domingo, 5 de abril de 2015

Memorias de la luz

La zona de confort es todo aquello que diseñamos y creamos para evitar lo inesperado. Es una estrategia que armamos contra la posibilidad de sorprendernos. Es un cerrojo a lo imprevisible.

Dentro de esa zona hay comodidades que están allí para salir lo menos posible de las murallas del confort. Así se minimizan las chances de que algo desconocido se asome a esa privacidad. Ese mundo donde alguien se piensa y se queda solo, es proporcional al miedo. ¿Miedo a qué? A volver a abrir el corazón.

¿Qué más hay dentro de esa zona de confort? La comodidad es un trabajo, el modo en que se llega a ese lugar y el paisaje cotidiano asociado a él. Comodidad puede ser no trabajar y todo lo que se repite para que eso siga ocurriendo. Comodidad es la manera sistemática en la que ocurre un descuido físico o un modo obsesivo de exigirte estar en forma. Es comodidad relacionarte con ciertas personas y rechazar otras, y es comodidad lo que justifica esa selección. Todo esto es zona de confort. Resulta paradojal, porque parecería que una zona de confort implica no salir de casa, pero no es así.

Cayó la cabra, una agrupación del género murga, se rebelaba así con su canto: “…quiero ser más que una vida correcta, más que una simple sucesión de actos cotidianos…”.

Por más bien armado que esté el plan, hay un momento donde nada alcanza. No hay suficientes recursos económicos en las extensiones donde se guardan que compren la tranquilidad. No hay ropa con la que se pueda vestir a la personalidad que alcance para que la persona se sienta apreciada. Nunca será suficiente esfuerzo aquello que se pueda hacer para que el ego se sienta satisfecho de sí mismo. No hay auto ni coche que pueda llevar a alguien más allá de los lugares a los que se atreve a ir.

Veámoslo globalmente: estamos en el punto más álgido del exitismo. El marketing y las carreras empresariales se encuentran en su montaña rusa triunfal y todos, en algún sentido, trabajamos para minimizar errores y negociar hacia dónde nos importa menos que repercutan los daños colaterales.

La zona de confort y sus cómodas rutinas, no son los sueños. Los sueños que no despiertan aprietan el vientre, rezongan en el estómago, oprimen el pecho y se atoran en la garganta.  Los sueños que duermen agobian el corazón. Hay mucho más esfuerzo dedicado a no escuchar nuestras necesidades y los anhelos que se imponen delante nuestro que en aprender a fluir junto a ese latir. Cuando un sueño se levanta del letargo su fuerza arrolla la comodidad y abre una hendija políticamente incorrecta en las trincheras de la zona de confort.

Siempre hay alguien que aún guarda pureza en su corazón, que es tocado por un sueño de los buenos y los buenos sueños atentan contra las comodidades. Y ahí empieza un gran problema para algunos y una enorme oportunidad para todos.

Voy a hacer un cambio a partir de aquí y sustituiré sueño por proyecto. Les pido que me acompañen.

Cuando un corazón late, aún todo es posible. En cada corazón está guardada la memoria de la luz. Esa memoria somos todos pero ocurre que venimos a brillar desde un resplandor particular. Es decir, tenemos algo que hacer y cuando lo desarrollamos, lo expresamos de una forma muy íntima y peculiar.

Alguien simplemente descubre que debe, que quiere o que puede hacer algo y casi de inmediato se da cuenta que para llevarlo a cabo, necesita algo más y ese “algo más” lo tiene, le pertenece o está guardado en otro.

El universo es un proyecto en sí mismo que también está dando latidos de autodescubrimiento y nosotros somos pequeñas luces dentro de él, encendiéndolo. Todos los proyectos incluyen a otros. Ese sueño que pulsa dentro de ti, siempre es una tarea a volcar hacia fuera y es en forma de servicio, una manera de atender y estar atento. Así sube la intensidad en tu luz. ¡Eso es la conciencia!

Si todavía tenés alguna duda, lo voy a plantear de otra manera: sueñes lo que sueñes, todavía estás dormido/a. Ahora, el hecho de ir por ese sueño, va a hacer que trasciendas la idea de que podés lograr algo solo/a. ¡Si o si los anhelos son viajes compartidos! Y así comienza el despertar del espíritu, el final de la pereza en el alma y la voluntad humana.

El arte de despertar implica desilusionarse y una desilusión es siempre una manera de perder una imagen que tengo de mí mismo o de alguien para descubrir lo real detrás de lo aparente. Despertar en cierta forma, no es distinto a nacer. Nacer o despertar, es doloroso pero es un baño de esencia y claridad. Y este “nacer”, incluye la posibilidad de adoptar una mirada amorosa sobre lo más sombrío. De lo contrario viviremos una nueva desintegración de la ilusión o de la idea que persiste en nuestra mente hasta poder tomar un nacimiento o un despertar que incluya a la oscuridad más sufriente.

La cultura del Tíbet le llama la Rueda del Samsara: los actos repetitivos que esconden un inmenso miedo y que tarde o temprano estamos llamados a trascender. El budismo, en una frase que adaptó un hermano de camino, dice: “Muérete antes que tu cuerpo te eche”.

Tras muchos años de rumear hacia dentro y de darme al servicio, he comprobado dos cosas. Una: las pérdidas como las muertes siempre van a venir. Dos: nuestros actos generan efectos o consecuencias. En ambos casos, no hay nada que contraste al dolor. Se lo puede sublimar, pero terminamos en él para rendirnos y volver a nacer.

Hay épocas de cambio y hay ciclos de transformaciones mucho más profundas y en general estas se suceden luego de perdidas muy sentidas o enormes catástrofes. Parado ante ese duelo personal, pude ver muchas de las consecuencias de mis actos y actitudes así como pasé por estados de honda culpa y de gran dicha. Eso es navegar en el alma.

Pero el alma es una parte de esta película, no es todo el misterio. Cuando soltamos la capa del alma y vemos con los ojos del espíritu, el Plan Divino o Dios nos muestra por qué tuvo que ser de esa manera y no de otra y que todo —¡absolutamente todo!— fue Su diseño y tú, yo, todos jugamos a ser el diseñador, ¡las manos del universo! Es así como el alma se lava hasta la próxima vez que decidamos vestirla, y sus luces y sombras se diluyen y disuelven. Los actos bondadosos y compasivos, así como los contratos amargos, también le pertenecen al Gran Espíritu.

Conozco un solo proyecto en el universo: el amor. Eso es todo lo que pulsa el sol central que está más allá de nuestro alcance y comprensión. Y eso es también lo que nosotros pulsamos. Todo, siempre y a cada instante, es un acto de amor y darse cuenta, es liberador.





Camilo Pérez

miércoles, 11 de marzo de 2015

Los sueños, sueños son

¿Estuviste alguna vez desbordado ante una emoción tan fuerte que sobrepasa la posibilidad de hacerte cargo de ella inmediatamente? ¿Te diste cuenta de que esa marea emocional parecida a un naufragio, es como morir? Para eso están los sueños. Son un arrebato al ahogo y una manera de anestesiar la sensación de inundación y muerte.

Somos una especie que está aprendiendo a gestionar sus emociones. Eso no es un problema sino la tendencia a rechazar ese aprendizaje, a congelarlas. Nos mostramos reticentes a sentirlas. Desde ese estado de conciencia, deliberadamente queremos que todo lo que resulta conocido y brinda estabilidad, no se desvanezca. Por eso es que la nota anterior —“Crecer o reventar”— y esta, se encuentran ligadas.

El mes pasado decía que los desarrollos personales y colectivos se dan por construcción o por deconstrucción. ¿Qué es lo que determina que sea de un modo u otro? Sencillo. Individuos capaces de asumir lo que sienten o no.

Cuando nos empecinamos aunque las señales sean claras, los cimientos ceden y la estructura en algún momento, cae. Eso es por deconstrucción. Un fracaso nunca es casualidad. ¿Qué tanto tenemos que ver con eso? ¿En qué ideas creí sobre las que moldeé lo que se vino a pique? Es un buen modo de inaugurar lo próximo. Pero si una nueva construcción se desploma, no pasa nada. Volvé a intentarlo con la misma premisa: me cuestiono, defino y actúo.

Cuando tengas dudas de cómo estás encarando la realidad y construyéndote, podés tener en cuenta lo siguiente: las dudas son humanas, el convencimiento pertenece al espíritu. Sólo prestá atención a esto: si te asalta la duda o la confusión, o las dos, todavía hay un patrón muy viejo —seguramente familiar— del que no estás siendo conciente ni podés desprenderte por ahora. Si el convencimiento se convierte en rigidez, también. Esta es una muy buena pauta para ir acercándote hacia eso que llamamos misión y a las relaciones que te acompañarán a ejecutarla.

La vida está diseñada para que todos cumplamos nuestra parte. La intención final de la existencia es modelar seres humanos concientes de sí y con una buena antena receptora que converse apropiadamente con el espíritu.

Nos hacemos hábiles en el arte de sentir lo que sentimos, tras muchas prácticas. Ejercitándo- lo. ¿Por qué es tan importante sentir las emociones? Porque son las capas que recubren nuestra esencia. Las emociones están programadas bajo patrones que te ayudaron a sobrevivir y eso colaboró en tu desarrollo parcialmente. Te darás cuenta si hay sensaciones que perturban tu calma, de que falta mucho pulir para descubrir qué hechizo te hace participar de una fantasía familiar o social.

La mayoría de las personas aún hoy, escogen una ficción que las entretenga, un sueño que las mantenga de pie o una ilusión que las persuada del temor a sentir. Esta elección no es gratuita, todo lo contrario. De a poco y sin importar cómo vengan presentadas las fantasías que protegen tu esencia cuando aún es temprano para poder asumirla, el individuo que las fantasea rompe relaciones consigo mismo y contacto con lo real: la intimidad que lo rodea.

Esta máscara o careta social, nos hace pagar un costo altísimo: se genera un quiebre con respecto al sentir para poder adecuarnos a las demandas que aseguran la supervivencia. Y esa mutilación o desprendimiento de nuestras aguas, nos hacen perder el sentido de la vida. Por tanto todos los lugares a los que abordemos, estarán cargados de pleitos, espejándonos permanentemente las emociones que por negar, nos llevaron hasta allí. El rechazo también es una manera de conducirse y no hay problema en intentarlo así, salvo que las experiencias nos rechazarán a nosotros, y los sitios a los que lleguemos difícilmente nos hagan lugar.

 Algunas personas elijen una evaluación del sistema familiar al que pertenecen o de sí mismas y acuden a consultorios por una terapia u otra forma de sanación que les ayude a hacerse cargo de sus dolores. Todos —sin excepción— transitarán uno o más ciclos donde se sentirán invadidos por un océano emocional y a la deriva. Tristezas, decepciones, frustraciones, traiciones, o lealtades a las cuales han seguido, entre una lista inagotable de sensaciones, se presentan. Es que todo ese tsunami  y oleaje furioso, como las corrientes fortísimas que se mueven por debajo, han estado prisioneras de la personalidad y del ser social al cual nos aplicamos por mucho tiempo. A esto es a lo que me refería con congelamiento.

Hay un gran número de personas —sobre todo en la familia— que no entienden cómo es posible que si un ser querido ha iniciado un camino espiritual o de sanación, está tan mal, llora constantemente o reacciona de manera impulsiva. Es que hay un ponerse al día ante tanta emocionalidad postergada, prohibida o reprimida. Y es inevitable.

Ficción, fantasía, sueños y otras palabras de la misma familia; son funcionales y sirven al terreno volátil de la ilusión.   

De qué están cargadas tus ideas, qué mapa sobrevuelan: ¿tener dinero? ¿Hacer viajes? ¿Conseguir empleo o dejar el actual? ¿Romper una relación o iniciar otra? ¿La emancipación del hogar familiar? ¿Comenzar una actividad? ¿Largar todo y empezar una nueva vida en algún paraíso espiritual? ¿Jubilarte pronto?

Lo mencionaba la nota pasada, al hablar de conceptos estamos dándole pasto a la razón para que se entretenga. Si en lugar de querer definir algo para entenderlo, bebemos nuestras aguas, nos acercamos a la dimensión y a la importancia que eso que está pasando tiene en nuestra vida. Desde ese espacio, no necesitamos entender, precisamos sentir.

El orden de los sueños, las fantasías y los deseos, describen algo muy preciso: nuestros vacíos existenciales o de lo que estamos llenos en nuestra vida y se necesita liberar.

Voy a poner un ejemplo. Una persona puede tener muchísimo trabajo y también muchísimo miedo a desprenderse de ese tiempo porque estar en su casa le supone una tormenta a la cual no quiere enfrentar. Hasta que un resfrío o un desequilibrio mayor le quita de allí y no tiene más remedio que asumirlo. El trabajo en este caso sería una dimensión de su sueño. A esta persona, le costaría enormemente estar en presencia de la realidad que le espera en su hogar. Se sentiría alarmado y el aviso de transformación se activaría en él. Y todas las transformaciones, cuando son genuinas, tienen cara de muerte.

No tengo dudas que estamos atravesando como humanidad un proceso muy peculiar. La ensoñación o la cáscara que cubre y protege al huevo, se está rompiendo. Paradójicamente, ese cascarón no nos lleva hacia afuera, la ruptura que está sucediendo es en lo que llamamos la realidad. Esto es a lo que autores clásicos como Osho o Eckhart Tolle denominan ilusión.

Nuestra cultura ha fantaseado durante muchísimo tiempo con cambiar el mundo y ese paradigma combativo, ya deteriorado, fue sustituido en buena medida por el grito de “¡sálvese quien pueda!”.

Cuando convencidos de las luchas que perseguían, nuestros abuelos y padres intentaron transformar la realidad, se dieron cuenta de que otros colectivos como ellos, pujaban por lo mismo: mantener un estado en el cual creían mientras ellos buscaban implantar otro. Actualmente, las agrupaciones políticas no logran concentrar la atención más allá de los períodos electorales. En otros casos, se mantienen o brotan bloques con consignas que se pierden con su grito en el ruido general y las demandas de siempre. En ambos casos, son arquetipos que no funcionan producto de un largo caminar y su desgaste. El pensamiento agobia.
 
En el área individual, nos enfrentamos a una batalla entre dos mundos: inventar un micro ambiente articulado por comodidades y de sueños profundamente personales o morir en el intento y entrar en esa habitación donde están los fantasmas de nuestra niñez.

Las fábulas de nuestra infancia y sus personajes, repercuten hasta hoy tomando forma en el presente. Tienen el peso de una imagen agrandada por el paso del tiempo y la falta de cuestionamiento. Echarles una mirada con conciencia nos abre a la posibilidad de contrastarlos y esa gimnasia y sus resortes, disiparán sus perfiles aunque no sea de un día para otro.

Algo más para ir cerrando: ese mundo interno, de una mirada con conciencia o atenta, incluye y le hace lugar al otro mundo miedoso y paranoico en el cual nos formamos y del que formamos parte. El mundo de nuestra conciencia es tan fuerte que abraza a esos cucos asustados.
 
Ya no quedan terrenos idílicos, por aquí y por allá la realidad nos rompe el corazón y lo que está instalado es un gran sentido de duda y confusión. No sabemos cuál será la próxima estación. La mejor señal en la que podemos confiar es que esta combustión está creciendo sobre una esperanza renovadora, aunque aún la mayoría de la gente no logre verlo.

Lo que estamos conversando y difundiendo desde hace mucho, es la percepción de que la plataforma sobre la que hacemos el resto, está cambiando. O comenzamos a adueñarnos de nuestra experiencia humana con un profundo respeto por la vida toda y con gran humildad para dar cada paso o no pasa nada, seguimos el aprendizaje en otra escuela.

Estamos en una gran casa y esta Gran Madre hace rato nos está teniendo paciencia. Las aguas de la Tierra se están descongelando por amor a lo que viene. 


Camilo Pérez

viernes, 6 de febrero de 2015

Crecer o reventar

No hay azar. Como en aquel juego televisivo de la papa caliente, los problemas explotan en las manos de quien se aferró a una forma de jugar. Sea por voluntad propia o porque los problemas te revientan encima, la vida está diciendo que hay algo por soltar y algo por tomar.

Aunque los tiempos de la humanidad son mucho más largos que nuestros procesos personales, de igual manera no hay azar: las realidades vacías de amor están explotando en todos los sitios del planeta. En verdad, lo que estalla se destruye por amor. Lo hace el amor. Deja de ser como es para volver a recordarnos una de las condiciones más importantes del ser humano: el movimiento. La pregunta es ¿hace cuánto que no me muevo, cuándo dejé de hacerlo?

Un hermano de camino me mostró claramente la diferencia entre sostener y permanecer. Algo se sostiene en base a un esfuerzo mientras que en la permanencia no lo hay. Después logré ver el resto... La contemplación es la otra gran condición del ser humano. Cuando un hombre se contempla, se cruza con su atemporalidad. Se conecta con su inmortalidad, con la parte de sí que no perece. Habiendo asumido su mensaje y digerido la enseñanza, alguien más me preguntó cómo hacía para diferenciar en su realidad entre permanencia y sostén. Sólo un tiempo después, le respondí: ¿cuánto de lo que hacés, lo sostenés para que no te vuelvan a lastimar? En la respuesta a esta segunda pregunta con la que respondí, se ve si una herida está bien dirigida hacia la redención de la culpa y la sanación como camino de mantenerse alerta, en conciencia.

Durante la actuación de una murga, hace algunos años atrás, un pasaje de su guión decía: ''...inventamos paraísos tan personales que ni siquiera sabemos si alguien va a querer estar ahí, con nosotros''.

La vida tiene un ritmo claro: toda luz que ingresa en la atmósfera de la Tierra y que se ancle en su interior, tendrá lo necesario para su materialización, desarrollo y desprendimiento: sea que esa luz encarne en un animal, planta, ser humano, etcétera. Incluso cuando un planeta nace en el misterio del universo... Estoy diciendo con esto que cualquier realidad que esté reñida con la real naturaleza de abundancia que somos, es una historia desencontrada de su propósito. Las cosas que conceptualizamos son una dimensión más que una definición de diccionario: trabajo, casa, hogar, papá, mamá, relaciones. Dime abundancia de qué tienes y te diré con qué estás identificado.

Nuestra vida o la historia familiar, e incluso la social a la que pertenecemos, no puede zafar de ese ciclo de desenvolvimiento. Todos provenimos de un capullo que nos contuvo y protegió hasta que ya nos queda chico y precisamos desprendernos de él. Las realidades nos cuidan hasta que nos obstaculizan. Acompañan nuestro crecimiento hasta que se interponen a él.

Una sana manera de crecer sería reconocer el tiempo de una realidad que se está agotando antes de que pase que sigamos en ella cuando caducó. Para hacer esto posible y no hacernos daño, hay que estar atentos. Parece sencillo así, escrito. Lo díficil en ese momento es intentar otras formas, diferentes a los hábitos en los que nos acostumbramos a funcionar.

Hay muchas personas simplemente pasando y aplazando los tiempos y decisiones, entregándose con resignación. Tal vez creyendo que en la próxima vida, las cosas serán más benevolentes con ellas. Y es un absurdo. Volverán a nacer y a transitar los mismos dramas existenciales que tanto han padecido hasta aquí. Como en los videojuegos o en los juegos de mesa, ¡tendrán que volver a empezar en los desafíos pendientes!

En nuestra cultura, rioplatense y nostálgica, tiene mucha fama el dicho ''todo tiempo pasado fue mejor'''. Eso nos dice por lo menos dos cosas: que estamos muy incómodos con la realidad que nos toca y que hay una lucha por recuperar las cosas tal cual fueron. La nostalgia, en su justa medida no es tan mala... Es un buen recuerdo de otro tiempo y nos habla de que desde donde miramos y cómo estamos pisando, hay cosas por cambiar. No es tan terrible. Hay cambios por hacer. Si la nostalgia es desmedida o le rendimos culto, se transforma en melancolía. Es decir, un estancamiento muy pronunciado en momentos que se nos fueron y que cuanto más lejos nos quedan, más los sobrevaloramos. En el fondo, hay un gran duelo y mucho dolor por resolver.

Todos hemos perdido. El asunto es si esas pérdidas se enquistaron en las entrañas o si—concientes de ellas— elaboramos el proceso, su contenido, el lugar que nos tocó y nuestro accionar en esos ciclos.

Podemos identificar lo que resultó de las pérdidas y sus duelos por sociedades e individuos maduras/os y con recursos para resolver futuras complicaciones o atrofiados y atomizados por el dolor y en él.

Importante: si estás queriendo atrapar o traer un tiempo que se ha ido, en algún momento lo que perdiste te hará perderte a ti en los laberintos del recuerdo. Eso se llama estar ''tomado'' por una experiencia. Es sencillo comprenderlo: quiero recurrir a algo que no está y en mi vida diaria, eso toma la forma de un conflicto causándome mucho daño y eso, además, me retrae y me contrae. En estos casos, se termina atrapado y encerrado. ¿En dónde? En sí mismo. Es lo que clínicamente se llama neurosis: cuando las neuronas hacen un esfuerzo inmenso por recapitular, crear fuera y hacer vívido, lo pasado. Eso enferma.

A esa cordura ordinaria, en la que tanto empeño utilizamos para mantenernos, le aterra perder el control. Cuanto más sacrificio, más me pierdo y extravío el camino. Y más veneno reproduzco.

La única manera de descontracturarnos, es desobedecer los ''felices'' mandatos de la mente y la mente siempre, pero siempre, se aferra a un deber ser.

La senda de la debilidad se nota cuando hay una realidad que revienta permanentemente. La senda de la transformación y de la trascendencia, se nota cuando pongo entre la muerte y yo, un nuevo sueño, un nuevo desafío. No está mal, ¡es una actitud y un impulso humano! Ahí hay fuerza. Pero... Hay que encontrarse tan desencontrado y tan frágil como para luego darse cuenta la diferencia entre ser un paño de lágrimas o estar en mi fuerza. ¡Y ojo con engañarse! Hay muchísimas personas que sin llorar igual se sienten víctimas de las circunstancias de la vida. No se puede renunciar a ninguna de esas caras. El tema es no estancarse. O lo elegimos o lo hacen por nosotros.

La próxima hablaré de los sueños, esa fortaleza interior que sacude el polvo de la muerte que se impregna en nuestra vestimenta.




Camilo Pérez

jueves, 8 de enero de 2015

Asumir el dolor

Pasaron las despedidas, las corridas de último momento, los buenos deseos y los convencionalismos. Se sucedieron esas fechas donde la mayoría se siente en aprietos y otros más osados rompen con las tradiciones. Son pocos los que se sienten verdaderamente cómodos pero sobre todo, completos.

Durante estos días muchos se ven en la obligación de cumplir y después el estómago les pasa factura y las ventas de digestivos crece. La soledad, las broncas y las rencillas familiares dicen presente. Se actualizan pérdidas, ausencias y otros movimientos significativos que aún están sin resolver. Esos duelos que todavía no bajan o terminan de ser procesados, pesan.

Comenzó el 2015 y mientras muchos ya disfrutan de sus vacaciones y otros las organizan, se va dibujando el mapa de lo que nos propondremos. Empezaron otras trescientas sesenta y cinco vueltas alrededor del Sol para hacer lo mismo de siempre o intentar hacerlas de otra manera. Sólo depende de una decisión. Una.

Según la metafísica, es el tiempo del rayo verde de la Verdad y la verdad duele porque implica reconocer mi total ignorancia como modo de entrar en el misterio del presente. No tenemos ni idea de que lo será dentro de cinco minutos. Y la verdad que reconocer nuestra ignorancia es bajar la guardia, la soberbia y el orgullo. Estar en guardia viene de creer que el mundo en algún momento me va a ofender. La soberbia es la creencia de que lo que yo pienso es más importante. El orgullo es la autodefensa de una postura muy débil y las creencias que la mantienen. Atreverse a bajar las armas es el único movimiento que hace posible —despacito— renunciar y abandonar lo que yo creo que es o debería ser la vida. Esa distancia entre lo que me parece y lo que en realidad es, es lo que me determina, no ya a una experiencia dolorosa sino directamente a abrirle la puerta al sufrimiento. 

Sufro cuando coloco fuera de mi las frustraciones de los sueños perdidos o de los cuales todavía no puedo hacerme cargo. Sufro cuando me mantengo en la obstinación, sin soltarme del pasado ni dejar de recurrir al futuro como manera de sentir un poco de excitación y fantasía. En esa organización cotidiana, estoy completamente ausente de mí y del tiempo real.

La medicina del dolor se trata de una flecha directa al corazón que despierta nuestra frágil voluntad humana. Cuando esa flecha alcanza mi corazón puedo echar un vistazo a su trayecto y en esa búsqueda, empieza un camino distinto. 

Hay dos formas de manejarme con respecto a lo que me duele: silenciarlo o hablarlo. Ninguna está bien ni está mal, ambas son necesarias dependiendo del momento e intensidad de lo que nos esté pasando. Lo que se ponen en juego en esas instancias es de qué manera vamos a moverlo e interactuar con lo que nos rodea. Culpar al afuera es disparar el dolor sin ton ni son, destilarlo. Lo otro posible es hacerme responsable de la parte que me corresponde. Son trescientas sesenta y cinco lunas y soles para resentirlo o elaborarlo hasta trascenderlo. Ese proceso que viaja del resentimiento al amor, empieza por asumirlo, es decir, hacerle lugar a aquello que me está doliendo.

El dolor tiene cuatro ciclos que merecen una nota aparte. Todos los conocemos muy bien: la víctima, el victimario, el salvador y el sanador. Ahora sólo me dedicaré a la última instancia de ese ciclo porque es la que nos abre a la oportunidad de hacer las cosas de una nueva manera. En general, pasamos la vida saltando en las tres primeras casillas. Desde allí, trascender los conflictos de todos los días parece remoto. Es como pretender lavar nuestra mirada mientras el agua se nos escurre entre las manos. Ese movimiento alberga poco espacio para la esperanza.

El sanador conoce esos lugares, los experimentó e intenta permanecer atento a la aparición de esos personajes. Un sanador es quien se da cuenta de que en su vida hay dolor y abriéndose a la experiencia de sentirlo, hace de él su propio remedio y el de quienes están cerca.

Un sanador es una persona que reconoce en sí y en su entorno los dolores. Es una tarea que exige mucha disciplina y común se profundiza en ella, requiere impecabilidad. No se trata de convertirse en santo ni de abandonar los placeres de la vida, sino de comprender su lugar, las posibilidades de ese espacio y el compromiso que lentamente se va levantando. Es un sitio de exposición, porque quien se sana y sana, toma una decisión: salirse de la sombras y de sus zonas de confort.

El sanador interviene en la atmósfera del dolor, en su aire. El arte de sanar implica reconocer el daño hecho al corazón. Es necesario desandar el camino de la flecha que lo hirió. Ir hacia atrás en la maravillosa aventura de devolverle a las cosas que pasaron su sentido para que aparezca la comprensión y florezca la conciencia en el entorno. Es revisar el camino, el medio entre el origen divino de la vida y su gestación, y el momento donde ese cordón o hilo que nos une con la existencia fue interrumpido o distorsionado. Eso es reconstruir, re-mediar. El sanador es medicina.

El trayecto entre el dolor y la reparación es el viaje del estómago al corazón. ¿Por qué? Porque en nuestro aparato digestivo y en nuestro vientre, están las aguas turbias, las que distorsionan la percepción y la lente con la que vemos al mundo.

En mi experiencia y habiendo recogido las vivencias de otras personas, he comprobado que no alcanza con levantar agua para limpiar la mirada. Es necesario sumergirse en lo hondo de las emociones y allí abajo —simbólicamente— nuestra personalidad muere. ¡Nos salen branquias para respirar como peces bajo el agua! De tantas veces que buceamos, se le pierde el miedo al naufragio...

Asumir el dolor implica detener el movimiento reactivo que nuestros impulsos llevan. El ambiente casi siempre nos exigirá tomar partido. Pero no es lo mismo involucrarse desde la observación que tomar como válido o cierto un punto de vista, negando otro.

Los problemas no van esperan a que nos parezca que ahora sí es momento de atenderlos. Vienen. ¡Nos vienen! A mostrar cuánto dolor cargan nuestros corazones, a enseñarnos el camino, a integrar maneras distintas, a conciliar puntos divergentes hasta que el amor disuelva sus diferencias.

En toda atmósfera, cuando se desata una oleada de discordia, también está presente aquello que la soluciona. Cuando yo me sostengo silenciosamente en mi espacio vital, cuando me retiro a mi universo interno; no me pierdo en el afuera y le estoy ofreciendo a la solución que siempre está girando en el lugar —aquella que acerca, une e integra las partes— una puerta de entrada y expresión. No tengan duda, ¡para que el amor fluya, alguien debe respirarlo y hacerle lugar dentro!

Comprender y sanar, como conceptos no se diferencian y como actitudes, iluminan. Como dijo Piotr Ouspensky, creador de la Escuela y disciplina del Cuarto Camino: ''Si comprendéis a un hombre, estáis de acuerdo con él; si no estáis de acuerdo con él, no lo comprendéis''

Ouspensky también decía que hay una sola comprensión, lo demás son posiciones incompletas. En una de sus conferencias resaltó que las dificultades personales son visiones restringidas que se encuentran en relación con un problema que es más amplio.

Todos tenemos una mirada sesgada que involucra a otros y que permite que la historia a la que pertenecemos, se siga reproduciendo. Cómo continuará esa historia, nuevamente, es una decisión. No se ama mucho o poco, o no se ama o sí se ama. Y cuando se ama, se comprende lo que es y cómo devino en eso.

Por eso, en el año de la Verdad, cada dolor va a precisar ser escuchado para recuperar su sentido sagrado. La historia de cada uno va a demandar, no desde afuera, sino desde las tripas, que recogamos las piedritas del sendero que nos lleva de vuelta a casa. La familia humana se debe aún recuperar la memoria y tiene pendiente arrojar mucha luz sobre su propósito divino. Todo el universo y en especial el Cielo y la Tierra esperan que de una vez por todas emprendamos los pasos al origen, el espiral hacia el centro. Este tiempo es un regalo, después puede ser demasiado tarde. 

Soy un viajante de la memoria de la Tierra. Honro cada tramo de la historia humana y amo las profundidades de su alma. Somos un universo, un sólo canto. Cada vez que escucho que un puente divide a dos sitios, digo que en realidad los une. Asumir el dolor es preguntarse — ''¿Gran Espíritu, estás aquí?''





Camilo Pérez



lunes, 8 de diciembre de 2014

Ser el observador

Al nacer, vivimos una experiencia que nos lleva del centro del amor y la belleza hacia fuera. Las vivencias siguientes, refuerzan esa idea. Nos dejan más allá de la periferia. Nos alejan de la comprensión del círculo de la vida y las leyes que la gobiernan.

En algún momento, asumimos que somos el producto de lo que nos ocurrió y que estamos destinados a repetir el mismo plato y jugar para el mismo equipo: el miedo. Quedamos encerrados en una perspectiva. Jugamos a que somos solamente eso y participamos de una dinámica en la cual estamos involucrados familiar y socialmente. Es un compromiso ciego e implícito que nos convoca constantemente.

Alguien dentro del juego, decide mirar por la cerradura del cuarto donde estamos y se da cuenta... Fuera de esa habitación, hay otras formas y contenidos. Ahí empieza el problema. Comprender que estaba experimentando una libertad a medida: se espera que sepamos cumplir. ¿Con qué? Con mandatos, maneras adquiridas, fórmulas que engendran contaminación, niveles altos de toxicidad, patrones que son costumbre, entre otros modelos. Nos ponemos lentes no para ver mejor, sino para seguir enfocando afuera la distorsión que llevamos en la mirada interna. A esta separación con el amor que vivimos a temprana edad y que luego no hacemos más que confirmar en el mundo, le llamo miopía existencial.

Dentro del sistema y los comportamientos a los cuales se está acostumbrado en él, alguna persona intenta explicar que hay luz más allá de la caverna. Para esa persona, la experiencia de observar por el cerrojo es transformadora. No es sólo lo que vio, sino darse cuenta de que en su destino estaba ser el observador. Eso que descubrió a través de la ranura de la puerta, estaba dentro de sí y sería inevitable que se encontrara con una realidad externa muy parecida a la que habitaba dentro. El observador, busca hasta que finalmente da en el exterior con la visión que se hallaba en su interior.

Romper el molde es un destino inquietante y divino. En primera instancia porque al salir del cascarón nos quedamos sin el orden del cual nos convencimos y para el cual trabajamos. ¡Y todo tambalea! En segundo término porque exige a quien es heredero de ese destino, ser quien cree e invente un nuevo estado para su vida y eventualmente, para quienes empiecen a desconfiar de la suerte de la estructura y decidan prestan atención a quien se reveló ante lo establecido.

En este proceso, tan inevitable como la vida, el que se desmarca de la rigidez, deberá, muy a su pesar, sostenerse desde adentro hacia fuera, porque el afuera no lo sostendrá ni lo entenderá, en principio.

Los nuevos criterios nacerán de la exploración, de la investigación permanente, del chequeo de sus sentimientos y sensaciones y tan importante como eso, de expresarlas. Todo el aparato emocional, es el primero en responder. Es como una máquina de inteligencia que de pronto se activa y ofrece otras alternativas. Sólo esperaba que le preguntáramos por qué, para qué y hacia dónde. Todo el traje emocional, sus distintas vestiduras y perfiles, conducen. Ese mundo de aguas al principio no parece ser demasiado claro. En este punto, no hay que desanimarse, las emociones verdaderas persisten y resisten hasta ser atendidas y las que están contaminadas de tanta trampa, se disuelven. El movimiento que produce sentirse, cambia lenta pero inexorablemente al disco duro de nuestra computadora: el pensamiento.

Nadie estuvo ni estará solo en la difícil tarea de ofrecerse un destino posible. Posible a la vida, posible a la amplificación. Posible a animarse a saltar más allá de los motivos que llevan a asumir un papel que lo único que hace es perpetuar el sufrimiento. Y posible, sobre todo, a los efectos de inventar otra creación. Todo habla dentro y fuera de nosotros. Cuando te animes a mirar por la cerradura, verás que hay otros visionarios que esperan a los nuevos. Siempre ha sido así, una relación en cadena, un despertar en dominó donde unas piezas caen para que todo se ordene de nuevo. Y nuevo, como sentido de novedad, quiere decir dos cosas: no vedar y adquirir una nueva verdad.

Estuvieron siempre allí, las visiones y los visionarios, sólo que no los registrabas. No los percibe la ignorancia habitual de los pensamientos y la mente que los piensa. No les da lugar la soberbia que defiende a la herida. Las dosis de amor nos hacen recordar la experiencia de la cual venimos: el centro incondicional que gesta la vida.

No hay elegidos. Somos todos herederos de la inocencia poderosa, firme y contemplativa. Existen decisiones que nos impulsan de la periferia hacia el centro. Luego, nos vamos enterando de que el final de la historia, como en los cuentos, explica el para qué.

¡Hasta el año que viene!



Camilo Pérez

martes, 4 de noviembre de 2014

Sanar la dualidad

Todo sistema político responde a un mismo estado de conciencia: la búsqueda del poder a través de la exaltación de los personalismos. No importa en qué extremo de la línea de la vida se coloque la personalidad, hacia la derecha o a la izquierda, los opuestos finalmente precisan lo mismo: empezar a comprender lo que piensa el otro y qué lo llevó a sostener esa manera de pensar. La dualidad es una forma de andar hacia la integración. 

La personalidad, más allá de cómo se presente, adopta una tendencia (siempre neurótica) a enfrentarse con otras personalidades para alcanzar una cuota de poder. Esa conquista guarda un profundo deseo de esconder su debilidad. Ambiciona gobernar en pequeños o grandes espacios porque de lograrlo, cree que aquello doloroso que vivió, no le volverá a suceder. Por eso le es vital vencer para su sobrevivencia.

La lógica de cualquier poder es aún más profunda: cuando la personalidad alcanza sitios de supuesto privilegio, lo que desea es mantenerse lo más alta y alejada posible del alcance de otros, así no tendrá que afrontar nuevamente circunstancias que la agredan. No ganar, significa mantenerse con los pies en la tierra y toda relación en condiciones de igualdad representa una amenaza ya que internamente, sabemos que no hay un punto de vista más importante que otro. Dicho de otro modo, si no gobierno o estoy al control de las situaciones, DEBERÉ ESCUCHAR, INTERCAMBIAR Y ACORDAR, y esto último es lo que trae el principal dilema existencial: SI ACUERDO TENGO QUE VOLVER A CONFIAR en que alguien más hará su parte. Esto para la personalidad es vivido como si estuviera muriéndose.

Pero continuando con la lógica desde la que se arma el poder, quien lo alcanza, se asegura (momentáneamente) un circuito de fuerza que minimice posibles perdidas de control. Pero el talón de Aquiles de toda estrategia de poder es que está destinada a perder a manos de la autoridad de la vida, y la vida es el espacio donde la personalidad justamente quiere gobernar. Es una dinámica problemática que no tiene solución: los estados neuróticos o enfermizos quieren una vida sin implicancias ni compromisos y eso es imposible. Eso es estar muerto en vida.

La personalidad está asistida por una ilusión que no es capaz de reconocer: el deseo de vencer a otras personalidades como ella para que nada ni nadie (circunstancias de vida y los actores que cumplen un rol en ella) la vuelva a dañar o a herir.

Toda estructura democrática sostiene el mismo orden anterior. Multiplica las pequeñas justas individuales, las confrontaciones en los planos menores por la conquista de espacios más grandes. Los grupos mayoritarios tienen heridas comunes. ''Dios los cría y ellos se juntan'', dice el dicho. Y estos conjuntos, viven merced a la acumulación de voluntades con características semejantes para alcanzar el gobierno de sitios desde los cuales dominar y satisfacer sus egos, sus puntos de vista y en lo posible, perpetuarse una y otra vez en ese lugar. En tiempos de pujas electorales, una tendencia se generaliza: desde uno y otro bando se menosprecian, son todos o fascistas o comunistas.

En la realidad dual y de acuerdo a los tiempos de un país, para una fuerza que nace en sociedad, rápidamente emerge una contraria. Voy a citar un ejemplo con profundo respeto por todas las partes que mencionaré.

Las primeras batallas y guerras civiles fueron entre ''blancos'' y ''colorados''. Se enfrentaron tanto como lo quisieron hasta que finalmente, las personalidades de ambas escuadras, aceptaron que debían convivir. Por más combates, ejecuciones y muertes que intentaran, como flores desde la tierra, volvería a emerger el punto de vista que tanto los alarmaba.

Se acostumbraron a mandar, se hicieron tradición y después cultura. Y cometieron enormes atrocidades. Esto porque la propia permanencia y petrificación en el poder sin fuerza que lo equilibre, es una invitación a desnudar todas las perversiones que ocultamos lo más alejadas de nuestra conciencia cotidiana. Es como nacer en una tierra sin Dios u orden mayor donde reina la oscuridad. ''Cuando no está el gato, los ratones se divierten''.

Los escrúpulos son los que permiten a la personalidad no desenfundar sus enajenaciones. La presencia de la luz desactiva los mecanismos autodestructivos, con excepción de personalidades extremadamente enfermas. Por eso a la noche, nuestra conciencia registra que hay ciertas zonas donde es más probable que estemos en riesgo o peligro. Porque cuando no hay luz, los límites se han difusos o no se ven.

La derecha, en términos psicológicos, es la masculinidad y el lado oscuro de esta, es el tirano. Ante la ausencia de una fuerza que la compensara, fue que sucedieron los grandes genocidios en nombre del orden y el control en todo el mundo, es decir, cuando los aspectos más extremos del patriarcado (de padre, masculino..) buscó su realización.

En la antesala de la dictadura en Uruguay, se fundó el Frente Amplio, y no es casualidad. Vino a equilibrar una realidad desvirtuada. Cuatro décadas después, esta fuerza política está en las puertas de un tercer gobierno. Pero para lograrlo, debió modificar su carácter. El Frente Amplio, tuvo que correrse de la izquierda (aspecto madre, femenino...) hacia el centro, aproximándose en la línea de la vida, a la derecha. Con qué propósito: capturar votos en una sociedad altamente machista y profundamente ordenada hacia la producción como valor esencial. Hoy, aquella izquierda se ha vuelto tan tradicional como los partidos que fundaron el país y aquel terreno que dejó vacío es del cual emergen nuevas agrupaciones.

La sombra masculina (el tirano), actúa en la luz, desde las alturas determina y dictamina qué es lo que debe hacerse y cómo. La sombra del aspecto femenino es la bruja. Esta no actúa desde el hacer sino desde la palabra. Habla tanto que se pierde el sentido, discute tanto que deja pierde fuerzas para actuar, reflexiona tanto que inhibe el movimiento. ¡Aturde! Así como el tirano tiene su lugar en las alturas, ordenando; la bruja reposa debajo de la tierra, ausente de la superficie. En el subterfugio donde reina la oscuridad, es allí donde desarrollan el arte del enredo. 

El rechazo hacia cualquier punto de vista nos asegura que tendremos que enfrentarnos a él una y mil veces hasta reconocer, no sólo lo que piensa y siente sino la historia que engendró su óptica.

No se trata de ignorar lo que está pasando, se trata de agradecer que está sucediendo. Se puede trascender el debate, la puja. Quién no se enfrentó a la pregunta: de quién sos, ¿de mamá o de papá? Como hijos nos vimos ante el abismo de tener que seleccionar por uno de los dos, temiendo que ir a los brazos de uno de ellos significaría perder el cariño y el reconocimiento del otro. Y esto no es más que una manera de manipulación.

Honro la vida del árbol del cual soy parte y las historias en las que estoy implicado. Un buen camino es madurar las emociones y también no correr más. Decidí hace tiempo liberar a mis padres de la responsabilidad de hacerme feliz. ¡Han hecho lo posible y lo han hecho muy bien! Se puede sanar la dualidad y elegirnos a nosotros mismos. Y ahora, ¿de quién sos?



Camilo Pérez


miércoles, 1 de octubre de 2014

Cuando el eje son ellos

Pasamos años tratando de quitarnos de encima la ingenuidad, creyendo que así estaremos más aptos para la competencia y tanto más si evitamos que alguien alcance nuestras debilidades. Esconder lo que nos hace humanos es una dinámica demencial incorporada por la necesidad de armar y construir un lugar en la sociedad. Exige calcular la relación costo-beneficio de las circunstancias y a esto le llamamos negociar. Para estas alturas, la inocencia está completamente enterrada.

La inocencia y la ingenuidad son estados de conciencia que se entreveran y confunden fácilmente. El primero se pierde en casa, el segundo mientras nos capacitamos para el mercado laboral.

Caímos en un mundo donde todo indica que bajo el sol hay una guerra desatada mucho antes de nuestra llegada. Y el —sin— sentido de la vida pasa por refugiarse. Sacrificamos lo que es esencial adentro, en pos de garantizarnos un lugar entre millones, en una puja por la sobrevivencia. Así  vencemos nuestra naturaleza en pos de un ego a prueba de derrotas. Serio, solemne y endurecido.

En este escenario jugar nos da miedo, sonreír supone un riesgo y mirarnos a los ojos es directamente un acto de intromisión a la intimidad del otro, una herejía.

Qué ocurre si invertimos el significado por el cual entendemos —de un modo irracional e infantil*— la ingenuidad. En verdad lo ingenuo es creer que podemos llegar muy lejos blindando nuestras vulnerabilidades del afuera, incluso que es posible desoírlas internamente, conviviendo con ellas.

Para mantenernos “cuerdos”, construimos dos fantasías que se llevan nuestra energía y vitalidad: el pasado y el futuro. Estas no pertenecen al tiempo real, no son ciertas ni se sostienen alejadas del pensamiento. Ellos lo saben.

Huimos del presente llenándonos de recuerdos fabricados en la mente. Y estos se modifican de forma constante con el material anímico actual. Los recuerdos varían según la percepción a la cual accedemos en este instante. Del mismo modo corremos al futuro que será maravilloso o terrible de acuerdo a cómo nos encontremos ahora. Intentemos explicarle a  un niño el ayer y el mañana y veremos en el embrollo que nos metemos. Para los chicos, el ayer fue hace cinco minutos y el mañana es inmediato.

En nuestra cultura hay un día en el que rendimos tributo a nuestra personalidad y le tendemos una trampa a la pureza, ridiculizándola: el día de los inocentes. El objetivo es lograr engañar a alguien a partir de una fantasía. El ardid puede ser  bueno o malo, dependiendo del grado de manipulación con el que estemos acostumbrados a comportarnos. Si la fantasía que hacemos o nos hacen representa algo agradable, sentiremos frustración o decepción. Si la trampa es una situación de peligro para nosotros o para la víctima de turno, devendrá el alivio. Esta jornada representa el permiso —socialmente aceptado— para soltar nuestras pequeñas perversiones.

Como tú, como yo, como todos… Creí ser muy importante e imprescindible. Un año, como hay tantos, me tocó atravesar una dura situación personal que comprometió a mi familia. Después de meses sintiéndome atormentado, descubrí que hacía tiempo había ordenado mis días sin ser el centro de atención. Me había salido del lugar de privilegio y mis caprichos perdían fuerza y razón. Estaba dedicado al cuidado pleno de los hijos, la propia y los de la vida. Trasladé mi batalla personal y las luchas de mi ego a la presencia de quienes más me necesitaban y cuando no fui necesario para mi entorno, comencé a disfrutar en calma de mi compañía. Sin darme cuenta y esto es lo más enriquecedor, aprendí a brindarme, a contener, a poner límites, a jugar, a ser firme, a ofrecer ternura, a reconocer mi autoridad: a ser hombre.

Cuentan las antiguas culturas que los guerreros de las tribus demostraban que estaban aptos para el combate cuando dentro de su clan cuidaban y protegían a los niños, a las mujeres y a los abuelos. Si aprendían a respetar las figuras de mayor vulnerabilidad de su comunidad, eran individuos confiables para la confrontación, pues conocerían el propósito de sus luchas sin caer en la tentación de convertirse en mercenarios.

En nuestra sociedad, estamos decidiendo dónde ubicarnos, despiertos en la ambivalencia entre la competencia y la cooperación. Lo que está en juego es mucho más que la posibilidad del éxito o la prosperidad.  Estamos decidiendo la continuidad de la especie humana, de las mujeres y los hombres. Lo que define nuestros pequeños mundos es a qué nos vamos a entregar: al miedo o al amor.

No soy ingenuo, sé que rendirse ante el amor para renacer en el amparo, implica atravesar lo que me horroriza. No estoy hablando por hablar, lo experimenté. El sentido común que me conduce, mueve, o invita a aquietarme, se despertó cuando más volqué mis energías al cuidado de los niños, a alentar sus sueños e ilusiones. En el camino, me sorprendí de las respuestas que encontraba y de las soluciones que se abrían. Así, compartimos los obstáculos y desafíos que implican educar, madurar y crecer juntos. 

La ingenuidad se restablece cuando aceptamos que la vida puede más y que será tanto más grande y misteriosa de lo que alcanzamos a adivinar sobre ella. Ante la existencia, aun conociendo sus leyes, formas y contenidos, me declaro ingenuo; su magia es mucho mayor de lo que logro dilucidar.

Recuperar la inocencia es el destino final. Es posible cuando logramos levantar entre nosotros y las relaciones, las culpas que colocamos fuera o de las que nos hacemos cargo. El estado de inocencia implica un vínculo de paz, de rendición ante la existencia y ellos —los niños— no sólo lo saben, lo actúan. Para nosotros, los padres y los abuelos, significa perdonarnos definitivamente.

Por eso, cuando la tormenta se hizo ancha sobre mi cabeza, cuidando a los niños, aprendí a cuidar de mi niño interior. Y el hombre floreció.  



*Somos ingenuos de un modo irracional al perder contacto con el sentido de la vida y sus razones (propósitos) e infantiles por la creencia de que protegiéndonos del contacto, nada nos sucederá.


Camilo Pérez