viernes, 15 de agosto de 2014

Ir de la razón a la paz

La vida consta de dos dimensiones: forma y contenido. La formas son todos los espacios en los cuales nos pasan cosas. Nuestro cuerpo es la primera, nuestra casa es la que sigue, el lugar de trabajo es otro entre tantos en los que frecuentamos. El contenido tiene que ver con lo que nosotros hacemos dentro de los espacios en los cuales estamos.

Este mapa tiene dos direcciones más, porque en los lugares no estamos solos, entonces lo que hagamos afecta a quienes comparten esa plataforma. Si lo que contenemos y por tanto soltamos en ese marco, impacta negativamente en otra persona, generamos conflicto. Si lo que vertimos en ese espacio aporta positivamente al otro, creamos encuentro. Conflicto y encuentro son las frecuencias que hablan de cada uno de nosotros. Son la amplificación del mundo interno en contacto con las realidades de otras personas.

Todo estado de lucha que se exteriorice, deriva de una riña adentro de cada uno. Las libertades que resignamos, al ser reprimidas y normalizarse esa situación, se oponen a la naturaleza de bienestar inherente al Ser. Todos conocemos estas discusiones que se desbocan en nuestro interior.

La pelea es una sola: nos pasaron cosas que contradicen al estado de gracia y plenitud del cual venimos. La respuesta también es una: tenemos razones para estar dolidos y sufrir. Simplifiquemos el camino y juntemos todos los motivos en uno: tenés razón, toda la razón y solamente la razón.

Cada vez que escribo soy conciente de que estoy hablando contigo (y conmigo). Te invito a que te detengas tantas veces como te sea necesario. Si podés conectarte con que de verdad tenés razón, un poco del camino está allanado. Sufre el que no está seguro completamente de que lo que le pasó, fue injusto. Hagamos una franquicia en este momento: no te lo merecías, no hiciste nada para que eso ocurra. Tenés razón. Podés dejar de sufrir. ¿Pudiste? ¡Es liberador! ¿Vamos por más?

Si hasta acá seguimos juntos, demos otro paso. Lo que sucedió igual duele. Acá necesito que prestes especial atención a lo que voy a decir. Lo que viviste, vos y yo sabemos que tiene una razón de ser. Si te enoja leerlo, recomiendo que vuelvas al párrafo anterior y reúnas de nuevo la energía que conseguiste para avanzar. ¿Seguimos?

Asumiendo que podemos continuar, aunque te hizo sufrir y ahora duela, no es importante saber el propósito de lo que pasó, es trascendente reconocer que tuvo un sentido y que aún lo tiene porque no lo conocés. Transgredir tus propios limites, ayudarte a crecer, madurar aspectos de tu personalidad y templar el carácter pueden ser conceptos que alberguen el propósito.

Pero el ego sigue ahí, porque sabiendo que lo que pasó tiene algo de fondo, quiere develar lo que ahora se esconde. No deja de doler, pero es reconfortante sentir y pensar que aquello que tuviste que atravesar tu o alguien más, tienen una capa a la cual es posible acceder.

A partir de aquí, no puedo ayudarte más que con la intención para que te muevas del conflicto que aún permanece hacia el encuentro de la verdad oculta. Te garantizo que si te ponés en marcha, hay respuesta. No hay búsqueda que no arroje luz. El apoyo que vas a precisar es personal, frente a frente y estará la vida para guiarte hacia dónde recurrir y en quién confiar.

Cuando hayas alcanzado el sentido, quedará un último paso, tan difícil como los anteriores. Hay que abrazar la razón primera, no la personal (ya nos pusimos de acuerdo en que tenés razón), sino el motivo de la vida para construir lo que puso en tu camino.

El cierre de todo ciclo es la aceptación. Quiero facilitarte una herramienta más para las dudas que probablemente te invadan en este momento. La ventaja que supone llegar al final del laberinto, no es estar frente a la salida. Sino todo lo que se transformó dentro tuyo en el camino.

Para cerrar, insisto en las cosas más esenciales. No hay nada qué discutir, no entres en la discordia, la razón ya la tenés. Hacé tu parte y fluí con el ritmo que propone el viaje. Las pausas y las velocidades son la fuerza de la vida y siempre será infinitamente más que la omnipotencia personal. Cuando vayas por las respuestas, participá del juego con respeto. No tenés demasiado qué hacer porque igual cuando descubras por lo que fuiste, vas a ver fuera algo que te esperaba dentro.

Me quedo en forma de mapa y con estas palabras como contenido. Que sea posible soltar los problemas, los acertijos se resuelven en las relaciones.




Camilo Pérez

miércoles, 13 de agosto de 2014

Memoria Divina

He visto a muchísimas personas llorar. He llorado también, tan profundo que acabé dormido. Entregándome. Y en numerosas oportunidades el llanto ha sido compartido, familiar, íntimo. Pasé por todos los estados: ser sostenido, ser quien sostiene y dejar que la vida se encargue. Esto último es fundirse con alguien en el motivo del llanto, sus aguas y sales.

Todas esas vivencias tienen una particularidad: la búsqueda. El agua recompone la relación entre un ser vivo y la fuente que lo alimenta.

Estaba en un círculo de personas conversando cuando la profundidad de la charla tocó las fibras de alguien, y comenzó a llorar. El silencio fue inmediato, no por incomodidad, sino por respeto, permitiendo que esa persona fuera a sus aguas y se explorara. Yo me dediqué a explorar las mías. Recorrí mis emociones como forma de acompañar a quien se encontraba acongojada. Sé que el mejor modo de ayudar a otro es sostener mi lugar, no salir al cruce de lo que sucede en otro espacio del círculo. Allí me quedé, observándome y eso naturalmente me conectó al sitio de quien lloraba.

Esta persona sostenía el agua del círculo, lloraba por todos. Hasta que encontró un punto de calma y se serenó. Estaba otra vez con nosotros y entonces la oportunidad de entrar en diálogo, volvió. Al llenarme de aire, sentí la presencia del espíritu y cómo se abría paso a través de mí para comunicarse. Entonces, inspirado, me dirigí a ella y sólo fui canal.

Tuve palabras para revelarle que el llanto es una cara de la realidad. La mitad invisible es la naturaleza espiritual que se apodera de la circunstancia. Lo que se llama en el camino espiritual del Cielo, Agua de las Estrellas. Cuando lo necesitamos, pero sobre todo cuando lo permitimos, un ángel nos baña con ese manantial divino.

''Algunos nacen con una estrella y otros estrellados'', dice el dicho. En el medio, entre los que brillan y los que no, hay sólo una decisión. Los que brillan, eligieron. Ante la ignorancia, la medicina es la humildad para verse sumergido en el mar del desconocimiento. Ante el laberinto emocional que eso provoca, el remedio es la valentía para atravesar la película de la vida una y otra vez. Aunque su sentido se esconda y eso desconcierte. Sin quejas, sin reclamos. Hasta que sea suficiente. ¡Pero cuidado! Cuándo es suficiente no lo determina le personalidad ni el ego juzgando la experiencia.

Lo que define el paso de un lado del umbral al otro, es vis-lumbrar. Ver la luz. Es un sentirse recibido y receptor. Da igual: algo dentro se activa. Las dos maneras son ciertas: eso viene a ti como tu vas hacia él. Porque el que busca, encuentra y el encuentro es el medio. Lo que hay entre dos.

A más quejas, nos aseguramos continuar resintiendo el mismo rollo. A mayor entrega, le corresponde la certeza de saber. Saber qué. Que detrás de cada acto, adelante, a los costados, arriba y abajo, se encuentra la vida. Y que la vida tiene sus razones para hacer el cómo. No es un acto perpétuo de tortura. En lo que ocurre, hay orden. Descubrirlo, es una decisión.

Invadimos todos los espacios de marcos conceptuales, de ideas y teorías que terminan diluyendo la transparencia en soberbia. Y la arrogancia nos descoloca, nos fuerza, nos petrifica y esclaviza. Huimos desesperadamente del contacto íntimo y cuando lo rechazamos, garantizamos la continuidad del ciclo de desavenencias y en su retorno, la dureza.

Las corrientes en tensión traen lluvia como las emociones desencontradas traen entendimiento. Todo lo que no sabemos sobre nosotros, los por qué y los para qué (si accedemos a conectarnos con ellos) encienden las aguas. Cuando ese motor se prende, el alma se despliega.

Una buena noticia: siempre que estemos atentos a nuestras necesidades y lo que hacemos sea en coherencia con ellas, estaremos bien.

Un detalle: nunca las necesidades se satisfacen en soledad. Como está implícito en la palabra, Encontrarse con lo necesario implica moverse del lugarcito de comodidad, conocido y común.

Llorar impacta en cada célula, baja las resistencias al cambio, eleva la conciencia y hace espacio para que el potencial transformador que hay dentro, haga su trabajo.

El Agua de las Estrellas nos riega ofreciendo tramos esenciales de nuestra caminata por el Universo. Porque detrás, delante, a los costados, de un lado y del otro: es siempre Dios. Pero en consonancia con cómo nos movemos, el presente encuentra su sentido en la línea del tiempo hacia atrás. Y Dios está en el fondo de todo, esperando para respondernos.

El amor es siempre nuestra casa, un refugio sagrado. Ese recinto es divino. Hagamos memoria, venimos de ahí.


Camilo Pérez

martes, 29 de julio de 2014

Arte sano

Sanar es lleva luz a los lugares nuestros que están vacíos de amor. No importa si es mucho o poco, mientras no estén colmados, reclamarán atención. Para iluminarlos, tenemos que tomar conciencia sobre cuáles son esos espacios y los reconoceremos porque se comunican a través de las emociones. Lo que estoy re-sintiendo, habla.

Sufrimiento y dolor no son lo mismo, tampoco el sentimiento es igual a la emoción. Un patrón emocional que se reitera o una situación que produce sufrimiento o dolor, dice que hay una forma de percibir el mundo y a mi en él, que es errónea. Si la percepción cambia, el sufrimiento y el dolor se diluyen. Pero esto viene después y no es una situación involuntaria, es una intención que precisa de una acción.

Lo que la vida no brinda ni nos da, es lo que traemos de fábrica. No está puesto en nuestro camino porque lo encontraremos dentro y está para ser desarrollado. Es más, sos una pieza insustituible para la vida, porque lo que viene de tu interior no está en el mundo aún. Habrá parecidos en los que te sientas reflejado y te ayuden a brillar con lo mejor de ti, pero no será nunca igual a lo que puedas ofrecer.

Si tu destino es despertar al artista que llevás en lo íntimo, la forma de trazar figuras y de ponerles color, será única. No hay dos seres con el mismo don o recurso y eso tiene que explotar. Pero primero requiere exploración. Entonces los sucesos que te ocurran y se reiteren son un llamado para reaccionar. Son circunstancias que hacen de ''despertadores''. Por eso lo que nos pasa está lleno de sentido y ''vacío'' de amor, porque esos rincones de ausencia son ocupados por la inteligencia creadora. Y esta es energía y materia prima para canalizar lo que padecés y transformarlo en arte.

El vacío, la ausencia, la sombra, el desamor... Tantas maneras de llamar a la oscuridad... Son sitios donde la luz descansa hasta que te encuentres lo suficientemente cansado de vivir a disgusto y lo suficientemente animado para levantar la fuerza de tu corazón.

La vida no coloca nada en tu camino con lo cual no puedas. Frase cliché. Igual a ''Dios aprieta, pero no ahorca''. Como cuando al sumergirte en el mar enérgicamente, te hundís demasiado, la profundidad pareciera querer devorarte y llevarte a su lecho. Ante la alarma del ahogo, buscás rápidamente la superficie. No pensás. La senda hacia el aire la conocés y el movimiento es espontáneo. En las situaciones adversas y riesgosas, todos sabemos qué hacer y cómo. No interviene el pensamiento. La personalidad ante una amenaza verdadera, queda suspendida, en pausa y aflora el Ser. Estalla y no se puede evitar. Respirar y estar inspirado no son lo mismo. Lo que distingue una acción luminosa a una falta de claridad, es la conciencia que opera junto al quehacer.

También la existencia alumbra a cada uno con una intensidad justa. Podrás ser encandilado temporalmente, pero no enceguecido o con una luz en la que no te puedas sostener. Mientras no te encuentres listo, te estás preparando.

Todo pasaje de un estado de conciencia a otro, nace de un orden que entra en caos al tomar contacto con una variable distinta, que modifica la percepción absoluta que tenemos de las cosas. El prisma por el cual vemos la vida. Ese sistema -cualquiera de nosotros- entra en tensión a causa de un visitante desconocido que desordena el funcionamiento general en el cual un organismo está acostumbrado a organizarse. Todo el cuerpo debe reconocer a ese extraño que transforma y altera el todo, hasta integrarlo.

Los rituales y ceremonias cumplen esa función en nuestra sociedad. Una despedida de solteros, un casamiento, la celebración de los quince años. Están para acompañar el pasaje entre una manera de convivir y otra. Una cumpleañera que llega a sus quince, está siendo apoyada por su entorno en su transformación hacia el ser mujer. Se prepara para vivir su sexualidad y reconoce su posibilidad biológica de ser madre. Todo eso, mientras se despide del sentido ingenuo que recubre la niñez.

Los estados de insatisfacción que rodean al dolor y al sufrimiento, están ligados inseparablemente al sentido de ignorancia. No sabemos lo que hay del otro lado del umbral. En el mejor de los casos podemos ser concientes de que hay una medida de zapatos que nos queda chica y que así no podemos caminar. Todo habla de una realidad que ya no se ajusta a las necesidades que tenemos y para tomar lo que precisamos, hay que avanzar de casillero.

Para cerrar, quiero compartir dos cosas más. Sanar no es un fin en sí mismo. No hay un momento en que se llega a algún lado y el movimiento se interrumpe. Sanar es perder ignorancia e ir reuniendo sabiduría. Recuperar la pureza no acaba al morir. La aventura del alma trasciende la existencia física. Cuando nos salimos de este plano, vamos a conversar con el Gran Espíritu o Dios. Allí repasamos completamente contenidos de amor, nuestras decisiones en vida. Sólo a partir de ese momento, observando la película de lo que fuimos e integrando el sentido que tuvo, el alma también se diluye y vuelve a la fuente donde es lavada. Y allí queda la pura esencia en descanso hasta de vuelta hacer el viaje de tomar cuerpo. Sanar es un infinito viaje de descubrimiento.

Lo otro. La luz nace de la mayor oscuridad. El vientre que te recibió, estuvo totalmente vacío para albergar ese punto luminoso que luego se hizo carne. Por eso es importante resaltar la magia de la noche, de la sombra y otra vez de la oscuridad: la negrura más espesa que conozcas es fecunda en luz. Y la luz, finalmente, es toda la potencia de la vida codificada, encriptada. Después la luz es la semilla y todo en definitiva, es un gran acto de amor. Todo es un gesto de profunda vida.

Y hablando de vida, de muerte, de semillas, de luces, de flores y también de dolores: no hay un sólo rincón en el universo que no esté colmado de amor, aunque las sombras lo disimulen y protejan. Las contracciones se suavizan con aire y traen vida.

¡Hasta el próximo nacimiento!




Camilo Pérez

martes, 15 de julio de 2014

Lo que hacemos nos lleva a lo que somos

Estaba en medio de una reunión donde la finalidad era encontrarse con la alegría, conectarnos a la felicidad de estar juntos. Entre amigos.

-¿Cómo pensás hacer para traer el Cielo a la Tierra?

Me han hecho preguntas de diversos tipos. Llevo mucho tiempo haciendo círculos de trabajo donde el móvil es abrir el corazón. Talleres, cursos, incluso consultas donde el propósito es que cada persona descubra su propio misterio, su “quién soy''. Pero esta pregunta me tomó por sorpresa.

Casi de inmediato, alguien más me interrogó:

-¿Qué somos, somos un grupo?

¿Será que encontrarnos con la alegría nos hace reflexionar sobre quiénes somos? Si. Estar juntos y colaborar al bienestar de todas las partes, hace que se desate el Ser y lo que traemos para vertir al todo. En esas charlas, cuando evocamos las antiguas tradiciones de convivencia, hay añoranza, nostalgia porque estuvimos en otros momentos de la historia. Como quien ríe a la que ves que llora. Por recuerdo o por olvido es que nos emocionamos. Por el derecho o el revés, nos medimos a ver cuán lejos nos queda la unidad. Como sea, es el espíritu regándonos con la memoria y sosteniendo el propósito de todo esto.

Días después continué con la rutina: reuniones y conversaciones con dueños de centros holísticos. La finalidad: dar con espacio que presten su sitio para hacer actividades e inviten a su gente a participar. Estaba agotado y sin expectativas. Me desilusioné muchas veces hasta que entendí la realidad. Detrás de los espacios dedicados a la espiritualidad, la sanación y el cultivo del autoconocimiento, también hay celo y competencia. Existe en todos demasiado miedo a perder lo poco o mucho del nicho personal que cada cual a ''conquistado''.

En lo que a mi respecta, no vivo ese conflicto porque no cuento con un centro que llevar adelante. Atravieso otros. Mi empresa, la aventura de ser, camina conmigo. Eso no me hace inmune, al contrario. Para coordinar una jornada de sanación, debo desnudar el alma ante el anfitrión: soy quien hace esto o aquello por decisión y voluntad del espíritu. Dios. No hay diplomas, condecoraciones o medallas que certifiquen mi tarea. De mis desolaciones y encuentros, nacieron los mapas que ofrezco.

Finalmente llegué a una casa de puertas abiertas y corazón ancho, y eso no sucede en todos lados. Teníamos apenas minutos para hablar. El diálogo se dio apretado y apresurado. En un momento gobernó el silencio, hubo un intercambiado de miradas profundas, de viejos conocidos y de reencuentro.

Ese lugar me recibió y me hizo un espacio: ''¡Se agrandó la familia! Bienvenido, Camilo Pérez.'', me escribió la anfitriona en un cuadernito de notas que todos compartimos. Luego la celeridad de la jornada y en medio de ella, la promesa de hacernos un tiempo para conversar. Esta vez sin apuros.

Dafna -así se llama esta hermana- abrió su consultorio y yo apronté el mate. Su sonrisa era fresca y sus ojos transparentes como su inquietud y curiosidad.

Y llegó otra pregunta:

-Quiero saber de vos. ¿Qué es de tu vida? ¿Quién sos, Camilo Pérez?

Soy un buscavidas. El año pasado, tras dejar el hogar y el proyecto familiar que sostuve durante seis años, y completamente tomado por el dolor y el sufrimiento, supe que hacia algún lado me llevaría ese nuevo avatar.

En principio, tuve que salir a buscar los medios para continuar sobreviviendo. Apenas eso. En algún plano de mi conciencia, sabía que me había tocado el momento de salir del capullo protector.

Me reuní con decenas de personas, conocí muchos lugares y hablé con innumerable cantidad de gente. Salí a la búsqueda de hermanos que como yo, guardaran una porción de la historia del cielo en su corazón. Hice tareas espirituales para restaurar algún puntos de Montevideo y su energía. Corrí ceremonias de sanación y conexión. Escribí mucho, lloré demasiado y me reí a veces. El propósito se cumplió a tiempo: una red se había formado, la red del Cielo en Uruguay. Muchas personas comenzaron a reconocerse, a adueñarse de sus memorias y a recoger el fruto de la antigüedad de sus almas. Ahora se está en pleno viaje de fortalecer esa red. Pero también fue una especie de verborragia visceral que me mantuviera vivo. Se amalgamó una historia dolorosa con amor en su transcurrir.

Los tropezones continuaron y también mi exigencia. Ser claro, puntilloso, certero... Conocedor de los mecanismos de la personalidad, sé que esa autoexigencia viene de frustraciones y pérdidas recientes y profundas. Entonces, ¿quién estaría dispuesto a continuar acumulando derrotas? Armé mi trinchera y prometí sopesar cada opción para minimizar equivocaciones. Pero se hace imposible cuando estás dentro de una centrifugadora que toda sensación más o menos clarificadora es empujada hacia un centro que está construyendo la solvencia de un orden mayor que el ''yo'' al cual me identifico. Ese orden me tiene a mi, no yo al él. Es al que pertenezco.

Hoy sé que parte de lo que quería era tapar tanta angustia con muchos quehaceres. Finalmente decidí hacer una pausa y guardar el legado que traigo conmigo. El del Camino del Cielo, el del líder espiritual, el de la memoria sagrada que remite a puntos cruciales de la historia. El del Hombre Rayo, el del chamán. Pertenezco a una gran familia que ha bajado del Cielo para retomar una tarea que ha dejado faros que alumbran. Muchos de los seres de luz que son estampitas, están encarnados, se reconozcan o no. Guardé todo eso en un bolsillo y me apronté para un verano que sería duro, seco y tambaleante.

En marzo comencé el año lectivo. Cuando la vida parecía prometer un poco de aire, otra vez las calamidades de un cielo personal mal aspectado me enfrentaron a limitaciones y obstáculos. Por eso decidí llamarme a silencio hasta la próxima primavera.

-''Si quieren algo de mí, que vengan a buscarlo. No pienso seguir haciendo el papel de mensajero si siento que las personas no están preparadas para escuchar el mensaje. Es suficiente.'', pensé entre enojado y rebelde.

Me aprontaba para un invierno donde solamente dedicaría tiempo a mi trabajo y a fortalecerme en los vínculos. Pero aparecieron esas preguntas. ¿Qué somos? ¿Cómo lo vas a hacer? ¿Quién sos?

Somos lo que vinimos a Ser y a hacer. Y no hay escapatoria, ni atajo. Luego de años, la que se cultiva es la paciencia y la que madura es la forma de estar. La Presencia. Mi omnipotencia fue devorada por la fuerza de la vida. No tengo ánimo de socorrerla ni voluntad de alimentarla.

¿Cómo haré para hacer lo que vine a hacer? Mi presencia es suficiente para que suceda. Estando, las oportunidades florecen. ¿Qué somos? Una red. Una familia destinada a encontrarse en respeto y unidad. Cada cual volcará en ella lo más maravilloso que la existencia haya depositado en su interior.

¿Quién soy,? Lo que hice hasta aquí. Ya soy el que interroga y el que responde, pero sobre todo el que reza y canta. He dejado huellas y pistas para el que las quiera ver. Somos lo que hacemos, dice un eslogan de una reconocida empresa de comunicación de Uruguay. Se puede descansar sobre el propio sendero aunque tengas los acertijos desfilando delante tuyo. El quién soy se responde solo. La tarea más difícil para los occidentales es no hacer. En la simple presencia, se gesta espacio para que la paz se exprese y permanezca. Hagas o no hagas, la vida te llama cuando es el momento.

Hoy, dejo que mi camino hable por mi. 


Camilo Pérez

miércoles, 4 de junio de 2014

El dolor es una buena señal

Cómo se cura el corazón. Cuánto tiempo se queda el dolor. Hasta dónde llega la pena. Hay naufragios y naufragios… Hay buenas peleas y veces que vale el esfuerzo y otras donde insistir es estéril. Después de dar ciertos combates, el mundo se queda quieto y el que gira es el luchador. Hay golpes que marean y el mareo lleva a algún lado.

Los puertos unen la tierra y el mar. Es demasiado perfecto, es tan maravillosamente simple que ni lo creemos. Estuvo todo el amor a nuestro alrededor, siempre. En la rosa, en el vino, en el agua y en la sal. Las calderas hirvieron el miedo y no hubo escondite donde refugiarse. Se fue por donde saben escaparse los dilemas, en la luz que trae el destino… Inapelable, siniestro cuando no lo comprendemos, abierto en libertad cuando lo abrazamos.

La vida es un manojo de sonrisas después del espanto y de las manos tapando el rostro. Es un racimo de pequeñas verdades que construyen en silencio, la autoridad real y el fuego de adentro. Yo me apagué tantas veces… Me alimenté de pánicos y escenas que no quiero volver a repetir jamás. Me venció la incertidumbre, me mordí el labio tanto que marqué mis dientes.

Hoy me levanté herido y con la extraña sensación de confiar en mi dolor. Le di aire a mi vacilación y aliento a mis penumbras y eso me rescató. Fui sensato frente al espejo diciéndome que no sé, que no puedo, que no quiero, que no debo, que no tengo, que carezco, qué inmaduro, qué agonía, qué silencio, qué palabras. Y no me alcanzó. Y salí de mi ombligo y fui por ayuda y un niño me alentó a seguir. Él precisó un mimo, un beso, un abrazo, un límite, un consuelo, un alfajor, cualquier cosa estaba bien para su corazón. Y él, era yo.

Cuánta vida hay en mi interior, cuánta posibilidad de amar, cuántas ganas de querer, tanta necesidad de gozar, de reír. Por eso acuñé esta frase: ‘’La vida es un juego’’. No sé qué espíritu me la sopló al oído, las palabras no tienen dueño ni propietario. Las palabras van cargadas y sostenidas, como la música y como todo el arte de vivir. Todo lo que nace de mi es universal, debilidad y fortaleza. Lo que nace de mi es la voluntad cansada, diezmada, quebrada y tan porfiada que se vuelve a levantar.

Es inevitable… El rostro que no veo, los ojos que no distingo y son los que parpadeo. Adivino, intuyo, percibo y me adelanto y vuelvo a fracasar y vuelvo a intentar. ¿Y si me caigo? ¿Y si me olvido? ¿Y si me pierdo?

Conozco mis tiempos, sé de mis vidas. Me voy quedando sin excusas, estoy vaciándome de protestas, de reclamos, de absurdos. La enfermedad me desabastece. Estoy temerario y apremiado. Esta realidad no me contiene, me cargo de lo que es real. Lo invisible es sustancial, intangible y preciso.

Yo no sé vencer, porque ante cada victoria que obtengo, perdemos los dos. Me encanta dejar mi yo, extraviarlo, soltarlo. Sólo cuando logro desprenderme de mi, soy tan sinceramente feliz… La libertad es un momento, la verdad se contagia y la totalidad se conquista y a cada segundo esa oportunidad está presente, pero más que nada y por suerte… Está lleno de esos instantes.


Camilo Pérez

lunes, 12 de mayo de 2014

Humanidad: la identidad que nos abarca.

El valor máximo de la vida es dar con la fuente, encontrar la luz que habita detrás de cada escenografía. Para lograrlo, es necesario antes sintonizar y deslumbrarse con el paisaje. Ver belleza en una obra de arte hace fácil que ubiquemos la esencia en nosotros. Todos nos hemos conmovido con la creación en algún momento y eso nos hizo encontrar a Dios tras bambalinas. Cada parte del orden natural cuenta con una identidad que la hace única. Su color es especial y su tono y nota no tienen antecedentes aún perteneciendo a una especie concreta.

Va contra toda la historia humana vaciarnos de esa identidad. No se puede deshacer lo que nos construyó. Podemos pensarnos distinto, creer otras verdades y asumir nuevos roles. Y eso ya es mucho. Si tu vida fue cruzada por el desamparo, en el mejor de los casos intentarás cubrir tu soledad de amor. Hasta ahí.

Si hay un discurso barato y una actitud egoica en la espiritualidad es afirmar la personalidad, negándola. Es peligroso ese juego. Coloca a quien promete esa posibilidad en un lugar altivo, superado de los demás que lidian todos los días con sus neurosis. Si hay una manera de despertar la maestría, es tomar la humanidad que nos abarca. De otra forma, la articulación de un pedestal hace frío, distante, incierto y finalmente inalcanzable a cualquiera.

Vende muchísimo desprenderse del ego y quitarse de encima la personalidad. Pero no es real. ¿Cuánto estamos dispuestos a pagar por olvidarnos de lo que nos pasó? Fue tan duro que nos gana la ilusión de hacer borrón y cuenta nueva. Pero nuestra vida no es una refundación constante, sino una línea continua que le da sentido y belleza hoy, a los pasos que dejamos atrás. Podemos cortarnos el cabello si está deslucido, pero sus raíces están hundidas más allá del cuero. Las raíces son intocables, salvo cuando arrancamos el pelo de cuajo, pero eso nos agrede y provoca más dolor.

Quienes ofrecen esta fantasía de enfrentamiento y desintegración, están cortando la relación con los rasgos distintivos y el camino del alma, pulverizando una parte muy sagrada del ser; lo que nos hace humanos. Lo más sano que podemos prometernos es entender el sentido del dolor y eso transforma la relación con la herida.

He pasado por el espacio de muchos maestros y los he visto derrumbarse porque el tamaño de sus miedos se sentía más fuerte que la dimensión de su gracia. La mayoría de los hombres y mujeres que conocí, veneraban a alguien con impresiones gigantes y cuadros que encerraban figuras a las que adorar. Otro igual a ellos. Entre quienes marcaron con su presencia los tiempos y la historia, vos y yo; no hay diferencia ni distancia. Sus vidas fueron tan sagradas como las nuestras, sólo que ellos se dieron cuenta.

Los altares como los pedestales encumbran una imagen, la hacen lejana y esconden su sabiduría. Relacionarnos así, nos llena de culpa porque tal vez no seamos suficientemente buenos e impecables como para poder alcanzarlos. Eso hemos heredado de las religiones y de varios caminos de fe y rendición.

En un rincón sagrado de mi casa tengo algunos objetos de valor para mí. Una bolsa artesanal con tabaco dentro y varias plumas que he recogido en el camino y muy poco más… Sólo extraigo de la bolsa un puñado de tabaco cuando siento que no puedo tomar una decisión con claridad o si alguien acude a mí con esa misma inquietud. El tabaco abre el diálogo con el mundo espiritual y esta dimensión cuando lo pedimos, nos facilita la visión para ver en los obstáculos, oportunidades.

Las plumas son el resumen de un largo caminar: años de compromiso y auto reconocimiento. Los hermanos que vuelan tienen una comprensión mayor, se despegan del conflicto y en esa distancia reconocen su lugar y la dimensión que ocupan en un sistema más grande y contenedor.

Las plumas representan nuestra habilidad para responder con sabiduría a los problemas y llegan a nosotros cuando más de una vez hemos volado y sintonizado con la divinidad. Cuando hemos trascendido el drama y la tragedia se hace experiencia. El aire y la libertad son palabras difíciles de separar. Por eso las culturas nativas honran las aves, porque hacen de su viaje el arte de la transmutación elevando el padecimiento al cielo.

Si mi camino sirve de inspiración a alguien, maravilloso. Si mi camino es verdadero, entonces no habrá plumas ni tabaco que sustituyan mi presencia porque donde me encuentre, estará mi corazón.  Lo demás es simbólico. En ese rincón de mi casa, no hay fotografías ni imágenes de nadie. Es sagrado porque hay algunos objetos que me recuerdan momentos importantes. Fueron puntos de conciencia donde algo se movió dentro de mí. Pero son sólo la representación, su memoria está grabada en mi alma.

Cuando alguien se convierte en un cuadro, en estampita o en relicario, yo desconfío. Cuando alguien lleva su imagen hasta el grado de admiración, me incomoda. Cuando alguien se entrona en un sillón, me da pavor. Si alguien precisa esa relación con sus iguales, todavía no llenó su amor propio. Quien se siente seducido a hacer de su lugar un pedestal, está protegiéndose para que no toquen el volumen de su herida y el peso de su dolor.

La historia de la humanidad está llena de encumbrados, pero una cosa es lo que el relato haga de ellos y otra es lo que en verdad ellos estimularon. Ni Jesús ni otro maestro se elevó sobre nadie y esa simplicidad lo convirtió en faro. Fue la consecuencia de su camino, no su búsqueda. Lo que une al final a ambos tramos de su vida —camino y consecuencia—, es la coherencia de su corazón.

Ahora que el año comenzó y la vida nos obliga a salir, confiemos en nosotros, en el pulsar y en el impulso. ¿Sabés por qué alguien que despierta su maestría, fluye y emana de sí la sabiduría no deja que otros lo adulen? Porque sabe que quien lo eleva a la categoría de Dios, tarde o temprano retornará por la luz que le prestó. El maestro estará instalado en los cielos hasta que el alumno precise bajarlo. Necesitará reconocerse a sí mismo y que le devuelvan el brillo que alguna vez cedió. Si me veo roto y te veo entero, te daré mi luz para que me devuelvas una imagen mía más íntegra. Luego la voy a pedir para alumbrar mi recorrido.

Pido clemencia entre nosotros. Que podamos dejar de sostener relaciones abusivas que eleven a unos por encima de otros. Si seguimos manteniendo pedestales y altares, habrá tanta soledad en el llano como en las alturas. Lo que nos cura, es ver que el dolor y el amor nos igualan y que esas sintonías son comunes y compartidas.

Cuando el nacimiento de mi hija estaba cerca, me dijeron: “No hay parto sin dolor, pero sí, sin temor’’. Fue un baño de claridad y conciencia. Los zapatos que calzás llevan la horma de tu historia. Allí está el karma, el lastre y la mochila. Ese material —paradójicamente— pare la luz, el color y despierta el dharma. Tus virtudes, dones y talentos están nacidos del útero oscuro, de la profundidad de las sombras.

Pongo mi intención para que el espíritu sea cuidado por el ego y en el medio de ambos, el alma nos conduzca suave por la existencia. Rezo para que podamos perderle el miedo al dolor. Llorar a tiempo nos puede reconciliar con la vida.  



Camilo Pérez



martes, 6 de mayo de 2014

Estoy cerca: del silencio a la palabra

Me llamo mujer y hombre. Te habito y estoy al espejo de los ojos ajenos. Te cubro y soy la inmensidad que no te animas a descifrar. Soy el estruendo, el sonido y el silencio. Pertenezco a todos y todos me pertenecen. Nada está fuera de mi pues soy la ley, la red y el círculo donde todo es uno y ustedes su trama y telar. Es tan sencillo encontrarme que se te hace imposible llegar.

Guardaste eternamente el dolor y sufriste por amor a mí sin que te lo pidiera. Yo me entregué de corazón, abierto y sin reclamos; fue mi propósito y fue divino. Fue mi mayor acto y entrega. Dejé claro que el sendero debía llevarnos hacia dentro y no hacia fuera. Dejé escrito y grabado en los cielos y en cada parte de la tierra que habité que mi reino no era de este mundo y que era posible traerlo. Expresé claramente que llegaría este tiempo, que volvería. Estoy de regreso en presencia, en mí, en ti, en todos. Vas descubriéndome en la mirada, mi alma y mi corazón son iguales a tu latir y a tu pureza. No hay distancias ni diferencias. Soy el amor incondicional que la madre creó y depositó en mí. Soy el desenlace que el padre permite, su verdad y ley iluminan mi camino y el tuyo.