lunes, 31 de diciembre de 2012

El final de los tiempos: de la humanidad a la familia planetaria

Dan ganas de quebrar el silencio, de celebrar este momento, de festejar con todos, de estar en todas partes a la vez. Quiero asistir al centro de la galaxia y estar en cada sitio, ángulo y rincón donde se esté desplegando el despertar.

Es posible que un error de nuestra parte sea quedarnos sin palabras o acudir a las más bellas para describir este momento. De esa manera, los más descreídos nos tirarán con sus miradas llenas de escalofríos, apretarán sus labios y se mofarán de nosotros cuando al día lo traiga un amanecer previsible. Pues no hay naves nodrizas girando en el cielo que podamos ver tu y yo, por ahora.

Un solsticio que cumple su verano a tiempo y forma es lo más sincero que observo a primera vista. El aire de siempre, apretado. El aire con que no nos queremos volver a cargar. Insoportable por su naturaleza repetitiva, respiramos asistida y automáticamente. La falta de inspiración agobia al hombre. Pero allí, cuando todo se dibuja igual es que se comienza a mirar diferente. Porque nada es permanente y entonces surge la sospecha. Si nada es lo mismo, tengo la responsabilidad de lograr observar las cosas de otra forma.  Cuando me aliento a dar un vistazo otra vez y repaso la escena, estás vos y tu gesto duro que se desnuda y va quedando solitario y esta mirada buscando inspiración en el centro del parto cósmico. Y entonces sí, abro canal y siento la información penetrándome con cada partícula de luz solar.

Hay cientos de sonrisas a media asta. Bocas posando ironías y las voces que acompañan mis jornadas diciendo que el mundo aparece hoy tal como lo dejamos dormido ayer. Si tu voz continua oscureciendo amaneceres doy por seguro que serás invadido por más bocas y más voces. Todas ellas dirán lo mismo, todas ellas hablarán distinto. Hasta que aceptes la luz iridiscente, hasta que te transformes también. Pero hasta que no te entregues, las voces se van a colar por cualquier lado. Porque si hay algo cierto estos días, es que hay permiso para insistir en el amor.

El despertar cósmico es también simbólico, simula pasar inadvertido, simula perder su poder en manos humanas. Siempre entregamos nuestras fuerzas al jugar con niños, siempre ganan ellos. El universo se hace el dormido, se desborda sin luces ni saltos cuánticos ni grandes estrellatos. El universo -parece- se hace el distraído, mira para otro lado mientras desplegamos el amor, la soledad, sacamos el dolor, robamos lo que es nuestro, reclamamos lo que nos pertenece. El universo nos mira, niños, y nos deja ganar otra vez. La tierra como el universo es inmensa, son poderosos.

Hay voces que se fueron despiertas e ignoradas y habitan su lugar en el espacio y hablaron de estos momentos. Quiero evocar algunas en representación de todas. Ludovica Squirru me trae las de la otra orilla y yo sumo algunas de este costado del cordón de plata. Benjamín Solari Parravicini, Oscar Schultz Solari -“Xul Solar”-, Ezequiel Martínez Estrada, Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato, Humberto Pittamiglio, Francisco Piria,  José Artigas. Siempre faltan nombres en estas listas. Ilustrados, anónimos, en mármol o despintados. Sus visiones estaban adelantadas al horizonte que aún hoy se escribe distante.

El cielo no se abre para que nos invadan fuerzas sobrenaturales o del más allá y entonces todo el 2012 parece ser un fiasco. O tal vez haya ángeles, arcángeles y querubines sobrevolando y actuando en cada desmembramiento social, fuga económica y ataque al cuerpo pesado y obstruido del sistema y los estados. Hay enormes mantos de luz también en cada agresión que esta humanidad colapsada se hace a sí misma. La vida no vale lo mismo para todos nosotros y esa es la razón por la cual no respondemos de igual manera. La ética reventó hace décadas, se hizo humo. La violencia es una manera de dar orden a aquello que por sí mismo no está dispuesto a moverse. La agresión es un movimiento luminoso, tocado y promovido por el mismo amor que la caridad.

Lo único que me resulta en verdad inmoral son las actitudes que se muestran displicentes al cambio, resistentes al movimiento, que ríen con una mueca y muerden el susto con la otra mitad de su gesto. Eso sí me indigna. Jactarse de no pertenecer, de no involucrarse. Entre el 21 de diciembre y los días subsiguientes me habitaron dos sensaciones: una de celebración, de renovar el compromiso, de gratitud por haber llegado a este momento, de doblar el desafío y vivir en plena autenticidad y ser verdadero conmigo. La otra es haber percibido burlas, actitudes de sorna, como quien se vuelve a sentir invencible porque otra fecha más se esfuma en el calendario sin que el mundo se derrita finalmente.

Tomé ese día tan particular y los dos que prosiguieron con actitud de resumen, de pasar raya. Me asumí dentro de los últimos veintiséis mil años como si fuera una sola entidad y hubiese estado vivo en cuerpo y alma a cada instante del rodar de la tierra y sentí (y siento) claramente que para buena parte de la humanidad se acaba el mundo, el tiempo y la oportunidad. Insistir en detalles lo hace aburrido. Donde no hay respeto, honor y lealtad hacia la naturaleza, la nuestra, que no se pretenda seguir pisando tierra.

No son días para estar firmes, quizás lo mejor que podemos hacer es fluir, tener cadencia y cintura ante el devenir.

Convivieron el 21 de diciembre, el espíritu festivo de una cuenta larga que se agotó, la predilección humana hacia las fatalidades a gran escala que se le cargaron a los mayas y una creciente tensión social que no se aguanta más acá cerca, apenas cruzando un río o a un click de distancia en el océano virtual.

La humanidad está muriendo con la era pisciana: era de la discordia, de los opuestos que no se toleran, de las contradicciones que no se perdonan, de las teorías que intentaron sujetar al mundo y del método científico utilizando al hombre como rata de laboratorio. La era de la demagogia, de la astucia en la oratoria para perpetuarse siempre y no cambiar  jamás. La edad de la razón sobre la paz, el tiempo eterno del poder pisando la autoridad. Los siglos de las fronteras, la trampa de la división, la mentira de la soledad, la guerra transmutando la vida y ni un instante de tranquilidad. Las décadas de los excesos, el ataque constante a la integridad, la fragmentación de la salud. La brecha cultural: los hijos del rigor, las secuelas de la educación y la ignorancia.

La vida pende de un hilo y repasar la memoria de la era cristiana dista mucho de ser gratificante. En estos últimos siglos las dificultades se extremaron de manera exponencial. La inconsciencia fue el mayor rasgo que existió entre los hombres. El miedo y la oscuridad pretendieron cortar la certeza en la divinidad y quien fuera grande de corazón y humilde en sus pasos, no sobreviviría: esa fue la decisión. Pero empecinados, volvimos una vez y otra más. Dios murió encadenado al Vaticano o quemado en hogueras y quimeras de cualquier tiempo y civilización.

Estos tres días fueron de luz, entendimiento y compresión y no se acabó su espíritu cuando el reloj consumió los últimos segundos del veintiuno de diciembre. Al contrario, el canal está abierto, la información es constante y un estado de revisión profundo nos embarga, nos cansa y nos agota, pero no nos permite dormir.

El mayor entendimiento que surge espontáneamente es que la humanidad muere, que miles deciden enfrentar su hambre y su dolor y los que lo tienen todo también sufren de apetito porque no están dispuestos a ceder ni un metro de sus carencias llenas de opulencia, oro y soberbia. No hay intención de resignar  nada de lo que los vacíos existenciales han rellenado por años. No cabemos todos.

La humanidad parece morir en piscis. Los hombres boquean y no se rinden, sucumben de ojos abiertos a la orilla de la historia. Lejos de la demagogia de un lenguaje espiritual lánguido en muchos miembros de la luminosidad divina, la espiritualidad se cuela en hechos e instancias inesperados. Situaciones de tensión, presiones económicas, masivos conflictos: no darán tregua, no es tan sencillo. El deterioro del hombre es de una lógica previsible, clara, profunda, no amerita más vueltas.

Sin embargo este balance precisa saber cuál es el futuro rumbo. La pregunta es qué viene después de una historia breve y humana. Qué nuevas ideas, provocativas y arrogantes, se atreven a fundar otros conceptos que intervengan la línea de lo conocido, que le devuelvan el sentido y la vida, que le den aire a esta historia. El desenlace solo me animo a expresarlo intuitivamente, conectado a mi instinto, tomando de la naturaleza salvaje y su sabiduría - la mía- el real criterio de lo que precisamos.

El holismo es la fuente que hoy nos nutre, la inversión de nuestro trabajo al tiempo presente y la apuesta a futuro, por más que hoy se intelectualice y se discuta. Todas nuestras acciones individuales se torcerán a los ritmos solares y lunares y las asociaciones que prosigan a estas, establecerán nuevos acuerdos, naturales, adecuándolos a una feria bioeconómica.

La conciencia necesita espacio para provocar milagros y precisa lugar para expandirse y lo mejor que nos podemos prometer en este momento es hacer el pasaje que nos convierta en familia planetaria y eso es lo nuevo.

Ser familia planetaria significa recuperar el eslabón que nos liga a la naturaleza.
Ser ingenuos de nuevo en nuestros ojos y en nuestras manos para que podamos caminar hacia cualquier ser vivo que nos rodee sin observarlo con indiferencia, como algo exótico o medir qué tan rápido podemos domesticar su actitud a nuestro interés. Volver a andar descalzos, a escuchar el fuego, a entender al viento y sentir nuestra pequeña autoridad ante espíritus como el del agua. No es tan fácil perder la alergia y la picazón ante el pueblo verde, el aire, las nubes, quienes nadan, quienes se arrastran y todos los demás seres vivos. Estamos parados en un lugar de escaso poder y de deterioro individual. Nos sentimos amenazados porque todo alrededor es uno y nos hemos quedado solos intentando gobernarlo todo y en el fuero íntimo nos sabemos entre gigantes.

Si recuperamos ese lugar exacto, esa vuelta precisa que se acomoda en los cuerpos sutiles, ese instante de distinción y claridad, entonces tendremos permitido el acceso a la memoria. Nos reuniremos con el resto de la familia, habitaremos la tierra en conciencia y seremos otra vez custodios de su equilibrio y armonía, que será también nuestro estado. Así parece dibujarse un período antiguo y renacido que asoma cercano. Esa lucidez y sabiduría es la que embate el pulsar del sol central, el sonido y el verbo del cual nacimos. Hacia esa dirección está girando su comportamiento toda la familia aquí en la tierra y el dos mil trece es una de las últimas posibilidades de ponerlo en acción.



Camilo Pérez Olivera

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