jueves, 17 de octubre de 2013

Remolinos de viento

Recuerdo la noche que embarqué a esta aventura, estaba rodeado de sirenas que giraban sobre las nubes. Las ondinas cruzaban la tormenta y las salamandras prendían el cielo. Ya no podía descender en mis alas, entonces tuve que asumir un traje de luz y el haz en que viajé hasta el centro de la tierra fue custodiado por miles de luciérnagas.

Fuimos un enorme ejército, yo sólo había decidido tomar cuerpo. El resto de la legión de ángeles era una interminable saga de colores que abrían la tempestad. Eran ellos quienes hacían la belleza y la magia, pero todos juntos provocábamos el milagro.

Centellas de Sión, arcángeles tragándose el dolor para mandarlo bien lejos, a la cumbre de Dios, hecho amor. El brillo no tiene contemplaciones, cuando tomás el riesgo, el camino disuelve lo que no aguanta, se lo devora. El viaje de las estrellas hasta el alma de la tierra se hizo en familia, la bienvenida fue intensa. Así fue como recorrimos las venas del útero universal para aterrizar en el magma ardiente que a los espíritus, por supuesto, no los quema.

Recuerdo aquella noche, la tormenta brillaba y bailaba sobre su cielo. Todo el escuadrón, todos juntos nos arremolinamos por unos momentos hasta fundir nuestras luces en el rayo y eso traigo conmigo. Soy la síntesis de esa familia, en mi corazón está el centro nuclear de cada uno. Siete rayos, cuatro vientos, nueve abuelos, la cimiente de la hermandad blanca, la confluencia de la confederación, los códigos del universo, las lenguas vivas del dialecto madre. La biblioteca de la Akasha, la memoria en azul, el poder del faraón, las vidas en Jerusalén, los decretos de la Grecia Antigua y la caída de los muros de Arcadia. Las rebeliones en las filas del pueblo otomano, la defensa de Roma, las conquistas y las cruzadas en tierras sajonas y la búsqueda de la libertad de Camelot, Avalon y el reino sin final. Los signos de la independencia francesa, el arco, la flecha, los rituales, las danzas, las ofrendas, las visiones, los éxodos, la soledad, la muerte y los infinitos caminos junto a ella, la compañera de todos mis tiempos.

Recuerdo aquella noche, hicimos girar el cielo y luego quedé suspendido en el vientre de la tierra, esperando que la semilla de la vida me llamara para anclarme en las entrañas de mi madre. Allí fue sembrado mi destino. El resto de la historia es regar los campos con un aire de fuerza y serenidad. Que el viento vele por mí y corra en la superficie mientras encuentro la manera más amorosa de ser, hasta que el rayo parta el cuerpo y pueda navegar en el alma, de vuelta a las estrellas.



Camilo

domingo, 13 de octubre de 2013

Me perdono y me reconozco —cuarta parte—: el universo, las relaciones y la luz

Buscar o explorar sigue siendo una línea o trazo hacia el exterior. Para el individuo es fundamental aquí encontrarse con la realidad de que otros como él, también están atravesando circunstancias similares. Es decir, encuentra que el dolor es una experiencia colectiva  y por tanto que se puede amparar en un conjunto. Eso le devuelve y reintegra a la persona, la conciencia de que está en camino y no que las dificultades la segregan. Le da una escala humana y por tanto de pertenencia a sus registros y memoria sobre los conflictos. Entrar en relación desde ese camino de búsqueda, implica tomar contacto con las emociones repetitivas causadas por el dolor y observar qué tan dispuestos estamos a encontrar quién abrace lo que está pasando en mí. Desde otro lugar, reivindicamos lo propio y lo ajeno y surge el deseo de dar contención al lugar de quien está al lado. Eso coloca al buscador frente a una pequeña dimensión de su poder, encuentra su vulnerabilidad pero también su fortaleza anímica para dar amparo a quien padece lo mismo. Pero se sigue corriendo de su lugar para acudir al servicio del otro. Por eso se transforma en salidor, sociable o escapista.

Cuando se abre la memoria de los conflictos que estaban más o menos guardados, se despierta la dimensión del ser. Se empieza a ubicar lo que es mío, lo que resuena del otro en mí, tanto aquello de lo que puedo hacerme cargo como de lo que rechazo del otro y es parte de mí. Se ingresa a la dimensión individual, a la exploración propia, nótese cómo se reiteran durante las líneas de la nota los pronombres personales en esta parte. Cuando hay un reconocimiento de que otros buscadores llegaron a ese espacio que yo elijo también, puedo deducir desde lo más intelectual hasta de un modo vivencial, que la experiencia de la transformación y del amor es posible. Desde el mismo momento en que llegamos a algún lugar, estamos constelando, es decir, actuando nuestra raíz emocional en ese espacio. De forma tal que el mismo mecanismo que nos condujo a la búsqueda, lo interpretaremos como rol allí. Por tanto las modalidades de competencia y desvalorización se manifiestan, las mismas que antes hacían que nos viéramos separados de la trama del universo. Ahora la búsqueda tiene todo el sentido para la personalidad: se encuentra con la dificultad del encuentro hacia lo que la rodea.

La dimensión que gravita en el ambiente en tal sentido, es la decisión que debemos tomar a partir de ahora. Cuánto tiempo me tomará hacerme responsable de que el juicio, la exigencia, el control, la manipulación, la desvalorización, el desmerecimiento, la violencia, el agravio, la culpa, la tristeza, el desamparo; están en mí. Tanto como el amor, la alegría, el perdón, el valor, el coraje, el merecimiento, la redención, la fuerza, la autoridad y la humildad.

El darse cuenta de que todo eso está vivo en el interior de cada uno y que los otros lo reflejan, hace más cuidadosa y contenida la alternativa de sentir que todas esas cualidades me están pasando y atravesando. Todavía persiste una mirada propia separa del entorno. Todavía se resuena por aceptación o rechazo a aquello que veo. Sólo mediante lapsos de tiempo, nuestra conciencia empezará a reunirse e integrarse con todo lo que se manifiesta exteriormente.

El punto débil del buscador es simple: eternizarse en la exploración o transformarse en encontrador. Si hay ánimo de mirarse a sí mismo, valentía de voltear la visión hacia dentro, se está listo para hacer el gran movimiento.

Cuando la observación deja de depositarse en “los otros” y la mirada nos devuelve señales, alertas y alarmas, comienza a encenderse la última de las preguntas. ¿Qué me quiere decir el universo con aquello? Si tal persona o tal otra es esto o lo otro y estoy identificándome con él, entonces se despierta la mayor interrogante: ¿Quién soy? La respuesta es fácil: sos la conciencia, el espíritu y más aquí sos la luz y el alma. Pero por qué esa contestación no me colma ni me satisface. Porque todos precisamos saber qué es lo que venimos a manifestar a este plano, todos queremos reconocer qué venimos a expresar bajo la forma humana y su experiencia.

Este es el lugar de inflexión. Sea a través de las relaciones —en el caso de que hayas venido a andar una espiritualidad más ligada a la tierra— o a través del contacto con los maestros y jerarquías espirituales o la canalización de energías y poder de sanación —en el caso de que hayas llegado a despertar en tu corazón la energía del cielo— el encuentro más importante es contigo mismo. Toda la creación, manifestada o inmaterial, quiere acompañarte hacia ti. Quiere que recuperes el sagrado encuentro con tu espíritu, que ingreses al templo interior, a tu casa e intimidad. Para que eso ocurra, la expresión de la divinidad desaparece y te quedás a solas contigo.

El primer batallón que aparece en ese momento son todos los miedos y dolores que se anestesiaron durante el tiempo. Es un gran paseo por el parque de diversiones interno. Cómo reconocer el valor si no atravieso el miedo, cómo reconocer la claridad y la certeza si no me baño en la confusión y la duda. El mapa para este momento, ya sabemos que está adentro y viajar hacia las capas que rodean el corazón es deshojar al ego para que brille la consistencia de la luz, la belleza o como cada uno le llame.

En todos los casos, el acercamiento a cada etapa puede atemorizarnos y como resortes, podemos rebotar entre una parada y otra. El requisito es juntar suficiente aire para atravesar las puertas rumbo a lo más sagrado que habita en ti.

Hay varias frases de cabecera para este punto, algunas de ellas son: “Conócete a ti mismo y conocerás al universo” o “somos uno”. Por qué somos uno, porque todo está en ti y en mí. Quien se encuentre en esta estación, está a las puertas del sabio y de la maestría propia.

El desenlace para esta historia, es que finalmente decidís respetar y honrar todas las formas porque también son tuyas y te pertenecen. Comprendés que el propósito más grande de todos para este tiempo trascendente es que nos reunamos en el corazón, allí no hay línea divisoria, allí tierra y cielo son lo mismo y están el uno en el otro. Entonces se trabaja para la divinidad celestial y para la madre por igual. Se trabaja al servicio del corazón de la familia planetaria y el amparo para levantar la tarea llega desde las siete direcciones: tierra, cielo, este, sur, oeste, norte y el centro de tu ser, el corazón que late y te sostiene. Entonces no hay más precipicios ni vacíos, la existencia está llena, la cosecha siempre es suficiente y el amor abunda.  



 Camilo

Me perdono y me reconozco —tercera parte—: Cambiar al mundo antes que el mundo nos cambie.

El ambicioso o el consumidor quiere comerse al mundo… antes que el mundo se lo devore a él. Pero medirse con las fuerzas del destino es un acto de inconciencia e incompatibilidad con el todo, aunque un acto natural en la búsqueda hacia uno mismo.

No importa cuál sea el umbral de tu ambición ni cuando digo ambición estoy hablando únicamente de dinero o bienes materiales. Es mucho más fuerte y complejo que eso. Lo que estamos peleando por llenar son los espacios vacíos a la velocidad de la luz, producto del dolor que nos causó estar gobernados por la carencia tanto tiempo. Carencia de lo que sea.

Durante este período, la necesidad de sacar tajada y ventaja se acrecienta, así como se despierta la rabia o la furia cuando inmediatamente después la vida te da menos de lo que esperás o mal el vuelto. La ambición puede llevarte a querer tener muchas compañías, placer, dinero, trabajo, enseñanzas espirituales o compromisos. Todo está dibujado en contraste con lo que no tuvimos. Sino contrariamos la contraria de lo que alguna vez nos sacó del pozo, es decir, volvemos a la herida original. Sí, así de rebuscados estamos adentro.

Es obvio que lo que estamos buscando recibe su contraste inmediatamente en las manifestaciones cotidianas. En este lugar de la conciencia es donde queremos resaltar y exaltar lo poco o mucho de lo que vemos bello o significativo en nosotros. Pero las apariencias no duran, estamos frágiles aunque le demos vuelta la cara a lo que nos sucede y como punto de partida, no suele durar demasiado. El cumplir las expectativas que tenemos sobre nosotros en la sociedad nos implica un gran esfuerzo, porque hay partes que necesitamos callar o enviar a las sombras. Da mucho trabajo sostener una imagen que no es verdadera y auténtica o creer que el afuera se va a acomodar a nuestras necesidades. Allí no hay integridad sino separación y una cruda necesidad de escapar o desatender lo más honesto que nos pasa para que lo que construimos no se desmorone.

La ambición cansa, agota y agobia y el universo devuelve el mismo grado de complejidad como espejo del nivel de estrategia que elaboramos para mantenernos en el mundo. Perdés simpleza, entrás en tu propia trampa, te “acomplejás”.

La ambición termina dejando a su ambicioso en ”Pampa y la vía”, al lunfardo porteño… te deja en la calle. Los autos que se pinchan en la ruta o la salud que nos ofrece una drástica parada y tantísimos ejemplos más, a la medida de lo que se construye. El consumista corre detrás de la fortuna en desconocimiento de las leyes que operan en el mundo y por tanto, revela que tampoco está observando lo que opera sobre sí. Está tan sumergido en su lugar que confunde la necesidad de logros con la búsqueda de respuestas que lo colmen. Quien se encuentra en ese lugar, no se reconoce porque su ambición lo convence de estar más allá de donde realmente está.

Nuestro fiel reflejo de este lugar es la viveza criolla —desdicha o sentimiento de competencia desparejo—que nos dejó fuera de juego tantas veces en las últimas décadas. Hasta que entendimos que la recompensa es el camino —ambición— y que no se gana sólo con la artimaña práctica o la rapidez mental.

La realidad o las leyes del universo en movimiento se encargan de devolver los gestos. Las cosas no vienen como las queremos sino como las necesitamos, dijeron tantas veces queridos hermanos.


Hay un momento en que conciente o inconcientemente empezamos a reclamar entrar en la dimensión del universo. Lo que estamos pidiendo es entender las reglas y pautas del juego desde lo que nos está pasando. La persona aquí está reafirmando su deseo de vivir y se pregunta ¿para qué? Esta manera de interrogar evoca las ganas de encontrarle sentido a lo que está sucediendo. Se suelta la queja, nace la voluntad de reconocer en qué tenemos que ver con lo que ocurrió. Se gesta la búsqueda como imperativo y sentido profundo.


Me perdono y me reconozco —segunda parte—: no hay cuerpo que dure cien años ni perspectiva que los resista

Las perspectivas no son eternas y las sacudidas las tenemos garantizadas. “A cada chancho le llega su San Martín”, recuerdo haber escuchado varias veces de chico, ese refrán. A cada solitario o desdichado le llega el amor liviano o autocomplaciente. Como para que se dé cuenta del grado de intensidad que le pone a su búsqueda y la respuesta a la que accede entonces. Recuerdo haber leído con escepticismo el título de un libro que invitaba a hablar con uno mismo. Hay procesos que necesitan dejar de retroalimentarse desde sí, de lo contrario se está sosteniendo la limitación porque somos quienes estamos ejerciendo la comprensión y el libro se termina cuando empezaba a ponerse interesante o nos tenía cautivados.

El universo responde a la medida del ánimo y las intenciones que le pongamos a las cosas. Lo que el mundo te sirva será un banquete y será breve. Como la sed y el agua o las visitas de doctor que siempre nos dejan con las ganas y reclamamos una pronta visita cuando todavía estamos juntos. Hay un momento en que estamos preparados para reconocer que no nos podemos autoayudar para siempre. La persona que se siente desafortunada, no puede aceptar que el universo le responda con ternura, porque reconocerlo desarticularía el espacio de su herida y de su dolor, que es su razón de ser. La pregunta que quita a la personalidad de este sitio es ¿por qué? Esta manera de formular la interrogante está cargada de queja, de incomprensión y habla de no sentirnos merecedores del amor, pero también de estar incómodos con las situaciones tal cual se plantean delante. Y esto abre la siguiente etapa. Dejar de sentirse desdichado cuesta mucho y como cuesta tanto nace su contraparte con la misma fuerza y vehemencia.


jueves, 10 de octubre de 2013

Frecuencia 10.10: Licencia para vivir

No corro detrás de nadie, tantos íntimos se han quedado por el camino... De joven pensé que todos tendrían coraje para llegar hasta las últimas consecuencias con tal de develar la más alta naturaleza: el Ser. Me di cuenta que confrontar al miedo es un asunto de vida o muerte: así de drástico. En el tránsito entre parecer y ser, hay cientos de pérdidas y efectivamente, causa terror sentirse vivo nuevamente. Pero es un momento, la luz inmediatamente pasa a ocupar el espacio donde antes pululaban el drama, la pena y la desolación.

He comprendido que el concepto de familia muere a las puertas del corazón porque la dimensión del amor que nos habita hace imposible que las relaciones sean restrictivas. Y aún así, se precisa el cariño íntimo y es buena reconciliarse con la raíz interna. Hay un hogar donde volver. Reconozco dos actos de extremo coraje: abrirse a la experiencia transformadora del amor y retraerse a la intimidad individual para conectar a la esencia.

La maravilla de la vida se gesta cuando esos movimientos son acompañados por la mirada, por el encuentro en los ojos de un hermano, luego otro y después otro. Reconocerse en el alma, despertar la familiaridad. El vínculo filial es el amor genuino y cuando trascendemos la vivencia humana para transportarla a la condición espiritual, la vibración que somos capaces de entregar al mundo es imposible de contener en alguna parte de nuestro limitado organismo. Sólo nos atraviesa. Una vez que sabemos, es sano y necesario volver al encuentro, a emparar a quien se acerque. Ese es el trayecto del despertar desde mi punto de vista.

Amo a quien pueda verse parte de mi y pueda darse cuenta que estoy en él o ella. El universo es tan caprichoso y obstinado que tan sólo nos brinda y abre el presente. Un espacio llamado aquí y ahora es el portal exacto donde la magia es capaz de abrirse hacia cualquier tiempo, frecuencia y dimensión.

¿Cuántos se sienten  en este momento en el canal de parto? El miedo es transitorio. Abran los ojos, la luz encandila al principio nada más. Sírvanse entregarse al desafío, al riesgo, pues de todas maneras va a doler…  Entre el dolor en la soledad de mis heridas y el dolor en la justeza del destino que me ampara, elijo quien soy. Siempre revelar quién soy.

Tomen el destino que pactaron, de lo contrario serán acorralados hasta que se rindan o lo que es más difícil de entender, volverán otra vez a la vida a por el mismo banquete. ¿No hemos tenido suficiente ya? El faro interno, la brújula está encendida, conecten con ese sentido, no hay nada que hayamos perdido ni nada por perder. Aquello que es para cada uno, de todas formas retornará. ¿Cuánta más resistencia colocaremos entre nuestras enfermedades y conflictos y la medicina que cada célula está precisando?


Que el llanto nos sea dado para bañarnos, que el abrazo nos traiga sostén, que nuestros cueros se desnuden para vestirse con el traje de luz que nos pertenece. Prepárense para la fiesta cósmica, todo está servido ya.


Camilo

martes, 8 de octubre de 2013

Bitácora. Parte uno: la voz liberada

Aceptar el hombre, aceptar el rayo fue mirar con humildad hacia dentro y entender las dos dimensiones que todo lo componen y aún así, llegar a la visión de que no hay separación. Es arduo volver a la unidad… Años para reconocer y aceptar mi destino de este lado de la realidad. Otro tiempo menos extenso pero muy intenso para abrazar mi temor completamente.

Me despertaron ya tantas veces en pleno sueño…  Me mostraron con tanta simpleza la fuerza del camino, la energía transformadora, los remolinos del cambio. Agotaron mis resistencias los guardianes de los cuatro vientos para que me entregara a la vida por el mero hecho de vivirla y eso fue de por sí, trascendente.

Era el primer tramo de la hoja de ruta hacia el oeste ocupando mi asiento con destino a Paysandú —Parahy Sanderú, la resurrección de la voz o la voz liberada— y escuché en mi pensamiento la voz de un indio. Su imagen como el sonido de su silencio, también se esclarecía. Entre la negrura afuera, un guardián de los viejos tiempos tomaba claridad.

Su pelo estaba descuidado o más bien libre y su color era ceniza, el blanco había ganado parte de su cabellera. No era anciano, pero era sabio. Vestía sencillez aunque sostenía los galones propios de su autoridad. Junto a mi estaba Gabriel, compañero de viaje, quien se atrevió a revelarse al miedo y a despertar el amor hacia el camino. De inmediato le empecé a relatar lo que estaba diciéndome el nativo. Nos estaba llevando el permiso para caminar la tierra, ofreciéndonos calma para nuestra tarea y el apoyo que fuera necesario para desarrollarla. Seríamos respaldados a partir de entonces por su custodia y generosidad. Su mensaje estaba cargado de esperanza y en su intención se hacía notorio el deseo de que recuperáramos nuestro lugar sagrado, nuestro cielo de tierra. Transmitía la firmeza que precisábamos para andar con determinación. El encuentro se extendió unos momentos, suficientes para que se levantara la visión.

Ya no recuerdo si con los ojos abiertos o cerrados, la danza de la vida bailó a mí alrededor. Los tres tiempos sacudieron mi conciencia: todo lo vivido sostenía mi presente, fui templado por la confusión y la claridad. No soporté más el temor en mi cuerpo, entonces lo desaté de mi corazón para que estallara y brillara el amor.

La expansión que se abría delante de mí fue rotunda: un largo corredor llamado Tierra me mostraba que el camino es infinito, que ella sería firme en su piel para poder recorrer la sabiduría de su libro gastado por los milenios, pero íntegro en su esencia.

En aquella película, las mochilas de la civilización no aguantaban ya las amarras y el coraje venía de lo más profundo de cada uno para decidirse hacia la dirección que siempre les había guiado y latido. El encierro se resquebrajaba, salíamos a encontrarnos, sabíamos a dónde ir, nos tomábamos un tiempo para observar al mundo por televisión y aquello era una marea de emociones. Las personas se arrebataban la razón, necesitaban pelear por última vez.

Círculos y círculos de mujeres y hombres por todos lados, naciendo inesperadamente, honrándose mutuamente. Las comunidades del arco iris fermentaban, buscábamos un espacio donde descansar y llegábamos sin proponérnoslo a la tierra que siempre habíamos deseado habitar.


La tierra es cielo y el cielo es tierra y nosotros su nación. La comunión de la belleza, la mezcla de los colores y en el centro siempre el sol. Abrí los ojos o volví a traer la mirada a esta realidad. Aún seguía transitando la ruta y me dije:   “Soy un buen ciego que aprendió a mirar con el corazón.”


Camilo

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Me perdono y me reconozco —primera parte—: El camino de mi omnipotencia

Agradezco el trabajo que han tenido en mí, las charlas “Yo me perdono”, de Alejandro Corchs. Agradezco la conciencia y memoria que han despertado en mi corazón, la posibilidad de reunir mi perspectiva y el atrevimiento de desarrollar algunos entendimientos a los que he arribado.

El espíritu es un espacio que alberga todos los matices posibles: desdichados, ambiciosos, buscadores y sabios. O solitarios, consumidores, salidores-sociables-escapistas, encontradores y los hay sabios de vuelta. Son arquetipos que hacen al universo humano, estamos empapados y embebidos en ellos. Me interesa desconcentrar esos lugares, llamarlos distinto también para que nadie se sienta ajeno. Sabrás si tu sitio hoy se parece más al de un solitario o al de un consumidor. Sabrás reconocerte en alguien que ha encontrado respuestas aunque la búsqueda no cese —hay un punto en el que sí—o si vas desintegrándote entre salidas sin mayor compromiso aunque acogidas y cálidas, o espacios sociales donde se abren momentos con rituales y tiempos donde lo sagrado se presenta. Entre esas plataformas, escenarios y precipicios andamos todos.

Me importa descontracturar esta primera parte de la nota, el ego viene vapuleado y tan mal visto hace tantos años que por momentos está bueno darle un descanso. De todas formas la realidad está que arde. Lo que antes nos salía al cruce de la puerta de casa hacia afuera, hoy ingresa, nos transgrede y envuelve por los medios de comunicación o penetra el aire de una atmósfera intolerable removiendo la resistencia a la sanación y a la unidad.

A mí me gusta observar cómo se revela la herida en los ambientes o caminos espirituales que nuclean a los buscadores. Somos un pueblo tan pensante, tan racionalista que cuando llegamos a la primera estación nos queremos devorar la explicación y repetirla como loros y evadir o saltear la experiencia. Nos encanta vestir galones y colgar diplomas, pero mientras no los alcanzamos, queremos hacer el discurso. Nos convertimos en buenos pastores recitando las historias ajenas antes que despertar nuestra sabiduría. Aquí se presenta un terreno de práctica más o menos intermitente hacia el espíritu, pero no lo habitamos íntegramente. La gran siembra en este período es el juicio hacia los demás y la cosecha nos deja al margen, nos quita pertenencia si lo que está en nosotros lo vemos afuera.

El sano reconocimiento de la verdad precisa del camino para que el lenguaje que se exprese sea el de la experiencia. De no ser así, el verbo pierde fuerza y contenido, servimos vacío. Buscar la admiración revela una inconsistencia con la autoridad propia. Colocar a otro en un pedestal, es continuar rindiendo tributo a alguien o algo externo a uno mismo. Cuando alzamos a un personaje, estamos venerando una personalidad y confirmando nuestra soledad, ya que alejamos la esencia del otro por la ignorancia de nuestra propia luz. Reclutar a otros hacia nuestra propia dirección es operar desde el temor y el miedo. Habla de una gran fragilidad para enfrentarnos al destino y propósito de nuestro ser, el que está guardado en el corazón. Transité años mi camino desde este lugar. Una agrupación de carnaval lo cantaba hace tiempo atrás, tenemos una debilidad constante por decir que ya sabemos lo que aún no conocemos.

También me gusta, con cuidado, consideración y respeto, trabajar con los encontradores de status. Con quienes como yo, se agazaparon a un espacio de “privilegio” sin medir las consecuencias ni reconocer que las apariencias engañan a pocos y la realidad tarde o temprano, te pasa por arriba. Cuánta soledad, ambición y fragilidad hay en la permanencia en movimiento. En general, recalamos en determinada posición de poder y ese punto se transforma en el talón de Aquiles, porque las relaciones de poder están basadas en el temor al cambio y a la necesidad del miedo a perpetuarse. De nuevo será la realidad quien mueva la estructura que domina al ser a instancias del ego. Así se enmarca el tránsito hacia la etapa siguiente. La vida nos saca del lugar de “privilegio” que levantamos y como lo hicimos desde la vulnerabilidad, eso se fragiliza y nos envía otra vez a la búsqueda.

Ahora que pude mostrar el camino que mi omnipotencia recorrió, tras la elegancia y sutilidad del espíritu, me siento libre y en confianza para ir un poco más hondo.