viernes, 31 de julio de 2015

La liviandad de asumirse



El Lugar, así, con mayúscula, quiere decir ocuparse de lo que sentimos que venimos a hacer. Hacerlo con tanto convencimiento como para que no haya circunstancia que tuerza la voluntad de ponerlo en práctica. Y en el mientras tanto, cultivar una paciencia, tolerancia y comprensión suficientes como para no decaer en el intento al momento en que de afuera lluevan las descalificaciones. Eso quería decir el Quijote cuando advirtió: “ladran, Sancho… Señal que cabalgamos.”

Pasé por todos los estados previos a encontrar mi espacio: estuve completamente perdido y con mis emociones navegándome adentro, desoídas y desarticuladas. Quise reducirme a una expresión esperada por los demás: trabajar, estudiar, tener familia, la casa, el auto en la puerta dispuesto para los fines de semana y el perro ensayando todas sus morisquetas para darme la bienvenida al regreso. Quise simular que iba a poder ser normal pero soy muy malo fingiendo y la normalidad fue el peor proyecto al cual me embarqué alguna vez. No me salió y sentí mucha culpa por ello, además de frustración.

En algún espacio de mis años, cuando supe que no aplicaba como uno más y no sabía qué esperar de mí mismo, probé recogiendo del fondo de mi alma una sensación sobreviviente de mi infancia: sentirme especial. Pero le di vida a su lado oculto: ser tan raro y único como para que nadie logre comprender de qué hablo cuando hablo y en qué estoy pensando cuando comparto lo que pienso. Más todavía, hacer o dedicarme a algo tan exótico que me dejara infinidad de veces solo. Esta estrategia, desafortunada en parte y agraciada en otro lugar, tampoco me evitó la frustración y no encontré compañía hasta un tiempo después.

Si algo tuvo de bueno es que me topé con otros tan solos como yo que por dedicarme a mi propia sanación, nos hicimos buenos aliados y aún continuamos andando juntos. Y en ese caminar, nuestras armaduras van cediendo y las máscaras se van quebrando. Nos vamos quedando con ese gesto de reciprocidad donde lo mío está en todos y es de todos y lo de mis hermanos tiene lugar y cabe en mí.

Lo otro positivo, es que de tanto pisar los extremos y como el tiempo y la rueda del destino es finalmente un círculo, llegué al mismo lugar: al dolor que no soporté y del cual me fui. Es así que reunirse con el dolor, es como cuando aflora la sonrisa y hasta una tímida carcajada que recompensa, relaja y libera, luego de un melodrama.

Qué habrá en este cuerpo, me preguntaba en referencia a mi corazón, mi alma y sus tesoros. Dolores, canciones, temores y pánicos. Violencia, enojo, recelo y envidia. Un niño triste y desolado, y un joven que ante los excesos, tuvo frenos, ¡por suerte! Hubo experiencias fascinantes. Hubo de las duras, de las amargas y de mucha dulzura. Cada tanto me doy cuenta que tengo una buena historia que todavía no conté. A veces me comunico desde lugares procesados y elaborados y otras desde sitios difíciles de asumir. Hago lo que quiero hacer, sintiendo lo que siento y las contradicciones son parte de una coherencia propia. No hay delito, hay cura.

Hay tanto en cada uno… El mundo entero cabe en nosotros. Esto lo han sabido todos los Maestros y profetas, los antiguos y los actuales.   

Hace tiempo que descarté el impulso de ayudar a los demás, así que si no me llaman, no me meto. Aclarado esto y confiando en lo que escribo tanto como seguro de la intimidad y respeto con el que construyo este sitio, digo: hacé lo que sientas sintiendo lo que sentís. Ese es el modo más directo de estar bien contigo.

Ahora, querido lector, quisiera que tengas en cuenta lo siguiente. No te voy a decir que para seguir a tu corazón tenés que terminar una relación, pero hay quien lo lee y así lo siente. Otro verá esto y correrá a los brazos de su amante. O dejará a su amante para focalizarse en su matrimonio y después la vida le dirá desde adentro suyo, cómo lavar su peso.

Hay quienes escuchan algo semejante a seguir lo que sienten y dejan un empleo, toman otro trabajo de menos salario y más sueños o asumen mayores responsabilidades y mejor dinero porque se proponen un objetivo. Lo que sea. Pero ten en cuenta, por favor, lo que sentís. Hacé lo que quieras hacer, pero junto con el cansancio, el miedo, la desazón, o la realidad con la que tus emociones te hablen. Eso te transparentará y te aliviará.

Yo hace mucho decidí vivir sin caretas y la gran familia en la que me rodeo y a la que pertenezco, ya sabe de mis máscaras, por tanto es mi garantía para momentos de mareo y olvido: ellos son mi termómetro. 

No ha sido fácil, ha sido un gran entrenamiento. Entre los claroscuros que señala el camino, hay ritmos y pausas, y en ellos se descansa cuando se descansa, se trabaja cuando se trabaja, se está enojado cuando se está enojado y alegre cuando se está alegre. Y cuando se navega entre algunas de estas dimensiones aparentemente contradictorias, también está bien. Los dobles discrusos se van desvaneciendo y los desajustes aparentemente irreconciliables, tienden a la unidad. 

Yo no vengo de una aldea extraña y lejana, soy hijo de esta cultura, como tu. Simplemente me he animado y he tomado riesgos, entre los cuales está el participar, el moverme, el hacerme presente llevando de arrastre, incluso, lo indecible y lo que no me hubiese permitido jamás que otro desnude de mi o lo descifre. A mi me descubrieron con respeto y le ofrecieron a mis terrores, dignididad. También he tenido la gracia de ser testigo de profundas y conmovedoras transformaciones, ese preciso momento donde ya es suficiente con lo que está pasando. Esa es otra maravilla más.

Todos venimos de los calderos de la personalidad, de los laberintos del ego y por qué no, de las sombras que arroja el alma sobre el cuerpo. Todos venimos de algún inframundo por más que queramos teñir de cielo nuestro relato. 

En lo personal, elijo los calderos del diablo porque sé que con su fuego busca sólo un poco de atención y pide ser redimido. También levanto lamirada a los cielos despejados porque son la certeza del origen que me sostiene mientras no sea mi momento de retornar a él. En todos nosotros, ángeles y demonios se encuentran en íntima danza y relación. Yo los abrazo, sin exclusión y con profundo agradecimiento. 



Camilo Pérez

viernes, 19 de junio de 2015

Quién explica la existencia?

Última entrega para Ukelelo, Argentina.

Mi niñez fue sufrida, silenciada y desconcertante. Cada vez que decidía expresarme era un tropezón: no había quién me entendiera. De joven, todo mi ser ya demandaba respuestas que explicaran el orden del mundo y su funcionamiento, que justificaran la incomodidad de estar vivo. A la vez, miraba a las estrellas tomado por la melancolía de un hogar que quedaba lejos y al que demoraría en retornar. ''Vengo de ahí'', pensaba echando de menos esa dimensión.

La madre de todas las preguntas (quién soy) no era mi problema, sino qué estaba haciendo acá y a qué había venido. Me enloquecía que nadie se interesara por el origen más profundo de la vida. ¿Cómo alguien puede vivir de espaldas a lo que le da aliento? ¿Cómo si a alguien le pasan cosas no se pregunta por el artífice de su destino?¡Era insoportable!

Estuve fragmentado durante toda mi etapa educativa: una cosa eran las obligaciones curriculares y el Camilo que querían ver en el entorno y otra cosa fue mi intimidad, las inquietudes y vivencias para nada comunes que atravesaba. Y para completar el cuadro, tenía la necesidad hecha costumbre de compartir mis pasiones, lo que era muy frustrante.

Lo que yo sabía era de entraña, lo reconocía desde las tripas pero no podía ponerlo en palabras, no tenía argumentos ni conocimiento verdadero aún. Aproveché el caldo de cultivo intelectual que hervía en el living de casa. Fui criado por la música y la literatura. Con poco más de 15 años, la filosofía calmó mis animos. Tenía la sensación de haberme ausentado un tiempo prolongado de la Tierra y quería saber en qué pensamientos había invertido su tiempo el hombre.

Mi sensación de sabiduría se remontaba a una época sagrada donde el conocimiento me era ofrecido directo por la fuente. Recordaba desde lo profundo de mis células haber bebido del cántaro que guarda el misterio y sentido de la vida.

En algunos momentos sentí que la locura no estaba tan lejos de mi. Articulaba pensamientos que me catapultaban muy lejos de lo normal y al descender, la soledad era agobiante. La locura (para el hombre común) es estar en el frente que da hacia la tormenta y caminar hacia ella cuando la mayoría le escapa. ¡Para el alma, ese movimiento es pura vida y despertar! El alma humana, es lo más parecido a un acertijo: guarda lo que conoce hasta que el músculo de la visión está preparado para ver. Para el alma, revelarse no es un lamento, ¡es un regocijo! Por eso el hombre como estereotipo es un aparato, cuerdo y sin sentido; porque ha decidio refugiarse de su propia alma. Y para los intereses de comodidad, confortabilidad, seguridad y estabilidad del ser humano, lamentablemente es una batalla perdida. El destino no tardará en enfrentalo a sus propios estragos para que conozca su negrura y su brillo.

El camino me llevó, me empujó a una búsqueda. Confié siempre en la senda que se abría ante mi, en la buena guía y sus señales. El problema real era mi ausencia de filtro con la gente, la apertura desmesurada hacia los demás. Mi devoción por compartir el camino y lo que este me brindaba me implicó enormes desilusiones.

Conocí una compañera de ruta muy particular que me enseñó la magia de la escritura. Comencé a hacerlo como un hecho catártico, pero derivó en un acto milagroso. Me volqué a la poesía y después a la música. Transité ocho años de creación y composición y en eso mi estadía en Buenos Aires tuvo mucho que ver. En Argentina inauguré el ciclo existencial más fuerte de todos: algunas prácticas y lecturas espirituales comenzaron a afinar mi rumbo y las cosas a acelerarse o a aclararse, mejor dicho.

De vuelta en Uruguay, todo pasó muy rápido. Estaba al tanto de una gente que hacia rituales y prácticas índigenas para adentrarse en la espiritualidad. Cuando me volqué a ello, fui deslumbrado. ''Todavía quedan héroes. Y encima estos no tienen ningún complejo de divos'', llegué a pensar... Aún con las secuelas porteñas, donde se respira exitismo y culto a la personalidad.

En 2010 atravesé un año de formación espiritual que cambió mi vida y como corolario, escogí mudarme junto a mi compañera de ese momento a un lugar agreste donde cohabitaban los miembros del Camino Rojo (camino espiritual indígena) y personas de a pie.

En aquel entonces, mis decisiones una vez más se enfrentaban con la línea del clan familiar y conecté nuevamente con la soledad y el desamparo. Como un gesto de rebeldía ante la desesperanza, comencé a escribir a través del espacio elretornoalamor.blogspot.com. Fue un pequeño acto de voluntad (heróico y desmesurado) contra tanta agonía. De esas agonías que se cuelan en el minuto a minuto de todos los días. De esas cuyo goteo va informándote que se trata de algo mayor. De un dolor inabarcable que viene de a ratos... Como avisándote de su verdadera dimensión, más grande de lo que sabés, más importante de lo que imaginás.

Inicié este juego fingiendo. ¿Por qué no? Voy a simular que confío, voy a imaginar que creo, voy a creer que puedo, voy a asegurar que sé. Porque en el fondo no confiaba, no creía, no podía, no sabía. ¿Qué pasa si jugamos al amor, a que somos uno, a que todo es perfecto y se encuentra ordenado? ¿Qué ocurre si todo guarda un sentido? ¿Qué sucede si un aprendizaje cancela los quejosos por qué? Qué si me alimento de un núcleo para que vaya resignificando la perferia desde donde experimento mi vida? Ese fue el principio. Yo sabía tres cosas: que estaba viviendo al margen del amor, que un motor invisible me guiaba y que con paciencia, encontraría la manera, las respuestas y la calma.

Estaba solo ante la curiosidad, la inquietud y el dolor que me provocaba estar vivo, y la fascinación por el misterio de la existencia que resuelve las cosas de un modo que nos trasciende. ¿Podría?

En ese sitio de vida comunitaria y silvestre, me protegí de todo, incluso de mi. Adopté sus valores y sus formas, sus discursos y sus ademanes. Funcionó un tiempo. Siempre la arena vuelve a ser arena y el castillo a desmoronarse. Para ese entonces hacía unos cuanto años que jugaba a que escribía, a que cantaba y a que sonreía. Hubo un tiempo donde continué escribiendo y cantando, pero sin sonreír.

Cuando la realidad se hizo imbancable, decidí continuar jugando. Tuve algún claro en mi conciencia de que lo único que me pertenecía era mi intención y a eso me afirmé. Me agarré tan fuerte de esa idea que lo sagrado se volvió serio, el propósito en obligación y la misión en necesidad. Allí di un paso interesantísimo. Vi que mi intencionalidad era gobernada por unas fuerzas de las cuales no era conciente. Vi que decidía cosas que me hacían daño. Y como yo me creía tan dueño de mis intenciones, o era un masoquista o era un hijo de puta... O las dos a la vez. ¡Pero qué poco sabía!

Mis intenciones no son mías, le pertenecen a un árbol del cual soy parte y una de sus expresiones. Mis intenciones están tomadas por el árbol y ligadas a su necesidad. Y el uso de mi conciencia hoy, radica en estar disponible para eso. Mi sangre es igual a la de mis ancentros y mi amar está teñido de nitidez y distorsión. Soy parte del problema y de la solución. Esto no me hace irresponsable: me ubica y me serena. Desde ese espacio, intercambio y converso con el árbol. Él guarda mi sentido de ser. Soy en él y cuando es así, ¡somos!

Aquel 2010 inicié algo: navegarme, transitarme, atravesarme. Seguiré por las esquinas, pasadizos y rincones más oscuros y claros de mi laberinto, recogiendo el sentido, lo que explica y orienta mis pasos aquí: en el afuera, espejo de mi sombra y luminosidad.

Llevo tres años escribiendo, trazando y descubriendo un mapa. Soy un labrador del mundo del alma. Llevo tres años investigando bajo qué órdenes actúo. A quiénes obedezco con mis comportamientos. A qué soy leal en mis conductas. Cuánto miedo hay al desconcierto y a la soledad. Cada vez que me repito en lo conocido, grosero y vulgar me sentencio y perpetúo a mi linaje. Cuando renuncio a las hazañas, todo el clan se alivia.

Llevo una vida entera reuniendo valor, fuerza y coraje; juntando mis pedazitos perdidos, adueñándome de mi, reconociendo en qué medida no me tengo y cuánto me necesito. Llevo mucho afirmando mi porvenir.

Estoy viviendo la buena cosecha de tanto momento entre mis intensidades. Estoy quebrando y flexibilizando mis propias lógicas. Todo mi anhelo es un abrazo con mi herida, un punto de fusión con mi dolor y un sitio de esperanza. Quiero el alma donde escrbí mis proezas, donde el héroe se acaba y florece el ser humano. Este es mi retorno al amor.



Camilo Pérez

miércoles, 27 de mayo de 2015

Caminar sin cuerpo



Segunda entrega para ukelelo.comukelelo.com

Mis recuerdos de la infancia son borrosos y lo que hay entre las nubes de mi memoria es tenebroso. Hay pesadillas y poco alivio. Recuerdo como un momento crucial dentro de mis días, la salida de la escuela, la camioneta que nos llevaba a casa y los compañeros de viaje.

Era media hora de trayecto donde algunos niños competían por quién tenía el cuento más siniestro. Los demás, escuchábamos con total asombro y entre un vaivén de emociones que nos conducía del terror a la fascinación. Una vez que la bañadera estacionaba, comenzaba el tormento que se prolongaría durante horas. Cómo gobernar el estupor y el pánico si el Diablo estaría acechando y esperándome en cualquier rincón del hogar, especialmente para aparecerse en un espejo. Ya estaba en edad de procesar ciertas cosas con 10 u 11 años, sin embargo esto era imposible de sobrellevarlo… ¡Era demasiado!

Seguramente desde algún lugar lejano, operaría el recuerdo de mi convivencia con seres con ánima —espíritu— pero sin cuerpo. Sentía mucha confusión. Se me entreveraban los buenos, los malos, los ángeles y los demonios. Sentía mucho miedo porque estaba muy solo para entender qué era fantasía y qué era realidad.

Un tiempo después, mis padres compraron una casa y se separaron de la convivencia con mi abuela aunque ella continuaría muy cerca de nosotros por varios motivos. Esa mudanza fue importante porque inauguró otra etapa de mi vida. A partir de aquí, los demonios se hicieron vívidos en el secundario y en la vieja casa familiar, quedaron los retazos desagradables de mi niñez.

Durante los años que siguieron, continué mi educación en un colegio del estado, en un barrio donde se mezclaban las clases medias y muy bajas. Yo era un niño flacucho, y con poca seguridad en sí mismo, lo que me convertía en el blanco de los chicos de mi edad: niños no tan niños, crecidos a la fuerza y presos del abandono marginal.

Poco después mis padres se separaron y todo lo que me sostuvo durante la niñez, comenzó a desmoronarse. Se diluía el contacto con partes de mi familia, la ausencia de mi papá, una casa a la que recién nos estábamos acostumbrando y los rumores —demasiado pronto— de una nueva pareja de mi mamá. Todo en mi vida estaba transformándose y el escenario para eso era cada vez más confuso.

Entre los tantos efectos colaterales que enfrenté con la separación de mis padres, uno beneficioso fue la habitación independiente. Yo también me separaba pero de mi hermana pequeña. En ese cuarto se dieron muchos episodios fuera de lo común que hoy se llamarían “experiencias espirituales”.

Era mediodía, y viví lo que se conoce como desprendimiento astral. Había vuelto recientemente del liceo y decidí acostarme por el cansancio que me provocaba madrugar. Mi cuerpo quedaba lentamente relajado y sin embargo mi conciencia no se adormecía como suele pasar en la antesala del sueño. Tuve la sensación de que esa conciencia que no estaba durmiéndose era un yo más real o significativo que el de mi cuerpo quedando inerte en la cama.

Mi físico no podía acompañar ese desprendimiento y las referencias no se perdían: horario diurno, el cuarto, la casa y sus detalles. Yo no estaba caminando, esa conciencia un poco más elevada, funcionaba desprendiéndose del cuerpo físico y por desplazamiento en el espacio. Lo viví como si fuera una cámara filmadora invisible, yendo de un lugar a otro, captando lo que pasa en el entorno pero sin ser tenida en cuenta o notada por los demás. Así, vi que mi abuela, que iba a diario a ayudar a mi madre en nuestra casa con el almuerzo, estaba cocinando para mi hermana y para mí. Una parte mía comenzó a cuestionar lo que estaba sucediendo y entonces rápidamente volví a mi cuerpo dándome cuenta de que estaba exhausto.

Esta experiencia, sucede cada vez que dormimos.  El cuerpo físico es el aspecto más denso o pesado y el soporte de todo lo demás. Dentro de él vivimos lo que sentimos —emociones y sensaciones— y lo que pensamos —ideas—, pero al mismo tiempo, tanto las emociones como los pensamientos son cuerpos energéticos denominados cuerpo emocional y cuerpo mental. 

Lo que pasó, fundó una nueva etapa en mi vida. Había desechado el contacto espiritual y el miedo no tenía una presencia tan fuerte como antes. Sin embargo algo inherente a mi esencia era más poderoso que cualquier intento de acoplarme al mundo externo y sus demandas. Esta fue una experiencia de tantas otras muy semejantes. En el transcurrir del día o ante la inminencia del momento de dormir, un estado de liviandad se dejaba percibir a mí alrededor pero sobre todo dentro de mi cuerpo, que me avisaba que saldría a investigar el éter.

Las formas físicas casi nunca se perdían, excepto —claro— si ninguna luz artificial se mantenía encendida durante la noche. Allí estaban las puertas, ventanas y el mobiliario conocido del hogar, sin embargo eso no me impedía pulular deliberadamente cuando la sensación de despegue me conquistaba.

Yo quería investigar el mundo desde el éter sin las trabas que se me imponían desde el plano físico. Estaba aún muy atado a las formas del orden terrenal. Aunque estuviera fuera de mi cuerpo, una pared era una pared... Fue así que una noche, queriendo atravesar por primera vez los límites de la casa, ingresé en un pasillo que daba a la calle y para mi sorpresa una sensación de terror me invadió por completo. Mi cuerpo era energético y sin embargo, una sensación de aniquilación se apoderó totalmente de mí. Esa noche, comencé a conocer a los guardianes de los distintos portales dimensionales.

¿Quiénes son? ¿Qué funciones cumplen? ¿A quiénes responden? ¿Quién soy? ¿Por qué me toca vivir esto? Todas estas preguntas me desvelaban, pero lo más delicado no es tener interrogantes, sino cuando tus dudas encuentran respuestas...

¡Hasta la próxima semana!




Camilo Pérez

miércoles, 13 de mayo de 2015

El niño que sufría en silencio

Gracias a la gente de ''Ukelelo'', magazine alternativo (Argentina) por la oportunidad de ir relatando mi vida. Agradecido de cruzar al otro lado del río. ¡Que disfruten de cada entrega!


Mi nombre es Camilo Pérez, nací en la primavera de 1983 en Montevideo, Uruguay. Me dedico a acompañar a las personas en procesos de cambio, transformación y trascendencia. La gente que llega a mi, ha atravesado recientemente (o lo está pasando) algún evento personal crítico o una catástrofe familiar. En ese momento, se enteran de mi existencia por algún conocido o los que me conocen, se animan a una entrevista particular. Ahí empiezan las palabras que se acercan a lo que soy, según la cultura o creencia del ''paciente'': terapeuta, sanador, curandero, chamán, brujo, mago o hasta alquimista. Pero en invierno de 2013 fui consagrado hombre rayo del Camino espiritual del Cielo. En futuras entregas desarrollaré de qué se trata.

He tenido desde chico muchísimas visiones, premoniciones, recuerdos de otras vidas e incluso sueños donde muchas de las profecías que la gente conoce, se me han mostrado. Aunque la memoria de mi alma (donde se guarda el bagaje de todas las encarnaciones previas) comenzó a develarse para mi en los últimos años. A mi edad, sé que vengo de una dimensión conocida como de ''luz'' o ''dimensión crística'' (almas puras). En otros planetas donde la vida física no existe y los cuerpos son energía, se nos dice los ashua, los transparentes. Por eso el nombre de Cristo, fue Yeshua (Jesús), el transparente.

Como mi alma proviene de ese ''lugar'', estoy familiarizado con los seres que todos conocen como ángeles, aunque no por eso desconozco la existencia de otros seres que cumplen otras funciones muy sagradas en la vida de todos: los demonios.

Antes de los 7 años había tenido varias aproximaciones al mundo espiritual. Yo no lo buscaba, simplemente se me aparecían figuras. Sólo sé que su presencia me resultaba familiar. Es más, me parecía natural. Cuando sos un chico, no te cuestionás la presencia de tus padres. Bueno, para mi era lo mismo, no me cuestionaba la presencia de algunos espíritus o seres de otras dimensiones. Podía compartir el espacio de mi habitación con seres que no tenían cuerpo físico sino energético o escuchar susurros cercanos, sin perturbarme. Pero sobre todo era una percepción de que ahí estaban o había algo. Para la mayoría de las personas estas vivencias pueden resultar extrañas o ser eventos sobrenaturales, para mi lo extraño es no tener contacto ni relación con esos seres que algunos les llaman ángeles, maestros de luz, etcétera...¡Porque los vi y me comunico con ellos desde siempre aunque las formas hayan variado!

Con el paso del tiempo me fui dando cuenta que era yo el que tenía una sensibilidad especial ''despierta''. Y ahora (a mis 31 años) sé que ese espacio sensible está vivo en todos nosotros sólo que la mayoría no se anima a atenderlo por muchos motivos, hasta que ocurre algo que derrumba al ego y sus murallas... Y ahí hago mi trabajo, que es reconectar a la gente con su espiritualidad, su sentido de vivir.

Una pequeña parte de mi educación escolar (el primer año) fue en un colegio católico y eso fue fatal. Rápidamente mi espiritualidad interna entró en colapso con una religión externa y esa brecha me generó muchos miedos. Les recuerdo que yo estaba en contacto permanente con el ''mundo invisible''. Estos seres, cuando vamos bien, nos acompañan compasivamente (lo que llamaríamos ángeles). Ahora, cuando nos salimos de camino por pereza o falta de voluntad, otros seres se acercan a nuestro lado a ''acomodarnos'' o a recordarnos el camino; es a lo que la religión les llama demonios. Para mi no había problemas, estaba en paz con ambos porque representan la totalidad y son funcionales a distintos aspectos de la vida. Pero la incidencia de un ciclo breve de educación religiosa hizo que comenzara a percibir la realidad bajo la lupa del mundo de los enemigos, que separa, dentro de las experiencias que nos tocan vivir, a buenos de malos, a santos de pecadores o a ángeles de demonios.

Para mayor terror en mi, cuando me cambiaron del colegio a la escuela pública, esta brecha se pronunció. Los niños con los que compartía la camioneta que me llevaba a casa luego de la escuela, hablaban sobre seres espantosos y su jefe: el Diablo. Así que de la conexión natural temprana, pasé a escuchar fábulas y fantasías que en la soledad de mi cuarto, se transformaban en una tortura y la oscuridad, en una cámara cargada de secretos y ojos que me observaban y acechaban continuamente.

Por mi propia naturaleza, había un motor interno que me llevaba a querer ahondar en esas historias y leyendas. No era morbo, yo ya no estaba en contacto con ninguna dimensión especial pero me quedaba su registro y una sensación de que bajo ese misterio había algo para mi, que pertenecía a eso; así que me aterraba y me seducía a la vez. Lo que pretendía era religar con un origen al que mi vida pertenecía. Más aún, era ese origen el que me dada a mi la oportunidad de estar vivo y no la vida la que me pertenecía a mi. El resultado era esperable: a los 10 años era un niño normal que sufría su sensibilidad en silencio.

Los siguientes años pasaron con cierta regularidad: la rutina de la escuela y sus tareas, las meriendas que preparaba mi abuela y las golosinas posteriores que resultaban en un verdadero goce. También los tiempos pateando la pelota en la calle entre amigos de la cuadra y más allá. Mi hermana 5 años menor, mi madre, mi padre... Ah... ¡Y mi abuela! Que no sólo preparaba la merienda sino con la que conviviríamos hasta un tiempo después.

Las fuerzas de la adaptación al medio familiar y social, hicieron que olvidara aquellos registros tempranos de visiones y voces que se acercaban a mi con frecuencia. Aprendí a pasar frente a un espejo aterrado por la posibilidad de que figuras espantosas y espectrales se presentaran. Mis interrogantes (que las tenía a montones) no encontraban respuestas en los adultos que me rodeaban, para ellos esas preguntas eran un mundo totalmente ajeno. Y efectivamente era y fue así.

En la siguiente entrega les seguiré contando cómo y de qué modo, volví a conectar con esa fuente espiritual.



Camilo Pérez

domingo, 5 de abril de 2015

Memorias de la luz

La zona de confort es todo aquello que diseñamos y creamos para evitar lo inesperado. Es una estrategia que armamos contra la posibilidad de sorprendernos. Es un cerrojo a lo imprevisible.

Dentro de esa zona hay comodidades que están allí para salir lo menos posible de las murallas del confort. Así se minimizan las chances de que algo desconocido se asome a esa privacidad. Ese mundo donde alguien se piensa y se queda solo, es proporcional al miedo. ¿Miedo a qué? A volver a abrir el corazón.

¿Qué más hay dentro de esa zona de confort? La comodidad es un trabajo, el modo en que se llega a ese lugar y el paisaje cotidiano asociado a él. Comodidad puede ser no trabajar y todo lo que se repite para que eso siga ocurriendo. Comodidad es la manera sistemática en la que ocurre un descuido físico o un modo obsesivo de exigirte estar en forma. Es comodidad relacionarte con ciertas personas y rechazar otras, y es comodidad lo que justifica esa selección. Todo esto es zona de confort. Resulta paradojal, porque parecería que una zona de confort implica no salir de casa, pero no es así.

Cayó la cabra, una agrupación del género murga, se rebelaba así con su canto: “…quiero ser más que una vida correcta, más que una simple sucesión de actos cotidianos…”.

Por más bien armado que esté el plan, hay un momento donde nada alcanza. No hay suficientes recursos económicos en las extensiones donde se guardan que compren la tranquilidad. No hay ropa con la que se pueda vestir a la personalidad que alcance para que la persona se sienta apreciada. Nunca será suficiente esfuerzo aquello que se pueda hacer para que el ego se sienta satisfecho de sí mismo. No hay auto ni coche que pueda llevar a alguien más allá de los lugares a los que se atreve a ir.

Veámoslo globalmente: estamos en el punto más álgido del exitismo. El marketing y las carreras empresariales se encuentran en su montaña rusa triunfal y todos, en algún sentido, trabajamos para minimizar errores y negociar hacia dónde nos importa menos que repercutan los daños colaterales.

La zona de confort y sus cómodas rutinas, no son los sueños. Los sueños que no despiertan aprietan el vientre, rezongan en el estómago, oprimen el pecho y se atoran en la garganta.  Los sueños que duermen agobian el corazón. Hay mucho más esfuerzo dedicado a no escuchar nuestras necesidades y los anhelos que se imponen delante nuestro que en aprender a fluir junto a ese latir. Cuando un sueño se levanta del letargo su fuerza arrolla la comodidad y abre una hendija políticamente incorrecta en las trincheras de la zona de confort.

Siempre hay alguien que aún guarda pureza en su corazón, que es tocado por un sueño de los buenos y los buenos sueños atentan contra las comodidades. Y ahí empieza un gran problema para algunos y una enorme oportunidad para todos.

Voy a hacer un cambio a partir de aquí y sustituiré sueño por proyecto. Les pido que me acompañen.

Cuando un corazón late, aún todo es posible. En cada corazón está guardada la memoria de la luz. Esa memoria somos todos pero ocurre que venimos a brillar desde un resplandor particular. Es decir, tenemos algo que hacer y cuando lo desarrollamos, lo expresamos de una forma muy íntima y peculiar.

Alguien simplemente descubre que debe, que quiere o que puede hacer algo y casi de inmediato se da cuenta que para llevarlo a cabo, necesita algo más y ese “algo más” lo tiene, le pertenece o está guardado en otro.

El universo es un proyecto en sí mismo que también está dando latidos de autodescubrimiento y nosotros somos pequeñas luces dentro de él, encendiéndolo. Todos los proyectos incluyen a otros. Ese sueño que pulsa dentro de ti, siempre es una tarea a volcar hacia fuera y es en forma de servicio, una manera de atender y estar atento. Así sube la intensidad en tu luz. ¡Eso es la conciencia!

Si todavía tenés alguna duda, lo voy a plantear de otra manera: sueñes lo que sueñes, todavía estás dormido/a. Ahora, el hecho de ir por ese sueño, va a hacer que trasciendas la idea de que podés lograr algo solo/a. ¡Si o si los anhelos son viajes compartidos! Y así comienza el despertar del espíritu, el final de la pereza en el alma y la voluntad humana.

El arte de despertar implica desilusionarse y una desilusión es siempre una manera de perder una imagen que tengo de mí mismo o de alguien para descubrir lo real detrás de lo aparente. Despertar en cierta forma, no es distinto a nacer. Nacer o despertar, es doloroso pero es un baño de esencia y claridad. Y este “nacer”, incluye la posibilidad de adoptar una mirada amorosa sobre lo más sombrío. De lo contrario viviremos una nueva desintegración de la ilusión o de la idea que persiste en nuestra mente hasta poder tomar un nacimiento o un despertar que incluya a la oscuridad más sufriente.

La cultura del Tíbet le llama la Rueda del Samsara: los actos repetitivos que esconden un inmenso miedo y que tarde o temprano estamos llamados a trascender. El budismo, en una frase que adaptó un hermano de camino, dice: “Muérete antes que tu cuerpo te eche”.

Tras muchos años de rumear hacia dentro y de darme al servicio, he comprobado dos cosas. Una: las pérdidas como las muertes siempre van a venir. Dos: nuestros actos generan efectos o consecuencias. En ambos casos, no hay nada que contraste al dolor. Se lo puede sublimar, pero terminamos en él para rendirnos y volver a nacer.

Hay épocas de cambio y hay ciclos de transformaciones mucho más profundas y en general estas se suceden luego de perdidas muy sentidas o enormes catástrofes. Parado ante ese duelo personal, pude ver muchas de las consecuencias de mis actos y actitudes así como pasé por estados de honda culpa y de gran dicha. Eso es navegar en el alma.

Pero el alma es una parte de esta película, no es todo el misterio. Cuando soltamos la capa del alma y vemos con los ojos del espíritu, el Plan Divino o Dios nos muestra por qué tuvo que ser de esa manera y no de otra y que todo —¡absolutamente todo!— fue Su diseño y tú, yo, todos jugamos a ser el diseñador, ¡las manos del universo! Es así como el alma se lava hasta la próxima vez que decidamos vestirla, y sus luces y sombras se diluyen y disuelven. Los actos bondadosos y compasivos, así como los contratos amargos, también le pertenecen al Gran Espíritu.

Conozco un solo proyecto en el universo: el amor. Eso es todo lo que pulsa el sol central que está más allá de nuestro alcance y comprensión. Y eso es también lo que nosotros pulsamos. Todo, siempre y a cada instante, es un acto de amor y darse cuenta, es liberador.





Camilo Pérez