domingo, 2 de junio de 2013

Iniciación en canalizaciones: un viaje de amor

Les queremos ilustrar a través de esta nota acerca de la iniciación en canalizaciones. Hemos recibido y canalizado este método que integra a todos los órdenes en un viaje que comienza honrando la tierra y que lleva destino divino. Si las canalizaciones hasta ahora corrían libremente y las más de las veces su veracidad dependía de la pureza del canal, esta posibilidad que les acercamos ocupa un terreno virgen. Los Maestros de todo el cosmos han querido que así sea, han cooperado para favorecer un profundo encuadre que facilite un viaje inspirador a la vez que contenga, resguarde y proteja a la dimensión humana. Ha sido para nosotros un verdadero goce, una exultante tarea poder anclar y bajar este orden de cinco peldaños que forma canalizadores y sana relaciones.

Bajo la custodia y protección de todos los órdenes divinos para que llegue al corazón de cada uno de ustedes, les presentamos estas líneas al amparo de la luz y su gobierno. 

Aquí la nota:

Vivimos en un mundo de formas que agrupan contenidos. Habitamos un espacio que cuenta con limitaciones y condicionantes. Estamos atravesando la experiencia humana en la escuela de la Tierra, tal vez una de las más difíciles del universo. Aquí, nuestra libertad depende del equilibrio entre romper con lo viejo y traer nuevas estructuras y que estas respondan para hacernos bien.

Hay una enorme fantasía  en la espiritualidad, es pensar el mundo que se viene sin esquemas ni diseños. Es un imposible. Desde el enjambre mismo que da vida, nuestro espíritu se sirve del dharma y karma para  —a través de los obstáculos, aspectos kármicos— poder desarrollar el dharma —nuestras virtudes o capacidades—. El camino de ser hombre implica resolver entuertos y recorrer laberintos y esto es tan inevitable como que la rueda está torciendo su destino hacia el orden mayor.

La luz ingresa, la luz nos baña y es pura vida. La luz desprende luz y esta nos enciende e incita al viaje. Al principio, cuando nuestra lucecita apenas sopla hacia adelante y parpadea más que se sostiene, la ruta de las maravillas nos coloca tras el sendero de un corazón que brilla seguro en el amor.

Hace un tiempo me propuse estar al frente de mi existencia, ser la cara visible de mi propio perfil, dejando las etapas en que la referencia la buscaba afuera. Levanté la voz desde el color con que logro sintonizar y decidí trabajar al servicio y en relación. El universo me devolvió el gesto haciéndome facilitador, obrando para la cercanía entre el cielo y tu luz. A bordo de esa nave comencé a operar distinto, la gracia estaba de mi lado porque yo estaba del suyo. Al creer en la fuerza de la vida, confié en los corazones de uno, de dos y de todos, porque la transformación floreció primero en mi. Desde ese entonces, sé que puedo colaborar.

El camino no tiene regreso porque la responsabilidad de la que nos hacemos cargo no tiene devolución. En esa dimensión nos convertimos en faros, una guía, una llamita componiendo el gran fuego. El camino hacia el origen está provisto de ventajas  y bendiciones, pero también de rudas pruebas. Transmito mi convencimiento  de que no hay corazón que aguante la pena para siempre ni tanta desesperanza junta. En algún momento muere la agonía o agoniza la vida en manos del dolor. Como sea, reinará la transformación. No hay piedra dura para la dulzura.

Para que todo sea completo debe haber una reverencia del orgullo al amor. Conectar al origen es una cara memoria, implica renuncias, pero la gracia mayúscula es desprenderse de la orfandad. Ya nunca más nos sentimos ni sostenemos en soledad. Esta proposición vierte sobre nuestra cabeza el baño del agua de las estrellas, sella para siempre la reconexión. Esta relación íntima con el gran espíritu nos está convocando e inclinando la balanza al servicio para funcionar en la ternura.  

Canalizar luz, decodificarla y devolverla hecha conciencia, ese es un ejercicio diario. La vida se fue sucediendo dentro de la vida y también el trabajo se convirtió. Cuando el alma habla el corazón despierto responde galopando y en instancias como esa, los fantasmas y las sombras que los ocultan pierden su fuerza porque no los habita la fe y la suerte los abandona. Todo lo que no es cierto, tarde o temprano se nota. Eso sucede con la costumbre de sobrevivir al dolor.

Las esferas nos esperan y conducen al sol. Ser canal también necesita un encuadre y por eso se presentan tantos métodos que no hacen más que ayudarnos a llegar al abrazo y al calor. En medio de vibraciones, cuando todo está inundado de portales y puertas que nos conectan a la diversidad, se precisa de alguna estructura que nos ampare a saltar. En medio de este viaje de amor, el acceso a los ángeles derivó en la apertura del orden divino, definitivo y universal. Las dimensiones de seres de luz próximos cedieron paso y los Maestros mayores nos convidaron a ir más allá.

El salto nos dejó levitando entre la gravitación y el vuelo y es inmejorable la oportunidad para compartirla. El fruto es una iniciación conducida por las más altas jerarquías de toda la galaxia que nos deja solamente la posibilidad de la sanación. Los peldaños están programados para subir la escalera al cielo y el final promete desembarcar en Dios. Cada escalón es un nivel de conciencia distinto y una instancia para curarnos en relación. Al cierre de los encuentros los suceden reciclajes que nos afirman y ruedas de sanación que nos depositan en la confianza, merced a involucrarnos en el círculo y a ocupar el asiento que le pertenece a cada uno.

Siempre el recorrido es individual si nos hacemos cargo de lo que nos corresponde y no hay tiempo para reparar en lo que ocurre a nuestro costado en la plenitud de la ceremonia. Nunca sabemos la verdadera dimensión del llanto: la más pura belleza presentándose o una infinita congoja que parece no cerrarse más. Estar presente en el ritual de la vida es servirse de los espejos que penetran devolviendo lo que se debe ver. Para estos casos, nada como el libre albedrío y esa ley que reza que si el pedido de ayuda no llega, nada más sano que no intervenir. Eso es no forzar, eso es fluir.

Esta es una invitación a salir vivos y fortalecidos en un mapa donde por ahora persisten las dos maneras: la amargura y el esplendor. Esta es una forma de llegar a la promoción en una escuela que está cerca de cerrar sus puertas y donde reiterarse en la cavilación no podrá convivir para siempre con las ganas de despertar. Somos la posibilidad de la sabiduría y el rezo que se hizo aliento. Trajimos hasta aquí el sueño y ahora tenemos el poder de tejer esa imaginación.


Cambiar en medio de toneladas de brillo hechas luz es un entrenamiento que nos fortalece. Este camino es también un encuentro, un disparador hacia el bienestar y un llamado a lo que resplandece. Una iniciación que frecuenta la conciencia y que nos deposita en el calor del corazón. Somos el despertador. 


Camilo Pérez Olivera

martes, 21 de mayo de 2013

Carta para tu tempestad

Querido amigo:


Todo  —siempre— es una negociación entre el intelecto y la emotividad cuando los que gobiernan son los intereses y no el corazón. Y más aún, si lo que queda en evidencia es la relación con el espíritu. Eso simplifica todo de lo que se trata este viaje: lo tejemos auténticamente o lo adornamos con máscaras y personajes. Para el espíritu es lo mismo, es la esencia y la pureza, quienes quedan expuestas son las bajezas. El reino de los desencantados se regocijará, feliz de un nuevo triunfo. 

Algunas cosas me llenan de energía y pleno gozo, ¡allí me siento vivo!. Otras energías llegan a mi campo y comprensión, anunciando los pretextos de alguien más que decide quedarse al lado del camino, convencido de que su dolor es más poderoso que su esencia. 

Soy guía hacia el orden del cielo — o facilitador angélico— porque acepté el sendero divino y elegí traer la medicina que hay en las estrellas hasta aquí. Ser guía quiere decir haber reconocido el origen del cual provenimos y que todo el tránsito hasta dar con la fuente-estado de conciencia, se convirtió en mi sanación. Conocer una manera de llegar al limbo no te hace dueño de su territorio, sino de una visión más clara y de una comprensión global. De tanto ir hacia un lugar, aprendemos a llegar y se está en condiciones de colaborar en el proceso de los demás, si es que este fuera el camino que eligen. Las maneras de volver al orden del amor son cuantiosas, pero hay una que se transforma en válida para cada uno.

La gran mayoría de la gente se debate entre las fuerzas de la oscuridad y las de la luz cuando diariamente convive con sus propios personajes. No significa que lo haga consciente, sino que las tramas cotidianas le sumergen en el entrevero. Todos contamos con experiencias de desamparo y desprotección y también con decisiones que nos han puesto en órbita del amor. Pero estos son tiempos de definición. Tal vez de los más intensos que podamos experimentar, sin excepciones. Por tanto, las situaciones entre lo que nos acucia y lo que nos resignifica como hombres se repiten todo el tiempo.

Ser guía significa que esa persona —literalmente— pone su vida en el medio del conflicto entre las luces y las sombras porque ingresa en el campo áurico y álmico, es decir, en el campo de vibración del consultante para que este observe su dualidad y pueda elegir en qué frecuencia se sostendrá. El propósito siempre es encontrarse. Lo que hay entre tu deseo de sanar y quien te acompañe en ese camino, es que la vida de quien te guíe está al servicio, entregada completamente y esto no es metafórico. Como ocurre en cualquier ámbito, no es que nuestras vidas ingresen a un océano a la deriva cuando de sanar se trata, sucede que hay alguien preparado para sostener ese timón. Un buen conocedor de los obstáculos y las inclemencias que se presentan a lo largo de la empresa, aunque su trabajo ciertamente presente riesgos y más de una vez deba hacer equilibrio en la cornisa más delgada. No importa qué dirección tomes, importa que sea verdadera para vos.

Durante más de veinte años conviví crudamente con la dualidad, las heridas se levantaron en rebeldía y estaba convencido de que la vida me había sido injusta. Instalado en mí existía un falso complejo de soberbia —y yo estaba a su gobierno— que escondía una gran falta de amor propio. Hoy soy plenamente consciente de la luz que se desencadena al colocarse al servicio gracias a haber rebotado y acumulado severos golpes contra paredones inmensos. Me sentí también al filo, al borde del desquicio, caminando el límite y estando un paso más allá de la vida, en la antesala y el después... creí que no habría retorno, creí que mi cordura se había dislocado definitivamente. De verdad sentí que lo estaba perdiendo todo. Y fue cierto, la mente y el intelecto no me pudieron sostener más y se derrumbó mi mundo. No había respuestas racionales que explicaran la magia y la certidumbre de encontrar el orden mayor detrás de los resquicios por donde se colaba la luz y colapsaba la soledad de toda una vida. Sólo cuando me quebré completamente, soltando todas las máscaras con que me protegía del amor, nací de vuelta. 

La razón no puede ocuparse de nosotros, de nuestro corazón. Entonces atreverse a perder la cordura es como quien está seguro creyendo que no puede doblegar una cuchara con la mente y de pronto esto sucede —Matrix—. Esta experiencia destruye cada convencimiento comedido sobre el cual leemos el mundo y te sentís en ascuas. Romper el paradigma es observar la ilusión plena en la que vivimos, desterrar el pánico al cambio como verdadero pilar y sembrar el amor para que este sea reconocible. Es tanto el descalabro que nos provoca la emisión de luz desde el sol central, que vulnera las limitaciones que nos hacen sentir perezosamente confortables. ¿Qué hay después de la cordura, la buena conducta y un comportamiento ejemplar? Las ganas de hacer el bien sin miramientos, el abandono de la costumbre, la responsabilidad de saber que lo que va, vuelve.
                                                                                                                                                                             
El cuento del escorpión, donde prometemos resistir a la manifestación de nuestra propia naturaleza —querido amigo— lo conozco de memoria. Desde las épocas en que aprendía los manuales que enseñan a vivir, como si fueran un guión para convertirlos en mi propia existencia. Pero la receta no sustituye ni al aroma ni a experiencia sensitiva alguna y si esa fuera la guía —la receta—, se convertiría en un profundo vacío. No fui tan desafortunado. Gracias a Dios estuve protegido de ser la sombra de alguien, no me permitieron ser la imitación de otra luz. Por todo esto, hoy confío en la medicina tanto del cielo como de la tierra, porque conseguí hacerla una en mi corazón, aunque hacer solvente esa integridad sea un ejercicio de toda la vida. También confío en el corazón de cada hermano porque sé que trae la luz consigo y es la expresión del diseño que nos abraza. 
  
Tenés luz, sos luz y te guardo un profundo cariño. Me nace un alto respeto por quien se ha sometido a sí mismo al juicio del orden del amor. Por eso me da pena tu abandono, porque sé que no hay premio en la desesperanza, sino más desaliento. Tenés un intelecto ágil, una mente atenta y un ego con mucha astucia y destreza para adornar el conflicto y no abordarlo. Aunque esté de acuerdo con vos en que hemos convertido la experiencia humana en un maximizado culto a la supervivencia, esquivar el drama o rechazar el amor fortalece la sombra, no la posibilidad de brillar. Sólo se sana en relación, la soledad hoy y como están las cosas, ¡es un calvario!

Me reconozco en vos porque a mis 17 años, leía a Nietzsche en la playa, mientras vacacionaba con mi padre y los chicos jugaban al fútbol. Pero me saturé de atender a mi mente y siento que la estoy doblegando tanto que no le quedará otra -más tarde o más temprano- que responder completamente al corazón. Te sé un tipo sensible y frágil, tanto como la artillería que colocás delante. Común nos reunimos con mayor frecuencia y tras sortear tu orgullo que me medía a ver qué tan bueno era quien estaba enfrente, supe que era una delicia conversar contigo. Estoy aprendiendo a convivir enteramente conmigo, a plantar mi mundo desde la autenticidad para que lo que vuelva sea real. Entonces debo ser directo, intentar salir del sueño. Honro tu camino desde el respeto y si te tuviera enfrente, haría el esfuerzo por ordenar estas palabras y decírtelas cara a cara, porque te merecés el amor y el perdón hacia ti mismo.
  
No hay renuencia para nadie, ni en el cielo ni en la tierra. La sordera es selectiva y la efectividad es toda nuestra para que las palabras no nos alcancen. Aunque tal vez precises hacer el viaje hacia dentro, te pido tengas cuidado, es frágil el límite con el encierro. Es un lugar triste y vanidoso, nos hace sentir seguros y creernos fuertes, pero a la primera que nos asomamos a la luz, la debilidad de la fortaleza queda en evidencia y el poder se desvanece. Te pido atención, no confundas ese sitio con tu lugar en el mundo. No lo conviertas en un refugio, es sencillo perderse, de un momento a otro dejás de sospechar de esta normalidad que es un hastío insoportable y alimentás el monstruo, no tu cura.  

Como lo sientas y lo hagas va a ser perfecto, porque fue el acuerdo que firmaste cuando eras espíritu. Ahora, hecho humano, no sos perfecto, pero sos completo porque quienes te dieron vida y permiso para caminarla con propósito y sentido, fueron el cielo y la tierra por igual. Ahora te queda saber de vos, quién sos.

Me quedo vacío de palabras, suelto la situación y rezo por la confianza en nuestros corazones. Deseo que puedas reconciliar tu paraíso en la tierra porque no hay más allá que valga mayor precio que este inmenso instante que nos toca.

¡Hasta después del abismo! Que un nuevo brillo se instale en tus ojos.

El más cálido de los abrazos para sostenerte en la tempestad.

Camilo




sábado, 11 de mayo de 2013

Sangre nueva: la savia y la sabiduría


Algunas personas responden a la política, a sus partidos, ideas, banderas y líderes. Algunas otras defienden las causas de una institución deportiva. Otros pondrán su fe al pie de un sistema de creencias, incorporándose al cuerpo de una religión u otra. Templos de puertas inmensas, de paredes frías y húmedas y cientos de figuras enmarcadas en vidrio y madera que se vienen encima. Un techo abovedado, colgado y lejano tiene dibujado al cielo. Un montón de seres se desbordan  de los muros y de todos lados, queriendo intermediar en la relación de un hombre con Dios. Las personas dispersan su atención eligiendo un conjunto de ilusiones u otro a través de las cuales encandilar la vida. Todos estamos bajo el embrujo e influjo del cuerpo de una ilusión.

 En lo personal concentré mi atención siempre en la convicción de que algo mucho más grande sostenía este orden de las cosas. Durante décadas mi mayor ilusión fue intentar salvar el mundo en cada relación que tenía a mi alcance. No conocía ni recordaba las decenas o tal vez los miles de círculos en los que mi espíritu, habitando un cuerpo, había transitado. Mis propias experiencias vitales mostraban fragmentación y muerte —primeras desapariciones físicas en la familia y la separación de mis padres—, lo común. Sin embargo, el chip interno que venía grabado conmigo, impedía poder comprender de un modo natural las estaciones de división y soledad por sobre el amor. Entonces me avoqué de joven a salvar a compañeros de ruta de desilusiones y faltas de abrazo que primero, hubiese necesitado yo.

En algún punto de mi historia, alguien dijo que cuando intentamos rescatar al otro, lo que se manifiesta es todo lo que está en nosotros que precisa ser salvado del desamor y el desamparo que ya está instalado dentro. Para ese entonces, mi mirada se refugiaba en un sistema ecológico contenido por el orden natural y el crudo vivo de sus colores. Los matices y su defensa acérrima, como ocurre en todos los campos de representación del mundo de los enemigos —fútbol, política, religión, razas—, no me interesaban. Para mi la belleza no era blanca ni era negra, ni amarilla ni roja, sino la mezcla de todas sus posibilidades unidas.

Lo profundo es la virtud y calidad que vive interior a cada manifestación y el color áurico e irrepetible que el espíritu le puso a ello, y no su exclusión por torpeza y desinteligencia humana. Durante un tiempo, Dios tuvo lugar en mi interior hasta que encontré dónde desplegar su naturaleza, pero siempre conviví con su idea y sensación como quien rumea una certeza cercana a la verdad y no logra descubrirla afuera. Un día y tras un largo recorrido, llegué al rodeo de un montón de personas que formaban un círculo entorno al calor y las llamas. Un hombre, uno más, tan cerca y tan lejos del centro como todos los otros hombres y mujeres que allí estábamos, nos explicaba cómo era para él dialogar con el corazón y el fuego.

El estudio por separado del órgano que somos no nos conduce a la cura. La fragmentación no nos compensa ni permite observarnos en esencia porque —en esencia— no estamos separados de nada. No nos remedia, al contrario, deja expuesta la herida alimentando toda su resistencia, extremándola, potenciándola y reforzándola. Incluirnos en la ronda, espeja lo que nos ocurre en un montón de reflejos que como nosotros, han padecidos sofocaciones similares. Nos da la orientación sin forzarnos al cambio. Nos muestra —sin intromisión— el trayecto que otros realizaron para establecer la conexión entre la matriz del dolor y el sentido que tiene para superarnos. En tal caso, observarnos en lo que le ha ocurrido a otros, desalienta todo sentido solitario, porque reconocemos que nos somos los únicos en pasar por ese lugar oscuro que nos es temible e insuperable. No hay miedos, imágenes, juicios y conceptos que tengamos sobre nosotros mismos que no se puedan diluir en la transparencia, claridad y fluidez del agua, ni fundirse, quemarse y transmutar en el calor abrasador del fuego.

Haberse reparado a sí mismo, fortalecido por el impulso y la contención de un círculo, es toda la medicina que un hombre puede desear ser y mostrar a los demás hermanos. El círculo embellece el matiz individual y el poder que se despierta en él no es igual a la suma de las partes. Estas últimas son alimentadas todo el tiempo y la conciencia, entendimiento y comprensión que se levanta allí, no puede ni es sostenido por las personalidades. Cuando estas ceden o se apagan, el espíritu y la medicina circular de la tierra se despierta. Si esa magia sucede, el punto de luz que somos brilla y resplandece, levantando la intensidad y habilitando la sanación. Si esa magia tiene lugar, recuperamos y  tomamos nuestra verdadera condición de hijos de este orden, al amparo de la tierra madre y del cielo padre.

Diría que la ilusión en la que prefiero vivir es la posibilidad de las relaciones y el poder de la palabra. Abrir el corazón y alcanzar otros estados de conciencia gradualmente, dejar el sueño en el que estamos acostumbrados a pasar sin vitalidad. En ese terreno es donde me ubico y reconozco, mi lugar.  Sostenerse en soledad no conduce a nada aunque arremetamos y atiborremos nuestros espacios cibernéticos de mensajes. Si el motor que imprime la energía es el intelecto, estamos anulando la experiencia y martillándonos desde el mismo rincón que nos retira y deja al margen. Queda claro así que hay distintas maneras de marginarse. Estamos entrenándonos mentalmente, cavilando y pensando la espiritualidad para conocer el discurso y lo que es peor, saber defendernos de esto también. No hacer el ejercicio de darnos a luz es rechazar las etapas vivas, el crecimiento y la madurez, y nadie a logrado sobrevivir en las sombras y el confinamiento sin pagar sus costos.

Diría que es necesario cambiar los “ojalá” y los “esperemos” si de verdad queremos dejar de jugar a que estamos creciendo. La web es una oportunidad pero también una trampa ideal para no ejercitar el corazón y propagar buenos deseos. Acumular y tender postales como antes estampitas en la cartera o en la billetera, en una suerte de filatelia actualizada y posmoderna, no nos coloca en el verdadero viaje.

¿Cuántas formas encontramos de postergar el amor? ¿Cuánto esfuerzo realizamos para evitar tocar el dolor que nos hirió y que contiene la llave hacia el potencial para reinventarnos? ¿Cuánto tiempo se pierde en complejos artilugios que nos alejan de la simpleza? Pregúntenle a quienes participan de la política. No existe una ilusión mayor que requiera tanta exigencia para mantener un estado de situación que se encuentra deshilachado y en desuso.

Fabricamos tensión, nos hechiza la trama y luego protestamos ante Dios por su injusticia divina. Así recae sobre nuestras cabezas el rigor de vivir de distracción en distracción. Porque el orden natural del amor siempre va a traer aquellos viejos hábitos. Está en nosotros continuar escogiendo si continuar comportándonos y respondiendo igual o articular con inventiva e imaginación otras formas que sacudan la estantería que tiene retratos tan obsoletos. ¿Tanto cuesta colocar la bisagra en el centro de nuestro foco y prestar atención? Mientras una nueva organización entra en la atmósfera o se levanta desde la tierra alcanzado el aire, el antiguo paradigma y sus nociones viven un desconcierto proporcional a su desmembramiento.

Si nos repasamos, es probable que verifiquemos que las raíces de los miedos y el dolor quedaron petrificadas e inmóviles en una o varias situaciones que se sucedieron hace años o tal vez décadas. Que todo lo que hacemos es revivir una y otra vez aquella circunstancia que pasó para traerla al ahora. Es lo que se llama, configurar el conflicto o el mito que nos vive.

El camino del héroe que habita en nosotros exige como única dirección válida correr los laberintos propios buscando la salida al tedio que nos atrapa. Es un acto tan natural como único encontrar las respuestas para desenvolver los acertijos y permitir ser el caballero que libere a la princesa encantada. El guerrero que quiere salir a dar su propia batalla debe reconciliarse con su aspecto más amoroso para que el final sea feliz. Lo más sensible, lo que despierta y se regocija ante la expresión de la vida es lo femenino de cada uno.

Algunas personas trabajan y respaldan este descalabro. Hacen posible que este orden de las cosas resista ante la adversidad de los tiempos que está diciendo que el momento es otro y es ahora. Sostenerse en el temor a cambiar nos deja en la costumbre y en lo conocido.  Decidirse a la transformación es duro, pero mantenerse en la enfermedad ya no está resultando tan gratuito y cuanto más nos demoremos como colectivo, más fuerte y costosa será la caída.

Algunas personas responden a un estado de situación insignificante comparado al amor que las espera. En lo propio, respondo sólo al Gran espíritu, la Fuente, la Esencia, Dios, el Universo o como quieras decirle. Sólo un motivo me impulsa: ingresar en ese espiral me devuelve la fortaleza y estar al servicio en las relaciones me eleva al estado de gracia donde una y otra vez reconozco en esa fuente mi propio origen.

¿A quién respondés vos?






sábado, 6 de abril de 2013

Todos los caminos conducen al amor (cuando el propósito es verdadero)

Todos naturalmente somos canal, es una condición intrínseca al ser. En la única versión que me hace sentir bien vernos como complejas máquinas —en mi experiencia resulta desagradable sentirme desconectado del propósito de mi vida, funcionando automáticamente— es en el entendimiento de que nuestro cuerpo físico es un gran canal de luz. Como el resto de los seres que habitan el planeta, nosotros somos un organismo con la inteligencia creada para administrar energías y decodificar esas ondas de acuerdo a la conciencia que tengamos.

Es una participación que acordamos y nos debemos como hombres en relación a la tierra. Si intuimos cierto grado de veracidad en estas palabras, si aceptamos la premisa de que somos un canal, recuperamos espontáneamente una parte de la conciencia, es decir, comenzamos a acordarnos de nuestra condición espiritual. Si hasta estas líneas estamos de acuerdo con lo expresado, entonces hay un reconocimiento deque ocurren despliegues y movimientos de todo tipo de energías atravesándote a cada instante. Por tanto ser canal no es un acontecimiento estático, sino la comunión entre el grado de conciencia que portamos y la intervención de esta en nuestras acciones y movimientos. Ser canal es el punto en que nos encontramos y nuestra aventura en la vida recreando las distintas facetas del espíritu.

El canal que somos resulta inhibido o habilitado desde el mismo momento en que asomamos al mundo. El marco cultural en que nacemos resultará determinante para saber si hay espacio o no para nuestra expansión y desarrollo. Si responderemos a expectativas de un núcleo duro familiar o si por el contrario, nos convertiremos en artífices de nuestra propia obra. Entre tantas otras posibilidades.

Si hemos comprendido que esta realidad es una gran máscara que vela lo que la intuición y la percepción sospechan, entonces estará allí detrás el contexto profundo. Un lienzo trasero esperando para regalarnos el misterio de lo que ocurre en el mundo invisible. El telón de fondo —lo que construye esta realidad— es el espíritu gobernándolo todo y el espíritu es —al fin— el universo manifiesto y no manifestado.

Siendo así, toda la materia—la más densa y la más sutil—- se encuentra bajo las mismas leyes cósmicas que cualquier otra expresión de esa fuerza inconmensurable que —pesadamente— hemos llamado Dios.  Entonces, ser canal implica decodificar la información que llega a nosotros desde las redes y hologramas complejos —la trama de ondas y patrones que viajan por el universo—de acuerdo a los preconceptos que tenemos por reales, ciertos y verdaderos.

Se confunde ser canal con la dimensión de la luz, con el vínculo y el establecimiento de lazos con los mundos angelicales, la vastedad de los reinos celestiales y la dimensión del alma o más. Sin embargo, en un mundo donde la mayoría de las personas aún persisten y se mueven bajo los mandatos y códigos de la dualidad, esto no es tan así. Gran parte de la humanidad si quiera logra reconocer próxima o cercana su dimensión espiritual. Ignoran o desechan otras realidades, frecuencias y universos posibles y latentes. 

Hay tanta luz como oscuridad. Esta afirmación no procura levantar efectos contrarios, ni trazar líneas que continúen separando a los hombres entre buenos y malos. Ni siquiera alimentar la imaginación curiosa que quiera encontrarse al demonio y al otro lado del campo de batalla a Dios. Quiere decir que funciona en el planeta como en el orden cósmico una ley reconocida como compensación.Registramos en nuestra vida temporadas de frío y de calor, períodos donde la noche es más extensa y aquellos donde el día se expande con autoridad. Esta organización ecológica es tan necesaria como vital y tan grande como para reproducirse en el cosmos.

Hoy que el despertar espiritual suena bellísimo y deslumbra, es interesante navegar en aquellos aspectos que también son parte fundamental de la misma trama. En el criterio más abierto y profundo todos somos canal, definitivamente. En el criterio más complejo y abarcativo, en cualquier orden —familiar, social, planetario y todo sistema universal— existen escalafones. Hoy que están de moda las distintas dimensiones y planos espirituales, resulta saludable integrar que no podría haber evolución de la conciencia hacia frecuencias cada vez más elevadas sino hay seres que canalicen patrones de tercera dimensión, es decir, materia.Si esto no sucediera, estaríamos siendo habitantes de un sitio volátil y sin sustento. Insostenible.

Todas las expresiones del espíritu necesitan ser traídas al plano terrestre: las más bajas y las más iluminadas. Es tan importante soltarnos y tener la capacidad de despegarnos al universo como enfrentarnos a la necesidad de echar anclas y raíces que nos vinculen a la tierra. Es una trampa esconderse en las cimas espirituales sin contar con la lucidez suficiente para trasladar todo lo que despertamos en nosotros a la ceremonia que vivimos diariamente.

La luz que ingresa a través del sol y toda su luminosidad tiene en su fuente, en su carga más sutil, toda la danza de la vida. La luz es información codificada. Los sentidos más perversos, las situaciones más injustas y de peor calaña precisan también su canal para poder ser manifestados en lo terrenal. La única manera de hacer posible y finalmente cierto que haya un gran y definitivo paso del planeta hacia su evolución y que este lleve consigo a la humanidad, será desentrañar la idea de que solo se es canal cuando se trae luz y se trabaja al servicio divino.

Lo que estoy queriendo decir es que las energías más bajas y menos evolucionadas deben ser integradas y dejar de habitar el mundo oculto de nuestras sombras, lo que no queremos ver. Se nos exige cambiar la mirada, modificar la visión. Se nos está pidiendo que reconozcamos en nosotros y en el afuera que todo lo que ocurre tiene sentido, dirección y propósito. Que cuanto más alejemos la pena y el dolor habrá quien vuelva a enseñarnos otra vez que falta integrar mucho de lo que somos. También actuar el terror, el miedo, la especulación, la agresividad, la violencia, la ignorancia,el odio, el rechazo, el desamparo, la indiferencia, es canalizar energías,frecuencias y vibraciones.

Prender la luz al rincón sombrío es descubrir sentido en los episodios más nefastos de nuestra historia y es un verdadero parto. Pero cada vez que un espacio ennegrecido es derrumbado, se le pierde el temor, se penetra en él y se le reconoce, pasa a integrar las filas de nuestro amor propio. Se suma a nuestro grado de conciencia.

El propósito que acompaña al orden divino es demoler lo que nos separa e impide poder comprender y tolerara la espiritualidad completa, aquella que también trae a lo que no hemos enfrentado e iluminado. Quienes con humildad disponemos nuestra vida al servicio, tenemos claro que la aventura espiritual real no se trata de echar un ojo en la curiosidad. Se trata de emplear la virtud de los reinos divinos para transformar la vida y lo que nos impide transitar la sanamente. El impulso verdadero, de reparo, precisa firmeza para mover lo que nos está —cuanto menos—estorbando y marginando a un lugar donde la plenitud nunca es completa.

¡Cuidado con correr de los lugares que nos disgustan, ellos tienen la llave de nuestro poder! Ellos son portadores de nuestra magia y sólo nos la habilitan cuando rompemos el miedo.La sensación de regocijo nos dejará extasiados cuando pasemos al otro lado,donde el terror sólo nos estaba protegiendo de aquella luz que todavía no podíamos sostener ni mirar sin encandilarnos. Entonces, al atravesar la barrera nos hacemos dueños de un significativo caudal de conciencia, reconociendo la estela de sabiduría con que esta nos envuelve y afirmándonos aún más en este caminar.

Tal como entrar en una casa que está a oscuras e ir encendiendo lámparas habitación por habitación. Cuando no haya cuco que nos gruña y nos asuste, los miedos y los entuertos perderán razón de ser, dejarán de tener sentido y nos catapultaremos al esplendor. No sé cuánto tiempo esperarán por nosotros, pero sospecho que no será para siempre.Es momento de reunir coraje, recordar que ya hemos tomado decisiones próximas al amor y lo grato que fue. Intentar, probar, insistir en la alternativa a las formas que nos vencen y nos quitan la fuerza y el poder.

Las canalizaciones en la espiritualidad, gozan de mala reputación. Es más, a mi mismo me generaban desconfianza hace ya mucho tiempo. Reinan los actores que se visten de médium yque buscan acercar a las personas a través de la curiosidad superflua a los ángeles o entidades. Estos últimos, a su vez, guardan aún una imagen bastante ingenua y un perfil contemplativo de “todo está bien”. Esto no es un juego y llegar hasta esas instancias sin un propósito puede resultar peligroso.

En lo personal y como facilitador angélico, desafié reiteradas veces a los espíritus que se aproximaban. Hasta que necesité barrer esa idea permanente de que todo es perfecto y trabajar sobre mis dolores. Entonces me agrada poder compartir la acepción más importante a la que arribé a partir de la experiencia. Lograr serun buen canal implica tanto compromiso como asumir responsablemente cualquier rol o actividad en nuestra vida. Se necesita meterse en los mensajes que llegan desde las esferas de luz y estar dispuestos al trabajo de convertirse en observadores de la realidad en la que estamos inmersos y nos aqueja. Todo lo que recibamos estará impregnado por nuestras propias voces y dilemas, por tanto ser un buen canal debe llevarnos indefectiblemente al interior, al templo que nos es propio. Desentrañar lo más arraigado, limpiarnos, vaciarnos, depurarnos para que el canal esté lo más limpio posible. Hacer un lugar —nuestra casa interna— donde la luz se sienta de maravillas para bajar.

Reparar de verdad a través de este camino, cuidar el espacio, es cuidarte y cuidarme. Este sendero es tan sagrado como cualquier otro si el recorrido lo tomamos en serio y con conciencia.Puede ser una invitación a tu sanación, a renacer y a transformarte. Lo escribo desde la convicción de haberme transformado atendiendo lo que mi vida y entorno estaban precisando. Me hice cargo de ser mi propia llave y acepté continuar transmutando el dolor propio y colaborar en el mar del dolor ajeno. En el fondo, el dolor que te pertenece y el que puedo sentir, son propiedad de toda la memoria humana y en mi compromiso, elegí sanarla y transformarla.

¡Bienvenidos!


jueves, 28 de marzo de 2013

La melodía que alcanza


Hay dolor y cruje dentro, es un lugar tedioso y desierto que no quiero volver a caminar. Llega una canción avivando mi rebelión y detrás abre la puerta la esperanza, tan cierta y tan distinta al dolor. Debo ser todo eso que siento: la canción, el dolor, el temor, la rebelión, el perdón, la esperanza, el amor y la calma. Soy todo eso que siento y tal vez más.

Soy la luz y en medio de la sombra soy también la oscuridad. Soy la gota de agua y sal lavando y corriendo desde el fondo hacia el amor, en la gota de agua y sal es la luz su derrotero, brindándome su vida y el lugar para sanar. Soy la sal queriéndose pelear con el perdón y la paz, abriendo la herida una vez más. Soy la armonía llegando a la paz, cerrándome la herida que en la sal quiere hacerse grito y pelear.

Veo sol en la puerta que golpea el corazón, hundiéndome la excusa y la razón, llenando de conciencia y la verdad rompiendo la mirada universal de la razón. Viene luz que quema los ojos, que acaba con el sueño, que rompe con el grito, que aleja la mentira que ensombrece y manipula. Viene luz en la canción. Entones tengo luz, tengo música y encuentro en su vertiente la fuerza, la conciencia y también la inspiración

Vuela luz desde el sol y en el medio del estruendo tocará con su canción de silencio y melodía al corazón. Repetir la caricia, la ternura, la dulzura que termina en el dolor y otra vez ver cariño y repetirnos en amor hasta ver que el dolor es temor a cambiar en amor. Perdonar la tradición de querer sujetar, controlar, manipular y someter con el fin de no tocar el amor que una vez nos dolió y nos lastimó. Intentar sostener todo aquello que siempre hace bien y llenar de esperanza los vacíos que dejó ese dolor cuando al fin nos dejó y nos soltó.

Hoy te doy esta mano en la que hay energía y también abro mi corazón para que puedas jugar y bailar y cuando te sientas cansada te recuestes, te arrulles y duermas en él. Prometo mecerte e intentar hacerlo con todo el amor que estos años curé y sané y si la voz me acompaña llevarte al oído una canción que hable de ese amor que sané y reparé.

Permanecer en lugar de estancar el fluir. Hay un sitio para todos en la rueda y esa rueda es quien nos colma y nos permite sostener el lugar que nos allana el camino y nos ayuda a crecer. ¿Dónde hay más esperanza? Necesito alimentar con amor mi corazón y encender cada fuego que me ayude a quemar y transformar cada dolor. Hay un lugar que está lleno de sueños que parece y que se ajusta mucho más a la verdad.

El soñar es crear, es acción y es para siempre despertar con el sueño esclarecido y transitar esa actitud. Es el sitio, es el espacio y el lugar en donde está la rebelión. Revolución que se encontraba adentro del corazón. Plenitud, integridad, libertad, igualdad y fraternidad nacidas en el silencio y despiertas a tiempo. Tan justas, certeras, tan ciertas, medidas, sinceras: harán de sus sonidos lo mejor si la palabra es poder y autoridad.

Camilo Pérez Olivera

viernes, 15 de marzo de 2013

El Retorno al Amor


Comenzaron siendo notas trascendentes sólo para quien las escribe. De aspiraciones inciertas, de ambiciones profundas. Unas auténticas ganas de compartir las distintas maneras en que el amor se expresa por su presencia o su ausencia, de acuerdo a nuestro parecer. Digo "nuestro" porque cada nota elaborada desde este espacio, ha sido cocinada previamente en el seno de la familia que vive detrás de la marca "El Retorno al Amor". Todo lo hasta aquí compartido fue amasado y rumeado tras la imposición cotidiana de nuestro lado más sensible, ese que nos ganó la vida. Para nosotros la confianza no resultó un camino sencillo, pero fue implacable: nos enraizó al cielo y a la tierra por igual. Nos despertó.

Confiar en la percepción, en la intuición y en el corazón y salir con lo mejor que tenemos para dar -creemos-, ha hecho la diferencia para que "El Retorno ..." luego de su tiempo introspectivo y habiendo repasado el apoyo y cariño recogido en su camino, logre reciclarse. Hemos ensayado otra manera de vivir a la que manda la costumbre durante muchos años, por eso cuando se habilitó este rincón para publicar estos textos pareció una saludable idea rubricar con esa consigna el final de las notas. Hemos, también, sido rigurosos con nosotros mismos al poner toda la intención y la energía en ser los primeros en llevar a cabo aquellas palabras que escribimos y en esa práctica, pudimos entender cuál es nuestro sagrado lugar en el círculo. En ese reencuentro con el sitio que nos es propio, hallamos parte de la esencia y reconocemos que aún nos queda mucho por descubrir. 

Nos ocurre que estamos atentos al entrar en relación con vecinos, amigos, familiares y allegados a cómo el espíritu se expresa a través de cada uno y lo que este tiene para decirnos. Hemos tomado el tiempo necesario para sentir la confianza suficiente como para dar otro paso más y entendemos que en este período, quien ignore las señales que el universo le pone adelante, lleva las de perder. Que en modo alguno esto suene desesperanzador, hace mucho quebramos los límites que el intelecto y la razón tienen por naturaleza. Después de lograr atravesar esas barreras, el cielo nos permitió acceder al misterio que hila nuestros destinos, mostrando parte de lo que viene.


  El futuro llegó hace rato

Hay grandes faros alumbrando y señalando la dirección que fracturará el dolor y las desavenencias que son tradiciones. Hay pequeñas antorchas, que no se erigen en absolutas, conviviendo amorosamente en el medio de tanto absurdo. 

Estamos acostumbrados a manipular el vocabulario que rige la tierra, a hablar de medioambiente, naturaleza, ecosistema, entre tantas definiciones. Pero también se hace indispensable dejar de ignorar al cielo: su orden, su luz, su multidimensionalidad, su multiplicidad y hacer posible que su mensaje les llegue a todos, porque -como dijimos- su naturaleza también convivió siempre con nosotros al igual que la tierra.

Sabemos de la búsqueda individual que muchos de ustedes están llevando adelante. Nos lo han hecho saber. Se han mostrado inquietos. La necesidad de cambio es una constante en lo íntimo de cada uno. Estamos celebrando un primer ciclo de notas compartidas, un período de intenso trabajo y hemos asumido la responsabilidad de trabajar mucho más. Han sido muchos los que han comentado vivencias, experiencias, necesidades y urgencias, de manera pública o privada. Pero no siempre tenemos la capacidad de encauzar solos esa urgencia y sentimos -quienes suscribimos esta nota- que este tiempo sí o sí nos exige dejar cualquier comportamiento en solitario como modo de resolver las cosas. No es momento de permanecer en soledad. Pensamos que es oportuno volver a las iniciativas que promuevan el círculo como diseño de todo relacionamiento humano.

Estamos convencidos de que la circularidad es la forma en que la tierra toda gesta, se manifiesta y se expresa y que el cielo la abraza y danza de igual manera. Y que nosotros debemos producir espacios que contemplen y honren ese modo. En la contención amorosa, entre los límites que este diseño trae, donde gira la energía y el respeto, allí es donde se rompen los hielos y la frialdad. Allí no sólo se quiebra, sino que se desmantela la soledad, no se sostiene, queda en evidencia su gesto verdadero, su aspecto ilusorio. 

En instancias en que las decisiones más que importantes son cruciales y proporcionales a la ansiedad que genera sentirnos en la inminencia del mayor cambio de todos los tiempos es que queremos dar la cara y abrazos: hallarnos juntos es la propuesta. 

Próximamente soltaremos las sorpresas con las cuales nosotros mismos nos hemos asombrado. ¡Estén atentos!



Camilo Pérez Olivera y familia

martes, 12 de marzo de 2013

Argentina: la tierra del cordón de plata


De cómo la esperanza navega y despierta en las entrañas

Comienzo estas líneas aclarando mi firme y estrecha relación con Argentina y particularmente con Buenos Aires. Viajo desde pequeño porque allí conté siempre con vínculos familiares cercanos. Es más, mi abuela paterna y su hija -tan pequeña como yo cuando comencé a trasladarme a la vecina orilla- murieron súbitamente, envueltas en un acontecimiento enrarecido durante la dictadura. Silvia -así se llamaba ella- y María Eugenia -su hija- quedaron atrapadas en un escape de gas y en la sospecha, pues mi abuela pertenecía al Partido Comunista y estaba señalaba como subversiva por el terrorismo de estado de ambos lados del Río. Nunca se investigaron las causas del accidente.

Algo me llamó siempre la atención de la vecina capital, bañada por el Río de la Plata. Tal es así que común fui creciendo y disfrutando largas vacaciones en ella, me prometí en algún momento trasladar mi vida y trazar mis pasos en aquella ciudad. Tomé la decisión a fines de 2006 y crucé las aguas.

Me involucré en la cultura argentina, mi familia montevideana me llenó de su arte durante toda la infancia, no fue difícil sentirme a gusto entre sus avenidas. Pronto noté que los habitantes de aquel país se pisaban en busca de un lugar bajo el sol, se mataban por el agua y el aire: se agredían por vivir. Extraño, ¿verdad?

Cuando se enfrentaban unos grupos de gentes con otros -políticos, sociales, deportivos- quedaba azorado, no podía entenderlo. La falta de tolerancia hacía estragos permanentes en sus comportamientos. Mucho tiempo pensé que vería estallar una revolución durante mi estadía en aquel país. Sin embargo algunos mayores me calmaban, diciendo que eso era propio del accionar con que se relacionaban entre ellos. Un manejo reactivo, impulsivo los invade aún -y sobre todo hoy- ante cada disgusto y desacuerdo. Luego volví a Uruguay creyendo que de esa manera funcionaban y que sería por siempre igual, hasta que me involucré en distintas concepciones espirituales y algunas informaciones llegaron a mí. Entonces comencé a entender.

Las búsquedas silenciosas de libertadores americanos iniciados en los misterios esotéricos, cruzaron la Argentina y toda la región nada inocentemente. San Martín, Simón Bolívar y el propio Artigas fueron prohombres, visionarios adeptos a logias que llegaron con el albor de los nuevos órdenes republicanos exportados de Europa. Los mismos principios que -inmiscuidos y tal vez ocultos- fundaron Estados y reconciliaron sociedades y naciones en el viejo continente. En el caso de Artigas, creció entre las puebladas de las comunidades charrúas y su cosmovisión espiritual, tomando para sí esa sabiduría y el convencimiento de llevar la lucha a donde se pronunciaran y se hicieran notorias las restricciones a las libertades inherentes al ser humano. Los tres soñaron coincidentemente con un mapa que consagrara la igualdad en la diversidad y la libertad en el respeto. Buscaron sigilosamente el oro alquímico, la tierra de la transformación, la última piedra angular de los tiempos. Supieron del secreto -podríamos jurarlo- o su olfato estuvo muy cerca del calor de esa verdad.

En términos del orden del amor -aquel que se devela en cada orientación sanadora o constelación que permita organizar saludablemente la vida- se le llama crisol  o cristal a un grupo de individuos o personas en particular. El propósito de estos seres es mostrar el desorden que ampara un núcleo familiar e intentar que asuman su reorganización. Para que ese movimiento se lleve adelante se precisa disponibilidad de la familia o grupo para observarse a sí mismo y aceptar los lugares que están dislocados o alejados de las necesidades primarias. Es indispensable que quieran y puedan ver la trama.

El crisol puede actuar de infinitas maneras: puede hacerse esquivo a la socialización desde temprana edad, sufrir inconvenientes para incorporarse a las reglas del sistema, asumir un sinfín de enfermedades que hagan trabajar al colectivo en que se desarrolla -autismo, esquizofrenia, son sólo ejemplos- o pueden actuar otras dificultades, supongamos una adicción -a las drogas-. Las variables -reitero- son innumerables… se imaginarán. Es ése individuo quien desnuda una o varias situaciones que andan por los carriles subterráneos de la conciencia familiar y entonces todo el grupo adopta un personaje de acuerdo al eje planteado. El crisol es el emergente que trae a la luz todo lo que se mueve por debajo de nuestra percepción, aquello que no logramos ver. Pone en movimiento todo lo que está desorbitado. Más que nada, el crisol -o niños cristal e índigo, como los llamaron algunas corrientes espirituales- llevan internamente una frecuencia vibratoria, marcando grados de evolución diversos del alma que asume el rol.

Allá por principios del siglo XX, Benjamín Solari Parravicini -artista y psicógrafo argentino-, destinó buena parte de su vida al contacto con los planos espirituales. Seres que se comunicaban con él mostrándole pantallas, imágenes y mapas en donde fueron identificados procesos y acontecimientos venideros y futuros. No es el único que dejó constancia de estos tiempos en expresiones premonitorias y proféticas, pero sus dibujos cobraron una trascendencia impensada. Ganó un lugar entre la gente, su nombre y sus visiones son mencionados y de uso común y hasta una película –“555: Todo está por suceder”- relata y pone en órbita su obra.

Argentina -según Parravicini- sería el territorio de mayor relevancia durante el advenimiento de un tiempo de esperanza y paz. El termómetro que marcaría la cercanía de aquellas predicciones, serían grados superlativos de violencia y crisis económica global. A la espera de esos hechos, las advertencias debían ser inigualables, sucesos repetitivos y en algún momento constantes, claramente constatables en la realidad. No un efecto ilusorio de unos corazones desenfrenados y al borde de la locura.

Parravicini acertó decenas de acontecimientos mundiales que no revisten dificultades en observarse en las vidrieras de la web. El único requisito es conectarse con lo que cada uno siente y cómo resuena aquello con nuestro propio mapa emocional.

Pero para que ese puzzle que dejó se avizore, es necesario reconocer con claridad las coincidencias. Como los libertadores, Parravicini sabía que el campo fértil para un amanecer nuevo, sería aquel que contara y contuviera (con) todo el espectro humano. Un terreno donde las esperanzas de todas las razas desembocaran en una sola genética. Una región que supiera abrigar a gentes de todas las colectividades.

La convivencia de ese mestizaje expresaría todo el dolor con el que carga cada raza. Cada comunidad desembarcando desde algún rincón del mundo con su decadencia y sufrimiento, arrastrando la intolerancia y la agresión con que tuvo que lidiar ante cada choque cultural. Un territorio que albergaría el resumen de los tiempos de la humanidad en la oscuridad, su desconexión del espíritu y una memoria dormida en su ADN de las eras en que se reconocía la relación del hombre con el cosmos. Toneladas de violencia y de sombras compactadas en los últimos períodos previos al gran cambio, el mayor de todos. Se advertirían con elocuencia esos momentos finales. Se haría insoportable e insostenible continuar viviendo bajo el mismo sol cansino y sofocante de los viejos códigos éticos y morales humanos. Una realidad acuciante que divide las aguas. Un contexto nefasto que rompa los ojos de un lado y sea irreconocible para los otros que deben sostener el timón de la noche de los tiempos hasta el final. Un marco que fragüe lo peor y habilite el don de cada pueblo. Así se comportaría la tierra toda y esa región tan mentada en particular. Un horno al rojo vivo que levante las llamas y temple en el mismo fuego el espíritu más fuerte en milenios de civilización. Un horizonte tan próximo que el sol al levantarse encienda la vida y queme todo lo demás. Un destino último y amoroso un segundo antes de que la tempestad se devore todo.

Así se presentaría esta tierra que soñaron Simón Bolívar, José de San Martín y José Gervasio Artigas y que llamaron de modos tan diversos. Un anhelo circular, un circuito federal, una patria grande sin nombre y sin banderas. Una región que termine con el tiempo del patriarcado, donde asome el fuego y la belleza femenina, nueva y reconocible. El corredor de un nuevo amor ansiadamente buscado, la muchacha de la tacita que brilla, la tierra del cordón de plata, la gran mujer.

En el deceso del Presidente Hugo Chávez tal vez podamos advertir signos de que la fragmentación y la prepotencia empiezan a ceder. Que los territorios ocupados por autoritarismos muestran señales de debilitamiento expresados en el agotamiento de los personalismos. Sumado a ello, el quiebre definitivo del cuerpo social tras una ola interminable de violencia que ya genera un reguero de sangre, hacen distintivo y sin precedentes este tiempo que ocupamos. Un proceso que lleva comprimido en sí la presión del siglo de mayor conflicto y muerte. Se convive entre una dualidad insalvable y una energía amorosa y ordenadora.

En un panorama marcado por el desasosiego, surge la pregunta: ¿cómo y dónde está la esperanza? Pareciera ser que un biorritmo implacable está empujando desde las entrañas más hondas de la tierra. La superficie está pronta a romper su plataforma y la cultura hará temblar lo que quede de su estructura cuando caiga desmembrada. Parece ser que una energía liberadora serpentea en las aguas profundas y nos impulsa. Parece ser que la esperanza urgente y genuina está rugiendo, avisando la proximidad del desenlace, pronta a emerger.



Camilo Pérez Olivera