miércoles, 12 de abril de 2017

Crecer está en nuestras manos

No sé bien a qué responde ni cómo se inició. No. De hecho, mi primer gesto de asombro fue al darme cuenta que una dimensión propia podía entrar en diálogo con el alma de alguien más. Pero sobretodo con el alma propia, la memoria divina. Ese lugar profundamente íntimo, ese espacio mayor. Ese centro que es un punto. Ese núcleo de luz.

Ahí me di cuenta... Era mi situación como la de tantos otros. Llevamos decenas y decenas de vidas, encarnación tras encarnación, diferentes culturas, distintas latitudes. Siempre andando la tierra. Siempre en contacto con esa dimensión llamada cielo, haciendo la honorable tarea de plasmar un orden de armonía y compasión. Pase lo que pase, sea quien sea. No importa qué. Poniendo el corazón.

Cuando ese vínculo con lo sagrado —sabrá el Universo porqué— está tan firme interiormente, se discriminan con facilidad encantamientos de llamados reales. Voces que seducen de sonidos sutiles que advierten que allí o más allá, hay algo sano para el corazón.

Hoy la presión social exige para quedar del lado de los buenos y de lo políticamente correcto, actos tales como la indignación, el repudio, la protesta. Todas formas de rechazo y negación de un equilibrio que está en manos de la vida y nos trasciende a nuestro delgado entendimiento.

En efecto, hay una ley espiritual que define lo siguiente: aquello a lo que nos oponemos, lo estamos alimentando, aquello a lo que le grito "NO!", le estoy dando carácter, fuerza y presencia.

Ante tanto dolor que se nos ha ido acumulando lo más fácil es la indignación. Para todos la tarea es hallar la compasión adentro. Eso —y me disculpo si ofendo a alguien, sepan que no es mi intención en ningún momento faltarles el respeto—, eso, gente... Es un acto de revolución.

Yo me transformo en adulto, me hago responsable de mí mismo ante el mundo, si me desprendo lentamente de mi inocencia y asumo gradualmente culpa. Para estar yo aquí, vivo, otros entregaron su vida. Con mis decisiones estoy afectando a otras realidades de las que ni siquiera sabré jamás su destino. Si a vos te toman para un trabajo, hay otros postulantes que no accedieron a ese cargo. Y como este ejemplo, miles. La culpa, básicamente, cuando la tomamos opera a nivel interno como un re-orientador. Luego de asumir el empleo para el que fuiste designado, podés hacer algo bueno desde allí, multiplicando el bien mayor desde el cual el Universo entendió que eras el más idóneo para ese puesto.

Nos debemos este nivel de comprensión, y desde mi sentir, estamos muy lejos todavía.

Gracias por llegar hasta aquí. Que Dios repare y devuelva los lugares que nos arrancamos. Que Dios pueda con nuestros nudos personales.



viernes, 31 de marzo de 2017

Los Hijos del Cielo (3)

Disculpándome por la demora a quienes lleguen a este espacio, les comparto simplemente que la vida me está tratando con una amorosa intensidad. He tomado con enorme compromiso y con profunda alegría siempre, la tarea de dar vida, continuidad y contenido a este espacio.

Es mi deseo reencontrarnos ni bien el tiempo lo permita con la nota que describí como "Cuando la herida es el destino", segunda entrega de un trabajo que he decidido ordenar y llamar bajo el nombre de Los Hijos del Cielo; y de igual modo, ofrecerles el tercer trabajo, "Ese laberinto llamado Alma".

Otra vez gracias por la paciencia y la compañía.

Hasta ahora,

c.

martes, 31 de enero de 2017

Los Hijos del Cielo (1)

El ego, su búsqueda y el contacto con el alma

Durante los últimos siete años de búsqueda espiritual y habiendo atravesado innumerables experiencias de dolor, fascinación, renuncias y entrega, me vi bendecido lentamente por la apertura de la memoria de mi alma. Digo bendición porque cuando el alma se des-cubre, su agua nos riega y va apagando el incendio de tanta distorsión en la mirada y lejanía con la verdad. La sed se calma y todo nuestro cuerpo empieza a sentir el alivio que mana cuando corazón, verdad y vida entran en resonancia. Para mi el alma es memoria despierta y divina.

Hace cuatro años navegaba el camino espiritual indígena cuando la vida y sus razones, me quitaron de allí. Hacía poco también había ligado con el conocimiento angélico, fui iniciado en ello como también en el acceso a los registros akáshicos. Todo este cielo, abstracto y contundente, se lo llama canalización en la espiritualidad. Es la posibilidad de estar en comunicación fuera de toda lógica y racionalidad con una de infinitas dimensiones del mundo de los espíritus. 

Cuando comencé a desarrollar mi escucha activa con esos planos de la conciencia, supe que sería un camino sin retorno. Casi de inmediato conocí el impacto y algunas de las consecuencias que esa decisión tendría para mi. Hasta este momento de mi vida, la realidad era un cachetazo constante. Un cóctel explosivo de confusión y enredo. Mi forma de encarar el día a día estaba fuera de órbita con respecto a las necesidades de quienes me rodeaban y me precisaban, pero también estaba fuera de las mías. 

Cuando tomé contacto con el mundo espiritual de la mano de la instrucción angélica y akáshica, la vida no se hizo más feliz pero por lo menos sentía que estaba pisando por fin sobre las dificultades adecuadas. Es decir, reconociendo que lo siguiente presenta cierta inexactitud, puedo decir que alguien que quiere tener una vida de comodidad materiales, sabrá tarde o temprano los desafíos que supone y los sacrificios que tiene que asumir. Horas de trabajo, mejores desempeños, aumento de responsabilidades y seguramente de beneficio económico.

Alguien que siempre está intentado pescar sus sueños y que aún más, siente que sus sueños no están desarrollados en este mundo, necesita asirse y suministrarse de mucha información para lograr producir lo que la naturaleza todavía no ha gestado. Voy a ir un poco más allá. Como los sueños siempre son una misión colectiva traída de una visión o más, también deberá educar, entrenar y madurar lo suficiente la comunicación para que esos mismos sueños durmientes en otros, se levanten y que así el proyecto de sus corazón florezcan. Pero para eso, hubo que empezar con la información. 

Mi tierra era de cielo y yo recién me estaba dando cuenta de eso. Por primera vez me sentía en casa y siendo así todos los dolores previos no desaparecían, pero se hacían más llevaderos. 

Desde mi punto de vista, existen dos heridas básicas en el corazón de los seres humanos. Una de ellas es la desconexión con el Cielo. Por miedo o por ignorancia (el miedo rechaza mientras que la ignorancia, desconoce), sin cielo en un corazón está muerta la capacidad de soñar. Y donde no hay sueños, esa vida se está privando de tener una visión. ¿Qué es una visión? Es un regalo del espíritu. Es la oportunidad de quebrar la percepción sesgada y doliente y darle amplitud, comprenderla en un orden mucho más hondo y lleno de sentido. Una visión es parecida a una profecía, premonición o frecuencias similares de tanta prensa (no siempre honesta) que parecen venir del futuro. Una visión o la insistencia en obtenerla, es siempre fruto del trabajo sobre sí, cuando se rompen los límites carceleros del ego y la falsa omnipotencia de la personalidad. Una visión siempre nos conecta y nos encuentra con otros. Por eso deja de ser personal y resulta tan transformador obtener esa gracia. Es la confianza en el devenir.

La otra herida que reconozco es la imposibilidad de hacer Tierra. Y sin ella, no hay vida y sobra carencia. No hay otros. Mejor dicho, sí hay otros y me refiero a vínculos. El problema es que esos otros, como aquel corazón que no puede sentir su tierra, encontrará relaciones llenas de ingenuidad y de fantasía, terreno fértil (valga la ironía) para futuras y a veces inmediatas, frustraciones y decepciones. Sin Tierra, las visiones a las que accedemos son pura fantasía y no podemos sentir que aquello que hacemos tenga sentido. Las labores siempre son menos que nuestros mundos de ilusiones y siendo así, la realidad en la que se camina (o se flota) es pura volatilidad. Sin Tierra, no hay misión. ¿Qué es una misión? Es ese entendimiento nacido de una o varias emociones que nos afirma que aquel tiempo que invertimos en el hacer, tiene un propósito y es válido para nosotros. Es sano. Estar en misión es sentir que se hace camino en el andar. Es la firmeza en el pisar.

Ambas heridas están en el alma y más allá de estos dos diseños en los que la vida configura nuestro destino, hay una única herida: la falta de amor. 


jueves, 8 de diciembre de 2016

Alerta: una generación harta de sí misma

Son los primeros días de un diciembre que todavía no se parece a sí mismo. Las locuras de esta época del año aún no se apropian de las calles. O eso parece. Me reviso y como cada vez que se avecinan las fiestas, me doy cuenta que ni la navidad ni el fin de año conquistan mi corazón ni me conmueven.

Hace mucho tiempo que soy rebelde a este orden y sus convencionalismos. Sé que se apoya en antiguas amarguras. Sé que hoy prefiero aliarme a mis tristezas, amigarme con ellas antes que brindar por la noche buena. No estaré más cerca de mis afectos porque se acerque el día de navidad, ni mis dolores cederán su espacio porque brinde por el amanecer de un nuevo año.

Descubro que este año, no impera la rebeldía. La rebeldía precisa fuerza para manifestarse y es justamente lo que no siento en este momento. Estoy exhausto. Estoy agotado de mi mismo.

Conocí a Jeff Foster hace sólo unas horas a través de un texto, del cual comparto este extracto:

“Puede que tengas que comenzar a sentir tu culpa ahora en lugar de actuar sobre o huir de ella. Puede que tengas que comprometerte a sentirte inestable, vulnerable, asustado, incómodo, incluso indigno.”

Justo después de conmoverme con este texto, se reafirma una sensación de hartazgo. Son días donde me comunico con algunos amigos y compañeros de camino. Y en la ruta, hay una sensación demoledora: estamos hartos de nosotros mismos. Sé que este malestar gobierna nuestra generación. Sé que nos está golpeando.

Me acuerdo de una de estas compinches de viaje y le pregunto cómo se encuentra —sé que no la viene pasando bien—y a los pocos minutos de estar leyendo sus mensajes y escuchando sus audios, le suelto una respuesta: “uno no se harta de ser sino de parecer”. Me quedo prendido de esta frase como si no fuera quien la escribió. Con asombro releo lo que expresé.

Sospecho que una de las grandes trampas en la que constantemente caemos la mayoría es al intento de amoldarnos a un sistema envejecido y moribundo. Y para dar continuidad a nuestro rodaje en él, como adultos todavía jóvenes, muchos de nosotros anestesiamos nuestra sensibilidad y así se completa el circuito. Las drogas, el alcohol, el tabaco, el sexo, la velocidad, el vértigo y otros ruidos se sostienen en el miedo y son funcionales a este descalabro. Así mismo, son el talón de Aquiles de esta manera de organizarnos socialmente. Es decir, tanta vida hecha desenfreno, tanta “accidentalidad”, rompe los ojos.

Es tan sugestivamente fiera y violenta la cara del sistema que amedrenta el solo hecho de pensar en darle la espalda. Sin embargo, quienes venalmente desconfiamos de las virtudes y beneficios de participar del mismo, sabemos que el costo que pagamos es también altísimo: la exclusión. Pero desde los márgenes nacen los actos más revolucionarios.

Nadie en su sano juicio se parece a esta forma de vida que campea entre el desenfreno y el frenesí. No somos eso ni nos parecemos a eso. Y las entrañas protestan. A nivel personal, reconozco estar atravesando un duelo o varios… Nunca me interesó demasiado ingresar al margen de lo formal, me sentí atraído por experiencias periféricas al orden de lo normal. Y paradójicamente, esas experiencias me acercaron al corazón, al núcleo de otro orden más verdadero. El único real: el amor.

El sistema, o para llamarlo de otro modo, la forma en la que vivimos, se aloja en nuestra cabeza y para alimentarlo, basta solamente con disociarse de las emociones, alcanza con desensibilizarse. Si querés tener razón, estás en el horno. Una persona puede pasar su vida entera debatiendo con sus ideas sobre el mundo: cómo es —según su punto de vista— y cómo debería ser —en su opinión—.  No hay testimonio de una persona feliz en la faz de la Tierra por tener razón.

Una persona puede empezar a sentir lo eternamente postergado y aterrarse, y está bien… Porque la cloaca emocional será intensísima. Alguien puede pasarse años para depurar sus sensaciones y comprender la naturaleza de sus emociones al punto de lograr discriminar los divagues, toxicidades, de lo que es un sentimiento puro y conciliador. Y finalmente, alguien también puede descubrirse tanto, como para que su sentir le indique la dirección de su vida y animarse a atravesar los dolores que lo esperan. Porque vida y dolor son inseparables. Pero una cosa es el desafío de los dolores que conforman el sentido de mi vida y para los cuales en el propio transcurrir encontraré la fuerza y la motivación, y otra cosa es rebotar entre dolores lejanos a lo que mi alma está convocada a andar. Allí hay debilitamiento y desazón.

El mayor grado de violencia al que estamos sometidos los seres humanos es a parecer lo que no somos. Por suerte, algunos incluso se han cansado de fingir. Hay una generación agotada y asfixiada por entregarse a la desesperanza. Hay muchas generaciones a las cuales veo a los ojos y no las encuentro.  Hay muchas personas que de verdad están derrotadas. Pero hay muchas otras que la propia convivencia con la frustración, las está haciendo despertar.


Esa generación lleva la información de otra manera de vivir en su interior y no lo sabe todavía. Vos llevás la semilla de otra forma de vivir y aún no sos consciente. Lo sagrado no está perdido, está olvidado y la única forma de reconocerlo, es mirando a los ojos a la misma soledad que habita en otros como vos. Cuando la fuerza de la revolución sea más fuerte que el pudor y la vergüenza de mostrarte frágil, ese comienzo no tendrá vuelta atrás. Hablando del dolor, vamos a recuperar la memoria del amor, y en ese momento habremos recuperado nuestro retorno al círculo de la vida.


viernes, 21 de octubre de 2016

Mirar la vida

Llevo días reflexionando sobre los temas que son de dominio público. Llevo días incluso escuchando mis propias opiniones. Desde adentro me oigo hablar. Sé mi punto de vista. Sé que no tengo interés en debatir y discutir. Sé del gran desperdicio de energía que significa y lo poco que crezco defendiendo mi razón. Sólo me deja pequeño y separado de los demás. 

Confieso que a esta altura de mi vida hay un nivel muy básico que es piso de todo el resto: tomarme el trabajo de mirar a la cara los aspectos que me conforman como ser humano. Asumirlos, violencia incluida. 

Si desayuno violencia es porque estoy durmiéndome noche a noche con toneladas de dolor en el alma y no estoy dando una buena respuesta y sana gestión a esto, o por lo menos no a la medida de mis necesidades. Eso se traduce en almacenes de rencor y resentimiento. Y merezco una realidad rodeada de ternura y respeto, es ese mi rezo.

Igualmente abordar este asunto desde ahí, solamente proponiéndome observar mis partes desmembradas, que piden castigo y reparten culpabilidad, me parece insuficiente. Pero me preocupa otra cosa y aún así, rezo para que encontremos y habitemos nuestro lugar de paz. 

A niveles mucho más sutiles, el tratamiento que se le da públicamente a esto hace que día a día se dañe y deteriore significativamente nuestra capacidad de confiar en el encuentro y hasta de entregarnos a un otro. Y este es el mensaje de fondo. Lo digo con seriedad y dolor. 

Yo noto esta realidad cotidianamente y en muchas de mis relaciones. Incluso familiarmente, donde de pronto me descubro en una brecha entre mujeres y hombres imposible de zanjar y con una incapacidad demoledora para atravesar este umbral que nos diferencia por naturaleza en pos de avanzar a una comprensión que nos iguale. Por momentos esta paranoia en la que surfeamos, queda incrustada en esta polaridad como en tantas otras.

Estoy seguro que la visibilidad colabora a hablar del dolor y esto es un avance, mas antes de explotar las redes y atiborrarnos de pareceres, quisiera con toda mi fuerza que fuéramos más maduros a la hora de elaborar nuestras conclusiones, tomando en cuenta qué es lo que estamos dejando afuera y qué lugarcito doliente de mi está siendo marginado. Y en todo caso, dónde me siento imposibilitado de amar.

Vivimos una sociedad estresada, pues los ritmos y sus velocidades son pautas exteriores, ajenas a nuestra naturaleza. Vivimos una sociedad neurotizada, somos individuos ejerciendo un consumo irresponsable de recursos y servicios en detrimento de conectar con nuestras necesidades reales, mucho más simples, siempre a mano.

Ojo con las trampas, porque no acceder, no poder e incluso reprimir estos impulsos, no es ponerse a salvo. No me siento indiferente a nada y escucho el murmullo silencioso de quienes quieren y no pueden. Somos manada y como tal, aún dentro de ámbitos distorsionados social y culturalmente, el núcleo duro de lo humano ejerce una fuerza de atracción sobre cada uno. Esa fuerza hace que desemboquemos en las mismas experiencias y que nos esperemos paulatinamente para dar respuesta a los cambios y transformaciones. 

Y por supuesto, vivimos una sociedad en estado de shock, que ha perdido vínculo con su interior y resguardo de su privacidad. Esto produce una alteración descomunal de los límites, una sensación de desprotección gigante y la resonancia deambulando de que contamos con la posibilidad de entrometernos en la vida de los demás, sus situaciones domésticas y lo que es más grave, el derecho a opinar sobre esa realidad. 

En lo personal, soy muy cuidadoso de mi intimidad e incluso tremendamente selectivo en mis relaciones, reconozco que mis puntos de vista no son los normales y ante esto, decido ser precavido. 
A mí me importa pedir ayuda, a mi me importa arribar a vínculos que me sepan sostener cuando estoy débil. A mí me importa construir confianza (no perfección) y establecer una red de contención para cuando haga falta. A mí me importa tener relaciones genuinas donde simplemente poder ser como soy, sin medias tintas. A mí me importa decir las cosas y hacer acuerdos para saber cuándo sí y cuándo no. 

También ante la debilidad y la vulnerabilidad de un hermano, ver venir mis fortalezas y mi capacidad de ser buen soporte. Y si en un orden continúo con mi militancia, de seguro es para que otras personas se puedan arriesgar y regalar esta misma experiencia. 

Mi trabajo, y eso llevará mi vida, será para recuperar la intimidad en cada uno y en relación, eso es volver a lo sagrado, no es tan espiritual ni tan extravagante. Es básico. Y cualquier experiencia de creatividad distinta a lo usual, responde a esos parámetros, no a la perpetuidad de los estados públicos, sus subidas y bajadas. 

Me importan los encuentros, el círculo y la horizontalidad. No somos iguales y qué bien poder integrar esa comprensión. Porque se puede, porque es posible y porque locura, diría Einstein, es hacer lo mismo esperando resultados diferentes y acá, nos vivimos mordiendo la cola. 



domingo, 16 de octubre de 2016

Encontrarse

Al momento de comenzar un camino espiritual o una terapia, lo que sea como una disciplina que dé gimnasia para el alma, es porque la inquietud está lo suficientemente activa como para hacer el movimiento y lanzarse. Y el camino espiritual es lo que le haga bien a cada uno. Hay quienes venimos entrenados para ser puente entre esta realidad material y el mundo del espíritu, y todos sin excepción, venimos a traer aquella belleza a este lado de la vida. 

A veces es necesario asumir tareas que tengan que ver con ser enlazador. Sí. Pero por esta brecha es donde se cuela la ilusión de que alguien es especial o más importante. En todo caso, la escucha, la visión o la posibilidad de entrar y salir, de ir y venir a la naturaleza sutil del mundo, a los otros planos, tiene que ver con cuán ejercitada está un alma y cuántas veces ha desarrollado esa labor en otras encarnaciones. Existen este tipo de apoyos espirituales para empezar a quitar la confusión del corazón de todos. El destino que estamos construyendo es un reino mucho más amoroso aquí, en la Tierra. El dolor es inevitable, recorrer sus capas permite arribar a comprensiones cada vez más hondas hasta dar con la conciencia que se encargó de todo...

Yo he ido y venido inmensamente confundido, he pedido ayuda estando inmerso en un sinfín de conflictos y apremios. La salvedad queda hecha: las personas que trabajamos de alguna forma en la espiritualidad, hemos padecido grandes confusiones. Lo que se desprende (y lo escribo con mucha humildad) es que el alma ha trillado lo suficiente una y otra vez con la naturaleza del mundo como para reconocer la salida de los entuertos y abrir una compuerta que logre iluminar y de ahí estabilizar cierto grado de pureza. 

Diría Alejandro Corchs... "El intelecto es un océano de 10 centímetros de profundidad". Cuando una emoción perfora el lecho de ese océano, ya no hay marcha atrás y a la vez, todo está por comenzar. Una vez más, el principio le pertenece a la inquietud y esta, necesariamente es lo bastante caótica como para hacernos cuestionar nuestra frágil sensación de seguridad y echar por tierra lo que conocemos. Hasta ahí, el intelecto no es más que el escudo protector de nuestro caudal emocional. Más adelante sirve para organizar y nombrar ciertas vivencias.

Cuando comencé un camino espiritual recuerdo que el sentir reinante era insatisfacción. Me sentía incompleto. Los primeros tiempos de espiritualidad fueron de fascinación, ansiedad y entrega. Confiaba en donde estaba, tenía guías delante y me gustaba lo que veía en ellos, y encima caminaba acompañado. Atravesé temporales, revelaciones, fui testigo de milagros y tomé conciencia de la red de aconteceres que se dan para que algo suceda y llegue a destino. No puedo decir que no sé o que no conozco...

Con el paso de los años una honesta tristeza se instaló y con ella surgía una y otra vez la misma pregunta desde las relaciones: cómo si hacés eso para estar mejor estás cada vez peor? Me quería morir... Cómo mi familia y amigos confiarían su corazón a un camino si lo necesitaran alguna vez o más aún... Cómo confiarían en mi si el peso de mis decisiones parecía hundirme. Muy lento, aprendí a hacer silencio, a cuidarme y a que a veces, la contención que precisamos no está en la familia.

La primera inquietud que mueve hacia un disciplina, es como la brisa pequeña y fresca que anuncia la tormenta. No se deja ver el dolor, pero su cápsula está llena de fisuras que a esa altura harán inevitable el contacto con la herida, sus consecuencias y repeticiones.

No son dos días, ni diez meses, ni un par de años. Asociarse con el dolor y la muerte es un ejercicio de comprensión permanente. 

Portal tras portal el transitar demanda una nueva buena muerte, otras renuncias y desapegos. Todo lo que se vacía hace que un centro de fuerza se vuelva cada vez más perceptible y lo que al principio fue un movimiento a ciegas, después se vuelve claro y preciso.

Todo lo que no está vinculado estrechamente a mi alma, cederá su espacio para que mi lugar (aquello que en mi destino se encuentre) suceda y se manifieste. 

Hay momentos de trampa donde se cuestiona qué tan fuerte está el corazón luego de tantos avatares. Los desafíos son sencillos de identificar porque al fondo, sólo buscan volver el tiempo atrás o precipitar lo que sabés que más adelante está para vos. Si saca la atención del presente porque propone prisa o ralentiza, es trampa. Uno sabe para lo que está preparado y puede sostener y para lo que no. Yo lo he sabido aún en la tentación.

El sabor que dejan estos desafíos es que no se es principiante... No hay dónde moverme sino en la humildad y la confianza de quedarme suspendido en el corazón. De las sensaciones que más plenitud me da es sentir que floto en él. A esa altura cada cual tiene una noción más y más profunda de lo que ha venido a hacer, de lo que se trae guardado y ahí no importa a qué te dediques porque el lenguaje es el mismo. Llegar a ese lugar donde despierto con sueños en las manos, es muy conmovedor. Parece que toda la aventura ha traído inmensas penas. Sí. Ha valido la enorme alegría de encontrarnos. Por supuesto. Y de reunirnos en todo lo que queda por hacer, gracias a Dios...