miércoles, 17 de enero de 2018

Los abrazos que ya no...

Es lluvia de enero y el agua frustra unos nocturnos y sencillos planes. Los licua y yo los veo naufragar. Sin grandes resistencias, me rindo a una noche de emociones bailando al ritmo de este cielo mojado y resbaladizo. Conozco estos rinconcitos de mi. A cierta edad - cada cual sabrá...- uno ya reconoce lo que la vida no es ni será. Lo que no fue o lo que se esfumó. Los proyectos que no. Esos más importantes y necesarios que los que se lleva esta sencilla lluvia de enero. 

A cierta hora, ¡bendita hora! Uno ya sabe los brazos que no sostienen, la confianza que se quebró, la complicidad que se llenó de dudas, la intimidad que huele a peligro. En cierto momento, uno sabe los abrazos que ya no...

¿Un canto a la desilusión? Sí, puede ser. Pero despeja el camino, ahorra tiempo y ya seguís de largo. Al principio cuesta, pero después caés en la cuenta que ese amor, ese amigo, ese familiar incluso... Ya no. No supo, no pudo, no quiso. Entonces, ya no.

Yo me quedo donde y con quien me ataje de brazos abiertos, sin medida ni consejo y con un silencio acogedor. Yo me quedo con las bocas que acechan, amplias y con besos calientes. Yo me miro con los ojos que dejan su mirada ardiente. Yo me quedo en una piel encendida, sin ganas de apagarse y con el deseo urgente de habitar lo misterioso, lo hondo y lo provocador. 

Yo me quedo entre las manos que -detrás de las palabras fervorosas- me cuentan sus sueños rabiosamente. Aquellas que narran y se preguntan al borde del odio cómo es que aún la vida no les concedió la dicha de ser lo que llevan dentro.

También soy parte del vacío de aquellos a los que ofendí. Y no me elijen, y están en lo cierto.

Yo no muevo mi alegría con los que me perdieron. No muevo ni mis palabras ni mis manos. Simplemente hay lugares, hay corazones donde no me muevo.

Yo me elijo entre los rotos a quienes los golpes no les fueron acortando el corazón ni silenciando la sonrisa. Los hay. A veces me olvido dónde, pero lo sé porque después me acuerdo y los encuentro. 

Dicen que el mundo duele, y comparto. Pero no me duelen las guerras lejanas, me duele mi afectividad próxima cuando no contiene y se convierte en tierra de abandono y desabastecimiento. Me duele donde desearía mirar y no me pueden ver. Donde el gesto no alcanza y el amor no llega. 

Adoro estos días de enero, de planes que ya no. Donde mi alma se expande.



lunes, 27 de noviembre de 2017

Mujeres:

Mi nombre es Camilo, soy un hombre de 34 años. Soy nieto de Nahir, hijo de Claudia y padre de Julieta. En mi familia -breve y chiquita entre los que tenemos cercanía- son más mujeres que hombres. Es por eso que siempre tuve mucho más a mano el universo femenino que el masculino. Muchísimo tiempo después, entendí por qué la vida diseñó esa realidad para mí: cuando las mujeres se juntan, hablan de lo que les pasa, mientras que los varones lo evitan. No es mi caso, no eludo lo que siento.

No siempre cuando las mujeres se juntan y hablan, sus sentires y pensamientos reflejan la verdad, pero el hecho tiene el valor en sí mismo de encarar lo que les sucede. Como les sale, como pueden. Y para empezar es suficiente.

Mujeres: yo soy un hombre. Pero antes, mi corazón es humano. En él hay penas, conflictos, dolores, heridas, alegrías, sonrisas, conquistas y abrazos. Aunque diré que los abrazos que más fascinan a mi alma son los que nos damos mi hija y yo, y en su semblante y su pararse ante la vida, podré ver si lo logré o no. Por lo menos parcialmente, su presencia dirá de mí si conquisté mi corazón o no. Porque algo de su florecimiento, habrá sido consecuencia de mi cura.

Mi vida está atravesada desde hace rato por el camino hacia la redención y el perdón. Rendir honor a mi destino es a la vez hacer las paces con lo que fue de mis ancestros y con el camino que me llama hacia adelante. En la vida de los que conozco y en la de los que no conocí, hubo dolores. Mi vida es un milagro compuesto por sus avatares y sacrificios. La tuya también.

Nuestra identidad está traspasada por la complejidad de personas de las cuales ni siquiera conoceremos sus nombres. Lo que ellos –nuestros antepasados- dejaron en el debe, se reparte y es legado de quienes ahora estamos vivos. Es así que todo lo hace a la conciencia – familiar y social- es una herencia que nos toca sin previo aviso. Nos sucede por el hecho de estar vivos, no hay elección. Discutir esa herencia, es igual que parase frente a un gran árbol de roble lleno de los más variados sucesos, con las huellas del paso del tiempo. Es inútil y desvitalizante.

Nos toca lo que nos toca y el asunto es qué hacemos con eso. Yo hago nido e invoco una intención todos los días: abonar relaciones verdaderas y con sentido. A esos vínculos quiero pertenecer, en ellos quiero permanecer.

Muchas veces pensé que postergaba mis sueños al decidir cortar con quienes no me hacían bien, pues estaban involucrados en mis anhelos. Con el correr de los años me he dado cuenta que en realidad estoy siendo buen custodio de los sueños de mi corazón y de los destinos que mi alma conoce: a ellos les estoy eligiendo lo mejor y es sólo cuestión de tiempo.

Y quiero compartir lo que para mí han sido herramientas, como quien lanza un rezo o un pedido de amor y respeto al universo de nuestros corazones. Una estrategia para habitar relaciones sanas. Y lo hago porque no me siento fuera de nada y soy parte de esta gran familia planetaria: de sus heridas y de la posible  redención de su alma.

Sé que primero está lo que necesito, y en ese margen, poder discernir lo que me hace bien de lo que no es el primer filtro. Lo más difícil de esta primera decisión es sostener las etapas de vacío que es proporcional a desabastecer a la personalidad. Porque la personalidad es adicta al conflicto y se pone frenética cuando toma contacto con los huecos emocionales y las sensaciones desagradables que orbitan en torno a la memoria del desamor cuando esta se mueve y avanza. Una frase que calza como anillo al dedo sería: “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

No voy a poder solo/ sola con este proceso y reorganización interior porque lo primero que fluye a la superficie es caótico, así que voy a precisar ayuda. Si logro encontrar quien me asista durante esta etapa, habré conquistado una buena medida de amor propio. A partir de aquí ya nada es tan difícil.

El siguiente desafío será seguir cuando trastabille o las situaciones no deriven en un puerto tan amoroso como pretendía. Como un GPS cuando indica “recalculando..”, habrá momentos donde hay que ajustar la dirección porque aunque parezca decepcionante, hay una parte ruidosa y a veces seductora que puja hacia la repetición del desamparo y el abuso, y otra que invita a tomar responsabilidad sobre nosotros mismos. Lo más valioso de este período es que tengo un sentido que está emergiendo: la sanación de mi dolor.

Es probable que a partir de aquí empiecen a prevalecer relaciones más auténticas aunque no precisamente definitivas, y es positivo saberlo. A veces cuando ya lidiamos con los conflictos de etapas anteriores, queremos quedarnos en esos nuevos vínculos que van apareciendo.

Es importante entonces reconocer que quizás estos no estén para siempre, pues lo que nos une a ellos es el interés por organizar nuestros movimientos hacia espacios de amor y confianza. Lo que nos identifica y nos liga con esas personas en esta parte del camino es la intención de sanar mis criterios internos y levantarme en confianza. Es una etapa transitoria movida por la necesidad de reparo y no tanto por lo afectivo.

Finalmente llega la parte en que si miro hacia atrás, me entero de unas cuantas cosas: no es en soledad que resuelvo y puedo asumir los retos de la vida. Ya tengo la experiencia del alivio y del respaldo que es caminar en compañía habiendo tendido redes de ayuda y colaboración.

Entonces hay algo que tengo que saber: puedo contar conmigo. Este punto del sendero me enfrenta directamente a mis heridas antiguas pero me encuentra a mi parado en otra posición. Ya conozco lo que me hace daño y ya sé elegirme bien.

En este escalón, el aprendizaje será darme tiempo para florecer mientras me relaciono lo mejor que puedo con lo que me incomoda. Mi danza interior puede entreverarme de tanto en tanto. El desafío es no confundir los movimientos de mi vida, lo que me llama y a dónde voy. Al paso del día a día se van a agitar un montón de cosas, pero mover la naturaleza de mi corazón no es alboroto. Tengo ahora espacio suficiente en mi para discriminar cuándo son cantos de sirena hacia el perderme y cuándo es una manifestación genuina de mi ser.

Yo les escribía esto, mujeres, porque elijo respetarlas y convivir bajo el mismo sol que ustedes. Se puede salir de la violencia entrando en lo turbulento de nuestros mundos íntimos y plantándole la cara de a poco a los infiernos personales.

Para cerrar, compartir desde mi perspectiva que los hombres y las mujeres no somos iguales. Pero gracias a esta diversidad se expresa la vida. Jamás podré traer un ser a este mundo, mi cuerpo no vino preparado para eso. Así mismo hay cosas que una mujer no podrá experimentar porque su cuerpo naturalmente organiza otras realidades.

El corazón humano es uno solo, pero no me siento igual a una mujer como no me siento idéntico a otro hombre. Y en esa diferencia se amplía la vida y lo diverso hace madurar a cada uno.

Que el furor de los vínculos no nos arranque la oportunidad de vivir en paz.

Sólo es bello estar juntos cuando el sueño que surge es más elevado y vital que lo que hubiéramos podido hacer por separado.

Mujeres: con todo cariño y respeto.


Camilo



jueves, 3 de agosto de 2017

La tierra encantada

Tomábamos mate en el living de su casa, frente a frente. A nuestro lado un gran ventanal nos regalaba una típica postal citadina de pleno invierno. Gente abrigada en apuros y esa sensación un poco desoladora al ver la vegetación de la acera desnuda. Con esta amiga sexagenaria nos conocemos desde hace unos años y nos queremos. En nuestra relación está el premio.

Nuestras conversaciones son una caricia al alma, nos importa más saber de nosotros que lo que pasa en el mundo. Una vez más, sin embargo, aparecía en la conversación la inseguridad, la economía y otros tópicos por el estilo. Escuché mi rebeldía rugiendo adentro y me contuve. Me apresté a escuchar mis emociones y solas fueron organizándose hasta regalarme claridad.

Tomé una bocanada de aire y me sentí por última vez antes de hablar. Para mí lo único que podemos esperar de este diseño, de las ciudades, es que se profundice y se acentúe el vértigo y la pérdida de sentido. Como toda velocidad, cuando el acelerador está a tope, sólo cabe suponer que el sistema de freno se rompa y entonces vendrá un gran porrazo. Si pretendemos que este modelo se vuelva cuerdo, estamos en el horno. La vida está señalando hacia otro lugar, lo que queda de este tiempo es sólo ser testigos de su colapso.

Mi amiga fue por otro lado para insistir: la crisis económica. Y yo volví a sentir mi rebeldía esta vez más aplacada y quise tener una buena palabra para ofrecer. Sabía de qué se trataba pero el campo aún no estaba listo: hablaba de sí misma, la crisis estaba desatada en ella.

Cuando hubo agua, me zambullí con amor y confianza en el mar del intelecto para después abrir su lecho hacia el laberinto de las emociones. Yo no sé si hay crisis económica y en todo caso, es un discurso que se viene sosteniendo desde hace unos años y sigo viendo un nivel de consumo parejo cuando me muevo por la calle o transito centros comerciales masivos. Naturalmente el consumo tiene un pico y cuando las utilidades ya están cubiertas, luego se estabiliza. Por eso siempre va a haber cierto flujo, es parte de un equilibrio: locales que cierran, gente en busca de nuevos horizontes y otros locales que abren. Después que habíamos agotado el circuito de la identidad neurótica y sus fantasías catastróficas, por fin pude decirle: yo también me he defendido así de mis crisis.

Nuestro Uruguay, aún hoy, es una tierra bendecida, una tierra de paz. Las pantallas en sus diferentes formatos electrónicos nos revelan informaciones permanentes de todos los rincones del planeta y casi por seguro, podemos suspirar aliviados: no hay grandes eventos climáticos ni tampoco sucesos fraudulentos constantes.

Nuestra realidad es tan imperfecta como cualquier otra. Aún así, nuestra gente tiene un buen rango de tolerancia a la diferencia y a la diversidad de pensamientos. Somos un país de libre pensadores y si hay algo que no toleramos en demasía es que se someta a esa condición libre-pensante. Solemos defenderla. En este rincón del sur se respira libertad y se percibe luz. Ese es el regalo del espíritu para nosotros: somos el país donde cierta cuota de utopía es realidad.

Aquí hay puñaditos de gente explorando otras maneras de vivir. Intentándolo. Probando. Aquí, a un rato del fin del mundo, las fallas del tan mentado progreso y sus malestares llegan después y para cuando desembocan en nuestras aguas, ya contamos con información suficiente para tomar buenas decisiones, lo que no significa que siempre lo logremos hacer.

Es una tierra encantada, con su propósito y sentido, y nos llevará tiempo descifrarla. Es un refugio: si cientos de personas en su dolor están eligiendo venir aquí, alejándose de las penurias y las represiones de su lugar natal, algo bueno está sosteniéndonos aunque lo perdamos de vista por el ritmo de lo cotidiano.

El Uruguay es un país abrazador, cercano y posible. Habitamos la fraternidad. Aunque también podemos elegirnos borrachos de resentimiento y ciegos de soberbia. En nuestra ley. Ir muriendo con los dientes apretados y el puño cerrado, sujetando la razón. Esa trampa nos lleva al aislamiento: un infierno personal y cada vez más restrictivo. Paso a paso se clausura al corazón, se le pone un candado a cualquier grieta emocional y el sentido del dolor queda cada vez más lejos. Nos resulta ajeno el mundo y nos preguntamos por qué las relaciones cada vez se reducen más y son menos nutritivas. A veces un buen despertador es saber que volveremos a la Tierra a recoger estos pendientes que quedan en el alma. 

O el abrazo. Elegir el abrazo. Entre mis vínculos, tantas veces nos preguntamos por qué a nuestros treinta y pico de años todo parece forjarse de un modo tan lento y los niveles de confort son por momentos inaccesibles. Tal vez este clima, este no poder acomodarnos y arreglárnosla individualmente, hace que tengamos más a mano la comprensión de la interdependencia, porque si no puedo solo, necesito de los demás. No lo creo. Sé que es así. Nos mantiene humildes (tal vez a veces algo rencorosos si nos orientamos hacia afuera) y con la chispa del vínculo encendida para crear formas todavía no creadas. Nuestra tierra conserva una semilla singular de amor, orden y belleza en lo simple. Y es una tierra por crear y es una memoria que late en el aire.
  
Volví a la ventana, al living y me cebé un mate con calma en el corazón. Recordé una de tantas veces que me perdí y me agradecí haber pedido ayuda. Aquella vez, esa amiga fue quien me escuchó y me tendió su mano.  


martes, 6 de junio de 2017

Siempre es Nosotros

A lo largo de estos cinco años aprendí a caminar. En este tiempo aprendí también a reconocer la voz de mi corazón entre mucho ruido. La diferencia entre su sonido y lo demás es que cuando todos los cimientos crujían y aún hoy chirrían, mi corazón habla en calma. A lo sumo galopa, pero jamás golpea. Debajo de tanto desquicio, me riega una sensación de no poder desviarme ni apartarme de mi destino. No puedo doblegar mi esencia, mucho menos renunciar a ella. Me debo ser lo que ya soy.

Sí puedo decir que no ha sido sencillo. Cuando ya no pude desconocer el llamado y esa voz interior —y hablo solamente de una sensación persistente con el correr de los años—, entonces los retos se tornaron más intensos y no menos dolorosos.

La presencia del Amor, la insistencia de una Sagrada Misión en mi corazón, no me evitó dolores, sólo me hizo recorrer los dolores correctos. ¿Hay dolores correctos o incorrectos? Me pregunto mientras escribo... No lo sé. Hay dolores que recomiendo y hay combates que siento innecesarios. Y digo combates porque el dolor como dimensión, son dos partes que se pelean y se sienten distintas una respecto a la otra. 

Cuando la cara A está en la casa de la cara B, la cara A se siente fuera de ambiente. Cuando la cara B está en la casa de la cara A, cara B se siente a la intemperie. Y tanto A como B precisan conectar con que llevan la vida de ese otro en sí mismas. Necesitan no excluirse e ir desandando el camino hasta reconocer que se parecen mucho más de lo que creían.

El dolor tiene algunas particularidades. Cuando tengo una situación dolorosa delante de mí y un montón de sensaciones adentro, lo que no tengo es otra opción que contactar con aquello. Las personas tienden a vivir el contacto con el dolor como estar en el lugar equivocado, en el momento menos conveniente. Y el dolor viene a desarticular ese nudo de suposiciones, no a darles la razón. El dolor llega para poner en duda ese cúmulo de percepciones altaneras y arrogantes. No viene a consolidar lo que nos parece haciendo de nuestra identidad algo más duro e inflexible, sino más bien a desacomodar la identidad en las que ese mundo perceptivo prevalece.  

La dimensión del dolor exige paciencia y humildad. Y en el medio do todas esas aventuras dolorosas, se moverá también nuestro umbral de tolerancia. El dolor nos pide entregar parte de nuestras credenciales, lugares del yo en los que estamos profundamente cristalizados. Al cabo, el dolor nos llama a dialogar. 

Una experiencia verdadera con el dolor encontrará al fin un ego más disuelto, menos rígido y más propenso y permeable a la comunicación. Nos deja más abiertos y amplios a la conversación con nosotros mismos. Que no quiere decir abandonar nuestras corazonadas e intuiciones. Sí implica que, habiendo atravesado su umbral, salgamos menos condicionados a las exigencias egoicas y más compasivos y livianos.

Si los dolores que recorro me perturban y distorsionan frecuentemente. Si esos dolores me hamacan de un lado a otro  y me impiden permanecer centrado, entonces quizás deba revisar —más que nada— mi papel en el juego que estoy jugando. Hay batallas que es inocuo atravesar y otras que son ineludibles. 

Hay parte de nuestro ego que piden salvajemente salir a dar tal o cual guerra y justamente el propósito es debilitarse porque aún saliendo victoriosas, se van cansando. Las partes que más confrontan son las que más necesitamos entregarle a la vida.

Soy un out sider. Soy uno de esos personajes de la ciudad. Uno más. Otro en el montón. Puertas adentro, adentro de varios adentros, el mundo intentó aplicarme todos los correctivos posibles. El mundo, mi mundo, mi familia, las instituciones que frecuenté, los centros educativos donde asistí e incluso varios vínculos intentaron adiestrarme a la desconfianza… Mi mundo me tiró con todos los manuales e instrucciones de buena conducta, pero siempre devolví un gesto de rebeldía y salí más inspirado aún.

Hoy, de ese escenario combativo —el mundo vs. mi rebeldía—, lo que queda es un profundo agotamiento y cansancio. Aún más: una expresión de acercamiento, un entendimiento de que ambos mundos se parecen. Mejor dicho, sus necesidades se parecen. No se puede transformar el mundo sin antes respetarlo tal cual es. Mi rebeldía no iba a ceder un milímetro si antes yo enteramente— no recorría la experiencia de habitarla para aprender qué era lo que ella defendía. Tras la custodia de qué herida se despertaba y encendía sus alarmas. 

Tuve mucho miedo a que apagaran mi calor, por eso combatía. Hoy siento que ya conozco el sabor del fuego que llevo dentro y que el mundo que me rodea acompaña como puede. Sin perfecciones.

Percibo que es otro momento. Algo hermoso va llegando. Me despido sintiéndome abundante en mi intimidad y habiendo construido un sano “a solas” conmigo mismo como triunfo. Y concluyo la tarea en este blog en la confianza de las relaciones que me abrazan como premio. Ellos y yo. Nosotros, somos una certeza.

¡Gracias por este ciclo que alcanza su fin!


Hasta el reencuentro.


Camilo Pérez

miércoles, 12 de abril de 2017

Crecer está en nuestras manos

No sé bien a qué responde ni cómo se inició. No. De hecho, mi primer gesto de asombro fue al darme cuenta que una dimensión propia podía entrar en diálogo con el alma de alguien más. Pero sobretodo con el alma propia, la memoria divina. Ese lugar profundamente íntimo, ese espacio mayor. Ese centro que es un punto. Ese núcleo de luz.

Ahí me di cuenta... Era mi situación como la de tantos otros. Llevamos decenas y decenas de vidas, encarnación tras encarnación, diferentes culturas, distintas latitudes. Siempre andando la tierra. Siempre en contacto con esa dimensión llamada cielo, haciendo la honorable tarea de plasmar un orden de armonía y compasión. Pase lo que pase, sea quien sea. No importa qué. Poniendo el corazón.

Cuando ese vínculo con lo sagrado —sabrá el Universo porqué— está tan firme interiormente, se discriminan con facilidad encantamientos de llamados reales. Voces que seducen de sonidos sutiles que advierten que allí o más allá, hay algo sano para el corazón.

Hoy la presión social exige para quedar del lado de los buenos y de lo políticamente correcto, actos tales como la indignación, el repudio, la protesta. Todas formas de rechazo y negación de un equilibrio que está en manos de la vida y nos trasciende a nuestro delgado entendimiento.

En efecto, hay una ley espiritual que define lo siguiente: aquello a lo que nos oponemos, lo estamos alimentando, aquello a lo que le grito "NO!", le estoy dando carácter, fuerza y presencia.

Ante tanto dolor que se nos ha ido acumulando lo más fácil es la indignación. Para todos la tarea es hallar la compasión adentro. Eso —y me disculpo si ofendo a alguien, sepan que no es mi intención en ningún momento faltarles el respeto—, eso, gente... Es un acto de revolución.

Yo me transformo en adulto, me hago responsable de mí mismo ante el mundo, si me desprendo lentamente de mi inocencia y asumo gradualmente culpa. Para estar yo aquí, vivo, otros entregaron su vida. Con mis decisiones estoy afectando a otras realidades de las que ni siquiera sabré jamás su destino. Si a vos te toman para un trabajo, hay otros postulantes que no accedieron a ese cargo. Y como este ejemplo, miles. La culpa, básicamente, cuando la tomamos opera a nivel interno como un re-orientador. Luego de asumir el empleo para el que fuiste designado, podés hacer algo bueno desde allí, multiplicando el bien mayor desde el cual el Universo entendió que eras el más idóneo para ese puesto.

Nos debemos este nivel de comprensión, y desde mi sentir, estamos muy lejos todavía.

Gracias por llegar hasta aquí. Que Dios repare y devuelva los lugares que nos arrancamos. Que Dios pueda con nuestros nudos personales.



viernes, 31 de marzo de 2017

Los Hijos del Cielo (3)

Disculpándome por la demora a quienes lleguen a este espacio, les comparto simplemente que la vida me está tratando con una amorosa intensidad. He tomado con enorme compromiso y con profunda alegría siempre, la tarea de dar vida, continuidad y contenido a este espacio.

Es mi deseo reencontrarnos ni bien el tiempo lo permita con la nota que describí como "Cuando la herida es el destino", segunda entrega de un trabajo que he decidido ordenar y llamar bajo el nombre de Los Hijos del Cielo; y de igual modo, ofrecerles el tercer trabajo, "Ese laberinto llamado Alma".

Otra vez gracias por la paciencia y la compañía.

Hasta ahora,

c.

martes, 31 de enero de 2017

Los Hijos del Cielo (1)

El ego, su búsqueda y el contacto con el alma

Durante los últimos siete años de búsqueda espiritual y habiendo atravesado innumerables experiencias de dolor, fascinación, renuncias y entrega, me vi bendecido lentamente por la apertura de la memoria de mi alma. Digo bendición porque cuando el alma se des-cubre, su agua nos riega y va apagando el incendio de tanta distorsión en la mirada y lejanía con la verdad. La sed se calma y todo nuestro cuerpo empieza a sentir el alivio que mana cuando corazón, verdad y vida entran en resonancia. Para mi el alma es memoria despierta y divina.

Hace cuatro años navegaba el camino espiritual indígena cuando la vida y sus razones, me quitaron de allí. Hacía poco también había ligado con el conocimiento angélico, fui iniciado en ello como también en el acceso a los registros akáshicos. Todo este cielo, abstracto y contundente, se lo llama canalización en la espiritualidad. Es la posibilidad de estar en comunicación fuera de toda lógica y racionalidad con una de infinitas dimensiones del mundo de los espíritus. 

Cuando comencé a desarrollar mi escucha activa con esos planos de la conciencia, supe que sería un camino sin retorno. Casi de inmediato conocí el impacto y algunas de las consecuencias que esa decisión tendría para mi. Hasta este momento de mi vida, la realidad era un cachetazo constante. Un cóctel explosivo de confusión y enredo. Mi forma de encarar el día a día estaba fuera de órbita con respecto a las necesidades de quienes me rodeaban y me precisaban, pero también estaba fuera de las mías. 

Cuando tomé contacto con el mundo espiritual de la mano de la instrucción angélica y akáshica, la vida no se hizo más feliz pero por lo menos sentía que estaba pisando por fin sobre las dificultades adecuadas. Es decir, reconociendo que lo siguiente presenta cierta inexactitud, puedo decir que alguien que quiere tener una vida de comodidad materiales, sabrá tarde o temprano los desafíos que supone y los sacrificios que tiene que asumir. Horas de trabajo, mejores desempeños, aumento de responsabilidades y seguramente de beneficio económico.

Alguien que siempre está intentado pescar sus sueños y que aún más, siente que sus sueños no están desarrollados en este mundo, necesita asirse y suministrarse de mucha información para lograr producir lo que la naturaleza todavía no ha gestado. Voy a ir un poco más allá. Como los sueños siempre son una misión colectiva traída de una visión o más, también deberá educar, entrenar y madurar lo suficiente la comunicación para que esos mismos sueños durmientes en otros, se levanten y que así el proyecto de sus corazón florezcan. Pero para eso, hubo que empezar con la información. 

Mi tierra era de cielo y yo recién me estaba dando cuenta de eso. Por primera vez me sentía en casa y siendo así todos los dolores previos no desaparecían, pero se hacían más llevaderos. 

Desde mi punto de vista, existen dos heridas básicas en el corazón de los seres humanos. Una de ellas es la desconexión con el Cielo. Por miedo o por ignorancia (el miedo rechaza mientras que la ignorancia, desconoce), sin cielo en un corazón está muerta la capacidad de soñar. Y donde no hay sueños, esa vida se está privando de tener una visión. ¿Qué es una visión? Es un regalo del espíritu. Es la oportunidad de quebrar la percepción sesgada y doliente y darle amplitud, comprenderla en un orden mucho más hondo y lleno de sentido. Una visión es parecida a una profecía, premonición o frecuencias similares de tanta prensa (no siempre honesta) que parecen venir del futuro. Una visión o la insistencia en obtenerla, es siempre fruto del trabajo sobre sí, cuando se rompen los límites carceleros del ego y la falsa omnipotencia de la personalidad. Una visión siempre nos conecta y nos encuentra con otros. Por eso deja de ser personal y resulta tan transformador obtener esa gracia. Es la confianza en el devenir.

La otra herida que reconozco es la imposibilidad de hacer Tierra. Y sin ella, no hay vida y sobra carencia. No hay otros. Mejor dicho, sí hay otros y me refiero a vínculos. El problema es que esos otros, como aquel corazón que no puede sentir su tierra, encontrará relaciones llenas de ingenuidad y de fantasía, terreno fértil (valga la ironía) para futuras y a veces inmediatas, frustraciones y decepciones. Sin Tierra, las visiones a las que accedemos son pura fantasía y no podemos sentir que aquello que hacemos tenga sentido. Las labores siempre son menos que nuestros mundos de ilusiones y siendo así, la realidad en la que se camina (o se flota) es pura volatilidad. Sin Tierra, no hay misión. ¿Qué es una misión? Es ese entendimiento nacido de una o varias emociones que nos afirma que aquel tiempo que invertimos en el hacer, tiene un propósito y es válido para nosotros. Es sano. Estar en misión es sentir que se hace camino en el andar. Es la firmeza en el pisar.

Ambas heridas están en el alma y más allá de estos dos diseños en los que la vida configura nuestro destino, hay una única herida: la falta de amor. 


jueves, 8 de diciembre de 2016

Alerta: una generación harta de sí misma

Son los primeros días de un diciembre que todavía no se parece a sí mismo. Las locuras de esta época del año aún no se apropian de las calles. O eso parece. Me reviso y como cada vez que se avecinan las fiestas, me doy cuenta que ni la navidad ni el fin de año conquistan mi corazón ni me conmueven.

Hace mucho tiempo que soy rebelde a este orden y sus convencionalismos. Sé que se apoya en antiguas amarguras. Sé que hoy prefiero aliarme a mis tristezas, amigarme con ellas antes que brindar por la noche buena. No estaré más cerca de mis afectos porque se acerque el día de navidad, ni mis dolores cederán su espacio porque brinde por el amanecer de un nuevo año.

Descubro que este año, no impera la rebeldía. La rebeldía precisa fuerza para manifestarse y es justamente lo que no siento en este momento. Estoy exhausto. Estoy agotado de mi mismo.

Conocí a Jeff Foster hace sólo unas horas a través de un texto, del cual comparto este extracto:

“Puede que tengas que comenzar a sentir tu culpa ahora en lugar de actuar sobre o huir de ella. Puede que tengas que comprometerte a sentirte inestable, vulnerable, asustado, incómodo, incluso indigno.”

Justo después de conmoverme con este texto, se reafirma una sensación de hartazgo. Son días donde me comunico con algunos amigos y compañeros de camino. Y en la ruta, hay una sensación demoledora: estamos hartos de nosotros mismos. Sé que este malestar gobierna nuestra generación. Sé que nos está golpeando.

Me acuerdo de una de estas compinches de viaje y le pregunto cómo se encuentra —sé que no la viene pasando bien—y a los pocos minutos de estar leyendo sus mensajes y escuchando sus audios, le suelto una respuesta: “uno no se harta de ser sino de parecer”. Me quedo prendido de esta frase como si no fuera quien la escribió. Con asombro releo lo que expresé.

Sospecho que una de las grandes trampas en la que constantemente caemos la mayoría es al intento de amoldarnos a un sistema envejecido y moribundo. Y para dar continuidad a nuestro rodaje en él, como adultos todavía jóvenes, muchos de nosotros anestesiamos nuestra sensibilidad y así se completa el circuito. Las drogas, el alcohol, el tabaco, el sexo, la velocidad, el vértigo y otros ruidos se sostienen en el miedo y son funcionales a este descalabro. Así mismo, son el talón de Aquiles de esta manera de organizarnos socialmente. Es decir, tanta vida hecha desenfreno, tanta “accidentalidad”, rompe los ojos.

Es tan sugestivamente fiera y violenta la cara del sistema que amedrenta el solo hecho de pensar en darle la espalda. Sin embargo, quienes venalmente desconfiamos de las virtudes y beneficios de participar del mismo, sabemos que el costo que pagamos es también altísimo: la exclusión. Pero desde los márgenes nacen los actos más revolucionarios.

Nadie en su sano juicio se parece a esta forma de vida que campea entre el desenfreno y el frenesí. No somos eso ni nos parecemos a eso. Y las entrañas protestan. A nivel personal, reconozco estar atravesando un duelo o varios… Nunca me interesó demasiado ingresar al margen de lo formal, me sentí atraído por experiencias periféricas al orden de lo normal. Y paradójicamente, esas experiencias me acercaron al corazón, al núcleo de otro orden más verdadero. El único real: el amor.

El sistema, o para llamarlo de otro modo, la forma en la que vivimos, se aloja en nuestra cabeza y para alimentarlo, basta solamente con disociarse de las emociones, alcanza con desensibilizarse. Si querés tener razón, estás en el horno. Una persona puede pasar su vida entera debatiendo con sus ideas sobre el mundo: cómo es —según su punto de vista— y cómo debería ser —en su opinión—.  No hay testimonio de una persona feliz en la faz de la Tierra por tener razón.

Una persona puede empezar a sentir lo eternamente postergado y aterrarse, y está bien… Porque la cloaca emocional será intensísima. Alguien puede pasarse años para depurar sus sensaciones y comprender la naturaleza de sus emociones al punto de lograr discriminar los divagues, toxicidades, de lo que es un sentimiento puro y conciliador. Y finalmente, alguien también puede descubrirse tanto, como para que su sentir le indique la dirección de su vida y animarse a atravesar los dolores que lo esperan. Porque vida y dolor son inseparables. Pero una cosa es el desafío de los dolores que conforman el sentido de mi vida y para los cuales en el propio transcurrir encontraré la fuerza y la motivación, y otra cosa es rebotar entre dolores lejanos a lo que mi alma está convocada a andar. Allí hay debilitamiento y desazón.

El mayor grado de violencia al que estamos sometidos los seres humanos es a parecer lo que no somos. Por suerte, algunos incluso se han cansado de fingir. Hay una generación agotada y asfixiada por entregarse a la desesperanza. Hay muchas generaciones a las cuales veo a los ojos y no las encuentro.  Hay muchas personas que de verdad están derrotadas. Pero hay muchas otras que la propia convivencia con la frustración, las está haciendo despertar.


Esa generación lleva la información de otra manera de vivir en su interior y no lo sabe todavía. Vos llevás la semilla de otra forma de vivir y aún no sos consciente. Lo sagrado no está perdido, está olvidado y la única forma de reconocerlo, es mirando a los ojos a la misma soledad que habita en otros como vos. Cuando la fuerza de la revolución sea más fuerte que el pudor y la vergüenza de mostrarte frágil, ese comienzo no tendrá vuelta atrás. Hablando del dolor, vamos a recuperar la memoria del amor, y en ese momento habremos recuperado nuestro retorno al círculo de la vida.


viernes, 21 de octubre de 2016

Mirar la vida

Llevo días reflexionando sobre los temas que son de dominio público. Llevo días incluso escuchando mis propias opiniones. Desde adentro me oigo hablar. Sé mi punto de vista. Sé que no tengo interés en debatir y discutir. Sé del gran desperdicio de energía que significa y lo poco que crezco defendiendo mi razón. Sólo me deja pequeño y separado de los demás. 

Confieso que a esta altura de mi vida hay un nivel muy básico que es piso de todo el resto: tomarme el trabajo de mirar a la cara los aspectos que me conforman como ser humano. Asumirlos, violencia incluida. 

Si desayuno violencia es porque estoy durmiéndome noche a noche con toneladas de dolor en el alma y no estoy dando una buena respuesta y sana gestión a esto, o por lo menos no a la medida de mis necesidades. Eso se traduce en almacenes de rencor y resentimiento. Y merezco una realidad rodeada de ternura y respeto, es ese mi rezo.

Igualmente abordar este asunto desde ahí, solamente proponiéndome observar mis partes desmembradas, que piden castigo y reparten culpabilidad, me parece insuficiente. Pero me preocupa otra cosa y aún así, rezo para que encontremos y habitemos nuestro lugar de paz. 

A niveles mucho más sutiles, el tratamiento que se le da públicamente a esto hace que día a día se dañe y deteriore significativamente nuestra capacidad de confiar en el encuentro y hasta de entregarnos a un otro. Y este es el mensaje de fondo. Lo digo con seriedad y dolor. 

Yo noto esta realidad cotidianamente y en muchas de mis relaciones. Incluso familiarmente, donde de pronto me descubro en una brecha entre mujeres y hombres imposible de zanjar y con una incapacidad demoledora para atravesar este umbral que nos diferencia por naturaleza en pos de avanzar a una comprensión que nos iguale. Por momentos esta paranoia en la que surfeamos, queda incrustada en esta polaridad como en tantas otras.

Estoy seguro que la visibilidad colabora a hablar del dolor y esto es un avance, mas antes de explotar las redes y atiborrarnos de pareceres, quisiera con toda mi fuerza que fuéramos más maduros a la hora de elaborar nuestras conclusiones, tomando en cuenta qué es lo que estamos dejando afuera y qué lugarcito doliente de mi está siendo marginado. Y en todo caso, dónde me siento imposibilitado de amar.

Vivimos una sociedad estresada, pues los ritmos y sus velocidades son pautas exteriores, ajenas a nuestra naturaleza. Vivimos una sociedad neurotizada, somos individuos ejerciendo un consumo irresponsable de recursos y servicios en detrimento de conectar con nuestras necesidades reales, mucho más simples, siempre a mano.

Ojo con las trampas, porque no acceder, no poder e incluso reprimir estos impulsos, no es ponerse a salvo. No me siento indiferente a nada y escucho el murmullo silencioso de quienes quieren y no pueden. Somos manada y como tal, aún dentro de ámbitos distorsionados social y culturalmente, el núcleo duro de lo humano ejerce una fuerza de atracción sobre cada uno. Esa fuerza hace que desemboquemos en las mismas experiencias y que nos esperemos paulatinamente para dar respuesta a los cambios y transformaciones. 

Y por supuesto, vivimos una sociedad en estado de shock, que ha perdido vínculo con su interior y resguardo de su privacidad. Esto produce una alteración descomunal de los límites, una sensación de desprotección gigante y la resonancia deambulando de que contamos con la posibilidad de entrometernos en la vida de los demás, sus situaciones domésticas y lo que es más grave, el derecho a opinar sobre esa realidad. 

En lo personal, soy muy cuidadoso de mi intimidad e incluso tremendamente selectivo en mis relaciones, reconozco que mis puntos de vista no son los normales y ante esto, decido ser precavido. 
A mí me importa pedir ayuda, a mi me importa arribar a vínculos que me sepan sostener cuando estoy débil. A mí me importa construir confianza (no perfección) y establecer una red de contención para cuando haga falta. A mí me importa tener relaciones genuinas donde simplemente poder ser como soy, sin medias tintas. A mí me importa decir las cosas y hacer acuerdos para saber cuándo sí y cuándo no. 

También ante la debilidad y la vulnerabilidad de un hermano, ver venir mis fortalezas y mi capacidad de ser buen soporte. Y si en un orden continúo con mi militancia, de seguro es para que otras personas se puedan arriesgar y regalar esta misma experiencia. 

Mi trabajo, y eso llevará mi vida, será para recuperar la intimidad en cada uno y en relación, eso es volver a lo sagrado, no es tan espiritual ni tan extravagante. Es básico. Y cualquier experiencia de creatividad distinta a lo usual, responde a esos parámetros, no a la perpetuidad de los estados públicos, sus subidas y bajadas. 

Me importan los encuentros, el círculo y la horizontalidad. No somos iguales y qué bien poder integrar esa comprensión. Porque se puede, porque es posible y porque locura, diría Einstein, es hacer lo mismo esperando resultados diferentes y acá, nos vivimos mordiendo la cola. 



domingo, 16 de octubre de 2016

Encontrarse

Al momento de comenzar un camino espiritual o una terapia, lo que sea como una disciplina que dé gimnasia para el alma, es porque la inquietud está lo suficientemente activa como para hacer el movimiento y lanzarse. Y el camino espiritual es lo que le haga bien a cada uno. Hay quienes venimos entrenados para ser puente entre esta realidad material y el mundo del espíritu, y todos sin excepción, venimos a traer aquella belleza a este lado de la vida. 

A veces es necesario asumir tareas que tengan que ver con ser enlazador. Sí. Pero por esta brecha es donde se cuela la ilusión de que alguien es especial o más importante. En todo caso, la escucha, la visión o la posibilidad de entrar y salir, de ir y venir a la naturaleza sutil del mundo, a los otros planos, tiene que ver con cuán ejercitada está un alma y cuántas veces ha desarrollado esa labor en otras encarnaciones. Existen este tipo de apoyos espirituales para empezar a quitar la confusión del corazón de todos. El destino que estamos construyendo es un reino mucho más amoroso aquí, en la Tierra. El dolor es inevitable, recorrer sus capas permite arribar a comprensiones cada vez más hondas hasta dar con la conciencia que se encargó de todo...

Yo he ido y venido inmensamente confundido, he pedido ayuda estando inmerso en un sinfín de conflictos y apremios. La salvedad queda hecha: las personas que trabajamos de alguna forma en la espiritualidad, hemos padecido grandes confusiones. Lo que se desprende (y lo escribo con mucha humildad) es que el alma ha trillado lo suficiente una y otra vez con la naturaleza del mundo como para reconocer la salida de los entuertos y abrir una compuerta que logre iluminar y de ahí estabilizar cierto grado de pureza. 

Diría Alejandro Corchs... "El intelecto es un océano de 10 centímetros de profundidad". Cuando una emoción perfora el lecho de ese océano, ya no hay marcha atrás y a la vez, todo está por comenzar. Una vez más, el principio le pertenece a la inquietud y esta, necesariamente es lo bastante caótica como para hacernos cuestionar nuestra frágil sensación de seguridad y echar por tierra lo que conocemos. Hasta ahí, el intelecto no es más que el escudo protector de nuestro caudal emocional. Más adelante sirve para organizar y nombrar ciertas vivencias.

Cuando comencé un camino espiritual recuerdo que el sentir reinante era insatisfacción. Me sentía incompleto. Los primeros tiempos de espiritualidad fueron de fascinación, ansiedad y entrega. Confiaba en donde estaba, tenía guías delante y me gustaba lo que veía en ellos, y encima caminaba acompañado. Atravesé temporales, revelaciones, fui testigo de milagros y tomé conciencia de la red de aconteceres que se dan para que algo suceda y llegue a destino. No puedo decir que no sé o que no conozco...

Con el paso de los años una honesta tristeza se instaló y con ella surgía una y otra vez la misma pregunta desde las relaciones: cómo si hacés eso para estar mejor estás cada vez peor? Me quería morir... Cómo mi familia y amigos confiarían su corazón a un camino si lo necesitaran alguna vez o más aún... Cómo confiarían en mi si el peso de mis decisiones parecía hundirme. Muy lento, aprendí a hacer silencio, a cuidarme y a que a veces, la contención que precisamos no está en la familia.

La primera inquietud que mueve hacia un disciplina, es como la brisa pequeña y fresca que anuncia la tormenta. No se deja ver el dolor, pero su cápsula está llena de fisuras que a esa altura harán inevitable el contacto con la herida, sus consecuencias y repeticiones.

No son dos días, ni diez meses, ni un par de años. Asociarse con el dolor y la muerte es un ejercicio de comprensión permanente. 

Portal tras portal el transitar demanda una nueva buena muerte, otras renuncias y desapegos. Todo lo que se vacía hace que un centro de fuerza se vuelva cada vez más perceptible y lo que al principio fue un movimiento a ciegas, después se vuelve claro y preciso.

Todo lo que no está vinculado estrechamente a mi alma, cederá su espacio para que mi lugar (aquello que en mi destino se encuentre) suceda y se manifieste. 

Hay momentos de trampa donde se cuestiona qué tan fuerte está el corazón luego de tantos avatares. Los desafíos son sencillos de identificar porque al fondo, sólo buscan volver el tiempo atrás o precipitar lo que sabés que más adelante está para vos. Si saca la atención del presente porque propone prisa o ralentiza, es trampa. Uno sabe para lo que está preparado y puede sostener y para lo que no. Yo lo he sabido aún en la tentación.

El sabor que dejan estos desafíos es que no se es principiante... No hay dónde moverme sino en la humildad y la confianza de quedarme suspendido en el corazón. De las sensaciones que más plenitud me da es sentir que floto en él. A esa altura cada cual tiene una noción más y más profunda de lo que ha venido a hacer, de lo que se trae guardado y ahí no importa a qué te dediques porque el lenguaje es el mismo. Llegar a ese lugar donde despierto con sueños en las manos, es muy conmovedor. Parece que toda la aventura ha traído inmensas penas. Sí. Ha valido la enorme alegría de encontrarnos. Por supuesto. Y de reunirnos en todo lo que queda por hacer, gracias a Dios... 


lunes, 3 de octubre de 2016

La intimidad de un sueño

Muchas veces imaginé una realidad parecida al presente. Es la mañana, el mate está listo y espero por una amiga. Sé que en media hora, vamos a desbocarnos, especialmente yo... Me fascina el universo femenino, esa trama emocional donde son fuertes y todo está entrelazado, tiene sentido y un por qué. Fue así el ambiente de mi niñez y me siento agradecido de saber paladear y reconocer esos mundos sutiles del sentir. Es un comodín a la hora en que el temple es necesario y la paciencia una necesidad. Como hombre, es una ventaja.

En un rato, mi hija jugará a mi lado. Madura, aún niña. Ya es ella. Con las limitaciones que implica un Yo, y por suerte, también con la capacidad de apropiarse de lo que siente. Conoce sus "no" y sus "sí". Me toca acompañar y estar atento para cuidar su inocencia. No mucho más. 

Mientras tomo los primeros mates, voy pensando que soñé un momento así durante años. Ya no estoy solo, ya no se trata de mí sino de nosotros. Me siento conectado a la intimidad de otras personas con las que vamos tejiendo una familiaridad. Hay un regulador que sigue subiendo y a la vez una frecuencia que empieza a estabilizarse. 

En esos primeros movimientos matutinos, el teléfono sufre un accidente tras un descuido de mi parte y queda inutilizado. Entre enojado y desencantado, me voy dando cuenta que algo se despeja para estar cerca de no sé qué. Despido a esta hermana y amiga de muchas horas, de llantos a mares, de amares.... El ambiente con Julieta toma otro matiz, ella juega y yo me descubro respirando, ensanchando el corazón. Me observo y atiendo a la intimidad de un sueño.

Me tomo en serio y liviano a la vez, la tarea de mirar más adentro. Me doy cuenta que el terreno de mi vida está lo suficientemente preparado y activo como para dejar de caminar en soledad. Que hay amistades que me preguntarán cómo estoy hoy o tal vez gane de mano y pregunte cómo se encuentran ellos. Son relaciones como las que soñé y recé. No son un montón, son mi red de contención. Los que avisan si me bandeo. 

No hablo desde un lugar consolidado. Me siento andando en el corazón y es suficiente. Puedo tomar la confianza y mirarla, y hasta de pronto abrazarla. Puedo ver mis dolores sin repetirme huyendo y si no puedo quedarme, puedo decirlo sin disfrazarlo: "esta vez sí", o "ahora no". Me sale con facilidad perderme en el amor: el de hijo, el de padre, el de amigo, el de pareja, en los roles que la vida vaya definiendo... Ya lo sé, me conozco. Disfruto de esos amores, me gusta estar para ellos y que ellos estén para mi.

Hace poco tiempo atrás, compuse un estribillo que dice:

"me tira una canción que abre trincheras, 
ya conocés las fronteras que cubren el dolor, 
ya conocés las fronteras..."

Es el propósito de mi vida: una canción que abra trincheras y que nos devuelva el sueño. El amor y la responsabilidad por la palabra que aclara, hace nítidas las cosas, brinda caminos y creatividad.  

Puedo adivinar que las canciones me seguirán jalando y yo rindiéndome a la voluntad de lo que traigan. Me elegí cantando, escribiendo, jugando música, sensible a la vida, dispuesto a conmoverme. Dispuesto incluso a estar a solas y mano a mano con el dolor o, como me dijera alguien por ahí... ¡Siguiendo la curva de una sonrisa!

Cuando se ama aquello que se es, se empieza a notar y el universo responde. Cuando reedito el compromiso con mi alma y la sagrada unidad con mi corazón, surge el querer por lo que soy. La luz sube, los sueños se levantan y la vida empieza a ofrecerte bonitas cartas. 




jueves, 22 de septiembre de 2016

Una necesidad

Esta nota es para los que han quedado fuera del juego y para los que estando adentro, les resulta cada vez más difícil servir a sueños ajenos. Puede no ser exclusivamente para ustedes, pero a priori siento que el movimiento les pertenece. Se los ofrezco porque esa parte mía es la que está comunicándose. Les habla mi porción agotada, mi costado desolado. 

Este artículo también es para los que tienen un sueño latente, y no por desmedro o por descalificar al mundo tal cual es, sino porque de verdad sientan la fuerza en el corazón de construir algo más parecido a lo que llevan en su ser aunque no tengan ni idea qué es. Por las simpleza de hacer espacios de encuentro, de dones, de talentos, de servicio. Finalmente por hacer la experiencia, tan solo por eso. También mi parte soñadora y vital les habla.

Desde hace cuatro años, sostengo este blog preguntándome quién está del otro lado, ¿quién sos? ¿Qué vidas llevan ustedes? ¿Qué les ocurre al leer un trabajo de este espacio? ¿Algo de lo que les compartí ha sido útil de alguna manera? ¿Qué agregarían, de qué les gustaría hablar? En un punto tengo la sensación de que mi forma de comunicar ha sido totalmente ineficaz. Creo que se debe a la falta de feedback.

Las semillas que llevo dentro, me indican cabalmente que mi tarea esencialmente en este mundo es y será la comunicación, pero con un reverso... Parece que a la vez es también una dificultad y un desafío.

Yo no estoy de acuerdo con que las personas no leen, no escuchen, no vean. Creo que lo que ha pasado es que al tener la información disponible en cualquier soporte y momento, hemos recuperado cierta dignidad y elegimos. Elegimos todo el tiempo. De hecho yo soy un gran buscador, obsesivo a veces... Y las cosas que me interesan, tienen miles y también millones de vistas y reproducciones.

Lo primero que tengo ganas de hacer, muchos deseos de llevarlo a cabo... Es una plataforma on line, una radio de acuerdo a lo que estamos acostumbrados como formato. Quisiera que esa radio tuviera un espacio físico concreto y un soporte técnico permanente para ofrecer calidad junto al servicio. Quisiera que también se contara con un lugar amplio para brindar conferencias y transmitirlas en vivo, así como recitales, conciertos y demás alternativas sensitivas.

Quisiera también una sala de videoconferencia para abordar distintas temáticas y ampliar espectros que de pronto no fuera posible hacerlo de otro modo y que la responsabilidad de lo que se vaya haciendo girara.

Quisiera hacer una revista digital con muchos colaboradores, testimonios, anécdotas, videos, enlaces a otras páginas y propuestas y la oportunidad que diariamente haya varios streamings disponibles. Quisiera que las personas que se encuentran atravesando situaciones difíciles, pudieran sentirse acompañadas de un momento a otro por alguien responsable o porque hay un charla en vivo donde se les de la posibilidad de participar incluso. 

Quisiera que ese espacio físico de radio o difusión cultural, tuviera su réplica en otros países y ciudades de acuerdo a las necesidades de la comunidad. 

Por último, quisiera también fundar una editorial para que la autoridad vuelva a estar del lado de la creatividad y no de las leyes del consumo.

Sobre todo, quiero saber que mi sueño no duerme solamente en mi. Que hay otros corazones y almas a las que esto nos vibra y venimos a despertar este sueño. A levantarlo!

Confiando en el proceso del blog, voy a dejarles el correo electrónico: el elretornoalamor@gmail.com para que si alguien resuena con esto, escriba. Alimenten la propuesta, profundicemos en lo que cada uno esté necesitando y veamos hacia dónde nos mueve esta historia. Incluso si no conduciera a ningún lado, siempre será un paso más hacia adentro, que es todo lo que importa. Me pueden escribir si piensan que estoy totalmente loco. También!

Finalmente les dejo el enlace a una página aún en desarrollo donde pretendo concentrar mi trabajo y propuestas.

https://camiloperezblog.wordpress

Agradezco mucho esta oportunidad! Quiero saber qué se siente viviendo de una manera más amorosa.


El Camino Espiritual

"Salí a caminar y el camino me abrigó los pies..."
La Vela Puerca

Hace siete años tomaba una de las decisiones más importantes de mi vida: elegí un camino espiritual. Lo que no sabía es que esa búsqueda desesperada por reunirme con lo sagrado en mí, con mi lugar en el círculo de la creación y la vida, me dejaría desplumado.

He comprendido por qué las personas en su gran mayoría no quieren ni mirar hacia sus dolores... Porque después de cierto tiempo, no hay regreso. Y eso significa abrir una compuerta enterrada en los niveles más profundos de su universo inconsciente. Esa información debidamente archivada bajo cuatro llaves, es la que toma las decisiones por nosotros y bajo su atmósfera hace que nos preguntemos por qué nos pasa lo que nos pasa.
Podría decir que un camino espiritual se basa en cuatro etapas: la primera es un gran acto de fe movido por alguna fuerza difícil de explicar, un decir: "allí voy a encontrar algo". Es un movimiento del alma, no hay ejercicio de razonamiento posible.

Lo segundo es amoldarme a una creencia, sus pautas y maneras de conectar a lo sagrado. Allí empiezo con mi confrontación: en lo que creo es una cosa y lo que ese camino trae en su legado a veces se parece a las formas de mi corazón y otras no tanto. Acá es cuando muchos cambian de rumbo o sienten que ese camino ya no es tan para ellos. Quedarse en ese sendero o no, no es lo importante. El enfoque necesario sería: sigo probando qué camino se parece más a la memoria de mi alma. El cuidado en esta etapa es no correr de un camino a otro cuando las cosas dejan de resultarme cómodas o agradables.

El tercer período es el de la experiencia concreta. Si ese camino lleva a que la persona toque, roce o conecte con lo espiritual, aunque sea con intermitencias, entonces ya no habrá paso atrás. Porque el que tuvo la experiencia con el mundo del otro lado, no cree, ¡sabe!

Y en última instancia, una etapa tan difícil como las anteriores, es saber que sé o reconocerme: la responsabilidad.

Cuando la Memoria Espiritual se abre ante la mirada de alguien, entonces ese alguien deberá hacerse cargo de que en la forma en que el mensaje llegó, se parece en mucho a lo que su corazón guarda y tiene para dar. El desafío de este nivel es ir puliendo la realidad, soltando lo conveniente y cómodo para ir tomando la fuerza y necesidad de lo que el corazón demanda hacer.

En esta última etapa, incluso deja de ser importante qué camino es el propio, porque hay un darse cuenta que la sabiduría son corrientes de agua que fluyen de la misma fuente y que lo que le toque hacer a cada uno no es para ofrecerlo exclusivamente a los de la comunidad propia sino a la humanidad toda. Porque, y es indispensable saberlo, cada paso que diste fue porque estuviste conectado y asociado siempre a las formas del dolor y del amor. Y esa memoria la componemos todos, la alimentamos todos. Somos todos.

El motivo o estímulo por el que decidí comenzar a hacer un camino espiritual es muy simple: hervía en mí una inquietud sin apelativos e indisoluble. Intenté acallarla, sí. Intenté ignorarla también. Intenté ofrecerle a esa sensación otros planes sustitutos como compromiso político, social, etcétera... ¡por supuesto!

Pero nada me colmaba. Necesitaba recordar vivamente que fraccionar la realidad sólo altera una verdad subyacente a todas nuestras estrategias. Que tomar como buena una parte del todo y en sintonía con eso, como mala otra parte de la historia sólo asegura tener que vivir el extremo o costado opuesto para reconocerlo y saber de qué dolores viene levantándose, o aún más, de qué dolores no se puede levantar todavía. Este mito de los enemigos, sus distintas fantasías y recortes, sólo ocultan la verdad esencial: la unidad de la experiencia (los dolores que atravesamos) y nuestro destino común (disolvernos finalmente en el amor).



Camilo Pérez