sábado, 11 de mayo de 2013

Sangre nueva: la savia y la sabiduría


Algunas personas responden a la política, a sus partidos, ideas, banderas y líderes. Algunas otras defienden las causas de una institución deportiva. Otros pondrán su fe al pie de un sistema de creencias, incorporándose al cuerpo de una religión u otra. Templos de puertas inmensas, de paredes frías y húmedas y cientos de figuras enmarcadas en vidrio y madera que se vienen encima. Un techo abovedado, colgado y lejano tiene dibujado al cielo. Un montón de seres se desbordan  de los muros y de todos lados, queriendo intermediar en la relación de un hombre con Dios. Las personas dispersan su atención eligiendo un conjunto de ilusiones u otro a través de las cuales encandilar la vida. Todos estamos bajo el embrujo e influjo del cuerpo de una ilusión.

 En lo personal concentré mi atención siempre en la convicción de que algo mucho más grande sostenía este orden de las cosas. Durante décadas mi mayor ilusión fue intentar salvar el mundo en cada relación que tenía a mi alcance. No conocía ni recordaba las decenas o tal vez los miles de círculos en los que mi espíritu, habitando un cuerpo, había transitado. Mis propias experiencias vitales mostraban fragmentación y muerte —primeras desapariciones físicas en la familia y la separación de mis padres—, lo común. Sin embargo, el chip interno que venía grabado conmigo, impedía poder comprender de un modo natural las estaciones de división y soledad por sobre el amor. Entonces me avoqué de joven a salvar a compañeros de ruta de desilusiones y faltas de abrazo que primero, hubiese necesitado yo.

En algún punto de mi historia, alguien dijo que cuando intentamos rescatar al otro, lo que se manifiesta es todo lo que está en nosotros que precisa ser salvado del desamor y el desamparo que ya está instalado dentro. Para ese entonces, mi mirada se refugiaba en un sistema ecológico contenido por el orden natural y el crudo vivo de sus colores. Los matices y su defensa acérrima, como ocurre en todos los campos de representación del mundo de los enemigos —fútbol, política, religión, razas—, no me interesaban. Para mi la belleza no era blanca ni era negra, ni amarilla ni roja, sino la mezcla de todas sus posibilidades unidas.

Lo profundo es la virtud y calidad que vive interior a cada manifestación y el color áurico e irrepetible que el espíritu le puso a ello, y no su exclusión por torpeza y desinteligencia humana. Durante un tiempo, Dios tuvo lugar en mi interior hasta que encontré dónde desplegar su naturaleza, pero siempre conviví con su idea y sensación como quien rumea una certeza cercana a la verdad y no logra descubrirla afuera. Un día y tras un largo recorrido, llegué al rodeo de un montón de personas que formaban un círculo entorno al calor y las llamas. Un hombre, uno más, tan cerca y tan lejos del centro como todos los otros hombres y mujeres que allí estábamos, nos explicaba cómo era para él dialogar con el corazón y el fuego.

El estudio por separado del órgano que somos no nos conduce a la cura. La fragmentación no nos compensa ni permite observarnos en esencia porque —en esencia— no estamos separados de nada. No nos remedia, al contrario, deja expuesta la herida alimentando toda su resistencia, extremándola, potenciándola y reforzándola. Incluirnos en la ronda, espeja lo que nos ocurre en un montón de reflejos que como nosotros, han padecidos sofocaciones similares. Nos da la orientación sin forzarnos al cambio. Nos muestra —sin intromisión— el trayecto que otros realizaron para establecer la conexión entre la matriz del dolor y el sentido que tiene para superarnos. En tal caso, observarnos en lo que le ha ocurrido a otros, desalienta todo sentido solitario, porque reconocemos que nos somos los únicos en pasar por ese lugar oscuro que nos es temible e insuperable. No hay miedos, imágenes, juicios y conceptos que tengamos sobre nosotros mismos que no se puedan diluir en la transparencia, claridad y fluidez del agua, ni fundirse, quemarse y transmutar en el calor abrasador del fuego.

Haberse reparado a sí mismo, fortalecido por el impulso y la contención de un círculo, es toda la medicina que un hombre puede desear ser y mostrar a los demás hermanos. El círculo embellece el matiz individual y el poder que se despierta en él no es igual a la suma de las partes. Estas últimas son alimentadas todo el tiempo y la conciencia, entendimiento y comprensión que se levanta allí, no puede ni es sostenido por las personalidades. Cuando estas ceden o se apagan, el espíritu y la medicina circular de la tierra se despierta. Si esa magia sucede, el punto de luz que somos brilla y resplandece, levantando la intensidad y habilitando la sanación. Si esa magia tiene lugar, recuperamos y  tomamos nuestra verdadera condición de hijos de este orden, al amparo de la tierra madre y del cielo padre.

Diría que la ilusión en la que prefiero vivir es la posibilidad de las relaciones y el poder de la palabra. Abrir el corazón y alcanzar otros estados de conciencia gradualmente, dejar el sueño en el que estamos acostumbrados a pasar sin vitalidad. En ese terreno es donde me ubico y reconozco, mi lugar.  Sostenerse en soledad no conduce a nada aunque arremetamos y atiborremos nuestros espacios cibernéticos de mensajes. Si el motor que imprime la energía es el intelecto, estamos anulando la experiencia y martillándonos desde el mismo rincón que nos retira y deja al margen. Queda claro así que hay distintas maneras de marginarse. Estamos entrenándonos mentalmente, cavilando y pensando la espiritualidad para conocer el discurso y lo que es peor, saber defendernos de esto también. No hacer el ejercicio de darnos a luz es rechazar las etapas vivas, el crecimiento y la madurez, y nadie a logrado sobrevivir en las sombras y el confinamiento sin pagar sus costos.

Diría que es necesario cambiar los “ojalá” y los “esperemos” si de verdad queremos dejar de jugar a que estamos creciendo. La web es una oportunidad pero también una trampa ideal para no ejercitar el corazón y propagar buenos deseos. Acumular y tender postales como antes estampitas en la cartera o en la billetera, en una suerte de filatelia actualizada y posmoderna, no nos coloca en el verdadero viaje.

¿Cuántas formas encontramos de postergar el amor? ¿Cuánto esfuerzo realizamos para evitar tocar el dolor que nos hirió y que contiene la llave hacia el potencial para reinventarnos? ¿Cuánto tiempo se pierde en complejos artilugios que nos alejan de la simpleza? Pregúntenle a quienes participan de la política. No existe una ilusión mayor que requiera tanta exigencia para mantener un estado de situación que se encuentra deshilachado y en desuso.

Fabricamos tensión, nos hechiza la trama y luego protestamos ante Dios por su injusticia divina. Así recae sobre nuestras cabezas el rigor de vivir de distracción en distracción. Porque el orden natural del amor siempre va a traer aquellos viejos hábitos. Está en nosotros continuar escogiendo si continuar comportándonos y respondiendo igual o articular con inventiva e imaginación otras formas que sacudan la estantería que tiene retratos tan obsoletos. ¿Tanto cuesta colocar la bisagra en el centro de nuestro foco y prestar atención? Mientras una nueva organización entra en la atmósfera o se levanta desde la tierra alcanzado el aire, el antiguo paradigma y sus nociones viven un desconcierto proporcional a su desmembramiento.

Si nos repasamos, es probable que verifiquemos que las raíces de los miedos y el dolor quedaron petrificadas e inmóviles en una o varias situaciones que se sucedieron hace años o tal vez décadas. Que todo lo que hacemos es revivir una y otra vez aquella circunstancia que pasó para traerla al ahora. Es lo que se llama, configurar el conflicto o el mito que nos vive.

El camino del héroe que habita en nosotros exige como única dirección válida correr los laberintos propios buscando la salida al tedio que nos atrapa. Es un acto tan natural como único encontrar las respuestas para desenvolver los acertijos y permitir ser el caballero que libere a la princesa encantada. El guerrero que quiere salir a dar su propia batalla debe reconciliarse con su aspecto más amoroso para que el final sea feliz. Lo más sensible, lo que despierta y se regocija ante la expresión de la vida es lo femenino de cada uno.

Algunas personas trabajan y respaldan este descalabro. Hacen posible que este orden de las cosas resista ante la adversidad de los tiempos que está diciendo que el momento es otro y es ahora. Sostenerse en el temor a cambiar nos deja en la costumbre y en lo conocido.  Decidirse a la transformación es duro, pero mantenerse en la enfermedad ya no está resultando tan gratuito y cuanto más nos demoremos como colectivo, más fuerte y costosa será la caída.

Algunas personas responden a un estado de situación insignificante comparado al amor que las espera. En lo propio, respondo sólo al Gran espíritu, la Fuente, la Esencia, Dios, el Universo o como quieras decirle. Sólo un motivo me impulsa: ingresar en ese espiral me devuelve la fortaleza y estar al servicio en las relaciones me eleva al estado de gracia donde una y otra vez reconozco en esa fuente mi propio origen.

¿A quién respondés vos?






1 comentario:

  1. siempre supe,que los dogmas ,son eso ,dogmas,de creer en mi intuición,de sacar el miedo dentro de mí,de nunca sentir rencor,odio,venganza,y recibir cada día el dulce conocimiento que dá el amor incondicional,perdí a mi amado hace poco,feliz por él triste por mí,pero orgullosa de haber estado con él,y dar el amor y cuidados,lo tenía que hacer y lo hice,lo ayude a alcanzar la luz,preparándolo para su eminente partida aunque yo no quería pero se fué al otro lado del velo,sómos uno,y uno sómos todo,me gustó mucho ,el mensaje uno se da cuenta que sóm@s much@s los que estamos en sintonía con la fuente divina,bendiciones,milli

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