiene permiso para estallar
y cuando eso ocurra, seré existencia en el universo de los demás.
   
Estoy y estaré en el tambor y en el paso del caminante,
rumeante de la vida, contemplando lo que mis ojos ven.
Toda mi casa es el aire y la inmensidad, el hombre desvelado,
el hombre despertado por el rayo y el amanecer.

Toda mi casa es la tierra y su arena es mi piel,
sensible y duradera, que se escurre y se constela.
Soy fruto y monte nativo, el halcón, el águila,
sus ojos y el ojo humano, el colibrí y el cascabel.

Soy un escudo y el temple, el cáliz y el rey.
Soy la sal en el llanto bañando la herida, regando la vida y cerrando el dolor.
Soy el misterio constante y la muerte que pulsa y vuelve a nacer.

Estoy en el extenso vacío, en el fuego y en su chispa,
en el agua empapada, fría, tibia y encendida.
Estoy en las luces, en el búho nocturno y en la tempestad,
en su relámpago y su tormenta, en la estrella y la raíz.

En este presente me despierto a la opción de sentirme extasiado,
vulnerable y permeable ante el misterio constante y la muerte imprevisible.
Devuelvo a mis entrañas la interdependencia infinita y precisa hacia el amor.

Me envuelvo en el amparo del Gran Misterio para ser acunado cada luna
y que ella acompañe el canto de mis hijos como lo acompañaré yo.
Los arrullaré en la noche cósmica, cuando el día alumbre otra latitud
y seré arrullado y alimentado, como mis sueños,
por la espesura de lo ingobernable, lo inevitable y lo invisible.

Me entrego a la voluntad del Gran Espíritu y libero a mis hijos de mis expectativas
para que al abrir mis ojos y los suyos podamos ir al encuentro del Sol mayor.

No habrá verdad que resulte ajena a mis convicciones si proviene de lo genuino del ser.
Entonces mi perspectiva conquistará una realidad completamente nueva
a lo que imaginó un momento atrás.
No me excuso ya, reconozco ser conciente de que todo cuanto es a mí alrededor,
constituye el espejo de mi creación.

Sé el poder de la palabra, fecunda y nacida del orden del silencio,
canal del espíritu y expresión del alma. 
Desde esa comprensión y entendimiento
construyo esta poesía y mi posición ante la vida,
que es un rezo, una intención y una energía para el que quiera acompañar.




30 de agosto de 2013
Camilo Pérez – Hombre Rayo
Año de la serpiente. Tiempo de la red del cielo en la tierra.

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