jueves, 5 de septiembre de 2013

Al otro lado del vacío

Me encuentro al filo del dolor, en su umbral.
Estoy dispuesto a quitarme el escudo que me separa de lo que necesito
y con la voluntad de dejar mi vieja piel en el laberinto mundano
y para siempre existir en lo trascendente, lo simple y lo hondo.

Me encuentro en el umbral,
con mis resistencias agotadas, diezmadas, acabadas.
Tener claro el sí mismo y que hay vida cuando todo empieza
desde el punto de luz que soy hacia la creación, es inaugurarse.
Entonces voy claro aunque afuera me espere el caos
de un tiempo anterior donde mi conciencia
escribió el mapa para que mi cuerpo,
delgado, fino, rapaz y veloz; lo cruzara luego.

Me tendí la ruta personal. Sembré mi propio abismo
para no tener otra opción que sentir el precipicio.
Y aquel hueco abriéndose bajo mis pies
hizo que desatara las alas de ángel y halcón
un segundo antes del fondo que llegué a rozar.
Un momento después de que los miedos estuvieran completos
y el fracaso ya lo gobernara todo con soberanía.

Así de drástica apareció está parada:
tomé asiento y partí hacia el final de la tierra.
Detrás de mí el fuego le quitaba la ira
y los enojos atrasados y arrastrados al amor.

Yo me llevé mi amor en aguas y mis convicciones heridas en el corazón
para sentir de verdad, que lo hecho fue tejido por el mismo destino
que ahora se ofrecía estrecho pero único.

No tuve reproches conmigo,
desarmé mi alma para que nada quedara sin compartir,
ni las penurias ni las suertes como tampoco las visiones esclarecidas.
Todo lo desnudé, cada margen:
levanté el cielo y la tierra para captar una posibilidad,
corrí las nubes y clavé mis manos en el suelo, buscando raíces y rayos
para servirlos, para alimentarnos, para hechizarnos.
No fue suficiente para amainar la tormenta
y entonces fue un temblor, luego dos y después miles.

Quiero un hogar con los míos después del dolor y el umbral.
Quiero que los míos suelten la ceguera
y se animen a ver por vez primera, renacidos y sobrecogidos por la luz.
Quiero un lugar completo entre la madre y el padre,
un espacio abastecido por la abundancia, fértil para los anhelos.
No me importa cómo se presente el cielo ni cuánto haya que labrar
mientras el azul y el verde estén constantes y pulsantes en mi corazón
y en el latir permanente de los que me rodean.

Dos pies seguros para partir los tiempos que me deshabitaron
y las plantas sujetándome al centro de la tierra.
Más que partirlos, renovarlos, ¡más que eso!
Reconquistar el amor, el mío, el tuyo, el que nos concierne a cada uno.
Asumir lo que me separa de mí y crecer para alcanzarte y completarte.
Así me sentiré elegido.

Mi entera dedicación gira su flecha para dar a tu blanco
y que estalle la luz y nos estampe su brillo elevado y conciso.
Me acuesto y me despierto del otro lado, entre el canal y su bulevar,
dispuesto a encontrar tu alma
en cualquier rincón del universo.

Sé el futuro, es un presente en otro tiempo de la dimensión de la conciencia.
Me envuelvo en Dios, me vuelvo a Dios, voy bebiendo y absorbiendo de esa fuente.

Tengo la suerte de mirar más allá de lo terreno,
la ventaja de atraer lo bueno y verme crecer el corazón.
Hay un vestigio de fortuna y un vértigo que madura para ligar el amor.

El equilibrio constante y la armonía que abrasa,
la medicina está en cualquier lado, en el lugar más insospechado
y una canción te dice lo que no me atrevo a decir.
Un espíritu sin hendiduras, un camino sin fisuras
para recoger lo que me hace sonreír.

Un talón y la inmortalidad, finita, eterna.
Un renglón que se comunique
y la tinta en las biromes escurriéndose, inagotable.
Estoy escalando los abismos, estoy haciendo surcos en el aire.
Estoy volando las cimas, estoy deslizándome entre las hojas
de un invierno a punto de terminarse.
Estoy recuperando la frescura
mientras llegás escrita por las frases que te evocan.

Nos convocan las alturas,
me reservo los besos y la ternura que te pertenecen.
Hay una primavera que está a punto de bajarle el telón al frío.
Están esperando por mi imaginación al otro lado del vacío.




Camilo Pérez

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