viernes, 19 de junio de 2015

Quién explica la existencia?

Última entrega para Ukelelo, Argentina.

Mi niñez fue sufrida, silenciada y desconcertante. Cada vez que decidía expresarme era un tropezón: no había quién me entendiera. De joven, todo mi ser ya demandaba respuestas que explicaran el orden del mundo y su funcionamiento, que justificaran la incomodidad de estar vivo. A la vez, miraba a las estrellas tomado por la melancolía de un hogar que quedaba lejos y al que demoraría en retornar. ''Vengo de ahí'', pensaba echando de menos esa dimensión.

La madre de todas las preguntas (quién soy) no era mi problema, sino qué estaba haciendo acá y a qué había venido. Me enloquecía que nadie se interesara por el origen más profundo de la vida. ¿Cómo alguien puede vivir de espaldas a lo que le da aliento? ¿Cómo si a alguien le pasan cosas no se pregunta por el artífice de su destino?¡Era insoportable!

Estuve fragmentado durante toda mi etapa educativa: una cosa eran las obligaciones curriculares y el Camilo que querían ver en el entorno y otra cosa fue mi intimidad, las inquietudes y vivencias para nada comunes que atravesaba. Y para completar el cuadro, tenía la necesidad hecha costumbre de compartir mis pasiones, lo que era muy frustrante.

Lo que yo sabía era de entraña, lo reconocía desde las tripas pero no podía ponerlo en palabras, no tenía argumentos ni conocimiento verdadero aún. Aproveché el caldo de cultivo intelectual que hervía en el living de casa. Fui criado por la música y la literatura. Con poco más de 15 años, la filosofía calmó mis animos. Tenía la sensación de haberme ausentado un tiempo prolongado de la Tierra y quería saber en qué pensamientos había invertido su tiempo el hombre.

Mi sensación de sabiduría se remontaba a una época sagrada donde el conocimiento me era ofrecido directo por la fuente. Recordaba desde lo profundo de mis células haber bebido del cántaro que guarda el misterio y sentido de la vida.

En algunos momentos sentí que la locura no estaba tan lejos de mi. Articulaba pensamientos que me catapultaban muy lejos de lo normal y al descender, la soledad era agobiante. La locura (para el hombre común) es estar en el frente que da hacia la tormenta y caminar hacia ella cuando la mayoría le escapa. ¡Para el alma, ese movimiento es pura vida y despertar! El alma humana, es lo más parecido a un acertijo: guarda lo que conoce hasta que el músculo de la visión está preparado para ver. Para el alma, revelarse no es un lamento, ¡es un regocijo! Por eso el hombre como estereotipo es un aparato, cuerdo y sin sentido; porque ha decidio refugiarse de su propia alma. Y para los intereses de comodidad, confortabilidad, seguridad y estabilidad del ser humano, lamentablemente es una batalla perdida. El destino no tardará en enfrentalo a sus propios estragos para que conozca su negrura y su brillo.

El camino me llevó, me empujó a una búsqueda. Confié siempre en la senda que se abría ante mi, en la buena guía y sus señales. El problema real era mi ausencia de filtro con la gente, la apertura desmesurada hacia los demás. Mi devoción por compartir el camino y lo que este me brindaba me implicó enormes desilusiones.

Conocí una compañera de ruta muy particular que me enseñó la magia de la escritura. Comencé a hacerlo como un hecho catártico, pero derivó en un acto milagroso. Me volqué a la poesía y después a la música. Transité ocho años de creación y composición y en eso mi estadía en Buenos Aires tuvo mucho que ver. En Argentina inauguré el ciclo existencial más fuerte de todos: algunas prácticas y lecturas espirituales comenzaron a afinar mi rumbo y las cosas a acelerarse o a aclararse, mejor dicho.

De vuelta en Uruguay, todo pasó muy rápido. Estaba al tanto de una gente que hacia rituales y prácticas índigenas para adentrarse en la espiritualidad. Cuando me volqué a ello, fui deslumbrado. ''Todavía quedan héroes. Y encima estos no tienen ningún complejo de divos'', llegué a pensar... Aún con las secuelas porteñas, donde se respira exitismo y culto a la personalidad.

En 2010 atravesé un año de formación espiritual que cambió mi vida y como corolario, escogí mudarme junto a mi compañera de ese momento a un lugar agreste donde cohabitaban los miembros del Camino Rojo (camino espiritual indígena) y personas de a pie.

En aquel entonces, mis decisiones una vez más se enfrentaban con la línea del clan familiar y conecté nuevamente con la soledad y el desamparo. Como un gesto de rebeldía ante la desesperanza, comencé a escribir a través del espacio elretornoalamor.blogspot.com. Fue un pequeño acto de voluntad (heróico y desmesurado) contra tanta agonía. De esas agonías que se cuelan en el minuto a minuto de todos los días. De esas cuyo goteo va informándote que se trata de algo mayor. De un dolor inabarcable que viene de a ratos... Como avisándote de su verdadera dimensión, más grande de lo que sabés, más importante de lo que imaginás.

Inicié este juego fingiendo. ¿Por qué no? Voy a simular que confío, voy a imaginar que creo, voy a creer que puedo, voy a asegurar que sé. Porque en el fondo no confiaba, no creía, no podía, no sabía. ¿Qué pasa si jugamos al amor, a que somos uno, a que todo es perfecto y se encuentra ordenado? ¿Qué ocurre si todo guarda un sentido? ¿Qué sucede si un aprendizaje cancela los quejosos por qué? Qué si me alimento de un núcleo para que vaya resignificando la perferia desde donde experimento mi vida? Ese fue el principio. Yo sabía tres cosas: que estaba viviendo al margen del amor, que un motor invisible me guiaba y que con paciencia, encontraría la manera, las respuestas y la calma.

Estaba solo ante la curiosidad, la inquietud y el dolor que me provocaba estar vivo, y la fascinación por el misterio de la existencia que resuelve las cosas de un modo que nos trasciende. ¿Podría?

En ese sitio de vida comunitaria y silvestre, me protegí de todo, incluso de mi. Adopté sus valores y sus formas, sus discursos y sus ademanes. Funcionó un tiempo. Siempre la arena vuelve a ser arena y el castillo a desmoronarse. Para ese entonces hacía unos cuanto años que jugaba a que escribía, a que cantaba y a que sonreía. Hubo un tiempo donde continué escribiendo y cantando, pero sin sonreír.

Cuando la realidad se hizo imbancable, decidí continuar jugando. Tuve algún claro en mi conciencia de que lo único que me pertenecía era mi intención y a eso me afirmé. Me agarré tan fuerte de esa idea que lo sagrado se volvió serio, el propósito en obligación y la misión en necesidad. Allí di un paso interesantísimo. Vi que mi intencionalidad era gobernada por unas fuerzas de las cuales no era conciente. Vi que decidía cosas que me hacían daño. Y como yo me creía tan dueño de mis intenciones, o era un masoquista o era un hijo de puta... O las dos a la vez. ¡Pero qué poco sabía!

Mis intenciones no son mías, le pertenecen a un árbol del cual soy parte y una de sus expresiones. Mis intenciones están tomadas por el árbol y ligadas a su necesidad. Y el uso de mi conciencia hoy, radica en estar disponible para eso. Mi sangre es igual a la de mis ancentros y mi amar está teñido de nitidez y distorsión. Soy parte del problema y de la solución. Esto no me hace irresponsable: me ubica y me serena. Desde ese espacio, intercambio y converso con el árbol. Él guarda mi sentido de ser. Soy en él y cuando es así, ¡somos!

Aquel 2010 inicié algo: navegarme, transitarme, atravesarme. Seguiré por las esquinas, pasadizos y rincones más oscuros y claros de mi laberinto, recogiendo el sentido, lo que explica y orienta mis pasos aquí: en el afuera, espejo de mi sombra y luminosidad.

Llevo tres años escribiendo, trazando y descubriendo un mapa. Soy un labrador del mundo del alma. Llevo tres años investigando bajo qué órdenes actúo. A quiénes obedezco con mis comportamientos. A qué soy leal en mis conductas. Cuánto miedo hay al desconcierto y a la soledad. Cada vez que me repito en lo conocido, grosero y vulgar me sentencio y perpetúo a mi linaje. Cuando renuncio a las hazañas, todo el clan se alivia.

Llevo una vida entera reuniendo valor, fuerza y coraje; juntando mis pedazitos perdidos, adueñándome de mi, reconociendo en qué medida no me tengo y cuánto me necesito. Llevo mucho afirmando mi porvenir.

Estoy viviendo la buena cosecha de tanto momento entre mis intensidades. Estoy quebrando y flexibilizando mis propias lógicas. Todo mi anhelo es un abrazo con mi herida, un punto de fusión con mi dolor y un sitio de esperanza. Quiero el alma donde escrbí mis proezas, donde el héroe se acaba y florece el ser humano. Este es mi retorno al amor.



Camilo Pérez

miércoles, 27 de mayo de 2015

Caminar sin cuerpo



Segunda entrega para ukelelo.comukelelo.com

Mis recuerdos de la infancia son borrosos y lo que hay entre las nubes de mi memoria es tenebroso. Hay pesadillas y poco alivio. Recuerdo como un momento crucial dentro de mis días, la salida de la escuela, la camioneta que nos llevaba a casa y los compañeros de viaje.

Era media hora de trayecto donde algunos niños competían por quién tenía el cuento más siniestro. Los demás, escuchábamos con total asombro y entre un vaivén de emociones que nos conducía del terror a la fascinación. Una vez que la bañadera estacionaba, comenzaba el tormento que se prolongaría durante horas. Cómo gobernar el estupor y el pánico si el Diablo estaría acechando y esperándome en cualquier rincón del hogar, especialmente para aparecerse en un espejo. Ya estaba en edad de procesar ciertas cosas con 10 u 11 años, sin embargo esto era imposible de sobrellevarlo… ¡Era demasiado!

Seguramente desde algún lugar lejano, operaría el recuerdo de mi convivencia con seres con ánima —espíritu— pero sin cuerpo. Sentía mucha confusión. Se me entreveraban los buenos, los malos, los ángeles y los demonios. Sentía mucho miedo porque estaba muy solo para entender qué era fantasía y qué era realidad.

Un tiempo después, mis padres compraron una casa y se separaron de la convivencia con mi abuela aunque ella continuaría muy cerca de nosotros por varios motivos. Esa mudanza fue importante porque inauguró otra etapa de mi vida. A partir de aquí, los demonios se hicieron vívidos en el secundario y en la vieja casa familiar, quedaron los retazos desagradables de mi niñez.

Durante los años que siguieron, continué mi educación en un colegio del estado, en un barrio donde se mezclaban las clases medias y muy bajas. Yo era un niño flacucho, y con poca seguridad en sí mismo, lo que me convertía en el blanco de los chicos de mi edad: niños no tan niños, crecidos a la fuerza y presos del abandono marginal.

Poco después mis padres se separaron y todo lo que me sostuvo durante la niñez, comenzó a desmoronarse. Se diluía el contacto con partes de mi familia, la ausencia de mi papá, una casa a la que recién nos estábamos acostumbrando y los rumores —demasiado pronto— de una nueva pareja de mi mamá. Todo en mi vida estaba transformándose y el escenario para eso era cada vez más confuso.

Entre los tantos efectos colaterales que enfrenté con la separación de mis padres, uno beneficioso fue la habitación independiente. Yo también me separaba pero de mi hermana pequeña. En ese cuarto se dieron muchos episodios fuera de lo común que hoy se llamarían “experiencias espirituales”.

Era mediodía, y viví lo que se conoce como desprendimiento astral. Había vuelto recientemente del liceo y decidí acostarme por el cansancio que me provocaba madrugar. Mi cuerpo quedaba lentamente relajado y sin embargo mi conciencia no se adormecía como suele pasar en la antesala del sueño. Tuve la sensación de que esa conciencia que no estaba durmiéndose era un yo más real o significativo que el de mi cuerpo quedando inerte en la cama.

Mi físico no podía acompañar ese desprendimiento y las referencias no se perdían: horario diurno, el cuarto, la casa y sus detalles. Yo no estaba caminando, esa conciencia un poco más elevada, funcionaba desprendiéndose del cuerpo físico y por desplazamiento en el espacio. Lo viví como si fuera una cámara filmadora invisible, yendo de un lugar a otro, captando lo que pasa en el entorno pero sin ser tenida en cuenta o notada por los demás. Así, vi que mi abuela, que iba a diario a ayudar a mi madre en nuestra casa con el almuerzo, estaba cocinando para mi hermana y para mí. Una parte mía comenzó a cuestionar lo que estaba sucediendo y entonces rápidamente volví a mi cuerpo dándome cuenta de que estaba exhausto.

Esta experiencia, sucede cada vez que dormimos.  El cuerpo físico es el aspecto más denso o pesado y el soporte de todo lo demás. Dentro de él vivimos lo que sentimos —emociones y sensaciones— y lo que pensamos —ideas—, pero al mismo tiempo, tanto las emociones como los pensamientos son cuerpos energéticos denominados cuerpo emocional y cuerpo mental. 

Lo que pasó, fundó una nueva etapa en mi vida. Había desechado el contacto espiritual y el miedo no tenía una presencia tan fuerte como antes. Sin embargo algo inherente a mi esencia era más poderoso que cualquier intento de acoplarme al mundo externo y sus demandas. Esta fue una experiencia de tantas otras muy semejantes. En el transcurrir del día o ante la inminencia del momento de dormir, un estado de liviandad se dejaba percibir a mí alrededor pero sobre todo dentro de mi cuerpo, que me avisaba que saldría a investigar el éter.

Las formas físicas casi nunca se perdían, excepto —claro— si ninguna luz artificial se mantenía encendida durante la noche. Allí estaban las puertas, ventanas y el mobiliario conocido del hogar, sin embargo eso no me impedía pulular deliberadamente cuando la sensación de despegue me conquistaba.

Yo quería investigar el mundo desde el éter sin las trabas que se me imponían desde el plano físico. Estaba aún muy atado a las formas del orden terrenal. Aunque estuviera fuera de mi cuerpo, una pared era una pared... Fue así que una noche, queriendo atravesar por primera vez los límites de la casa, ingresé en un pasillo que daba a la calle y para mi sorpresa una sensación de terror me invadió por completo. Mi cuerpo era energético y sin embargo, una sensación de aniquilación se apoderó totalmente de mí. Esa noche, comencé a conocer a los guardianes de los distintos portales dimensionales.

¿Quiénes son? ¿Qué funciones cumplen? ¿A quiénes responden? ¿Quién soy? ¿Por qué me toca vivir esto? Todas estas preguntas me desvelaban, pero lo más delicado no es tener interrogantes, sino cuando tus dudas encuentran respuestas...

¡Hasta la próxima semana!




Camilo Pérez

miércoles, 13 de mayo de 2015

El niño que sufría en silencio

Gracias a la gente de ''Ukelelo'', magazine alternativo (Argentina) por la oportunidad de ir relatando mi vida. Agradecido de cruzar al otro lado del río. ¡Que disfruten de cada entrega!


Mi nombre es Camilo Pérez, nací en la primavera de 1983 en Montevideo, Uruguay. Me dedico a acompañar a las personas en procesos de cambio, transformación y trascendencia. La gente que llega a mi, ha atravesado recientemente (o lo está pasando) algún evento personal crítico o una catástrofe familiar. En ese momento, se enteran de mi existencia por algún conocido o los que me conocen, se animan a una entrevista particular. Ahí empiezan las palabras que se acercan a lo que soy, según la cultura o creencia del ''paciente'': terapeuta, sanador, curandero, chamán, brujo, mago o hasta alquimista. Pero en invierno de 2013 fui consagrado hombre rayo del Camino espiritual del Cielo. En futuras entregas desarrollaré de qué se trata.

He tenido desde chico muchísimas visiones, premoniciones, recuerdos de otras vidas e incluso sueños donde muchas de las profecías que la gente conoce, se me han mostrado. Aunque la memoria de mi alma (donde se guarda el bagaje de todas las encarnaciones previas) comenzó a develarse para mi en los últimos años. A mi edad, sé que vengo de una dimensión conocida como de ''luz'' o ''dimensión crística'' (almas puras). En otros planetas donde la vida física no existe y los cuerpos son energía, se nos dice los ashua, los transparentes. Por eso el nombre de Cristo, fue Yeshua (Jesús), el transparente.

Como mi alma proviene de ese ''lugar'', estoy familiarizado con los seres que todos conocen como ángeles, aunque no por eso desconozco la existencia de otros seres que cumplen otras funciones muy sagradas en la vida de todos: los demonios.

Antes de los 7 años había tenido varias aproximaciones al mundo espiritual. Yo no lo buscaba, simplemente se me aparecían figuras. Sólo sé que su presencia me resultaba familiar. Es más, me parecía natural. Cuando sos un chico, no te cuestionás la presencia de tus padres. Bueno, para mi era lo mismo, no me cuestionaba la presencia de algunos espíritus o seres de otras dimensiones. Podía compartir el espacio de mi habitación con seres que no tenían cuerpo físico sino energético o escuchar susurros cercanos, sin perturbarme. Pero sobre todo era una percepción de que ahí estaban o había algo. Para la mayoría de las personas estas vivencias pueden resultar extrañas o ser eventos sobrenaturales, para mi lo extraño es no tener contacto ni relación con esos seres que algunos les llaman ángeles, maestros de luz, etcétera...¡Porque los vi y me comunico con ellos desde siempre aunque las formas hayan variado!

Con el paso del tiempo me fui dando cuenta que era yo el que tenía una sensibilidad especial ''despierta''. Y ahora (a mis 31 años) sé que ese espacio sensible está vivo en todos nosotros sólo que la mayoría no se anima a atenderlo por muchos motivos, hasta que ocurre algo que derrumba al ego y sus murallas... Y ahí hago mi trabajo, que es reconectar a la gente con su espiritualidad, su sentido de vivir.

Una pequeña parte de mi educación escolar (el primer año) fue en un colegio católico y eso fue fatal. Rápidamente mi espiritualidad interna entró en colapso con una religión externa y esa brecha me generó muchos miedos. Les recuerdo que yo estaba en contacto permanente con el ''mundo invisible''. Estos seres, cuando vamos bien, nos acompañan compasivamente (lo que llamaríamos ángeles). Ahora, cuando nos salimos de camino por pereza o falta de voluntad, otros seres se acercan a nuestro lado a ''acomodarnos'' o a recordarnos el camino; es a lo que la religión les llama demonios. Para mi no había problemas, estaba en paz con ambos porque representan la totalidad y son funcionales a distintos aspectos de la vida. Pero la incidencia de un ciclo breve de educación religiosa hizo que comenzara a percibir la realidad bajo la lupa del mundo de los enemigos, que separa, dentro de las experiencias que nos tocan vivir, a buenos de malos, a santos de pecadores o a ángeles de demonios.

Para mayor terror en mi, cuando me cambiaron del colegio a la escuela pública, esta brecha se pronunció. Los niños con los que compartía la camioneta que me llevaba a casa luego de la escuela, hablaban sobre seres espantosos y su jefe: el Diablo. Así que de la conexión natural temprana, pasé a escuchar fábulas y fantasías que en la soledad de mi cuarto, se transformaban en una tortura y la oscuridad, en una cámara cargada de secretos y ojos que me observaban y acechaban continuamente.

Por mi propia naturaleza, había un motor interno que me llevaba a querer ahondar en esas historias y leyendas. No era morbo, yo ya no estaba en contacto con ninguna dimensión especial pero me quedaba su registro y una sensación de que bajo ese misterio había algo para mi, que pertenecía a eso; así que me aterraba y me seducía a la vez. Lo que pretendía era religar con un origen al que mi vida pertenecía. Más aún, era ese origen el que me dada a mi la oportunidad de estar vivo y no la vida la que me pertenecía a mi. El resultado era esperable: a los 10 años era un niño normal que sufría su sensibilidad en silencio.

Los siguientes años pasaron con cierta regularidad: la rutina de la escuela y sus tareas, las meriendas que preparaba mi abuela y las golosinas posteriores que resultaban en un verdadero goce. También los tiempos pateando la pelota en la calle entre amigos de la cuadra y más allá. Mi hermana 5 años menor, mi madre, mi padre... Ah... ¡Y mi abuela! Que no sólo preparaba la merienda sino con la que conviviríamos hasta un tiempo después.

Las fuerzas de la adaptación al medio familiar y social, hicieron que olvidara aquellos registros tempranos de visiones y voces que se acercaban a mi con frecuencia. Aprendí a pasar frente a un espejo aterrado por la posibilidad de que figuras espantosas y espectrales se presentaran. Mis interrogantes (que las tenía a montones) no encontraban respuestas en los adultos que me rodeaban, para ellos esas preguntas eran un mundo totalmente ajeno. Y efectivamente era y fue así.

En la siguiente entrega les seguiré contando cómo y de qué modo, volví a conectar con esa fuente espiritual.



Camilo Pérez

domingo, 5 de abril de 2015

Memorias de la luz

La zona de confort es todo aquello que diseñamos y creamos para evitar lo inesperado. Es una estrategia que armamos contra la posibilidad de sorprendernos. Es un cerrojo a lo imprevisible.

Dentro de esa zona hay comodidades que están allí para salir lo menos posible de las murallas del confort. Así se minimizan las chances de que algo desconocido se asome a esa privacidad. Ese mundo donde alguien se piensa y se queda solo, es proporcional al miedo. ¿Miedo a qué? A volver a abrir el corazón.

¿Qué más hay dentro de esa zona de confort? La comodidad es un trabajo, el modo en que se llega a ese lugar y el paisaje cotidiano asociado a él. Comodidad puede ser no trabajar y todo lo que se repite para que eso siga ocurriendo. Comodidad es la manera sistemática en la que ocurre un descuido físico o un modo obsesivo de exigirte estar en forma. Es comodidad relacionarte con ciertas personas y rechazar otras, y es comodidad lo que justifica esa selección. Todo esto es zona de confort. Resulta paradojal, porque parecería que una zona de confort implica no salir de casa, pero no es así.

Cayó la cabra, una agrupación del género murga, se rebelaba así con su canto: “…quiero ser más que una vida correcta, más que una simple sucesión de actos cotidianos…”.

Por más bien armado que esté el plan, hay un momento donde nada alcanza. No hay suficientes recursos económicos en las extensiones donde se guardan que compren la tranquilidad. No hay ropa con la que se pueda vestir a la personalidad que alcance para que la persona se sienta apreciada. Nunca será suficiente esfuerzo aquello que se pueda hacer para que el ego se sienta satisfecho de sí mismo. No hay auto ni coche que pueda llevar a alguien más allá de los lugares a los que se atreve a ir.

Veámoslo globalmente: estamos en el punto más álgido del exitismo. El marketing y las carreras empresariales se encuentran en su montaña rusa triunfal y todos, en algún sentido, trabajamos para minimizar errores y negociar hacia dónde nos importa menos que repercutan los daños colaterales.

La zona de confort y sus cómodas rutinas, no son los sueños. Los sueños que no despiertan aprietan el vientre, rezongan en el estómago, oprimen el pecho y se atoran en la garganta.  Los sueños que duermen agobian el corazón. Hay mucho más esfuerzo dedicado a no escuchar nuestras necesidades y los anhelos que se imponen delante nuestro que en aprender a fluir junto a ese latir. Cuando un sueño se levanta del letargo su fuerza arrolla la comodidad y abre una hendija políticamente incorrecta en las trincheras de la zona de confort.

Siempre hay alguien que aún guarda pureza en su corazón, que es tocado por un sueño de los buenos y los buenos sueños atentan contra las comodidades. Y ahí empieza un gran problema para algunos y una enorme oportunidad para todos.

Voy a hacer un cambio a partir de aquí y sustituiré sueño por proyecto. Les pido que me acompañen.

Cuando un corazón late, aún todo es posible. En cada corazón está guardada la memoria de la luz. Esa memoria somos todos pero ocurre que venimos a brillar desde un resplandor particular. Es decir, tenemos algo que hacer y cuando lo desarrollamos, lo expresamos de una forma muy íntima y peculiar.

Alguien simplemente descubre que debe, que quiere o que puede hacer algo y casi de inmediato se da cuenta que para llevarlo a cabo, necesita algo más y ese “algo más” lo tiene, le pertenece o está guardado en otro.

El universo es un proyecto en sí mismo que también está dando latidos de autodescubrimiento y nosotros somos pequeñas luces dentro de él, encendiéndolo. Todos los proyectos incluyen a otros. Ese sueño que pulsa dentro de ti, siempre es una tarea a volcar hacia fuera y es en forma de servicio, una manera de atender y estar atento. Así sube la intensidad en tu luz. ¡Eso es la conciencia!

Si todavía tenés alguna duda, lo voy a plantear de otra manera: sueñes lo que sueñes, todavía estás dormido/a. Ahora, el hecho de ir por ese sueño, va a hacer que trasciendas la idea de que podés lograr algo solo/a. ¡Si o si los anhelos son viajes compartidos! Y así comienza el despertar del espíritu, el final de la pereza en el alma y la voluntad humana.

El arte de despertar implica desilusionarse y una desilusión es siempre una manera de perder una imagen que tengo de mí mismo o de alguien para descubrir lo real detrás de lo aparente. Despertar en cierta forma, no es distinto a nacer. Nacer o despertar, es doloroso pero es un baño de esencia y claridad. Y este “nacer”, incluye la posibilidad de adoptar una mirada amorosa sobre lo más sombrío. De lo contrario viviremos una nueva desintegración de la ilusión o de la idea que persiste en nuestra mente hasta poder tomar un nacimiento o un despertar que incluya a la oscuridad más sufriente.

La cultura del Tíbet le llama la Rueda del Samsara: los actos repetitivos que esconden un inmenso miedo y que tarde o temprano estamos llamados a trascender. El budismo, en una frase que adaptó un hermano de camino, dice: “Muérete antes que tu cuerpo te eche”.

Tras muchos años de rumear hacia dentro y de darme al servicio, he comprobado dos cosas. Una: las pérdidas como las muertes siempre van a venir. Dos: nuestros actos generan efectos o consecuencias. En ambos casos, no hay nada que contraste al dolor. Se lo puede sublimar, pero terminamos en él para rendirnos y volver a nacer.

Hay épocas de cambio y hay ciclos de transformaciones mucho más profundas y en general estas se suceden luego de perdidas muy sentidas o enormes catástrofes. Parado ante ese duelo personal, pude ver muchas de las consecuencias de mis actos y actitudes así como pasé por estados de honda culpa y de gran dicha. Eso es navegar en el alma.

Pero el alma es una parte de esta película, no es todo el misterio. Cuando soltamos la capa del alma y vemos con los ojos del espíritu, el Plan Divino o Dios nos muestra por qué tuvo que ser de esa manera y no de otra y que todo —¡absolutamente todo!— fue Su diseño y tú, yo, todos jugamos a ser el diseñador, ¡las manos del universo! Es así como el alma se lava hasta la próxima vez que decidamos vestirla, y sus luces y sombras se diluyen y disuelven. Los actos bondadosos y compasivos, así como los contratos amargos, también le pertenecen al Gran Espíritu.

Conozco un solo proyecto en el universo: el amor. Eso es todo lo que pulsa el sol central que está más allá de nuestro alcance y comprensión. Y eso es también lo que nosotros pulsamos. Todo, siempre y a cada instante, es un acto de amor y darse cuenta, es liberador.





Camilo Pérez

miércoles, 11 de marzo de 2015

Los sueños, sueños son

¿Estuviste alguna vez desbordado ante una emoción tan fuerte que sobrepasa la posibilidad de hacerte cargo de ella inmediatamente? ¿Te diste cuenta de que esa marea emocional parecida a un naufragio, es como morir? Para eso están los sueños. Son un arrebato al ahogo y una manera de anestesiar la sensación de inundación y muerte.

Somos una especie que está aprendiendo a gestionar sus emociones. Eso no es un problema sino la tendencia a rechazar ese aprendizaje, a congelarlas. Nos mostramos reticentes a sentirlas. Desde ese estado de conciencia, deliberadamente queremos que todo lo que resulta conocido y brinda estabilidad, no se desvanezca. Por eso es que la nota anterior —“Crecer o reventar”— y esta, se encuentran ligadas.

El mes pasado decía que los desarrollos personales y colectivos se dan por construcción o por deconstrucción. ¿Qué es lo que determina que sea de un modo u otro? Sencillo. Individuos capaces de asumir lo que sienten o no.

Cuando nos empecinamos aunque las señales sean claras, los cimientos ceden y la estructura en algún momento, cae. Eso es por deconstrucción. Un fracaso nunca es casualidad. ¿Qué tanto tenemos que ver con eso? ¿En qué ideas creí sobre las que moldeé lo que se vino a pique? Es un buen modo de inaugurar lo próximo. Pero si una nueva construcción se desploma, no pasa nada. Volvé a intentarlo con la misma premisa: me cuestiono, defino y actúo.

Cuando tengas dudas de cómo estás encarando la realidad y construyéndote, podés tener en cuenta lo siguiente: las dudas son humanas, el convencimiento pertenece al espíritu. Sólo prestá atención a esto: si te asalta la duda o la confusión, o las dos, todavía hay un patrón muy viejo —seguramente familiar— del que no estás siendo conciente ni podés desprenderte por ahora. Si el convencimiento se convierte en rigidez, también. Esta es una muy buena pauta para ir acercándote hacia eso que llamamos misión y a las relaciones que te acompañarán a ejecutarla.

La vida está diseñada para que todos cumplamos nuestra parte. La intención final de la existencia es modelar seres humanos concientes de sí y con una buena antena receptora que converse apropiadamente con el espíritu.

Nos hacemos hábiles en el arte de sentir lo que sentimos, tras muchas prácticas. Ejercitándo- lo. ¿Por qué es tan importante sentir las emociones? Porque son las capas que recubren nuestra esencia. Las emociones están programadas bajo patrones que te ayudaron a sobrevivir y eso colaboró en tu desarrollo parcialmente. Te darás cuenta si hay sensaciones que perturban tu calma, de que falta mucho pulir para descubrir qué hechizo te hace participar de una fantasía familiar o social.

La mayoría de las personas aún hoy, escogen una ficción que las entretenga, un sueño que las mantenga de pie o una ilusión que las persuada del temor a sentir. Esta elección no es gratuita, todo lo contrario. De a poco y sin importar cómo vengan presentadas las fantasías que protegen tu esencia cuando aún es temprano para poder asumirla, el individuo que las fantasea rompe relaciones consigo mismo y contacto con lo real: la intimidad que lo rodea.

Esta máscara o careta social, nos hace pagar un costo altísimo: se genera un quiebre con respecto al sentir para poder adecuarnos a las demandas que aseguran la supervivencia. Y esa mutilación o desprendimiento de nuestras aguas, nos hacen perder el sentido de la vida. Por tanto todos los lugares a los que abordemos, estarán cargados de pleitos, espejándonos permanentemente las emociones que por negar, nos llevaron hasta allí. El rechazo también es una manera de conducirse y no hay problema en intentarlo así, salvo que las experiencias nos rechazarán a nosotros, y los sitios a los que lleguemos difícilmente nos hagan lugar.

 Algunas personas elijen una evaluación del sistema familiar al que pertenecen o de sí mismas y acuden a consultorios por una terapia u otra forma de sanación que les ayude a hacerse cargo de sus dolores. Todos —sin excepción— transitarán uno o más ciclos donde se sentirán invadidos por un océano emocional y a la deriva. Tristezas, decepciones, frustraciones, traiciones, o lealtades a las cuales han seguido, entre una lista inagotable de sensaciones, se presentan. Es que todo ese tsunami  y oleaje furioso, como las corrientes fortísimas que se mueven por debajo, han estado prisioneras de la personalidad y del ser social al cual nos aplicamos por mucho tiempo. A esto es a lo que me refería con congelamiento.

Hay un gran número de personas —sobre todo en la familia— que no entienden cómo es posible que si un ser querido ha iniciado un camino espiritual o de sanación, está tan mal, llora constantemente o reacciona de manera impulsiva. Es que hay un ponerse al día ante tanta emocionalidad postergada, prohibida o reprimida. Y es inevitable.

Ficción, fantasía, sueños y otras palabras de la misma familia; son funcionales y sirven al terreno volátil de la ilusión.   

De qué están cargadas tus ideas, qué mapa sobrevuelan: ¿tener dinero? ¿Hacer viajes? ¿Conseguir empleo o dejar el actual? ¿Romper una relación o iniciar otra? ¿La emancipación del hogar familiar? ¿Comenzar una actividad? ¿Largar todo y empezar una nueva vida en algún paraíso espiritual? ¿Jubilarte pronto?

Lo mencionaba la nota pasada, al hablar de conceptos estamos dándole pasto a la razón para que se entretenga. Si en lugar de querer definir algo para entenderlo, bebemos nuestras aguas, nos acercamos a la dimensión y a la importancia que eso que está pasando tiene en nuestra vida. Desde ese espacio, no necesitamos entender, precisamos sentir.

El orden de los sueños, las fantasías y los deseos, describen algo muy preciso: nuestros vacíos existenciales o de lo que estamos llenos en nuestra vida y se necesita liberar.

Voy a poner un ejemplo. Una persona puede tener muchísimo trabajo y también muchísimo miedo a desprenderse de ese tiempo porque estar en su casa le supone una tormenta a la cual no quiere enfrentar. Hasta que un resfrío o un desequilibrio mayor le quita de allí y no tiene más remedio que asumirlo. El trabajo en este caso sería una dimensión de su sueño. A esta persona, le costaría enormemente estar en presencia de la realidad que le espera en su hogar. Se sentiría alarmado y el aviso de transformación se activaría en él. Y todas las transformaciones, cuando son genuinas, tienen cara de muerte.

No tengo dudas que estamos atravesando como humanidad un proceso muy peculiar. La ensoñación o la cáscara que cubre y protege al huevo, se está rompiendo. Paradójicamente, ese cascarón no nos lleva hacia afuera, la ruptura que está sucediendo es en lo que llamamos la realidad. Esto es a lo que autores clásicos como Osho o Eckhart Tolle denominan ilusión.

Nuestra cultura ha fantaseado durante muchísimo tiempo con cambiar el mundo y ese paradigma combativo, ya deteriorado, fue sustituido en buena medida por el grito de “¡sálvese quien pueda!”.

Cuando convencidos de las luchas que perseguían, nuestros abuelos y padres intentaron transformar la realidad, se dieron cuenta de que otros colectivos como ellos, pujaban por lo mismo: mantener un estado en el cual creían mientras ellos buscaban implantar otro. Actualmente, las agrupaciones políticas no logran concentrar la atención más allá de los períodos electorales. En otros casos, se mantienen o brotan bloques con consignas que se pierden con su grito en el ruido general y las demandas de siempre. En ambos casos, son arquetipos que no funcionan producto de un largo caminar y su desgaste. El pensamiento agobia.
 
En el área individual, nos enfrentamos a una batalla entre dos mundos: inventar un micro ambiente articulado por comodidades y de sueños profundamente personales o morir en el intento y entrar en esa habitación donde están los fantasmas de nuestra niñez.

Las fábulas de nuestra infancia y sus personajes, repercuten hasta hoy tomando forma en el presente. Tienen el peso de una imagen agrandada por el paso del tiempo y la falta de cuestionamiento. Echarles una mirada con conciencia nos abre a la posibilidad de contrastarlos y esa gimnasia y sus resortes, disiparán sus perfiles aunque no sea de un día para otro.

Algo más para ir cerrando: ese mundo interno, de una mirada con conciencia o atenta, incluye y le hace lugar al otro mundo miedoso y paranoico en el cual nos formamos y del que formamos parte. El mundo de nuestra conciencia es tan fuerte que abraza a esos cucos asustados.
 
Ya no quedan terrenos idílicos, por aquí y por allá la realidad nos rompe el corazón y lo que está instalado es un gran sentido de duda y confusión. No sabemos cuál será la próxima estación. La mejor señal en la que podemos confiar es que esta combustión está creciendo sobre una esperanza renovadora, aunque aún la mayoría de la gente no logre verlo.

Lo que estamos conversando y difundiendo desde hace mucho, es la percepción de que la plataforma sobre la que hacemos el resto, está cambiando. O comenzamos a adueñarnos de nuestra experiencia humana con un profundo respeto por la vida toda y con gran humildad para dar cada paso o no pasa nada, seguimos el aprendizaje en otra escuela.

Estamos en una gran casa y esta Gran Madre hace rato nos está teniendo paciencia. Las aguas de la Tierra se están descongelando por amor a lo que viene. 


Camilo Pérez

viernes, 6 de febrero de 2015

Crecer o reventar

No hay azar. Como en aquel juego televisivo de la papa caliente, los problemas explotan en las manos de quien se aferró a una forma de jugar. Sea por voluntad propia o porque los problemas te revientan encima, la vida está diciendo que hay algo por soltar y algo por tomar.

Aunque los tiempos de la humanidad son mucho más largos que nuestros procesos personales, de igual manera no hay azar: las realidades vacías de amor están explotando en todos los sitios del planeta. En verdad, lo que estalla se destruye por amor. Lo hace el amor. Deja de ser como es para volver a recordarnos una de las condiciones más importantes del ser humano: el movimiento. La pregunta es ¿hace cuánto que no me muevo, cuándo dejé de hacerlo?

Un hermano de camino me mostró claramente la diferencia entre sostener y permanecer. Algo se sostiene en base a un esfuerzo mientras que en la permanencia no lo hay. Después logré ver el resto... La contemplación es la otra gran condición del ser humano. Cuando un hombre se contempla, se cruza con su atemporalidad. Se conecta con su inmortalidad, con la parte de sí que no perece. Habiendo asumido su mensaje y digerido la enseñanza, alguien más me preguntó cómo hacía para diferenciar en su realidad entre permanencia y sostén. Sólo un tiempo después, le respondí: ¿cuánto de lo que hacés, lo sostenés para que no te vuelvan a lastimar? En la respuesta a esta segunda pregunta con la que respondí, se ve si una herida está bien dirigida hacia la redención de la culpa y la sanación como camino de mantenerse alerta, en conciencia.

Durante la actuación de una murga, hace algunos años atrás, un pasaje de su guión decía: ''...inventamos paraísos tan personales que ni siquiera sabemos si alguien va a querer estar ahí, con nosotros''.

La vida tiene un ritmo claro: toda luz que ingresa en la atmósfera de la Tierra y que se ancle en su interior, tendrá lo necesario para su materialización, desarrollo y desprendimiento: sea que esa luz encarne en un animal, planta, ser humano, etcétera. Incluso cuando un planeta nace en el misterio del universo... Estoy diciendo con esto que cualquier realidad que esté reñida con la real naturaleza de abundancia que somos, es una historia desencontrada de su propósito. Las cosas que conceptualizamos son una dimensión más que una definición de diccionario: trabajo, casa, hogar, papá, mamá, relaciones. Dime abundancia de qué tienes y te diré con qué estás identificado.

Nuestra vida o la historia familiar, e incluso la social a la que pertenecemos, no puede zafar de ese ciclo de desenvolvimiento. Todos provenimos de un capullo que nos contuvo y protegió hasta que ya nos queda chico y precisamos desprendernos de él. Las realidades nos cuidan hasta que nos obstaculizan. Acompañan nuestro crecimiento hasta que se interponen a él.

Una sana manera de crecer sería reconocer el tiempo de una realidad que se está agotando antes de que pase que sigamos en ella cuando caducó. Para hacer esto posible y no hacernos daño, hay que estar atentos. Parece sencillo así, escrito. Lo díficil en ese momento es intentar otras formas, diferentes a los hábitos en los que nos acostumbramos a funcionar.

Hay muchas personas simplemente pasando y aplazando los tiempos y decisiones, entregándose con resignación. Tal vez creyendo que en la próxima vida, las cosas serán más benevolentes con ellas. Y es un absurdo. Volverán a nacer y a transitar los mismos dramas existenciales que tanto han padecido hasta aquí. Como en los videojuegos o en los juegos de mesa, ¡tendrán que volver a empezar en los desafíos pendientes!

En nuestra cultura, rioplatense y nostálgica, tiene mucha fama el dicho ''todo tiempo pasado fue mejor'''. Eso nos dice por lo menos dos cosas: que estamos muy incómodos con la realidad que nos toca y que hay una lucha por recuperar las cosas tal cual fueron. La nostalgia, en su justa medida no es tan mala... Es un buen recuerdo de otro tiempo y nos habla de que desde donde miramos y cómo estamos pisando, hay cosas por cambiar. No es tan terrible. Hay cambios por hacer. Si la nostalgia es desmedida o le rendimos culto, se transforma en melancolía. Es decir, un estancamiento muy pronunciado en momentos que se nos fueron y que cuanto más lejos nos quedan, más los sobrevaloramos. En el fondo, hay un gran duelo y mucho dolor por resolver.

Todos hemos perdido. El asunto es si esas pérdidas se enquistaron en las entrañas o si—concientes de ellas— elaboramos el proceso, su contenido, el lugar que nos tocó y nuestro accionar en esos ciclos.

Podemos identificar lo que resultó de las pérdidas y sus duelos por sociedades e individuos maduras/os y con recursos para resolver futuras complicaciones o atrofiados y atomizados por el dolor y en él.

Importante: si estás queriendo atrapar o traer un tiempo que se ha ido, en algún momento lo que perdiste te hará perderte a ti en los laberintos del recuerdo. Eso se llama estar ''tomado'' por una experiencia. Es sencillo comprenderlo: quiero recurrir a algo que no está y en mi vida diaria, eso toma la forma de un conflicto causándome mucho daño y eso, además, me retrae y me contrae. En estos casos, se termina atrapado y encerrado. ¿En dónde? En sí mismo. Es lo que clínicamente se llama neurosis: cuando las neuronas hacen un esfuerzo inmenso por recapitular, crear fuera y hacer vívido, lo pasado. Eso enferma.

A esa cordura ordinaria, en la que tanto empeño utilizamos para mantenernos, le aterra perder el control. Cuanto más sacrificio, más me pierdo y extravío el camino. Y más veneno reproduzco.

La única manera de descontracturarnos, es desobedecer los ''felices'' mandatos de la mente y la mente siempre, pero siempre, se aferra a un deber ser.

La senda de la debilidad se nota cuando hay una realidad que revienta permanentemente. La senda de la transformación y de la trascendencia, se nota cuando pongo entre la muerte y yo, un nuevo sueño, un nuevo desafío. No está mal, ¡es una actitud y un impulso humano! Ahí hay fuerza. Pero... Hay que encontrarse tan desencontrado y tan frágil como para luego darse cuenta la diferencia entre ser un paño de lágrimas o estar en mi fuerza. ¡Y ojo con engañarse! Hay muchísimas personas que sin llorar igual se sienten víctimas de las circunstancias de la vida. No se puede renunciar a ninguna de esas caras. El tema es no estancarse. O lo elegimos o lo hacen por nosotros.

La próxima hablaré de los sueños, esa fortaleza interior que sacude el polvo de la muerte que se impregna en nuestra vestimenta.




Camilo Pérez

jueves, 8 de enero de 2015

Asumir el dolor

Pasaron las despedidas, las corridas de último momento, los buenos deseos y los convencionalismos. Se sucedieron esas fechas donde la mayoría se siente en aprietos y otros más osados rompen con las tradiciones. Son pocos los que se sienten verdaderamente cómodos pero sobre todo, completos.

Durante estos días muchos se ven en la obligación de cumplir y después el estómago les pasa factura y las ventas de digestivos crece. La soledad, las broncas y las rencillas familiares dicen presente. Se actualizan pérdidas, ausencias y otros movimientos significativos que aún están sin resolver. Esos duelos que todavía no bajan o terminan de ser procesados, pesan.

Comenzó el 2015 y mientras muchos ya disfrutan de sus vacaciones y otros las organizan, se va dibujando el mapa de lo que nos propondremos. Empezaron otras trescientas sesenta y cinco vueltas alrededor del Sol para hacer lo mismo de siempre o intentar hacerlas de otra manera. Sólo depende de una decisión. Una.

Según la metafísica, es el tiempo del rayo verde de la Verdad y la verdad duele porque implica reconocer mi total ignorancia como modo de entrar en el misterio del presente. No tenemos ni idea de que lo será dentro de cinco minutos. Y la verdad que reconocer nuestra ignorancia es bajar la guardia, la soberbia y el orgullo. Estar en guardia viene de creer que el mundo en algún momento me va a ofender. La soberbia es la creencia de que lo que yo pienso es más importante. El orgullo es la autodefensa de una postura muy débil y las creencias que la mantienen. Atreverse a bajar las armas es el único movimiento que hace posible —despacito— renunciar y abandonar lo que yo creo que es o debería ser la vida. Esa distancia entre lo que me parece y lo que en realidad es, es lo que me determina, no ya a una experiencia dolorosa sino directamente a abrirle la puerta al sufrimiento. 

Sufro cuando coloco fuera de mi las frustraciones de los sueños perdidos o de los cuales todavía no puedo hacerme cargo. Sufro cuando me mantengo en la obstinación, sin soltarme del pasado ni dejar de recurrir al futuro como manera de sentir un poco de excitación y fantasía. En esa organización cotidiana, estoy completamente ausente de mí y del tiempo real.

La medicina del dolor se trata de una flecha directa al corazón que despierta nuestra frágil voluntad humana. Cuando esa flecha alcanza mi corazón puedo echar un vistazo a su trayecto y en esa búsqueda, empieza un camino distinto. 

Hay dos formas de manejarme con respecto a lo que me duele: silenciarlo o hablarlo. Ninguna está bien ni está mal, ambas son necesarias dependiendo del momento e intensidad de lo que nos esté pasando. Lo que se ponen en juego en esas instancias es de qué manera vamos a moverlo e interactuar con lo que nos rodea. Culpar al afuera es disparar el dolor sin ton ni son, destilarlo. Lo otro posible es hacerme responsable de la parte que me corresponde. Son trescientas sesenta y cinco lunas y soles para resentirlo o elaborarlo hasta trascenderlo. Ese proceso que viaja del resentimiento al amor, empieza por asumirlo, es decir, hacerle lugar a aquello que me está doliendo.

El dolor tiene cuatro ciclos que merecen una nota aparte. Todos los conocemos muy bien: la víctima, el victimario, el salvador y el sanador. Ahora sólo me dedicaré a la última instancia de ese ciclo porque es la que nos abre a la oportunidad de hacer las cosas de una nueva manera. En general, pasamos la vida saltando en las tres primeras casillas. Desde allí, trascender los conflictos de todos los días parece remoto. Es como pretender lavar nuestra mirada mientras el agua se nos escurre entre las manos. Ese movimiento alberga poco espacio para la esperanza.

El sanador conoce esos lugares, los experimentó e intenta permanecer atento a la aparición de esos personajes. Un sanador es quien se da cuenta de que en su vida hay dolor y abriéndose a la experiencia de sentirlo, hace de él su propio remedio y el de quienes están cerca.

Un sanador es una persona que reconoce en sí y en su entorno los dolores. Es una tarea que exige mucha disciplina y común se profundiza en ella, requiere impecabilidad. No se trata de convertirse en santo ni de abandonar los placeres de la vida, sino de comprender su lugar, las posibilidades de ese espacio y el compromiso que lentamente se va levantando. Es un sitio de exposición, porque quien se sana y sana, toma una decisión: salirse de la sombras y de sus zonas de confort.

El sanador interviene en la atmósfera del dolor, en su aire. El arte de sanar implica reconocer el daño hecho al corazón. Es necesario desandar el camino de la flecha que lo hirió. Ir hacia atrás en la maravillosa aventura de devolverle a las cosas que pasaron su sentido para que aparezca la comprensión y florezca la conciencia en el entorno. Es revisar el camino, el medio entre el origen divino de la vida y su gestación, y el momento donde ese cordón o hilo que nos une con la existencia fue interrumpido o distorsionado. Eso es reconstruir, re-mediar. El sanador es medicina.

El trayecto entre el dolor y la reparación es el viaje del estómago al corazón. ¿Por qué? Porque en nuestro aparato digestivo y en nuestro vientre, están las aguas turbias, las que distorsionan la percepción y la lente con la que vemos al mundo.

En mi experiencia y habiendo recogido las vivencias de otras personas, he comprobado que no alcanza con levantar agua para limpiar la mirada. Es necesario sumergirse en lo hondo de las emociones y allí abajo —simbólicamente— nuestra personalidad muere. ¡Nos salen branquias para respirar como peces bajo el agua! De tantas veces que buceamos, se le pierde el miedo al naufragio...

Asumir el dolor implica detener el movimiento reactivo que nuestros impulsos llevan. El ambiente casi siempre nos exigirá tomar partido. Pero no es lo mismo involucrarse desde la observación que tomar como válido o cierto un punto de vista, negando otro.

Los problemas no van esperan a que nos parezca que ahora sí es momento de atenderlos. Vienen. ¡Nos vienen! A mostrar cuánto dolor cargan nuestros corazones, a enseñarnos el camino, a integrar maneras distintas, a conciliar puntos divergentes hasta que el amor disuelva sus diferencias.

En toda atmósfera, cuando se desata una oleada de discordia, también está presente aquello que la soluciona. Cuando yo me sostengo silenciosamente en mi espacio vital, cuando me retiro a mi universo interno; no me pierdo en el afuera y le estoy ofreciendo a la solución que siempre está girando en el lugar —aquella que acerca, une e integra las partes— una puerta de entrada y expresión. No tengan duda, ¡para que el amor fluya, alguien debe respirarlo y hacerle lugar dentro!

Comprender y sanar, como conceptos no se diferencian y como actitudes, iluminan. Como dijo Piotr Ouspensky, creador de la Escuela y disciplina del Cuarto Camino: ''Si comprendéis a un hombre, estáis de acuerdo con él; si no estáis de acuerdo con él, no lo comprendéis''

Ouspensky también decía que hay una sola comprensión, lo demás son posiciones incompletas. En una de sus conferencias resaltó que las dificultades personales son visiones restringidas que se encuentran en relación con un problema que es más amplio.

Todos tenemos una mirada sesgada que involucra a otros y que permite que la historia a la que pertenecemos, se siga reproduciendo. Cómo continuará esa historia, nuevamente, es una decisión. No se ama mucho o poco, o no se ama o sí se ama. Y cuando se ama, se comprende lo que es y cómo devino en eso.

Por eso, en el año de la Verdad, cada dolor va a precisar ser escuchado para recuperar su sentido sagrado. La historia de cada uno va a demandar, no desde afuera, sino desde las tripas, que recogamos las piedritas del sendero que nos lleva de vuelta a casa. La familia humana se debe aún recuperar la memoria y tiene pendiente arrojar mucha luz sobre su propósito divino. Todo el universo y en especial el Cielo y la Tierra esperan que de una vez por todas emprendamos los pasos al origen, el espiral hacia el centro. Este tiempo es un regalo, después puede ser demasiado tarde. 

Soy un viajante de la memoria de la Tierra. Honro cada tramo de la historia humana y amo las profundidades de su alma. Somos un universo, un sólo canto. Cada vez que escucho que un puente divide a dos sitios, digo que en realidad los une. Asumir el dolor es preguntarse — ''¿Gran Espíritu, estás aquí?''





Camilo Pérez