martes, 26 de febrero de 2013

Nuestro universo y el cielo: un encuentro con la condición de aprendices

No lo dudes, llevás el universo en tus ojos, cuando la chispa que sos vibra y centellea en busca de respuestas o de un nuevo orden, esta lo crea en el exterior. Puede que te sientas de maravilla al escuchar (leer) que sos el universo y que tus pensamientos, emociones y acciones lo modifican. También estas líneas están centradas en traer a nuestro origen conciente el alcance que puede tener un acercamiento a la frecuencia divina y qué fibras íntimas puede tocar.

Quiero contarte los pasos que damos inconcientemente y otros no tanto, hasta despertar. Tan sólo para que se observe que cuando tomamos determinaciones o hacemos el movimiento, el universo responde y se mueve para nosotros. 

El tratado que inicia quien emprende un viaje rumbo a las esferas que son luz, es trabajar consigo mismo, hacer contacto con sus espacios desarmonizados. Siempre que tomamos la decisión de nacer a una nueva travesía, lo que se coloca de manifiesto es saberse como aprendiz universal. Al conectar con el espíritu y sentir nuestras necesidades, otra vez nos ponemos bajo su tutela y vamos al encuentro de otros sitios y lugares que nos permitan reunirnos con la frecuencia de algo que ya sabemos y debemos traer a la conciencia. 

Cuando se baja al plano material la sabiduría éterica del cielo, tomamos otro cuerpo, nos engrandecemos. Todo concluye en un fortalecimiento propio si pusimos entre la enseñanza y nosotros, el compromiso de crecer. Como quien esculpe un fino material y hace de él, arte, así se trabaja, moldeando la energía de cada aspecto de la naturaleza en el organismo luminoso que somos.

Adonde llegues con tu intención de evolucionar siempre es un reflejo de tu complexión interna en ese momento. La maestría que tengas delante será la obra y síntesis entre tu estado de conciencia presente y el exacto movimiento que precisás hacer para seguir caminando. 

Ten en cuenta que aquella información a la que accedas debe ser tomada como elemento disparador de sanación, debe detonar tu transformación, si no es así, no resultará. Es importante recalcar que quien canaliza es sólo el transmisor del mensaje de un espacio etéreo a uno material. Su tarea es decodificarlo para que esté a tu alcance, pero aquello que despierte en ti, revela tu estado. 

Cuando dos personas sintonizan y se reúnen, hay una búsqueda energética hasta que el universo se encarga de hacer posible ese encuentro: lo que buscás es el punto preciso de lo que el otro ya despertó y lo que querés saber y cómo lo expresás, hará que se mueva el mundo del otro hacia la dimensión evolutiva con la que él también necesita vincularse. 

La intención de estas líneas es contarte desde mi camino y parecer, lo fundamental de hacernos cargo de lo que buscamos y lo que encontramos. Es por eso que el grado de conciencia de quien facilita una vía o dirección es importante, pero lo que recibas es fiel reflejo de cómo se encuentra tu corazón al momento de localizarlo. Por eso dos conciencias nunca son la suma de las partes, porque la conciencia no es estática, sino que la interacción entre ellas provocará o no la profundidad y la elevación deseada.

Unos ojos de claridad y un corazón inspirado son un gran regalo para atravesar el portal del alma y redescubrirte. En todo camino espiritual es lo mejor que el universo nos puede conceder. Pero esa luminosidad actuará haciendo transparentes y visibles tus rincones desamparados, sin dejar que se escondan, de lo contrario no hay milagro. Los mirará para hacerles llegar el abrazo y la contención, no para juzgarlos ni tildarlos de malos o dañinos que —básicamente— fue lo que escuchaste siempre y les dio el poder que a tu corazón le falta. 

Ninguna comunicación que esté esencialmente constituida de amor aportará confusión o te instará a la separación, sí puede mover tu temor a cambiar o a crecer. Pero son terrenos diferentes. Cuando el espíritu o el alma hablan a través del canal de otro —en cualquier viaje iniciático— debe señalar la esperanza y marcar un claro hacia la transformación. Y eso dignifica todo el ambiente. 

Cuán trabajado tenga su propio canal el facilitador es otro pilar importante. A mayor compromiso de su parte, más dimensiones se harán presentes, despertarán y se podrán abrir, mostrando la diversidad, el crisol de oportunidades que es la vida. Pero insisto, el vuelo está supeditado y sujeto a la apertura y disponibilidad que coloquemos en el medio. El gran desafío de este tiempo es recoger las maneras en que abordamos nuestras relaciones para repararlas y no para que se conviertan en una constante forma de sentirnos amenazados por el mundo que nos rodea. Reparar el corazón nos hace funcionales al espíritu y así el universo para nosotros también tendrá lugar. En última instancia, lo que buscamos es encontrar el silencio que nos devuelva el latido y que esa huella resignifique la vida. De ser así, todo se convertirá en un gran despliegue donde la oportunidad de ser feliz anda por todos lados a la vez, una dimensión donde la incondicionalidad sea el único sinónimo del amor.



Camilo Pérez Olivera


martes, 19 de febrero de 2013

El cielo al que pertenezco: la civilización y la constelación


Me paré en el punto exacto entre la vida y la muerte, tu sonrisa implacable y sus dientes, un diamante en tu frente y un punto de luz. Tu mirada perfecta y universal, cinco mil años arrugados en las manos y tu espíritu infinito con la edad del despertar. 

Siglos de lluvias de almas abonando la tierra. Un compás interminable de tonos rojos descendiendo del cielo. Una danza permanente de cometas azules dejando estelas  celestes, haciendo el camino de vuelta al útero universal. Un cromado inabarcable, el giro infinito del eterno espiral. 

El universo sencillo y complejo, la trama humana, su revelación cósmica y la pertenencia galáctica que nos debemos. La magia y la claridad, el misterio, la simpleza y la fascinación. 

El mantra perfecto y las voces: profundas, oraculares, ancestrales y subterráneas. Las pirámides y sus secretos llamándonos. El gemido de la tierra en el corazón de la Amazonia y el poder de una liana en una planta de Yagé. Un árbol menos, un árbol derribado en los campos celestiales y el puente que une Bagdad con El Cairo quebrándose. La muralla de las vanidades, los ombligos de cada civilización derrumbándose. 

Un edificio duro e impenetrable alcanza el cielo, luego dos y después mil. Dos aviones con delirios estrellan su ira en los templos del dinero, hacen llamas la estructura del poder, el grito y el horror se desbocan en el nombre de Dios. 

Siglos de vidas, milenios, guaridas y trampas sin amor. Castillos, reinados, mercados: los persas, judíos, cristianos y musulmanes. Sus pueblos: perfectos, rabiosos, esclavos y dueños de la revelación. Alejandría, Roma antigua y la cuna de la inquisición. El faro absoluto y el faro del corazón. La quema de sabios, maestros, serpientes y el culto a la institución. 

Hay vida perdida, hay pieles y huesos hechos trizas. Hay polvo de vidas antiguas debajo del barro que construyó el cemento. Y en cada autopista que transitamos, surcando la marea de la ciudad, se esconde tras el asfalto, otra verdad. Hay rastros de identidades enterradas tras los cimientos y las paredes de la catedral. La misma piedra y el mismo mármol, el mismo imperio mutando el rostro y en cada esquina, el mundo esculpiendo dioses, héroes y faraones ante quienes perder nuestra autoridad.

La patria y el monumento, el aire contaminado de plomo y de vicio de la humanidad. Es un segundo, es un momento en que me asfixio, escucho el tiro de los cañones, los escuadrones pasan al lado y el suelo hacen retumbar. Las balas hieren el aire y es un instante en que me muero y que resucito. Luego respiro y más que respiro soy el aire y la libertad. 

Volver al templo, volver al centro, ser estrella en el firmamento y en familia, ser constelación. Ser haz de luz, conocerme eterno y decidir volver a nacer. Correr el riesgo, tomar la historia, tomarla toda y poderla librar. 

Sueño de niño con este tiempo, soñé con ángeles y querubines y me contaban todas las noches de este momento que está por suceder. Luego fui joven y también frágil pero nunca dejé de soñar. Pasan los días y el tiempo agota todo el dolor. Solo queda quemar las lágrimas, abrir el sueño y ser la visión. Cuando la vida y la muerte muestran su cara, el misterio puede ser flor o dragón, ser sofocación y ser fiebre. La ilusión pierde vigor y la antorcha se enciende y todo lo demás se desvanece.



Camilo Pérez Olivera





lunes, 21 de enero de 2013

El miedo y la duda: la puerta de la transformación


El miedo y la duda bien podrían ser dos perros fieros, custodios y guardianes. Es muy frecuente escuchar de ambos cuando se habla de estar preparados para dar el siguiente paso. Es un límite natural y necesario. Cada nueva etapa exige de nosotros la aventura hacia lo desconocido, el riesgo y la cuota necesaria de confianza para dar un salto o ese paso que nos confirme que hemos llegado al lugar para el cual ya estamos disponibles. Solo contamos con un breve atisbo, completamente intuitivo, que nos aproxima a ese sitio que estamos a punto de explorar.

La confianza funciona como motor universal y nos habita indistintamente si formamos parte de la especie humana o de la familia animal, en definitiva, la constelación planetaria a la que pertenecemos. Asumir el riesgo no es negociable cuando de dar pasos hacia la conciencia se trata. Lo que nos cobija es recuperar la certeza de que Dios o la fuerza universal mayor nos protege y nos bendice a cada instante. Pero habitando la dimensión material y en tiempos en que nos encontramos en plena recuperación de nuestra memoria espiritual, el miedo y la duda son parte ineludible de la transformación, son la transformación misma.

El miedo está hermanado con el coraje y el amor, y la duda a la certeza y la verdad de manera inalterable. Caminamos con firmeza, sostenidos por el amor que cosechamos y en un terreno que resulta conocido. Hasta que damos cuenta de la necesidad de cambiar. Entonces se instala frente a nosotros el miedo y la urgencia de tomar decisiones que, una vez llevadas adelante, alterarán nuestro ser y la forma en que nos parábamos ante el mundo. Atravesar el miedo y conocer lo que hay después de sus murallas, da como resultado alimentar el corazón con coraje. Entonces, a partir de aquí, el amor que conoceremos será más expansivo aún y volvemos a completar el círculo donde el miedo resulta esencial para conseguir modificarnos.

De la misma manera nos sostenemos en el andar con nuestras convicciones y construimos el mundo sobre la verdad que nos pertenece. Hasta que el recorrido propio de la vida, precisa que las premisas fundamentales que nos sirven sean transformadas. Entramos en una etapa dubitativa, la estabilidad que antes conocíamos y nos hacía sentir seguros la reconocemos permeable y damos con una verdad mayor, más fuerte y más grande que en la que nos habíamos sostenido hasta entonces. Es ahí cuando observamos la imposibilidad de continuar caminando de igual modo a como estábamos acostumbrados. La duda allí, ejecuta la oportunidad de transformar lo que antes sentíamos como exacto. De esa manera, traspasando los cerrojos que esta nos presenta, seremos capaces de recoger una nueva visión, más amplia e íntegra. Eso es lo que llamamos expansión de la conciencia. Este proceso nos dará una nueva intensidad. Nos albergará otra vez la seguridad para aprestarnos a continuar andando hasta que se siembre ante nosotros otra vez la duda. Pero de seguro, cuando aquella fue parte de la experiencia, fomentamos una convicción más elevada. En el fuero interno, la verdad que ahora nos afirma, tendrá espacios para observar otros matices, extendiendo las opciones y el alcance de su transparencia hará contacto siempre con alguien más.

Parece ser que el tándem compuesto por el miedo, el coraje y el amor, y el constituido por la duda, la certeza y la verdad, son dos grandes ruedas que componen los ciclos que nos revitalizan y nos permiten trascender algún aspecto u otro de quienes somos.

El miedo y la duda nos señalan la proximidad de un punto de cambio en que no es posible seguir del mismo modo. Tan sagradas como el amor que sentimos y la verdad que reconocemos como propia, así como el coraje que nos da fuerza y la convicción que nos afirma en el mundo, el miedo y la duda son aspectos complementarios y luminosos de la rueda de la vida.


Camilo Pérez Olivera

domingo, 6 de enero de 2013

El temple y la sal


Me duele y estoy en paz. Es un extraño lugar que jamás sospeché habitar. Todavía persiste el encanto de un sitio en el cual nunca pude ingresar y aún así me fascina y me destruye. Siempre fue así: suplicar amparo en el mundo de la bohemia y zafar del amor en el reino de Dios. Debí cruzarme con el diablo en más de una esquina aunque él no haya notado mi presencia. Olí muy cerca el perfume de los polvos blancos pero su maravilla se corrió de mi lado. Cada rockanroll bailó a mis pies y comprendí su profundo agujero negro. A su pulsión siempre la rodearon pociones mágicas pero empantanadas de condenas a las cuales nunca me atreví a acceder por pudor de internarme en las sombras y no lograr salir. Aunque las líneas y las rayas estén acechadas por el dolor, se dice que traspasando sus fronteras está la libertad. Pero para mí esta última cualidad nos pertenece de hecho y entonces el sabor de algunos dulces me despertaba amargura antes de siquiera conocerlos. Pero el coqueteo igual no me hizo bien nunca. Llega un punto en que los compañeros de ruta exigen de vos el riesgo pues no alcanzan la comprensión de que hay una libertad anterior a la aventura que es simple y se respira por naturaleza, Más bien en ellos reina el desconcierto y la pérdida de esplendor, entonces más que libertad, la prisa es escapar de la piel cuanto antes. Dos direcciones distintas que cada día encuentro más separadas, cada vez se cruzan menos.

¿Qué sucede cuando la caravana impera y el organismo apronta sus lenguas para dormir el paladar? El traspaso queda estampado en el cristal de esta manera: la prisión primero te descompone internamente, la soledad y el drama se instalan como una exquisita poesía que todo lo toma y entonces te pasma. El movimiento próximo es un “tango” en el compás siguiente una vez que el panorama exige continuar depositando los escalofríos estomacales sobre el frío externo. Entonces se interna el polvo lácteo y fino en tus propias narices, se adueña de la calavera y comienza a actuar el personaje, no tu libertad. Porque, insisto, lo primero que hiciste fue desconectarte de esa condición antes de comenzar a escribir tu psicodrama. La libertad resulta un extravío y el mar adentro chilla insoportable.

Nunca me tomó ese amor turbio y galopante, En algún lugar de mis entrañas escribo que nunca me golpeó esa suerte. Como ventaja, siempre necesité demasiado aire para sentirme a gusto y con comodidad. Ningún ambiente seco y apretado me supo bien. Siempre estuve al lado de Dios, a veces sin saberlo. Al saber del camino nativo no lo dudé, quise entrometerme en mi propia selva, correr el velo de lo matorrales y el sudor de mi frente. Siempre estuvo presente la inquietud de la existencia y el deseo de abrir el misterio.

Fue un momento antes del amanecer, el alba no llegaba jamás y temí no salir de la noche donde las verdades se escupían de mi boca sin permiso ni remedio. -“¿Hasta cuando?”, negocié. Pedí clemencia pero Dios solo desterró de mis huesos la culpa y el miedo. La noche me curó y el tiempo sanó el resto y volví a casa con la comprensión de que la hierba buena está viva y es pura medicina.

Me duele y estoy en paz. La bohemia hubiese extinguido este fuego. No me hubiese permitido seguir adelante, se hubiera quedado con mi lucidez y con el brillo en los ojos y tal vez también quemado el amor. Había acuerdos fuertes, pactos en el alma que luego se develarían con elocuencia. Me costó aceptarlos. Aún hoy persiste algo de resignación cuando el personaje avanza y el espíritu retrocede. El equilibrio a veces se debilita y me hace imbancable. Desearía ocuparme solo de mí pero el mundo se cuela por todos lados y otra vez asumo el reto de mi espíritu: eterno, viejo, cansado... Llegué por otros que no llegaron, volví a la tierra con la voz de muchos por la urgencia de cientos. Me esperaban. Estuve en silencio casi veinte años y luego comenzaron los reencuentros, los recuerdos, los rostros conocidos, las energías parecidas. Fue duro y doloroso el principio y el medio y el presente también lo es. Dar a luz a mi mismo, alentar otras luces. Sostener el aliento, ser profundo y ser cierto. Yo no quería venir otra vez y capaz que por eso me duele, pero me siento en paz. Aunque a veces quisiera desbarrancar el juicio, siento más agradecimientos que reparos hacia el cielo.

Reclamo entero mi lugar: la sangre, el estruendo, el fuego inmenso, la tierra en cadenas, el esfuerzo, el sagrado oficio, la impecabilidad, la tierra prometida, la cruz, la plegaria, el destierro y de vuelta nacer. La armadura, la mesa redonda, la lealtad, el secreto, la alquimia, el ritual, la magia, la espada llena de luz y el camino a mi estrella. El cóndor, el águila, la pipa sagrada, el círculo, mi hermano, la pradera, la montaña, la lluvia, el viento y la libertad.  Las visiones, el miedo, la duda, el desconcierto, el desasosiego, una luz, luego dos, los principios, una vía, la ideología, el impulso, el desafío, la aventura y de nuevo resucitar. Los cambios, los abrazos, el desconsuelo, más abrazos, el amparo, la compañía, la certeza, la verdad, el amor, un camino entero, la concepción y la tierra libre. Reclamo integro mi lugar. Nos duele, pero estamos en paz. 



Camilo Pérez Olivera

lunes, 31 de diciembre de 2012

El final de los tiempos: de la humanidad a la familia planetaria

Dan ganas de quebrar el silencio, de celebrar este momento, de festejar con todos, de estar en todas partes a la vez. Quiero asistir al centro de la galaxia y estar en cada sitio, ángulo y rincón donde se esté desplegando el despertar.

Es posible que un error de nuestra parte sea quedarnos sin palabras o acudir a las más bellas para describir este momento. De esa manera, los más descreídos nos tirarán con sus miradas llenas de escalofríos, apretarán sus labios y se mofarán de nosotros cuando al día lo traiga un amanecer previsible. Pues no hay naves nodrizas girando en el cielo que podamos ver tu y yo, por ahora.

Un solsticio que cumple su verano a tiempo y forma es lo más sincero que observo a primera vista. El aire de siempre, apretado. El aire con que no nos queremos volver a cargar. Insoportable por su naturaleza repetitiva, respiramos asistida y automáticamente. La falta de inspiración agobia al hombre. Pero allí, cuando todo se dibuja igual es que se comienza a mirar diferente. Porque nada es permanente y entonces surge la sospecha. Si nada es lo mismo, tengo la responsabilidad de lograr observar las cosas de otra forma.  Cuando me aliento a dar un vistazo otra vez y repaso la escena, estás vos y tu gesto duro que se desnuda y va quedando solitario y esta mirada buscando inspiración en el centro del parto cósmico. Y entonces sí, abro canal y siento la información penetrándome con cada partícula de luz solar.

Hay cientos de sonrisas a media asta. Bocas posando ironías y las voces que acompañan mis jornadas diciendo que el mundo aparece hoy tal como lo dejamos dormido ayer. Si tu voz continua oscureciendo amaneceres doy por seguro que serás invadido por más bocas y más voces. Todas ellas dirán lo mismo, todas ellas hablarán distinto. Hasta que aceptes la luz iridiscente, hasta que te transformes también. Pero hasta que no te entregues, las voces se van a colar por cualquier lado. Porque si hay algo cierto estos días, es que hay permiso para insistir en el amor.

El despertar cósmico es también simbólico, simula pasar inadvertido, simula perder su poder en manos humanas. Siempre entregamos nuestras fuerzas al jugar con niños, siempre ganan ellos. El universo se hace el dormido, se desborda sin luces ni saltos cuánticos ni grandes estrellatos. El universo -parece- se hace el distraído, mira para otro lado mientras desplegamos el amor, la soledad, sacamos el dolor, robamos lo que es nuestro, reclamamos lo que nos pertenece. El universo nos mira, niños, y nos deja ganar otra vez. La tierra como el universo es inmensa, son poderosos.

Hay voces que se fueron despiertas e ignoradas y habitan su lugar en el espacio y hablaron de estos momentos. Quiero evocar algunas en representación de todas. Ludovica Squirru me trae las de la otra orilla y yo sumo algunas de este costado del cordón de plata. Benjamín Solari Parravicini, Oscar Schultz Solari -“Xul Solar”-, Ezequiel Martínez Estrada, Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato, Humberto Pittamiglio, Francisco Piria,  José Artigas. Siempre faltan nombres en estas listas. Ilustrados, anónimos, en mármol o despintados. Sus visiones estaban adelantadas al horizonte que aún hoy se escribe distante.

El cielo no se abre para que nos invadan fuerzas sobrenaturales o del más allá y entonces todo el 2012 parece ser un fiasco. O tal vez haya ángeles, arcángeles y querubines sobrevolando y actuando en cada desmembramiento social, fuga económica y ataque al cuerpo pesado y obstruido del sistema y los estados. Hay enormes mantos de luz también en cada agresión que esta humanidad colapsada se hace a sí misma. La vida no vale lo mismo para todos nosotros y esa es la razón por la cual no respondemos de igual manera. La ética reventó hace décadas, se hizo humo. La violencia es una manera de dar orden a aquello que por sí mismo no está dispuesto a moverse. La agresión es un movimiento luminoso, tocado y promovido por el mismo amor que la caridad.

Lo único que me resulta en verdad inmoral son las actitudes que se muestran displicentes al cambio, resistentes al movimiento, que ríen con una mueca y muerden el susto con la otra mitad de su gesto. Eso sí me indigna. Jactarse de no pertenecer, de no involucrarse. Entre el 21 de diciembre y los días subsiguientes me habitaron dos sensaciones: una de celebración, de renovar el compromiso, de gratitud por haber llegado a este momento, de doblar el desafío y vivir en plena autenticidad y ser verdadero conmigo. La otra es haber percibido burlas, actitudes de sorna, como quien se vuelve a sentir invencible porque otra fecha más se esfuma en el calendario sin que el mundo se derrita finalmente.

Tomé ese día tan particular y los dos que prosiguieron con actitud de resumen, de pasar raya. Me asumí dentro de los últimos veintiséis mil años como si fuera una sola entidad y hubiese estado vivo en cuerpo y alma a cada instante del rodar de la tierra y sentí (y siento) claramente que para buena parte de la humanidad se acaba el mundo, el tiempo y la oportunidad. Insistir en detalles lo hace aburrido. Donde no hay respeto, honor y lealtad hacia la naturaleza, la nuestra, que no se pretenda seguir pisando tierra.

No son días para estar firmes, quizás lo mejor que podemos hacer es fluir, tener cadencia y cintura ante el devenir.

Convivieron el 21 de diciembre, el espíritu festivo de una cuenta larga que se agotó, la predilección humana hacia las fatalidades a gran escala que se le cargaron a los mayas y una creciente tensión social que no se aguanta más acá cerca, apenas cruzando un río o a un click de distancia en el océano virtual.

La humanidad está muriendo con la era pisciana: era de la discordia, de los opuestos que no se toleran, de las contradicciones que no se perdonan, de las teorías que intentaron sujetar al mundo y del método científico utilizando al hombre como rata de laboratorio. La era de la demagogia, de la astucia en la oratoria para perpetuarse siempre y no cambiar  jamás. La edad de la razón sobre la paz, el tiempo eterno del poder pisando la autoridad. Los siglos de las fronteras, la trampa de la división, la mentira de la soledad, la guerra transmutando la vida y ni un instante de tranquilidad. Las décadas de los excesos, el ataque constante a la integridad, la fragmentación de la salud. La brecha cultural: los hijos del rigor, las secuelas de la educación y la ignorancia.

La vida pende de un hilo y repasar la memoria de la era cristiana dista mucho de ser gratificante. En estos últimos siglos las dificultades se extremaron de manera exponencial. La inconsciencia fue el mayor rasgo que existió entre los hombres. El miedo y la oscuridad pretendieron cortar la certeza en la divinidad y quien fuera grande de corazón y humilde en sus pasos, no sobreviviría: esa fue la decisión. Pero empecinados, volvimos una vez y otra más. Dios murió encadenado al Vaticano o quemado en hogueras y quimeras de cualquier tiempo y civilización.

Estos tres días fueron de luz, entendimiento y compresión y no se acabó su espíritu cuando el reloj consumió los últimos segundos del veintiuno de diciembre. Al contrario, el canal está abierto, la información es constante y un estado de revisión profundo nos embarga, nos cansa y nos agota, pero no nos permite dormir.

El mayor entendimiento que surge espontáneamente es que la humanidad muere, que miles deciden enfrentar su hambre y su dolor y los que lo tienen todo también sufren de apetito porque no están dispuestos a ceder ni un metro de sus carencias llenas de opulencia, oro y soberbia. No hay intención de resignar  nada de lo que los vacíos existenciales han rellenado por años. No cabemos todos.

La humanidad parece morir en piscis. Los hombres boquean y no se rinden, sucumben de ojos abiertos a la orilla de la historia. Lejos de la demagogia de un lenguaje espiritual lánguido en muchos miembros de la luminosidad divina, la espiritualidad se cuela en hechos e instancias inesperados. Situaciones de tensión, presiones económicas, masivos conflictos: no darán tregua, no es tan sencillo. El deterioro del hombre es de una lógica previsible, clara, profunda, no amerita más vueltas.

Sin embargo este balance precisa saber cuál es el futuro rumbo. La pregunta es qué viene después de una historia breve y humana. Qué nuevas ideas, provocativas y arrogantes, se atreven a fundar otros conceptos que intervengan la línea de lo conocido, que le devuelvan el sentido y la vida, que le den aire a esta historia. El desenlace solo me animo a expresarlo intuitivamente, conectado a mi instinto, tomando de la naturaleza salvaje y su sabiduría - la mía- el real criterio de lo que precisamos.

El holismo es la fuente que hoy nos nutre, la inversión de nuestro trabajo al tiempo presente y la apuesta a futuro, por más que hoy se intelectualice y se discuta. Todas nuestras acciones individuales se torcerán a los ritmos solares y lunares y las asociaciones que prosigan a estas, establecerán nuevos acuerdos, naturales, adecuándolos a una feria bioeconómica.

La conciencia necesita espacio para provocar milagros y precisa lugar para expandirse y lo mejor que nos podemos prometer en este momento es hacer el pasaje que nos convierta en familia planetaria y eso es lo nuevo.

Ser familia planetaria significa recuperar el eslabón que nos liga a la naturaleza.
Ser ingenuos de nuevo en nuestros ojos y en nuestras manos para que podamos caminar hacia cualquier ser vivo que nos rodee sin observarlo con indiferencia, como algo exótico o medir qué tan rápido podemos domesticar su actitud a nuestro interés. Volver a andar descalzos, a escuchar el fuego, a entender al viento y sentir nuestra pequeña autoridad ante espíritus como el del agua. No es tan fácil perder la alergia y la picazón ante el pueblo verde, el aire, las nubes, quienes nadan, quienes se arrastran y todos los demás seres vivos. Estamos parados en un lugar de escaso poder y de deterioro individual. Nos sentimos amenazados porque todo alrededor es uno y nos hemos quedado solos intentando gobernarlo todo y en el fuero íntimo nos sabemos entre gigantes.

Si recuperamos ese lugar exacto, esa vuelta precisa que se acomoda en los cuerpos sutiles, ese instante de distinción y claridad, entonces tendremos permitido el acceso a la memoria. Nos reuniremos con el resto de la familia, habitaremos la tierra en conciencia y seremos otra vez custodios de su equilibrio y armonía, que será también nuestro estado. Así parece dibujarse un período antiguo y renacido que asoma cercano. Esa lucidez y sabiduría es la que embate el pulsar del sol central, el sonido y el verbo del cual nacimos. Hacia esa dirección está girando su comportamiento toda la familia aquí en la tierra y el dos mil trece es una de las últimas posibilidades de ponerlo en acción.



Camilo Pérez Olivera

sábado, 1 de diciembre de 2012

Hacia el silencio

Así empezó este asunto:

Cuando las culturas nativas y en especial -la “vedette”-  la civilización maya, sus profecías y las penosas interpretaciones ingresaron en nuestra intimidad, sentí ganas de alejarme. ¿De qué? De la espiritualidad que se estaba haciendo pública, de la espiritualidad que cobrara notoriedad. Lo sagrado en manos de todos en algún punto, molesta. Nace esa sensación -siempre elitista- que algo importante para muchos, tratado masivamente, da como resultado una descomposición del valor inicial. El resorte de aquella sensación de manoseo derivó en muchas ganas de prestar mis notas para comentar los sucesos del diario vivir y también profundizar en esto que llamamos espiritualidad.

Érase una vez el 21 de diciembre una fecha relevante. Luego se fue contaminando por voces que la salpicaron de ignorancia e inconciencia. El descalabro espiritual nos hartó y solo fuimos capaces de reconvertir la búsqueda hasta quedarnos claro que: nada sucedería fuera que no aconteciera primero adentro. Para cuando esa consigna se escribió delante de nosotros ya estábamos inmersos en formidables transformaciones, mi mundo breve y pequeño y todas sus zonas de adyacencias. A ojo humano: importantes decisiones, fuertes cambios e intensidad de dolores hasta ir desenmascarándonos. La pintura de cada careta se gastó y se diluyó en medio de tanta agua y tanta sal. Así fue este 2012, un verdadero eje de cambios que nada tiene de definitivo.

La banalidad estuvo a la orden del día y el fin del mundo en boca de muchos. Quizás por una necesidad imperiosa de que las cosas por fin se quiebren. El sondeo de sentimientos indica que la mayoría de las personas están realmente cansadas de sostener algunos de los lugares de sus vidas: parejas, estándares económicos y status sociales que cada vez exigen más y satisfacen menos; un trabajo, lazos de familia, hipocresías variadas y para todos los gustos. A todos algún aspecto de los cientos que componemos nos produce alergia.

Este año el gran logro fue soltar mi cuerpo y dejar hasta el momento una estela de más de sesenta notas aceleradas y apuradas, urgentes todas. Intenté abordar sensibilidades, llegar a un gran número de personas, universalizar el mensaje, sumarme a una cantidad de gente que anda diciendo “cosas” por ahí. El balance da positivo siempre porque abrir el corazón y compartir la sabiduría que habita en él es una experiencia integradora. El corazón siempre necesita de la medicina del círculo al saberse interdependiente del resto del organismo que él también compone. Es una tarea de sanación con uno mismo y si sana uno sanamos todos. Ha sido este un tiempo revelador, desnudé cada emoción que encontré dentro de mí y fue devuelta con creces. Para puntualizar más aún, lo que fue develada es mi esencia gracias al resonar de las palabras en quienes las leyeron. Pero este camino recién está comenzando.

Algunas semanas atrás comencé a conectar otra vez con la importancia espiritual del 21 de diciembre como eje de los días venideros y decidí dejar de decir. Es probable que ese día no ocurra nada, a mi me surge estar en su movimiento y dejarme mecer por su energía, ser cuidadoso y atender circunstancias personales. Siento que es momento de mirar para adentro, ser precavido y hacer silencio.

 Sin aditivos ni poesía:

No vas a encontrar nada en un blog ni en espacio alguno. Nada va a cambiar luego de mirar decenas de videos en Youtube ni de internarte durante grandes lapsos de tiempo en las largas hileras de una librería, pendiente del último gran salto literario que aborde a la espiritualidad. No hay automáticos por más retiros de carácter introspectivo de fin de semana que planifiquemos. En mi experiencia, ¡llegué a esta manera de ver la vida con una perspectiva contaminada de tanto intelecto! Es una manera de comenzar a andar, en algún momento todo lo descrito más arriba no nos arregla más.

Es absolutamente válido, me parece, recurrir a una guía amorosa, a quien sientas que podés acudir porque su dirección muestra esperanza. De manera transitoria se puede cotejar el camino de otro, hasta estar lo suficientemente fuerte en tu corazón como para salir a buscar las respuestas internas que –paradójicamente- se expresan afuera. Seguí varios líderes y guías espirituales hasta que todo se me hizo insuficiente, porque en el fondo, lo que precisaba era encontrar el recorrido exacto que planteó mi espíritu y que acordé caminar en esta vida.

Mi vida y tu vida son insustituibles y no hay otra vida en la que yo vaya a ser Camilo. Por eso agradezco este tiempo en que necesité fortalecer mi propio corazón compartiendo todo lo que tuve ganas de escribir, animándome a expresar mi punto de vista.

Gracias por la compañía a lo largo de este tramo, será este que sigue un tiempo fuera de la palabra y adentro del silencio.




Por todas mis relaciones.
Camilo Pérez Olivera

lunes, 26 de noviembre de 2012

Nosotros: la alternativa al camino en soledad


Vuelvo a insistir sobre nosotros. Esta vez, como las demás, busco rodearnos de palabras. Quiero que nos quedemos mezclados, entreverados a los tapices del alma. Cada minuto de este camino está impreso en aquella lámina de recursos ilimitados para mantenernos juntos. Nuestro “nosotros” está mentado por toda la paleta que el amor conoce. Aquí, quiero dejar por sentado cómo llegamos a dejar de imaginar nuestras vidas por separadas o lo que resulta parecido, cómo hicimos para concluirnos juntos y sentenciarnos para siempre en verdadera felicidad.

Sucede que conocemos sobre el arte de encontrarnos y también sabemos de la inexistencia de las casualidades. Vos - tal vez- eras parecida a mi madre, yo –quizás- era similar a tu padre. Por eso nos fijamos, por eso nos miramos. Puedo contar que te conocí resuelta, decidida, proactiva e hiperactiva también. Amable, servicial,  sobreprotectora y desfachatada. Puedo dejar por escrito que me conociste bohemio, inmaduro, inseguro, florido y galán. Con mucha facilidad para que las demás hicieran las cosas por mí. Quizás por eso nos elegimos. Ambos necesitábamos despertar en el otro todo lo que no habíamos visto aún.  

El amor fue distinto en esta historia. Tempranamente perdimos la posibilidad de enamorarnos y estar cerca. Vos acá, en tu Montevideo, pronta a partir, yo allá, en mi Buenos Aires, montevideano y fingiéndome porteño. Las cartas, los correos, las llamadas y el contestador llevándose la alegría, dejándome solo en tu cumpleaños.

Después de varias caídas, grandes inconvenientes y una fresca manera de disfrutar el tiempo juntos, nos dimos cuenta que habíamos abierto la puerta personal de par en par. Nos conocimos la mirada, el gesto, el perfil conciente e inconciente del otro, adaptamos un guión de cortesías para lograr que el otro –vos o yo- permanezca a nuestro lado. También escondimos los lugares más siniestros temiendo perder el amor o tal vez dejar de merecerlo. Hasta que, finalmente, ocultar algo de lo que somos se hacía imposible. Nos lastimamos, nos perdonamos y nos amamos aún mejor. Nos dimos cuenta el trabajo que da caminar de a dos.

Dimos vuelta los ojos y habían pasado años desde la primera vez. El corazón mío y tu corazón estaban distintos y sorprendidos, les había tocado el amor después de varios desaciertos perfectos y dispuestos para crecer. Vi tu herida en cada llanto, sentí tu dolor apretando mi mano con toda la fuerza de tus entrañas cuando lo que te hizo sufrir te descarnaba. Así fue conmigo también. Miraste mis dientes apretados, muriéndose de angustia, me diste el abrazo, la caricia más abierta disponible y el espacio preciso para llorar rendido en la tierra. Así llegamos profundamente a conocer en esencia quiénes somos. Me embarqué en una expedición hasta el fondo de tu dolor y tu amor, traspasaste mis huesos hasta robarme la melancolía y enseñarme mi sonrisa que apresuraba a guardar bajo los labios y mi ceño fruncido.

El amor se construye, no viene prefabricado. El amor se hila, es un telar inagotable, entrañable. Cuando se ama en conciencia es altamente probable que prefieras no abandonar jamás esa travesía, porque te sabés uno siendo dos. Cuando depositás tu vida al corazón a tu lado solo quedan ganas de compartir el resto del camino con la alegría como indispensable porque todo lo demás ya lo conocés.

Saltar de corazón en corazón como saltar de boca en boca tiene su precio. No entregarse nunca, habitar un miedo parecido al desconsuelo, soltar el compromiso y tomar la mano siempre gris y melancólica de la soledad. No terminar por abastecerse jamás. Fundirse en el otro lo encuentro un viaje perfecto: un suelo de espinas y besos con hecatombes y estaciones de paz.

El amor así, largo y construido, sabe a inquebrantable y eso es lo que quiero decir. Siempre está la opción de caminar solito, sin embargo el tamaño del amor ampara hasta a los desahuciados. Cualquier posibilidad de abandonar el amor -sugiero- se sopese con una mano en el corazón y la otra en el centro del pecho, es una manera antigua de consultar con el alma no por dónde seguir, sino nuestra sabiduría, ahí están las respuestas.





Camilo Pérez Olivera
En amor y luz siempre.