jueves, 22 de septiembre de 2016

Una necesidad

Esta nota es para los que han quedado fuera del juego y para los que estando adentro, les resulta cada vez más difícil servir a sueños ajenos. Puede no ser exclusivamente para ustedes, pero a priori siento que el movimiento les pertenece. Se los ofrezco porque esa parte mía es la que está comunicándose. Les habla mi porción agotada, mi costado desolado. 

Este artículo también es para los que tienen un sueño latente, y no por desmedro o por descalificar al mundo tal cual es, sino porque de verdad sientan la fuerza en el corazón de construir algo más parecido a lo que llevan en su ser aunque no tengan ni idea qué es. Por las simpleza de hacer espacios de encuentro, de dones, de talentos, de servicio. Finalmente por hacer la experiencia, tan solo por eso. También mi parte soñadora y vital les habla.

Desde hace cuatro años, sostengo este blog preguntándome quién está del otro lado, ¿quién sos? ¿Qué vidas llevan ustedes? ¿Qué les ocurre al leer un trabajo de este espacio? ¿Algo de lo que les compartí ha sido útil de alguna manera? ¿Qué agregarían, de qué les gustaría hablar? En un punto tengo la sensación de que mi forma de comunicar ha sido totalmente ineficaz. Creo que se debe a la falta de feedback.

Las semillas que llevo dentro, me indican cabalmente que mi tarea esencialmente en este mundo es y será la comunicación, pero con un reverso... Parece que a la vez es también una dificultad y un desafío.

Yo no estoy de acuerdo con que las personas no leen, no escuchen, no vean. Creo que lo que ha pasado es que al tener la información disponible en cualquier soporte y momento, hemos recuperado cierta dignidad y elegimos. Elegimos todo el tiempo. De hecho yo soy un gran buscador, obsesivo a veces... Y las cosas que me interesan, tienen miles y también millones de vistas y reproducciones.

Lo primero que tengo ganas de hacer, muchos deseos de llevarlo a cabo... Es una plataforma on line, una radio de acuerdo a lo que estamos acostumbrados como formato. Quisiera que esa radio tuviera un espacio físico concreto y un soporte técnico permanente para ofrecer calidad junto al servicio. Quisiera que también se contara con un lugar amplio para brindar conferencias y transmitirlas en vivo, así como recitales, conciertos y demás alternativas sensitivas.

Quisiera también una sala de videoconferencia para abordar distintas temáticas y ampliar espectros que de pronto no fuera posible hacerlo de otro modo y que la responsabilidad de lo que se vaya haciendo girara.

Quisiera hacer una revista digital con muchos colaboradores, testimonios, anécdotas, videos, enlaces a otras páginas y propuestas y la oportunidad que diariamente haya varios streamings disponibles. Quisiera que las personas que se encuentran atravesando situaciones difíciles, pudieran sentirse acompañadas de un momento a otro por alguien responsable o porque hay un charla en vivo donde se les de la posibilidad de participar incluso. 

Quisiera que ese espacio físico de radio o difusión cultural, tuviera su réplica en otros países y ciudades de acuerdo a las necesidades de la comunidad. 

Por último, quisiera también fundar una editorial para que la autoridad vuelva a estar del lado de la creatividad y no de las leyes del consumo.

Sobre todo, quiero saber que mi sueño no duerme solamente en mi. Que hay otros corazones y almas a las que esto nos vibra y venimos a despertar este sueño. A levantarlo!

Confiando en el proceso del blog, voy a dejarles el correo electrónico: el elretornoalamor@gmail.com para que si alguien resuena con esto, escriba. Alimenten la propuesta, profundicemos en lo que cada uno esté necesitando y veamos hacia dónde nos mueve esta historia. Incluso si no conduciera a ningún lado, siempre será un paso más hacia adentro, que es todo lo que importa. Me pueden escribir si piensan que estoy totalmente loco. También!

Finalmente les dejo el enlace a una página aún en desarrollo donde pretendo concentrar mi trabajo y propuestas.

https://camiloperezblog.wordpress

Agradezco mucho esta oportunidad! Quiero saber qué se siente viviendo de una manera más amorosa.


El Camino Espiritual

"Salí a caminar y el camino me abrigó los pies..."
La Vela Puerca

Hace siete años tomaba una de las decisiones más importantes de mi vida: elegí un camino espiritual. Lo que no sabía es que esa búsqueda desesperada por reunirme con lo sagrado en mí, con mi lugar en el círculo de la creación y la vida, me dejaría desplumado.

He comprendido por qué las personas en su gran mayoría no quieren ni mirar hacia sus dolores... Porque después de cierto tiempo, no hay regreso. Y eso significa abrir una compuerta enterrada en los niveles más profundos de su universo inconsciente. Esa información debidamente archivada bajo cuatro llaves, es la que toma las decisiones por nosotros y bajo su atmósfera hace que nos preguntemos por qué nos pasa lo que nos pasa.
Podría decir que un camino espiritual se basa en cuatro etapas: la primera es un gran acto de fe movido por alguna fuerza difícil de explicar, un decir: "allí voy a encontrar algo". Es un movimiento del alma, no hay ejercicio de razonamiento posible.

Lo segundo es amoldarme a una creencia, sus pautas y maneras de conectar a lo sagrado. Allí empiezo con mi confrontación: en lo que creo es una cosa y lo que ese camino trae en su legado a veces se parece a las formas de mi corazón y otras no tanto. Acá es cuando muchos cambian de rumbo o sienten que ese camino ya no es tan para ellos. Quedarse en ese sendero o no, no es lo importante. El enfoque necesario sería: sigo probando qué camino se parece más a la memoria de mi alma. El cuidado en esta etapa es no correr de un camino a otro cuando las cosas dejan de resultarme cómodas o agradables.

El tercer período es el de la experiencia concreta. Si ese camino lleva a que la persona toque, roce o conecte con lo espiritual, aunque sea con intermitencias, entonces ya no habrá paso atrás. Porque el que tuvo la experiencia con el mundo del otro lado, no cree, ¡sabe!

Y en última instancia, una etapa tan difícil como las anteriores, es saber que sé o reconocerme: la responsabilidad.

Cuando la Memoria Espiritual se abre ante la mirada de alguien, entonces ese alguien deberá hacerse cargo de que en la forma en que el mensaje llegó, se parece en mucho a lo que su corazón guarda y tiene para dar. El desafío de este nivel es ir puliendo la realidad, soltando lo conveniente y cómodo para ir tomando la fuerza y necesidad de lo que el corazón demanda hacer.

En esta última etapa, incluso deja de ser importante qué camino es el propio, porque hay un darse cuenta que la sabiduría son corrientes de agua que fluyen de la misma fuente y que lo que le toque hacer a cada uno no es para ofrecerlo exclusivamente a los de la comunidad propia sino a la humanidad toda. Porque, y es indispensable saberlo, cada paso que diste fue porque estuviste conectado y asociado siempre a las formas del dolor y del amor. Y esa memoria la componemos todos, la alimentamos todos. Somos todos.

El motivo o estímulo por el que decidí comenzar a hacer un camino espiritual es muy simple: hervía en mí una inquietud sin apelativos e indisoluble. Intenté acallarla, sí. Intenté ignorarla también. Intenté ofrecerle a esa sensación otros planes sustitutos como compromiso político, social, etcétera... ¡por supuesto!

Pero nada me colmaba. Necesitaba recordar vivamente que fraccionar la realidad sólo altera una verdad subyacente a todas nuestras estrategias. Que tomar como buena una parte del todo y en sintonía con eso, como mala otra parte de la historia sólo asegura tener que vivir el extremo o costado opuesto para reconocerlo y saber de qué dolores viene levantándose, o aún más, de qué dolores no se puede levantar todavía. Este mito de los enemigos, sus distintas fantasías y recortes, sólo ocultan la verdad esencial: la unidad de la experiencia (los dolores que atravesamos) y nuestro destino común (disolvernos finalmente en el amor).



Camilo Pérez

viernes, 29 de abril de 2016

La consciencia del milagro

Pasé el verano con gente a la que quise y amé. Elegí ese espacio, aún con las dificultades que todos tenemos para entregarnos al vínculo y compartirnos. Entre un calor agobiante y aguas que aplacaban el sopor, me daba cuenta que otras sensaciones se estaban moviendo en mi.

Nunca vi una tormenta que nivele su despliegue ni al sol controlando su potencia. Y como hijo del Cielo que soy, por momento me pongo intenso, cristalino, también puedo reconocerme muy oscuro y desmedido. Un cóctel explosivo que me ha llevado a perder cuidado sobre mi.

Lento pero con certeza, me dispuse a librar varias batallas durante la temporada estival pero algunos sueños no terminaban de ajustarse a un lugar amoroso y sobre todo, a un lugar despierto. Así que para finales de febrero y principios de marzo, aquella energía de calor e ímpetu y tan celestial, vi cómo se retiraba y yo con ella... Empecé a abandonar ciertos sitios. A "deselegirlos".

Una determinación comencé a escuchar desde algún lugar recóndito, apenas audible, casi imperceptible: me elijo en la Tierra. Cuando di ese paso, todo cambió. Desmonté varias de mis estrategias personales, algunas emboscadas del ego y otras artimañas propias de las cuales no era consciente. A la luz de ello, aborté y abandoné unos cuantos esfuerzos. Y lo más importante, en mi Cielo comencé a sentirme Tierra.

Una hermana, me señaló la consciencia del milagro como una luz que todo lo sostiene desde allá... Al fondo de los caminos. Y me pregunté cómo se podría hacer para flotar en eso con el corazón y pisar firme en esta realidad... Ya no sé quién de los dos trajo la respuesta: correrse de lugar. Porque el milagro es inclinarse hacia el "no" con respecto a lo que nos gusta pero nos cae mal y a tomar los "si" que la consciencia nos señala. Aunque implique esto renunciar a ciertos estados adrenalínicos entre otros síntomas por espacios de equilibrio donde el ego se acerca al alma.

Cuando lo puse a prueba a ver qué tal me iba, muchas ilusiones se cayeron, varios miedos se desmantelaron y una realidad más armoniosa se abrió paso.

Está muy bien tener planes y es muy sano prestar atención a quién está al frente de la estrategia: si somos nosotros, algo está distorsionado. Si es la vida que nos lleva, se siente muy distinto. Por lo menos liviano. 

Para cada plan no hay más energía que la necesaria y disponible ni más tiempo que el adecuado. Si algo desgasta mi vitalidad o me demanda un ritmo impropio al pulso que me habita, entonces de nuevo me estoy desencontrando.

Correrme de lugar es para mi ir con la vida, ni antes ni después que ella. Trabajando en una de las notas pasadas, esbocé una oración que quedó recortada y a mitad de camino con respecto al relato que estaba construyendo, y siento que ahora sí tiene lugar en esta melodía: le declaro mi amor a la vida.

Para el ego, adaptarse a correrse de lugar es casi un suicidio y el ego, justamente el ego no está dispuesto a tales actos...

Aclaración: una persona no se quita la vida cuando se da cuenta que empieza a fluir y a emanar de sí misma exactamente aquello para lo que vino al mundo. Eso es reconocerse. Eso es despertar.

Correrse de lugar es para mi que la obra sea la protagonista, no quien la ejecuta. La vida es el centro y somos vida si conectamos con lo que nos rodea desde el ombligo: desde la seguridad del cable a tierra y la confianza en la inspiración del espíritu. Y digo el ombligo porque es nuestro centro corpóreo, el equilibrio de las polaridades y el eje del péndulo.

Sé que lo que vine a aportar a este mundo es devolver la mirada al cielo, sea que se ponga la visión en las alturas —después hay que poner la mirada horizontal, sino resultará muy doloroso— o se la lleve al interior del corazón, donde es mucho más prudente tomar relación con la divinidad. Como sea, estamos hechos de tierra y somos también un puñado de aliento del río celestial.

Está claro que falta mucho, pero es evidente que un plan mayor está en marcha por dos motivos: nuestras intenciones de control están desbordadas y se nos fueron de las manos, y tanta angustia y frustración sólo pueden traer otras melodías. No hay que intervenir en nada sino en nosotros mismos. Si no me trae paz, no lo elijo. 

La consciencia del milagro me enseña un movimiento y este, siempre se sostiene en un buen orden compasivo y en amor hacia mi. Ya ni discuto con respecto a quién debe ser la prioridad en la existencia: uno mismo. Para los preocupados porque esto sea una mirada egocéntrica, tengan en cuenta que los efectos colaterales siempre serán amorosos y respetuosos con los demás. Ahí está la solución: la responsabilidad individual por establecer gratitud en el corazón. Eso es consciencia. Eso es milagro. Ahí el Cielo es canto y la Tierra es fértil.




Camilo Pérez



sábado, 26 de marzo de 2016

¡Cuidado con la luz!

Aprendí a caminar solo, con confianza y seguridad. Sé andar la calle, sé relacionarme con los personajes marginales de la ciudad. Y de pronto soy uno de ellos... A un costado, apenas después de lo que está bien y lo que está mal, los milagros, las complicidades cargadas de inocencia y el lugar para la aventura, son reales. Los milagros de la vida —los chicos y los grandes— ocurren cuando se les da espacio para que aparezcan. Y si mi ambición fuera cierta, es todo lo que intento hacer de mi vida: ser conmovido.

Hay un sensor que jamás incidí para que exista en mi naturaleza, algunos le llaman sexto sentido y de otros modos. Para mi es estar en contacto con el aspecto sutil de la vida, con la belleza. Algo divino nos sostiene: a todos, a cada momento y a cada instante. Y sé cuál es la contraseña para entrar en esa dimensión: hay que mirar la realidad sin tomarla en serio. Hay que involucrarse en las formas que la realidad propone sin creer que eso que pasa es lo que está ocurriendo. Eso que tantas escuelas esotéricas y corrientes de culto espiritual han llamado desde hace milenios “la ilusión de la materia”. Soltar la imagen de lo que duele y pedir la alternativa, orar por ver distinto.

Alguien muy solemne puede sentir o pensar que esto es un acto de irresponsabilidad e incluso una inmadurez. Yo digo que si me encargo de alimentar el mismo síntoma —el estado neurótico—, engordo la patología y se engrosa la enfermedad, se hace crónico, ¡se hace época! Para mi esta es la clave entre la naturaleza de la normalidad y el origen del milagro.

Sé conducirme bajo los parámetros de la sociedad. Me ajusto, puedo hacerlo. Y también sé que puedo entrar y salir entre las dimensiones que la vida propone. Le llamo a esto: la realidad y lo real.

Estoy cada vez más curado de sentirme especial o diferente. Estoy cada vez más decidido a utilizar ese espectro de tanta levedad que es indispensable para que la normalidad se rompa y dé paso a un orden de maravillas, intensidad y compasión. ¡Y me apasiona!

La mayoría de las personas viven como si la realidad fuera un error. De pronto revivirían parte de sus ausencias, arreglarían algunas de sus memorias o viajarían hacia el pasado a corregir lo que fue. Otras personas se pierden en las anécdotas de cómo es, fraguando su energía en la fantasía de cambiar el mundo, a los demás, su carácter, hábitos y comportamientos. Y muchísimos más —casi todos— se rifan el presente por un futuro que promete ser siempre más triunfal de lo que el instante es. Y lo único acumulativo así es mucha frustración, más miedo y un goteo cada vez más insoportable de dolor. Ahí no hay gloria.

Padecí y padezco varias de esas dificultades, y me provocan mucha angustia. Tal vez por eso escoja el milagro. Y capaz que elegir el milagro es lo que me ha decidido a renunciar a cambiar algo, incluso a mí mismo. Esa renuncia es el fundamento de todo lo demás. Es la piedra angular del resto del hogar.

Me gusta cuando siento que se viene un instante mágico, y me arriesgo y me atrevo a vivirlo. Se nota en el aire cuando se va armando la atmósfera. Para mí  la clave es esta: ¿y si las cosas que pienso no fueran como las pienso, y si fueran de otro modo a cómo mi interpretación las decodifica? Tal vez me estimule más el proceso transformador que lo cristalizado…

Aprendí  a caminar solitariamente y puede que eche de menos esto en algún otro momento… De lo que es imposible librarme es de un espacio íntimo que he fomentado. Estoy aprendiendo la muy fina sensación de lo que sí y lo que no. Estoy aprendiendo a sentir levedad en la fortaleza y fuerza en la fragilidad. Paladeo con cierta fascinación el poder del miedo y me aterroriza —eso sí— la magnitud del amor cuando se acerca.

No puedo ni describir el pánico que viene ante la posibilidad de que el amor lo queme y lo incendie todo. Lo digo incluso a modo de advertencia y como al jugar a las escondidas, "por todos los compas": ¡cuidado con la luz!

Sé que se puede volver de la oscuridad: hice un surco por donde regresar, que abre los laberintos donde pulula la muerte, los aspectos condenatorios que cada uno y todos rechazamos y desechamos… Conozco el camino que va de la noche oscura del alma hasta el umbral y el pórtico por donde el sol vuelve a entrar. Sé de la primera herida, esa indispensable para unir alma y corazón, conciencia y pulso; en ese orden. Pues bien, de todos esos viajes se vuelve. Pero de la luz no. Y este —de pronto— es el punto.

Aún hoy participo y colaboro en algunos círculos de sanación y me doy cuenta de las variaciones de las personas. Se hacen grandes esfuerzos por pertenecer, por tener lugar y aceptación en la tribu. Incluso de esas ganas muy válidas  y no reconocidas, por cierto, de decirse a sí  mismo “ya está, llegué”. Cuando una persona o alma todavía está perezosa o somnolienta, se nota en la mirada. Es muy obvio y evidente. Y por esa hendija que carece de voluntad, orden y disciplina, ingresa la próxima aventura de dolor…  Al mismo tiempo, existe un pequeño y diminuto brillo que corresponde a sus búsquedas inconclusas, a sus pasiones en movimiento. Esa tensión pequeña entre un bienestar que no conforma y una resistencia y deseo de ir por más. Me incluyo en todo esto, conozco la micro expresión de mis ojos centelleando, bailando entre lo divino y lo durmiente. ¡Es un juego maravilloso!

La luz es otra cosa… La luz no es comodidad. La luz no es mañana. La luz quema cuando es de verdad. La luz desnuda e incendia, a tal punto que a veces pareciera que se está en contacto con lo más siniestro de sí mismo y del mundo. A tal punto que la misma luz pareciera nefasta. Y así es, cuando la luz está avisando que se enciende, ¡viene por todo! Se activa un registro casi insoportable e indomable de memoria real en el cuerpo a la que llamo memoria doliente, antigua, de la que quedó en el final más oscuro del pozo más olvidado. Y allá, en lo inabarcable, de fondo, está la memoria divina. Ese recuerdo de una fuente primordial, una nube inmensa, blancuzca y transparente que todo lo sostiene y lo contiene, hasta lo más fiero e inverosímil.

El resguardo de que no hay vuelta atrás es recordar la insatisfacción que deviene de buscar afuera y no ser complacidos. El seguro ante lo que viene es saber a modo teórico —como mínimo— que lo que la vida tendió y tejió en cada uno, se encargará de armonizarlo con el camino mismo. Vamos a poder sólo con aquello que fue nuestro. De ese material está hecho lo que es.

Alguien alguna vez me dijo en tono suspicaz y por las características de mi movimiento, por —tal vez— no quedarme quieto más que en mi corazón: “Ay, Cami… Al final te vas de todos lados, cuándo te vas a entregar·” Reconozco que el comentario me incomodó, entre mi sentir y su sensación habían disonancias en las que investigué por cuenta propia.

Me voy rindiendo ante mi propio resplandor, ante su memoria y sabiduría, ante lo que pulsa y adónde me lleva. No hay fuera de mi nada ni nadie a quién sumirme más importante que al soplo del espíritu. Reconociéndome, reconozco. Honrándome, honro. En humildad, puedo ver. En serenidad, me empodero. Moviéndome, respeto otras elecciones. Aquietándome, me engrandecen otras pasiones. Descubriendo mis dones, celebro los hallazgos de los demás que como yo, se están reconociendo.

El signo de mi vida es la luz. Inevitablemente. Una luz impiadosa con mi holgazanería, implacable con mis atajos. Que fue cielo, se consolidó como lo alado y luminoso, y es cable a tierra. Mi luz, y así lo vivo, está hecha de gestos mínimos, pasos silenciosos, necesidad de aire y mucho fuego. Mi luz se ha vuelto de aguas agitadas e intensas, de emociones calurosas como remolinos. Y así me tomo. Me lleva.

Quizás un día me descubra menos marginal y me dé cuenta de que el portal era yo mismo. Tal vez y sin tal vez, esté pronto a asumir que el milagro soy yo. Quizás esté cerca de ser Camilo no sólo para mí, sino para el mundo.


Camilo Pérez

jueves, 25 de febrero de 2016

Costumbre


"La libertad asusta cuando se ha perdido la costumbre de utilizarla". Robert Schuman

Cuando algo no da para más, se nota. Se nos nota. Y lo que está por romperse, no se parte en porciones iguales: para alguien hay algo que se le escapa y para otro, hay algo de lo que se libera, un lastre que está soltando.

Ejercito una pregunta hacia mi mismo mes a mes a modo de rutina y esa disciplina a hecho posible la continuidad de este espacio. Este hilo constructivo me lleva hacia casa y da provecho a la comunidad toda. Así trabajo.

Durante varios días contuve una sensación que pronto pude identificar y nombrar: habían ciertas circunstancias que me molestaban y me di cuenta que estaba acostumbrado a convivir con ellas. Sobre eso indagué: la costumbre.

La situación terminó de ordenarse cuando pude calificar a la otra sensación que merodeaba en mi: la necesidad de rebelarme. Si hay costumbre, también hay rebelión.

La costumbre son hábitos que respaldan una imagen individual y/o colectiva. Tienen el valor de lo que una sociedad acuerda como aceptado para la continuidad de un carácter o idiosincrasia, y de esa forma, para su propia funcionalidad dentro del sistema todo. Ocurre lo mismo con los espacios individuales, personales.

Cuando hay un valor en mi vida que comienza a agrandarse hasta tomar todo el frente y panorama de mi horizonte, sospecho. Me refiero a mi horizonte emocional y también mental. No puedo seguir adelante. Son muchos años, caminos, vivencias e intensidades. Necesito atenderlo. Preciso resolverlo aún antes de que me paralice. ¿Qué ha sido de mi en relación con eso?

La dificultad de la costumbre es que el valor que tiene —cualquier sea— es abstracto, funciona en lo invisible y condiciona sutilmente. Es una frecuencia que cuesta captar porque se cristalizó en la visión.

Querido lector: en unos días este blog comienza a celebrar cuatro años y siento que es tempo de síntesis; he crecido y madurado junto a este espacio y reconozco algunas cosas.

Me reconozco como navegador: le perdí el miedo a las emociones y sus aguas, sean fuertes o moderadas. Sé nombrar las corrientes subterráneas, sus cruces, encuentros y desencuentros, y cómo alteran el producto final en la superficie.

Me reconozco como agente de transformación: ya no voy a la tormenta, seducido por ella. Soy la tormenta. ¡Y qué alivio darme cuenta! Me costó muchos años aceptar y tomar mi naturaleza.

La mayoría de las personas ante un temporal intentan ponerse a salvo y guarecerse, no es mi caso. A mi siempre me resultó fascinante y deslumbrante ese paisaje de destellos y sonidos que alumbran la oscuridad. Ahora sé la calma que habita en el centro de la tempestad porque llegué a ese silencio.

Me reconozco solitario: hace algunos años un astrólogo me dijo que mi camino era muy individual. Lo entendí parcialmente. Ahora sé que es muy difícil mantenerse al lado de alguien que se encuentra en permanente metamorfosis o que su energía y vivacidad parece un torbellino. Quienes descubran la calma y serenidad que hay en el centro de un tornado, sabrán que pueden quedarse. Ver el festival desde ahí, es un placer. También sabrán que acercarse los transforma.

El contenido de mi alma se hizo visible para mi a raíz de muchas experiencias de soledad y como somos una sola alma, se me hace comprensible la historia y el dolor humano.

La costumbre ahoga al corazón, lo inunda y hasta lo pudre, según... Un corazón latiendo al servicio de un alma antigua, con su calor hace hervir las aguas que lo desbordan hasta desobstruirlo. En esos calores, mezcla de vapor e incertidumbre, se está cocinando la humanidad.

La humanidad puede ser historia reciente y joven, sin embargo, guarda en su registro profundo, los archivos de civilizaciones mucho más antiguas que le dieron luz a su existir. La humanidad, tiene en su ceno almas aún muy verdes, toscas quizás... Pero cuenta en su naturaleza, con almas de incalculable sabiduría. No sé de qué depende o a qué responde. Es así.

Siento un tiempo de esperanza y regocijo venir. Y se me hace lágrima en la mirada y sonrisa tenue en la boca. Agradezco desde lo hondo la costumbre de este tiempo de hablar de amor que han tendido tantos maestros que hoy se han vuelto hermanos. Agradezco poder hablar del dolor con amor. Y agradezco ser parte de ese horizonte. 

Sé que el amor que hoy está hablando es marea inagotable y se está poniendo de pie. Merecemos que se instale la cultura del amor en nuestros corazones, y que se haga tradición. Esto que está sucediendo, a veces late con vigor y a veces parece ocultarse pero su latido ya se desencadenó. Ese es el primer triunfo y la certeza de que estamos habitando el cielo.



Camilo Pérez

lunes, 18 de enero de 2016

Desesforzarme

Estamos aprendiendo a vivir de otra manera. Eso ya está pasando. La vida manifestándose no es novedad, es vida. Lo que este tiempo parece regalarnos es la oportunidad de la conciencia. Y la conciencia es la atención entre lo que pasa y lo que nos pasa. Entre lo que sucede en el entorno y lo que eso mueve en nosotros, entre lo que se mueve en nosotros y lo que eso genera en el entorno.

Le llamo a esta exploración: tiempo real. Es un ritmo marcado por la intensidad de la experiencia, no por el compás de las agujas y sus rutinas. Es ese tiempo donde lo que sucede en nuestra realidad externa e interna, se relacionan, se vinculan. Es la posibilidad de asociarnos con la vida.

Algunos le llaman a este punto de vista “espiritualidad” y tal vez tengan razón, porque es volver a observar las cosas que pasan —y nosotros en ellas— con espíritu, con ánima. Sin embargo, a mí me parece una mirada muy humana. Es una forma muy concreta, simple y fascinante de experimentar esta naturaleza: la nuestra. Una perspectiva que claramente conecta con el sentido de ser, nos devuelve a la vida, nos quita de la inercia y de lo híbrido. Nos descongela.

Hay un aspecto en que podemos quedar entrampados y es considerar que aquello que sentimos, aquello con lo que ligamos —la relación entre la emoción y el mundo exterior— debe llevarnos a algún sitio en particular si lo miramos, si lo sentimos, si lo atendemos, y no funciona de esta manera. Sucederá, sí. Nos moveremos de lugar, sí. Pero no es manipulable este fluir.

El espíritu no se ve y lo sostiene todo, todo lo articula, todo lo hilvana. Una emoción —cualquiera sea— no se ve excepto por su exteriorización y eso que emana siempre tiene su correspondencia en algún lugar del afuera. Ver una obra de arte y emocionarse es una acción de conciencia: lo que estaba en el universo interno del observador y el mundo que se expone, entran en contacto, se unen. Concilian.

Es muy obvio que esta manera de vivirnos recién empieza porque ninguna persona que atienda a su dimensión real sería capaz de elegirse dañando a otros, incluido a sí mismo. Nadie que conecte con su mundo emocional de manera honesta, heriría a otra persona sin medirse antes, por lo menos por anticiparse a los costos personales que eso acarrea luego.

Cualquier comienzo de algo nos pone en un punto de partida y yo diría que este ciclo, tiene como sendero iniciático la ignorancia. No estamos acostumbrados a transitar por las emociones y a poco de empezar a sentirlas, ya queremos que acaben porque su intensidad nos desborda y abruma.

La ignorancia de la que hablo no es despectiva, no descarta nada ni es un prejuicio a lo que ya conocemos. Es el reconocimiento de que venimos como humanidad de un período largo y ancho gobernado por los estados mentales. Un tiempo extenso de ideas y teorías, un realismo mágico y fantasioso donde, como lo niños, cada ser humano tiene pánico de asumir la propia existencia y se ha inventado mundos personales, demasiado privados, a veces paradisíacos, a veces infernales, pero siempre solitarios. Y en esos búnkers herméticos, hemos sido héroes o villanos, capaces de las mayores hazañas y de las mejores tragedias.

Estoy convencido de que podemos hablar del presente sin remitirnos a la historia que nos trajo hasta él. Entiendo que todos como humanos, como un solo ser, estamos precisando salir de las jaulas intelectuales e ir a descubrir quiénes somos detrás de tantas biblias y verdades enfrentadas.

Si indago en mi propia historia, puedo ver que pertenezco a esos círculos de intelectuales y sabiondos, y como nieto e hijo de esa cultura, también fui arrogante y altanero, soberbio… Intenté encontrarme con el mundo en un libro sin arriesgarme a salir, probé describir la vida sentenciándola en un papel. Nada de eso funcionó.

Hoy me merezco y me regalo el no saber. ¡Y qué liberador se siente! Puse tanto empeño en demostrar cuánto sabía de todo por temor a tocar mi vulnerabilidad, a que alguien me pudiera lastimar otra vez o a amarme de verdad... Nadie se mantiene mucho tiempo al lado de alguien que no necesita de lo demás porque está remarcando permanentemente que todo lo sabe. ¡Qué alivio al corazón y al alma soltar ese lastre! 

La agonía humana o la deshumanización tiene que ver con eso: todos nos aferramos a nuestra historia de dolor y desde ahí ya sabemos, incluso, atraer aquello que otra vez nos confirme el dolor, la herida y entonces justificar el encarcelamiento. El presente propio e íntimo, echa por tierra esta estratagema si sólo me dedico a sentir lo que hay para sentir. Sin más.

No tengo respuestas detrás de los cuentos que me cuento. Mi cabeza intenta dibujar estrategias, descontrolada por perder el control y el dominio de la situación. Tampoco me quedan preguntas. Sí estoy aprendiendo a convivir con la incertidumbre de saberme vacío. Vacío de saberes, de conocimientos que definan el momento actual y el próximo, y el que le seguirá. Es este lugar un espacio de derrumbe de todas las conveniencias y convenciones que conozco por llamarme Camilo y tener una memoria de treinta y dos años. Es un espacio de catástrofe para la personalidad y un florecimiento de algo que no sé nombrar.

A poco de darme esta oportunidad, más de una vez suspiré  frescura y alivio. Me llené de liviandad por la ocasión de entregarme al orden que la vida va creando delante de mí.

La vida, la conciencia no nos precisa demasiado para hacer su obra, con estar en ella alcanza. El problema aparece en el cómo estamos en ella. Permanecer y contemplar hoy son actos revolucionarios en un mundo donde todo esfuerzo está colocado en sostener los lugares mentales desde los que todos nos olvidamos de nosotros mismos y empezamos a defendernos del resto. Si no me recuerdo, menos puedo tener presente y tomar consideración de que al lado mío hay alguien más.

Yo me merezco no saber y me regalo el estar vivo ignorando cómo y para qué. Me abro al asombro de lo que es y como condimento especial, añado que estoy enamorado de lo que puede ser.

Ahí empieza el “desesfuerzo”. Ahí la cáscara empieza a resquebrajarse, la dureza y la rigidez se fisuran y comienza la tranquilidad. La vida está ordenada y si permanecés contemplativo, te dicta clarito lo que tenés que hacer y cómo. Es sólo quedarse quieto y se escucha su rumor. La dirección se hace evidente y cada movimiento tiene la fuerza de la rebelión. Nuestro corazón late sin pensar, la naturaleza pulsa sin técnica alguna y nosotros estamos descubriéndonos parte de ese milagro. Para reconocer el sentido de la vida, hace falta sentir. Nada más.

¡Felicidades y buena aventura!





viernes, 20 de noviembre de 2015

La Tierra a la que pertenezco

Las heridas se precipitan salvajemente y ni una voz les brinda compasión. Los tiempos pueden elevarse, endurecerse e incluso ocultarse, pero siempre terminan trayendo la tempestad.

El cielo no se puede evitar. Tampoco su temblor dolorido y plomizo cuando su azul metal decide desbocarse y quebrar. Desarma el aire, destripa la fragilidad de las nubes y nos deja alumbrados, a la vista con nuestros cuerpos oscuros.

Cada profecía ofrece esa esperanza innombrable, la de la muerte de una forma de vida inerte, desquiciada. Cada aparente crueldad retorcida obtendrá la vergüenza y la desaprobación unánime de la moral entumecida que retoca su rostro decrepito y democrático con maquillaje exacto, preciso y decretos de buenas intenciones. Nadie se atreve a afirmar que cuanto más desolador el ambiente se está más próximo a la alborada. Lejos de los fundamentalismos, mucho más allá de los discursos y de las paces acordadas, escritas y con sellos fatales...

Muere un mundo lleno de conveniencias, de intereses. Gordo, obeso, opulento. Inconmovible. Adaptado a religiones sensacionales que apuestan a paraísos que apestan. Se desintegra veloz ese mundo de una ciencia obsoleta, arrogante y soberbia que se adueña de la vida y a gentíos acumulados que hacen fila con creencia ciega en ella. La ciencia es el Dios del hombre racional y cada vacuna anti rabia, una inyección fría contra el calor del corazón. Se acaba el giro de la Tierra de las ideologías más gruesas, totalitarias, a fascismo de izquierdas y derechas, las nuestras. Está fulminado un sistema sin sosiego que vive ni más ni menos que en nuestra cabeza y se replica con pánico en el resto del cuerpo. La mente infernal nos agolpa y sus súbditos, cada pensamientos prejuicioso y destructivo, reduce la capacidad creatividad de sentir ternura y cariño por nosotros mismos.

Todos o la mayoría, y tal vez ya no importa, sufrimos sobre el suelo de la realidad. Deseamos furiosa y silenciosamente un zarpazo de la Tierra que reacomode las chances, que baraje la suerte y que reparta el amor otra vez.

Escucho quejas, reclamos, aluviones, modas de indignación y desconsuelo cuando un ser humano se convierte en asesino de muchos. Los escucho mas no les creo. En el fondo y por momentos no tanto, anhelamos intensamente que sea tiempo de revolución, quitarnos de raíz esta pequeñez exhausta y absurda que nos sostiene sobrevivientes y eternos naufragados.

Siempre preferí un poquito los estragos y los rayos. Dicen los libros que el cielo es desmedido y se brinda bravo cuando se trata de destapar lo establecido mientras fingimos que todo está bien. Mi naturaleza es el aire, me tocó desacomodar lo de siempre y lo dormido que juega a lo despierto. Lo que yace y se cree erguido. Algunas veces vomité la verdad, después yo también ensayé mentir. Eso nunca va bien. Bendito el que no tenga secretos que cuidar, debo decirlo, desde hace un tiempo, habito ese lugar aunque lo dicho tras lo hecho haya apagado momentáneamente mi sonrisa. Los labios después van animándose a abrirse otra vez.

Todos queremos bailar esta fiesta, eternizarla... aunque se inhale y nos inunde el sabor del precipicio. Nadie aceptaría sin un rapto de locura que es hora de que se acabe esta fantasía tormentosa y melancólica, gris perdido y derruido, derretido y desteñido de nostalgia. Que lo desean con todas las viseras, con cada entraña del cuero. Quién se atreve a atravesar el desierto, a andarlo vacío hasta agotarse, hasta desarroparse capa por capa, hasta ser tomado por la dimensión de su propia liberación...

"Cómo podría amarte con tanta melancolía...", canta el Indio Solari.

Hace falta mucha sangre derramada en poco tiempo para que nazca el volumen verdadero de un amanecer en paz. Los partos tienen eso... Se llevan la vida de los glóbulos envejecidos que supieron acompañar el proceso de la luz hinchándose y madurando vientre adentro. Empujan de la única forma que conocen, con fuerza. Después se rinden y se entregan en el alumbramiento. Se cargan la memoria antigua y llorada, la devuelven a casa mientras una conciencia original abandona su capullo protector y se despoja de su asilo, de lo que la contuvo y después la apretó. Lo que dio albergue luego necesita explotar. Lo que nace llora, patalea y apenas puede con la luminosidad del mundo, sólo con el pasar de los minutos empieza a observar el ambiente, deslumbrado.

Abogo por ver, porque veamos que todo este gran ajuste, son cuentas milenarias acusando, clamando, ahuyando y sonriendo nuevos equilibrios. Quien quiera vivir la paz que medite sobre sus guerras internas. Pero por favor, no nos abrumemos con falsas expectativas, detenidas y congeladas, incluso ingenuas. No abonemos más el territorio hostil de nuestra imaginación sin ángel. Abortemos esa misión. Ese es el fracaso. Desilusionémonos. 

Parémonos de frente al monstruo que alimentamos diariamente y empecemos por reconocer la necesidad individual de desarmarnos. Quizás así veamos el abrazo escondido y encapsulado que conservamos para quién sabe cuándo. Los besos que no damos, las alegrías que marchitan detrás de las alergias al contacto con las tristezas hondas que sabemos camuflar.

Que todo se destile para que otra visión al final nos amanezca y nos abastezca. El cielo está vacío, todos estamos aquí otra vez.


Camilo Pérez